el UCHALABETE bilbaíno

Hacía ya varios siglos que la Justicia había abandonado a los habitantes humildes de aquellas callejuelas bilbaínas. Los había dejado huérfanos de ley, desamparados sin ecuanimidad social alguna para sobrellevar sus angustiosas existencias. Los tribunales civiles no podían atenderlos por estar demasiado ocupados en cubrir todos los desmanes que los ricachones cometían, un día sí y otro también, para enriquecerse sin escrúpulos. Y la divina… qué decir de la justicia divina en un siglo como aquel, el XIX, en el que un clero gordinflón alentaba bajo palio constantes guerras con las que desheredó de toda esperanza a sus más humildes súbditos. Dios, una vez más, paseaba despistado mirando más al cielo que a la tierra

¿QUÉ ERA EL UCHALABETE?
Es ahí cuando el pueblo llano atrapa a la justicia por sus más nobles partes y crea el uchalabete, una fórmula propia para resolver los problemas más cotidianos y domésticos de la gente humilde, lejos de avarientos leguleyos que no podían costearse. Un método que, al parecer, hizo furor en aquel Bilbao de hace siglo y medio.

En realidad consiste en un «sorteo que consistía en ocultar en una mano un objeto pequeño cualquiera, dejando vacía la otra y presentárselas ambas al compañero para que acertara cuál era la llena» tal y como lo describiera en su Lexicón bilbaíno (1896) Emiliano Arriaga.

Así, cuando una discusión o elección entre dos opciones no tenía solución equitativa posible, se recurría a esa suerte, consistente en provocar una situación en la que la mera casualidad determinase la resolución del conflicto y que, precisamente por ser casualidad, era aceptada como resultado justo por ambas partes.

Podría ser algo similar a dirimir las disputas con un cara o ceca aragonés o con un cara o cruz castellano. Pero para estos últimos era necesaria una moneda, un tesoro no conocido en aquellos bolsillos agujereados por las hambrunas y la miseria. Pero para el uchalabete servía cualquier piedrecilla del suelo o pequeño objeto. Por ello, como toda buena bilbaínada que se precie, el uchalabete era el mejor, más popular y polivalente que aquellas fórmulas de suerte al azar.

En el fondo el resultado no era tan casual, ya que podía jugarse con cierta picaresca, ahuecando la mano para engañar al contrario, sin saber el de enfrente si ello se debía al objeto encerrado en la palma o a una maniobra de despiste. Por eso era tan sugerente y divertido aquel uchalabete que recogen varios diccionarios del momento…

¿ANGELICAL O DEMONÍACO?
Era un método tan perfecto que recurrían a él hasta los seres de las dimensiones no humanas. El mismísimo Miguel de Unamuno nos relata que «un día apostaron a quién saltaba más, se fueron a la entrada de Los Caños, echaron a uchalabete quién saltaría el primero. Le tocó al diablo, saltó y dejó en el suelo, en una losa, la huella de su pie deforme, huella como de coz de borrico. Saltó después el ángel y...» (El Nervión de 9 de abril de 1891)

Así era cómo la tradición popular había interpretado la creación de unas oquedades en la roca, visibles desde el concurrido paseo de Los Caños y que la gente atribuía a las archiconocidas pisadas del ángel y del diablo.

 

Aunque… hoy en día ya no puedan verse porque las enterró el cemento. Como hizo desaparecer luego la esencia y gracia de lo bilbaíno.

Algo similar sucedió con nuestro uchalabete, ahogado en la modernidad y hoy totalmente en desuso y que, de tener alguna discusión, lo resolveríamos con ese castellano travestido en estética vasca, tan en uso en el Bilbao actual: bien podría ser un karaokruz.  Porque en los bolsillos bilbaínos no faltan hoy abundantes monedas (¿o no?), vil metal que aun así no sirve para recuperar aquella idiosincrasia orgullosa de lo castizamente bilbaíno (¿o no?).

Y es en ese tan tortuoso camino del tiempo como perdimos no sólo la dichosa palabra sino la misma justicia popular que conllevaba. Así es que, desaparecido el uchalabete, tan sólo nos quedan la justicia civil y la celestial, esas que siempre amparan al poderoso y aplastan al pobre. Porque, os desvelo el secreto mejor guardado de la historia, la palabra uchalabete no era sino el eusquérico “huts ala bete”, ‘[mano] llena o vacía’, reflejo también de nuestro tan lamentable estado social actual: unos con tanto y otros sin nada. Huts ala bete…


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