Arrue, Barandiaran y Santa Lucía de Laudio

Todavía estamos por investigar en profundidad y descubrir la verdadera dimensión etnográfica y antropológica de la pintura de José Arrue (1885-1977). Porque sus dibujos son auténticos tratados visuales sobre la sociedad vasca que se balanceaba entre los siglos XIX y el XX, entre el mundo profundamente rural y la modernidad.

Uno de esos casos es el cuadro A la romería de Santa Lusía (sic) que por fin hemos podido gozar en la exposición Jose Arrue barrutik. Muestra la llegada de unos romeros a la afamada romería de Santa Lucía de Laudio.

Detalle de los personajes, romeros bilbainos, que alegres llegan al santuario de Laudio. Sus vestimentas coinciden con descripción recogida por Barandiaran. Son una estampa que hoy nadie reconoce y que, si no fuera por este cuadro, habríamos perdido para siempre.

Fue uno de los últimos cuadros que pintó —1975, contaba ya con 90 años—, dos antes de fallecer. De hecho, sus colores son más vivos y saturados de lo normal porque padecía en ese momento modificación en la visión tras una operación de cataratas.

En él refleja una pintoresca escena que probablemente observó en su juventud y que mantuvo perfectamente guardada en su memoria o en aquella libreta que siempre llevaba en el bolsillo y en la que, sin mediar palabra, bosquejaba las líneas básicas de la futura obra.

En las primeras décadas del siglo XX la romería de Santa Lucía contaba con gran renombre y hacía que en ella se congregasen miles de personas. No locales, sino venidos de toda Bizkaia pero especialmente de Bilbao. Muchos eran los bilbainos —incluidas prostitutas— que acudían en los trenes especiales que a tal efecto se fletaban desde Bilbao.

Pero otros muchos, la gran mayoría, acudían a pie desde Bilbao, por Iturrigorri, Bentabarri, Pagasarri y Laudio. Esos son los que Arrue nos acerca con tanto detalle en A la romería de Santa Lusía en ese estilo tan propio suyo en el que deforma perspectivas, dimensiones de edificios o paisajes para centrar su paciente minuciosidad y detalle en el paisaje humano, el que realmente le apasionó durante toda su vida.

Nadie hoy recuerda las vestimentas tan llamativas de los personajes del cuadro. Incluso nos chocan y nos podrían hacer dudar de su veracidad o fidelidad.

Pero, casualidades de la vida, se han chocado conmigo unos apuntes manuscritos en los que el bueno de José Miguel Barandiaran recoge las respuestas de que un vecino de Laudio (H. de Benito) le da a una de sus entrevistas etnográficas. Año 1936, año del golpe militar franquista que obligó al sacerdote de Ataun a refugiarse en Lapurdi. Quizá por ello quedaron sin publicar. O perdieron su interés.

Por eso es tan grande la alegría de poder resucitarlos, de desenterrarlos del olvido y, además, confrontarlos con las pinceladuras de nuestro genial pintor. Dicen así cuando describen la romería de Santa Lucía:

«…la mayor parte de la gente sube a la ermita por el monte Pagasarri y Ganekogorta muy de mañana […] grandes cuadrillas de tipos romeros muy festivos. Es de advertir su indumentaria que consiste generalmente en blusa de aldeano rayada, pantalones blancos o rayados, faja de color, alpargatas blancas con cintas largas de colores que suelen significar alguna bandera política. Sobre sus hombros viste lujoso un pañuelo llamativo. Algunos suelen vestir grandes sombreros engalanados de flores y plumas y también llevan algún instrumento músico (cuernos bocinas, etc.) con los que llaman la atención de la gente».

Con flores y plumas… Si Barandiaran y Arrue no hablan exactamente de lo mismo… que venga Santa Lucía y lo vea. Que para eso es la patrona de la vista.

Por qué llamamos ZURITO al zurito

Va a ser acabar esta publicación y marcharme corriendo «de pintxopote». En mi caso se trata de la cita inexcusable, del día de socialización por excelencia, el de dejarse de responsabilidades y preocupaciones y entregarse en cuerpo y alma a los amigos. Quizá, con un poco de suerte, igual hoy también acabamos cantando…

Zurito de cerveza

Prefiero el vino pero, como zumba más la badana, suelo optar por beber zurito. Y al respecto quiero hacer una reflexión sobre su denominación, perfectamente conocida pero no divulgada lo suficiente. Ahí os va el origen de esa palabra tan curiosa: zurito.

A pesar de lo que pueda parecer y de lo que los vascos hemos hecho por universalizar el término, en absoluto se trata de una palabra tradicional vasca, sino una incorporación moderna que yo recuerdo en los años a caballo entre los 70 y los 80 del siglo pasado. Me viene a la memoria asimismo que su uso se extendió como un reguero de pólvora porque pensábamos —y pensamos— que era una palabra propia del euskera, ya que procedía «de Gipuzkoa» y era evidente la semejanza entre zurito y zuri ‘blanca’, color de la espuma cervecera. Su irrupción se tomó por parte de los círculos de txikiteros como algo irreverente, provocativo y poco patriota en aquel Laudio de mi adolescencia.

Y es que ese vocablo tan extendido hoy en día, se inventó alguna década atrás —en los 60— en Donostia por el entonces joven Carlos Pérez Garrido Txarli (1938-2018) que, aburrido del habitual pote de vino, empezó a solicitar lo mismo pero de cerveza. Lo denominaban un «mini de cerveza» y consistía en servir medio botellín —no contábamos aún con los grifos expendedores actuales— y dejar la otra mitad para la siguiente ronda. Así podía amoldarse al frenético ritmo del alterne de aquellos años, añadiéndole además un toque de modernidad y de ruptura con la tradición imperante.

La fórmula cuajó y empezó a hacerse común en los establecimientos de la parte vieja donostiarra. Y en un momento dado se pensó en ponerle nombre y acordaron que se llamasen zuritos porque era así como se denominaba la cuadrilla pionera.

Se autodenominaban así por ser seguidores acérrimos del torero Gabriel Haba, «Zurito de Córdoba» , de moda por aquel entonces. Portaba el matador el mismo apodo que su padre y abuelo. Fue a éste, el abuelo, Manuel de la Haba Bejarano (1868-1936) al primero que se le conoció como «zurito» , por unos bultos o zonas blancas en los párpados que, dicen, le hacían parecerse a las palomas zuritas.

Imagen moderna de Gabriel de la Haba Zurito, aquel torero al que admiraba la cuadrilla de jóvenes donostiarras inventores del zurito. Foto: Los sabios del toreo

Hay quien asevera que eran defectos naturales pero, otros tantos, comentan que las marcas se las producían las gafas de soldar ya que, para que se olvidase del peligroso mundo de los toros, la familia lo encaminó para que fuese herrero. Pero descarrilaba una y otra vez así es que alternaba el oficio del metal con su pasión por el toreo.

El picador y torero cordobés Manuel de la Haba Bejarano (1868-1936), el primero que portó el sobrenombre de Zurito por parecer sus ojos los de una paloma zurita

Al parecer, y sin saber si es realidad o leyenda, en cierta ocasión, para animarle que saliese al ruedo a picar o dar unos muletazos, alguien del público, por hacer una gracia comenzó a gritar «¡qué salga el zurito!» por aquellas marcas que, como hemos dicho, tenía en torno a los ojos. Y desde entonces se distinguió con aquel apodo la familia torera en cuestión, linaje de matadores afamados.

Y de toda aquella historia, surge el nombre de nuestro refrescante zurito, ese que una y otra vez me sirven todos los jueves Araceli e Izaskun mientras yo las miro embobado, como si fuese un arrullador palomo zurito…

Para finalizar, recordemos que la palabra zurita es un diminutivo del vocablo castellano zura ‘paloma’ y que surge, a modo de onomatopeya, del sonido zur-zur-zur que hacen dichas aves al cantar.

Salud y que deis buenos capotazos en los pintxopotes.

JOLASTU vs JOKATU: hizkuntza ohar bat

Askotan gertatu bezala, euskara aberatsagoa da gaztelania eta frantsesa baino. Baina egoera ideal horretan ere, gure hizkuntza —euskara— beste bien menpe jartzeko joera dugu, haiei begira, gurtzeko, imitatzeko edo. Eta, horrelakoetan, nahigabean, euskara pobretzen dugu beste hizkuntza harro biei emandako begirune eta zaintza ukatzen dizkiogulako gureari.

Bola-jokoan

Kasu horietako bat JOLASTU eta JOKATU aditzen arteko nahasketa da, euskaraz esparru semantiko ezberdin biak ondo zedarrituak ditugun arren, gaztelaniaz eta frantsesez hitz bakarrean fusionatzen direlako: JUGAR eta JOUER. Eta, ondorioz, gure artean ere sinpletzeko edo bateratzeko joera dugu, gero eta nabariagoa.

Tradiziozko euskaldun batek bikainki bereiztuko ditu esanahi biak batere azalpenik gabe. Baina bereizteko ahalmen hori zeharo barreiatzen da irakaskuntzaren bitartez ikasi dutenen artean (ikasle eta irakale), erreferentzia faltagatik gehienetan, arrunta baita argitalpen, berbaldietan, ikastaroetan eta abarrean gaizki erabilita ikustea. Berriz diot, beti gaudelako ondoko hizkuntza nagusiei miresmenaz begira.

JOLASTU da jolasean ibili, olgetan egonda dibertitu… baina tartean lehiarik ez dagoenean. Irabazlerik eta galtzailerik gabeko jarduera da. Adibidez, panpinekin jolasean gaude. Edo sukaldari zereginetan edo ez dakit zein abenturatan ikusten dugunean gure burua…

JOKATU aditzak edo bere JOKU hitz paraleloak, aldiz, irabazle bat behar dute beti, lehiaketa. Eta, txarrena, baita galtzailea ere. Bola-jokoa, dadoetan, aizkolaritzan edota edozein apostutan…

Bestela esanda, kartetan egon gaitezke jolasean dorreak eraikitzen, trebeziaz nahasten, magia trukoak asmatzen… edo jokoan baldin eta tartean musa, briska edo parekorik baldin badago.

Beste barik eta laburki bilduta, euskarak jolas gehiago behar du eta gutxiago jokoa. Ondo izan.

Castañas, almas y el odioso Halloween

Me sugerían el otro día que profundizase algo más en el triángulo existente entre el odioso Halloween, las almas de los antepasados y la castaña, fruto talismán que en estas fechas parece adquirir poderes sobrenaturales para interactuar entre el mundo que vemos y el del más allá.

Pero, en referencia a lo vasco, poco podemos contar que no sea una mera intuición o la extrapolación por comparación de otras referencias más alejadas que sí conocemos. Porque es evidente que nadie que esté vivo hoy en día ha oído hablar de aquellas lejanas creencias, creencias tomadas por tan vulgares y aldeanas que nadie se compadeció de ellas para dotarlas de eternidad en un documento escrito. No tenemos nada ni lo vamos a encontrar…

Quizá el consumo de castañas como culto a los antepasados tenga que ver con la adoración a la aparente inmortalidad o vida eterna del castaño pues, a pesar de tener el tronco viejo, hueco y sin corazón, continúa produciendo nuevos vástagos que traen frutos año tras año.

Sin embargo, no deja de resultar llamativo que en las encuestas etnográficas de inicios del siglo pasado aparezcan unas fiestas de la castaña para celebrar en el bosque la culminación de la cosecha del preciado fruto, siempre en una fecha pegante a la de Todos los Santos. O que el primer dinero conseguido con su venta se destinase puntualmente cada año a ofrecer una misa para los difuntos, para ayudar a aquellas almas cautivas en la eterna indefinición del purgatorio. Asimismo, en similares épocas (1920) y en encuestas realizadas en Zeanuri, se recoge que se recolectaban las castañas entre San Miguel (29 de septiembre) y Todos los Santos (1 de noviembre), dándose por entendido que los frutos que permaneciesen en el árbol fuera de ese período eran para esos mismos «todos los santos». Es decir, para los difuntos a los que se tiene presentes en esas fechas, más que en cualquier otro período del calendario.

Más suerte en la recogida de datos tuvieron en Asturias, gracias a unos milagrosos apuntes publicados por C. Cabal en 1925. Ahí se habla de creencias populares agonizantes, limitadas a pocas personas ya por aquel entonces, pero que debemos interpretar como la punta de un gran cúmulo de supersticiones populares que, muy probablemente, se compartirían por toda la cornisa cantábrica.

Castañas asadas en una fiesta popular

Decía en sus anotaciones que en el día de difuntos y más aún en el día anterior «…se comen las castañas en el campo a la vera de la hoguera y, al acabar, se dejan unas cuantas y se dice de este modo: «¡Este, pa(ra) que les coman les difuntos!»». Recogido en Tereñes, Ribadesella.

El mismo autor trae también a su obra otra referencia publicada en 1900 en Portugal en la que se asevera que «…en tierras de Portugal suele ponerse una mesa a las doce de la noche y colocar en ellas las castañas para la cena de los muertos» (año 1900).

Ya en fechas más cercanas, el profesor gallego Xosé Ramón Mariño, nos cita en su obra Antropoloxía de Galicia (2000) que, «fue costumbre en toda España y en Italia comer castañas cocidas y asadas en el cementerio y también en la casa» citando a varios autores anteriores. Añade que, «en Portugal, a las doce de la noche —en referencia a la festividad de Todos los Santos— ponen una mesa con castañas para los muertos» así como que «En Asturias dejan unas pocas castañas del magosto —fiesta tradicional de la castaña— para que las coman los difuntos» aclarándonos el autor que, en algunos rincones de la Galicia rural, se mantenía esa costumbre todavía en el período 1926-1965.

Fiesta de la castaña en el último fin de semana de octubre. Apilaiz (Apellániz), Araba.

Asimismo comenta que, a principio del siglo XX y en Viana do Bolo (Ourense), en la tarde del 1 de noviembre se iba al bosque a preparan la merienda del magosto a base de castañas. Al volver, los lugareños dejaban sin apagar aquella lumbre del bosque, sugestionados con la creencia de que allí se calentarían los espíritus de los difuntos que por allí pululaban por ser su festividad. Es decir, la fiesta de la castaña en esa fecha era una jornada de encuentro y convivencia entre los dos estadios de la misma realidad: la de los vivos y la de los difuntos, nunca llamados «muertos» porque, como es sabido, al fallecer no morían sino que «comenzaban una nueva vida» en otra dimensión difícilmente perceptible para los humanos vivos.

Para finalizar, ya en la red de redes, localizamos en El Correo Gallego (28 10 2007) un artículo del historiador y periodista Luis Negro Marco en el que dice que «Hasta el siglo XVII, existió la creencia de que por cada castaña que se comía el día de Todos los Santos y el siguiente de Difuntos, un alma era librada al Purgatorio».

Todo parece indicar por tanto que la ingesta de la castaña estaba en otras épocas muy cargada de simbolismo popular y que era el conducto casi mágico que ayudaba a conectar a los vivos y los seres queridos fallecidos. Y a través de ella, de una humilde castaña asada, nos asomamos hoy a un profundo pozo de arcaicas creencias, mitos y vertiginosos reencuentros con lo que desde hace milenios somos. Una muestra más que, con un poco de imaginación, nos transporta a aquel pasado en el que los vascos y otros muchos pueblos europeos éramos fieles adoradores de bosques y árboles.

No sabemos nada ya, pero todo podemos intuirlo, sentirlo o llenarlo de emociones. Porque, como dijo el gran Jorge Oteiza, «siempre el vacío, la nada, es una poética de la ausencia»

Lástima que, al contrario que en el pasado, nos resulte hoy difícil de creer que podamos hablar con nuestros antepasados para que nos cuenten aquellas vivencias de la historia con más detalle. Bueno, difícil… a no ser que comamos unas mágicas castañas.

«Herrikoi» eta «parte-hartzaile» okertuak

Mantrak hitz edo esaldi sakratuak dira, hinduismoan eta budismoan behin eta berriz errezitatzen direnak jainkoren bat deitzeko asmoz. Ez dakit antzeko zerbait ari den gertatzen azken urte hauetan gero eta egokiago erabiltzen diren «herrikoi» eta «parte hartzaile» esapideekin, han-hemen errepikatuak, batzuetan agerpen behartuarekin ere. Eta ez gutxitan, motibazio politiko batekin. Baina, beste gogoeta batzuk alde batera utzita, arreta jar diezaiogun hizkuntzaren aldetiko okerrari, gure euskararen erabilera desegokiari.

HERRIKOI. Herrikoi hitza ‘popular’ adjektiboaren baliokide moduan erabiltzen da azken boladan eta baita lehenagotik ere. Aurreratu dezagun, beraz, ez dela okerra kasu gehienetan. Baina beste gauza bat da egokia izatea. Horregatik, zertzelada bat gehitu nahiko nioke.

«-koi» atzizkiaz, ‘zerbaiterako joera, zaletasuna’ edo antzeko zerbait islatzen du. Eta beti pertsonei, bizidunei lotua. Horrela, amakoi ‘enmadrado’ da, haragikoi ‘lascivo’, berekoi egoísta, elizkoi ‘meapilas’ edo suminkoi ‘irascible’, besteak beste. Eta ez ‘maternal’, ‘cárnico’, ‘propio’, ‘eclesiástico’ o ‘irritado’. Horregatik, herrikoi hitzari popular baino POPULARISTA edo POPULISTA —konotazio txarrik gabe— esanahia egokitu behar zaio, zalantza barik. Popular baino gehiago, tartean, ñabardura semantiko bat dagoelako.

Edo behinik behin, ez ditu azken urteotan hain modu sistematikoan aurretik ditugun beste baliabide tradizionalak ordeztu behar.

Orain eta esparru soziologiko-politiko zehatz batzuetan, badirudi debekatu direla herrikoi hitz sakratua txertatua ez daramaten esapideak. Horrela «herri bazkariak» (besteek antolatzen dituztenak) tituluaren ordez, «bazkari herrikoiak» (haiek antolatutakoak) topatuko dugu, adierazteko benetako «popularrak» haiek beraiek direla. Eta adimendua lardaskatu arteko abidideak aurkituko ditugu, popular hitzaren jabe egiteko, gehiegizkoak gehienetan: mus txapelketa herrikoia, paella herrikoiak, indaba herrikoiak, kantu herrikoiak edo lasterketa herrikoi modukoak. Lehen horiek herri jaiak, herri bazkari, herri kantua, herri basoa, herri kirolak… moduan erabili ohi ditugu.

PARTE-HARTZAILEA. Esapide hau, bai eta zalantza barik, gaizki erabiltzen da, oinarrizko nahaste semantiko batean duela jatorria. Parte-hartzailea gaztelaniazko ‘participante’ da eta ez ‘participativo’. Horrela, jai parte hartzaileak«, gehienez ere, izango lirateke ‘jai horretan parte hartzen duten lagunak’. Baina aurrekontuak, plangintzak, politika… ezin dira inolaz ere parte-hartzaileak izan.

Participativo esateko, bestelako formulak ditugu eskura, baliatzeko: partaidetzako…, parte hartzeko, edonorentzako«, guztiontzako, irekiak eta abar.

Hau esanda, nahi duenak irakurritakoa erabil dezala. Eta nahi ez duena, segi dadila idazle herrikoi eta parte-hartzailea izaten: guztiontzako tokia dago.

Un «azkonarra» en Laudio

Lo bonito de los tesoros es que siempre aparecen por sorpresa, cuando menos se los espera. Es entonces cuando la alegría producida por el hallazgo se multiplica hasta el infinito.

Uno de esos descubrimientos lo hemos tenido hace unas semanas en Laudio cuando, al acometer las obras de reparación del tejado en un antiguo caserío de Isusi, su propietario localizó bajo el alero un extraño elemento que no llegaba a identificar y del que no sabía nada. Tras la consulta realizada, y facilitada su correspondiente respuesta, hemos pensado que era oportuna la publicación de unas notas al respecto, para el conocimiento general, dado el gran interés cultural del objeto localizado.

Laudioko azkonarra. Aurreko aldea

Se trata de un objeto precioso, escaso y con la doble vertiente del patrimonio material —el objeto en sí— y el inmaterial, porque nos enlaza con antiquísimas creencias y supersticiones populares que ya habíamos perdido. Asimismo, a pesar de que estos elementos han sido muy comunes en nuestra cultura, son pocos los que se han conservado. Y los que perduran, se exponen en museos. No sería merecedor de menos nuestro ejemplar de Laudio ya que, a pesar de contar con una vejez de un cuarto de milenio, se conserva en buen estado.

Es un artefacto que suele conocerse en la cultura vasca con el término «azkonarra«. El nombre le viene dado porque es una pieza metálica adornada normalmente con una piel de “tejón” —azkonarra en euskera—, animal comúnmente conocido entre nosotros como «tasugo».

La denominación de «azkonarra» para nuestro artilugio la recoge ya R. M. Azkue en su celebrado Diccionario (1905), como palabra propia del occidente vasco: «Collada, melena, adornos que se ponen al yugo de los bueyes y que se hacen con la piel de tejón».

Y es que para nuestros antepasados laudioarras que utilizaban aquel aparato, no había nada más deseado y fastuoso que culminar el yugo de una yunta de bueyes con una piel de tasugo. Ante su escasez, también llegaron a usarse pellejos de perros o, como todos hemos conocido, unas pieles de oveja o carnero, con buena lana. Pero nuestra pieza es algo más que una piel.

Laudioko azkonarra. Atzeko aldea

La pieza metálica que la soportaba se amarraba con fuerza a la zona intermedia del yugo, elevándose sobre él, para así aportar más grandiosidad y presencia a la comitiva que encabezaba la pareja de bueyes. Por si ello fuera poco, el conjunto se complementaba con campanillas, cintas de colores y, como hemos dicho, la inexcusable piel de tejón que en nuestro caso va elegantemente cosida al aparejo.

La yunta se adornaba así para las ocasiones especiales, sobre todo para transportar el arreo con el que la mujer contribuía a su casamiento. Muebles, tejidos varios de lino, calderas, herradas, cerámicas… acumulados durante años eran la aportación para cerrar el matrimonio, acarreándose hasta el nuevo hogar, del que la muchacha comenzaba a ser parte inherente e indisoluble. Todavía se recuerda en Laudio alguna de aquellas comitivas.

Azkonarra, Bilboko Euskal Museoan

La función de nuestro «azkonarra» era la de purificar el entorno de maleficios, malas suertes o sortilegios para posibilitar que todo fuese próspero y venturoso en aquel nuevo enlace. Por ello, el conjunto iba culminado con una cruz que todo bendecía a su paso, marcando además la superioridad del dogma católico sobre el resto de elementos del conjunto, mágicos pero paganos, vulgares pero tan arraigados en la mentalidad popular que era impensable no incluirlos. Entre ellos, siempre había unas campanillas que tintineaban con el traqueteo de los bueyes.

Según las creencias de la época, con su sonido purificaban de malas influencias el entorno, especialmente de sortilegios brujeriles y males de ojo. Algo similar a los grandes cencerros con los que se depura el ambiente en algunos carnavales rurales. Al igual que las cintas de colores que ondeaban al viento.

A ello se sumaba el sonido chirriante de las ruedas del carro, cuanto más estridente mejor, pues en nuestra cultura aquel sonido agudo tenía la función de anunciar el paso de la comitiva pero, sobre todo, otra función muy estimada, ya que una vez más se creía que su sonido espantaba a las brujas y anulaba sus malas artes.

Azkonar bat

La preciada piel del tasugo cumplía la misma función. El hecho de tratarse de un animal muy común pero a su vez raramente avistado por los baserritarras—dados sus hábitos nocturnos— así como la creencia de que era un animal que procedía de las entrañas de la tierra, conviviendo con los seres “de la otra parte”, del más allá, le confirió desde épocas muy antiguas unos valores sobrenaturales, mágicos, en las supersticiones populares. Así, se pensaba que su presencia era el mejor remedio para ahuyentar el mal, en especial el temido «begizko» o «mal de ojo». Y es que todo en el tejón parecía tener poderes prodigiosos.

De ahí que las garras de tejón —algunas engarzadas en plata— colgadas al cuello de bebés o personas débiles fuesen un amuleto habitual entre los siglos XV-XVII. O que, de nuevo usado como talismán benefactor, encontremos sus cueros en cuadras o sus garras clavadas en las puertas de caseríos o usada su grasa en los remedios infalibles de los tratamientos de nuestra antigua medicina popular.

Garra de tejón engarzada para llevarla colgada al cuello como amuleto

Por eso, por sus grandes poderes mágicos, era por lo que tanto se ambicionaba la piel de tasugo colocada en elementos como el de nuestro nuevo tesoro. Ya recogieron hace un siglo los etnógrafos Azkue y Barandiaran, diciendo que los boyeros solían cubrir sus animales con piel de tejón, y «en zonas de Bizkaia y Gipuzkoa se consideraba un gran lujo el poner pieles de tejón sobre el yugo en los arreos de boda». Nada menos que para protegernos del mal de ojo, una influencia negativa que ejercen algunas personas, fundamentalmente las brujas, sobre otras personas, animales, cosas y actividades, por diversas caudas, en especial las envidias. Y no es extraño que hasta no hace tanto se atribuyesen las muertes de ganado, enfermedades, plagas en las cosechas y calamidades varias a un maleficio que no se sabía de dónde venía.

Azkonarra, tejón o tasugo.

Y nada más efectivo conocían nuestros antepasados para protegerse de tal amenaza como aquellos azkonarras, como el que casi milagrosamente hemos conservado en el siempre hechizante entorno del Yermo. Dos siglos y medio después, ya está con nosotros, bien protegido, estudiado y a buen recaudo: el azkonarra ha funcionado y una vez más nos ha sonreído la buena suerte.

El artículo, en versión bilingüe, se encuentra publicado en papel en la revista bimensual ZUIN (octubre 2019) del Ayuntamiento de Laudio.

Ritos de invierno ¿Nos acompañas?

El invierno era el período que más incertidumbre y desconcierto infundía a nuestros antepasados. Temerosos de que su frágil suerte les abocase a morir de hambre y penurias, buscaban la supervivencia a través de pequeños “regalos trampa” con los que engañar a aquella Naturaleza que regía su destino. Era el recurso desesperado a lo sobrenatural, a lo mágico, a lo extraordinario para… intentar ir superando día a día aquel largo período de frío y oscuridad.

Untzuneta

Por ello, el invierno es la estación del año con más rituales, costumbres y tradiciones. Para poner la fortuna de nuestro lado, para seducir y engañar a la suerte, para buscar la prosperidad y, al fin y al cabo, dotar de sentido al concepto “vida”.

Interpretación de las señales de la naturaleza, llegada de aves extrañas, rituales protectores de animales, dádivas a las bestias del bosque, ritos de fertilidad u ofrendas de muerte y vida a los inconmesurables bosques se alternaban y sucedían en esta época como en ninguna otra…
Sin embargo, algo que ha formado parte inexorable de nuestros gozos y miedos en el devenir de nuestra existencia… lo hemos olvidado o descuidado por completo.

Pero nos negamos a la desmemoria popular. Y queremos luchar contra ello. Así, vamos a rememorarlo en una actividad que, espero, nos haga conectar con aquella esencia que, formando parte de nosotros, ni sabíamos que la teníamos ahí, esperándonos paciente a que la redescubramos una vez más.

Saldremos de Murueta (Orozko) para, por el pintoresco barrio de Pagatzaurtundu (Pagasandu), ascender en sacrificada pendiente, hasta el sobrecogedor y mágico bosque de hayas trasmochas de Untzuneta. Allí versaremos sobre lo humano y lo divino e, incluso, representaremos (y gozaremos) una frugal ofrenda-ingesta que nos haga soñar con una vida feliz. Por las sobrecogedoras aldeas de Sagarminaga y Asteitza, con vistas a Gorbeia y alternando bosques y pastizales, retornaremos al punto de partida: el medieval poblamiento de Murueta.

En total serán 11,2 km de camino, con un desnivel acumulado de 650 m, casi en su totalidad en la parte inicial. Sábado 5 de octubre. Salida a las 10:00 h desde el Museo de Orozko (iremos hasta Murueta compartiendo vehículos) y fin en el mismo lugar en torno a las 14:00 h. Actividad enmarcada dentro de las Jornadas Europeas de Patrimonio, coordinada por la Diputación Foral de Bizkaia y organizada por ese pueblo que tanto quiero y me quiere: Orozko. Allí os espero para daros la chapa y, espero, la satisfacción de haber aprendido algo más sobre nuestro pueblo. Ah: sí o sí, es necesario apuntarse previamente (Museo de Orozko). Sed formales que si no, nos chillan las chicas majas que lo llevan.