Cuando paseéis hoy por Gardea

Hoy cuando paseéis por Gardea (Laudio)… os encontréis una curiosa alfombra de pétalos y ramas de “millu” (‘hinojo’) frente a la casa Poletxe. Y quizá os sorprenda…

No es fruto de ninguna locura. Es la gran aportación que anualmente hace una gran mujer, Itziar Letona, para que no se pierda una tradición que antes se llevaba a cabo en todas las casas.

Se debe a que hoy es el Corpus Christi, una fiesta de gran raigambre e importancia en otros tiempos (de ahí el conocido dicho de “Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”) pero que dejó de ser festivo como tal en 1989.

La fecha se calcula en función del calendario lunar, siendo por tanto móvil. El mejor “truco” para identificarlo es añadir 60 días al domingo de Resurrección, al domingo de la Semana Santa, y siempre es jueves. Hoy en día, al no ser ya festivo, se celebra el acto religioso en el domingo posterior. En comunidades como Madrid o Castilla-La Mancha así como en numerosos municipios, adoptaron el día de hoy como festividad local para seguir reforzando el poder “intocable” de la Iglesia ya que hubo muchas corrientes críticas internas a la hora de eliminar el carácter de festividad.

Es una fiesta de origen medieval, por cierto, concebida e impulsada de nuevo por otra mujer, Juliana de Cornillon, y celebrada por primera vez en 1246 en Lieja (Bélgica). Con ella se rinde homenaje al cuerpo y sangre de Cristo, es decir al vino y las hostias que, consagradas, reciben en las misas los practicantes que así lo desean. Con ello, se funden los humanos y lo divino, poniéndose “en común”, haciéndose uno… de ahí el término comunión.

Pero sin más rollos mañaneros, quedaos con el detalle de las flores en los Caminos Viejos de Gardea, las únicas supervivientes en el naufragio ya irremediable de otra de nuestras costumbres.

Gracias mil, Itziar, por mantener la llama de nuestro pueblo viva. Mujer tenías que ser…

Por qué el de Laudio es el único pórtico de hierro de Euskal Herria

Cuatro muertos y seis heridos… La desgracia era de tal gravedad que Estanislao Urquijo, por aquel entonces uno de los hombres más poderosos de España y sin duda el más de Álava, no lo dudó ni un instante: abandonó su residencia de negocios en Madrid, para acudir con la mayor celeridad posible a Laudio, en donde creía que en un momento así de amargo él debía estar. De arraigadas creencias católicas, se sentiría en cierto modo responsable de aquella desdicha.

Estanislao Urquijo Landaluze (1817-1889) era un personaje que para aquel entonces había amasado grandes fortunas y había dado arranque a una nueva línea nobiliaria una docena de años atrás: era el primero de los marqueses de Urquijo y había fijado su casa o palacio solariego en aquel Laudio de fines del XIX. Con las características típicas de los sistemas caciquiles de aquella época, ejercía un paternalismo desmedido con sus súbditos a cambio de los votos que le aupasen al poder político.

Estanislao Urquijo Landaluze

Por ello vio que aquella era la ocasión perfecta para ganarse la confianza del pueblo, mayoritariamente carlista, y que recelaba aún de ese nuevo personaje liberal.

Tres hombres dejaron aquel día la vida, entre escombros, al margen de seis heridos, uno de los cuales falleció posteriormente. Se acababa de desplomar el pórtico de la iglesia, reparado cuatro años atrás a expensas del ya célebre marqués.

EL VIEJO PÓRTICO
La historia comienza mucho más atrás, en el siglo XVIII, cuando, alentados por la bonanza económica, se decide eliminar el vetusto templo para dar rienda suelta a la modernidad y desarrollo con la edificación de una nueva iglesia: la que vemos hoy. La labor de tracista –arquitectura– se le encarga nada menos que a Martín de Larrea, el auténtico héroe del momento por haber conseguido lo tecnológicamente “imposible” en el puente de Anuntzibai: salvar una distancia tan grande con un sólo arco.

Aquel nuevo templo fue dotado con un amplio pórtico (1774) en el que pudiese bullir la vida social en los días de climatología adversa. Pero, la construcción que parecía que iba a ser “para una eternidad” no había sido ejecutada con un mínimo de calidad y, tan sólo un siglo después, se encontraba en un estado lamentable, amenazando ruina. Y es por ello por lo se acomete una restauración o reforzamiento en 1878, aplicando un simple sistema constructivo en tinglado y apuntalando con unas novedosas columnas de hierro que había sufragado el recientemente nombrado marqués. Era el arranque del frenético uso del hierro en la construcción, un fruto de la Revolución Industrial, y que haría furor en Europa décadas después.

Pero aquellos apuntalamientos y soluciones parciales tampoco sirvieron para mucho y, un domingo de mercado con una gran nevada, se desplomó con gran estrépito, como si fuese un gigante abatido. Fue, como hoy, un 11 de marzo pero de hace 135 años, es decir, en 1883. Y esa es nuestra historia…

Torre de la iglesia (XVIII) con la antigua casa consistorial anexa y, en el otro extremo, el pórtico (XIX) en el amanecer de un día de nevada.

LA MUERTE, EN EL MERCADO SEMANAL
Una vez más, Dios se olvidó de sus súbditos y allí fallecieron aplastados tres hombres: los laudioarras José Urquijo Muñuzuri y Francisco Urretxi, de 68 y 44 años respectivamente, y Apoliniano Olabarria, natural de Orozko, “de veinte y muchos años” tal y como reza el acta de defunción. Posteriormente falleció uno de los heridos que, por falta de tiempo y de interés real, no hemos localizado. A la dantesca imagen se sumaron diversos heridos de cierta gravedad.

EL SACERDOTE Y SU ESCOPETA
Ya a la medianoche anterior anunció aquel pórtico con sus lamentos que estaba a punto de poner fin a su historia. Debieron ser sonoros los crujidos del maderamen porque, el sacerdote, atemorizado pensando que estuviesen forzando la puerta del templo para robar, efectuó varios disparos de escopeta al aire. Nadie comprendía a qué venía aquello en aquella lóbrega noche en la que los copos de nieve caían sin cesar, engrosando aún más aquella gran nevada.

Al rayar el día pronto vieron que no era cosa de ladrones sino los estertores agónicos de aquella estructura de vigas y columnas que se había desplazado por el peso de la nieve y cuya ruina parecía inminente. Pronto, el excitado alcalde tomó la determinación de designar unos hombres que, con el cargo improvisado de guardas, impidiesen el paso al recinto. Mientras tanto, fueron a consultar al “perito” experto local, alguien que pudiese aportar una solución. Fue un joven herrero del barrio de Goikoplaza que, a la vista del sobrecogedor panorama, no dudo en determinar que había que ir de inmediato a por una pareja de bueyes y derribar aquella amenazante estructura. Pero, mientras se preparaban para ello, en torno a las diez de la mañana, la edificación se desplomó “…con horroroso estruendo…” y atrapó debajo a aquellos desdichados baserritarras que, ante las inclemencias del exterior, habían decidido imponer su terquedad frente a la prohibición de entrar, una prohibición por fortuna sí respetó la gran mayoría de los habituales.

El siniestro suceso conmocionó a toda la comarca y tuvo gran eco en la prensa, incluso en la de ámbito nacional. Yo mismo he escuchado en mi casa en más de una ocasión aquel vago recuerdo –ya sin datos concretos ni fechas exactas– del funesto accidente. Debió ser tal la impresión dejada por aquella desgracia que hasta diez años después no se acomete la construcción de un nuevo pórtico, el actual.

En cualquier caso, el multimillonario y todopoderoso marqués de Urquijo vio ahí la ocasión para dar el do de pecho y así ganarse definitivamente a esa apesadumbrada población, que debería acostumbrarse a buscar siempre protección y auxilio en su entorno. Una estrategia política y social que no era sino la reinterpretación moderna del sistema de vasallaje feudal, propiciado por el sistema de corruptelas políticas poco disimuladas, típicas del régimen bajo la presidencia de Cánovas del Castillo.

EL NUEVO PÓRTICO DE HIERRO
Dejando al margen la opulenta historia de nuestras ferrerías, la cultura del hierro estaba de nuevo en plena expansión mundial gracias a la Revolución Industrial. También en el ámbito geográfico más cercano desde que en 1845 se pusiesen en marcha los primeros hornos altos: Santa Ana de Bolueta con los que, como capitalista, tuvo una fructuosa relación Estanislao Urquijo. Y, siempre unido al metal a través del desarrollo del ferrocarril, también obtuvo vínculos económicos intensos con los posteriores Altos Hornos de Vizcaya (1882) y, su sobrino sucesor, con la Sociedad Vasco Belga de Miravalles (1892).

Por eso se ha dudado que el esplendoroso pórtico de hierro –el único de Euskal Herria– se pudo haber encargado en los nuevos talleres de Ugao y no en los de Bolueta como la lógica siempre nos ha hecho pensar. Pero no hay nada claro al respecto pues, en su estilo, los Urquijo acometieron grandes obras que no dejan rastro documental conocido.

Para más inri, Estanislao falleció (1889) tres o cuatro años antes de levantar el nuevo pórtico por lo que lo inaugurará ya el segundo marqués (1889-1914), Juan Manuel de Urquijo Urrutia sobrino del primero, que murió soltero y sin descendencia.

El curioso pórtico es el punto de encuentro de la cofradía de Sant Roque (desde 1599) cada último domingo de agosto.

Desconocemos asimismo la fecha exacta de su edificación. Pero sí sabemos que es en el período entre 1892, cuando en la documentación se habla de la necesidad de reedificar un nuevo pórtico y 1894 en el que se cita que urge pintar la nueva construcción de hierro pues “se está oxidando en por esta falta [de pintura]”.

Características celosías elaboradas en moldes, algo novedoso en el momento de su construcción.

También la autoría del artístico diseño y concepción del pórtico nos es desconocida si bien se ha apuntado hacia Joaquín Rucoba (1844–1919), uno de los arquitectos más brillantes del momento y que ya usaba el hierro en sus construcciones.

TORRE EIFFEL: DE PARÍS A LAUDIO
Aunque ya se había usado este método de construcción en fechas previas, sin duda debemos nuestra curiosidad arquitectónica local al gran impacto y nueva corriente que supuso la erección de aquella gigante torre de 300 metros en París y que conocemos como Torre Eiffel, en la exposición universal de 1889 que rememoraba el centenario de la Revolución francesa. Tan sólo cuatro años antes de nuestro pórtico férroso…

Figura representando a A. Gustave Eiffel en el tercer y último piso de la torre que lleva su nombre. Tras la cabeza se observa la estructura metálica con sus característicos roblones.

Con el monumento promovido por Gustave Eiffel, se impone en las construcciones de cierta relevancia el uso de piezas de hierro pudelado –un sistema de refinamiento del hierro obtenido en los altos hornos– y que unidas por roblones –especie de remaches o pasadores– da a la construcción unos horizontes dimensionales hasta entonces sólo factibles en sueños.

Consecuencia de aquella moda, es como contamos con el Puente Bizkaia (1893), llamado “puente Colgante” –transbordador que une Portugalete con Getxo– o, sin más, la famosa cruz (1901) que corona la cima de Gorbeia, punto culminante de los territorios de Álava y Bizkaia.

Y es eso, con lo mejor del momento, con lo que el acaudalado marqués quiere beneficiar a su pueblo. Por ello, pórtico de hierro y además tan exquisito y refinado, sólo hay uno: el de Laudio. Lástima que sea una maravilla patrimonial pero a su vez la secuela de que aquellas desdichas almas murieron aplastadas allí, tal día como hoy: un helador 11 de marzo de 1883. Hace 135 años… ¡Cómo pasa el tiempo!

A mi amigo, investigador y cineasta Kepa Sojo, porque en su día me hizo entender ese dichoso pórtico. En muestra de agradecimiento y de la inquebrantable amistad que nos une

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Los chicos de la aldea

 

En Laudio somos gente de aldea. Por mucho que nos empeñemos en autoengañarnos con el espejismo de los últimos cien años de industrialización, pesan mucho más en nuestro carácter los siglos y siglos que hemos pasado recogiendo castañas, viendo orgullosos crecer las txahalas o colocando a cada txarrikuma en la teta correspondiente de la makera. Sin duda, somos de aldea…

Eso conlleva también que seamos algo resentidos y que, cuando nos hacen alguna faena, aguardemos a la espera de un momento dulce para ejercer la venganza: lo que más nos va. Y ese estado de acecho lo podemos apuntalar hasta cuando haga falta: de generación en generación, de familia a familia y por los siglos de los siglos… amén.

Por eso creo que hoy es el día para resarcirnos de una afrenta que les hicieron a nuestros colegas hace nada menos que cien años algunos tuercebotas uniformados de Bilbao. Fue el 10 de febrero de 1918 y multaron y / o metieron al calabozo a unos muchachos que sólo querían cantar. Vayamos al relato de los hechos…

Ya desde 1912 llevaba una cuadrilla de chavalotes del barrio de Gardea (Laudio) construyendo unas carrozas carnavaleras. Sobre ellas cantaban e interpretaban unas obrillas teatrales musicales que llevaban de un lado para otro, tiradas por una yunta de bueyes.

En diversas ocasiones bajaron incluso hasta Bilbao, buscando un público más numeroso y agradecido que el local, que no percibía en aquellas muestras de arte aldeano nada más allá de la gracia o la trastada juvenil, ya que sus letras eran en ocasiones y como corresponde al carnaval, reivindicativas y satíricas.

Se autodenominaban la Comparsa de Llodio y tenía su precedente en otro grupo anterior, la Charanga de Llodio, fundada en 1903.

Los carnavales de aquel entonces se limitaban al domingo, lunes y martes. Este último era el día grande, el más íntimo, y lo aprovechaban para recorrer los caseríos cantando, acompañados de un gallo y pidiendo la voluntad de puerta en puerta para hacer luego una merienda.

El domingo, también festividad grande, era sin embargo el día más apropiado para bajar a Bilbao porque en la villa, lejos de la percepción de la aldea, se aplicaba ya lo del fin de semana ocioso.

Corría por tanto el año 1918. 10 de febrero. Porque hemos dicho que fue exactamente hace un siglo.

Aquel domingo de carnaval había amanecido cálido, con un viento sur que animó más que nunca a los bilbaínos a salir a ver el desfile de carrozas que, por la situación convulsa del momento, sólo contó con dos carrozas que previamente habían tramitado el permiso para desfilar: el coro bilbaíno de Caballeros de los Campos y la docena de laudioarras que se presentaron como Los chicos de la aldea, que era lo que mejor les definía, porque eso es lo que eran y un siglo después es lo que somos.

E hicieron las delicias del respetable como nadie y la expectación y acogida fueron extraordinarias. No en vano, se daban todos los ingredientes para cosechar aquel éxito.

El primero, que en aquella época se da una exaltación y añoranza en Bilbao de aquel país rural que ven cómo se va desvaneciendo. Se frecuentan más que nunca los chacolís de Begoña y Abando y surgen obras musicales de imitación a lo baserritarra, algo que también sucede en la literatura y pintura. Y la obra y escenificación de aquella carroza reflejaban como nunca aquel gusto por lo aldeano.

Por otra parte, tenemos la composición musical de Ruperto Urquijo Maruri (1875-1970) –que por aquel entonces vivía en Bilbao– cuya letra se recogía en un folleto encabezado con un dibujo de su amigo José Arrue Valle (1885-1977), el artista de moda en aquellas épocas, retratista del mundo rural añorado.

Aquellas coplas se vendieron, siguiendo la costumbre de la época, para que la gente pudiese seguir la obra —al no haber megafonía éste era el método habitual— y de paso para sacar algún real con el que tomarse luego algunos cuartillos de vino.

Y esa fue la causa de su tragedia, el no tener en cuenta que los edictos municipales recogían bien claro que no se podía vender nada: «Queda prohibida la circulación de comparsas y estudiantinas por la vía pública, exceptuando las que lleguen de fuera de la provincia […] sin que puedan postular ni vender coplas en la vía pública ni en los cafés y otros establecimientos». Más claro, imposible.

Eran años tensos por motines, huelgas, etc. y no se dejaba que ningún detalle escapase del control policial. Hasta se había pensado en suspender aquellos carnavales por el riesgo que suponían… Pero todo aquello sonaba a chino a los chicos de la aldea y, creyéndose intocables, no hicieron ni caso. Y se armó la marimorena.

A pesar de alegar ante las autoridades que tan sólo habían pedido la voluntad por los libretos –que por cierto, también quedaba prohibido– los numerosos testimonios dejaron patentes que sí los habían vendido. Y todo acabó en un pequeño alboroto y, dicen algunos y las canciones posteriores que hacen referencia al suceso, que dieron con sus huesos en el calabozo o perrera: «En Bilbao al perrera no nos han de meter, cansiones de quimera que no nos gusta haser. Además, verdaderos bilbaínos los que son, tienen para los aldianos abierto el corasón».

Ellos sospechaban que alguien afín al Marqués de Urquijo, había dado el chivatazo de que eran gente “polémica” pero nunca se pudo probar. El marqués era una isla liberal dentro del océano carlista de Laudio y la hostilidad frente a aquel ricachón era una realidad patente en ciertos ambientes populares. Pero nos extraña que fuese así porque era el mismo marqués quien cubría los gastos de la elaboración de aquellas carrozas con forma de caserío, unas carrozas que luego quedaban en los jardines de su palacio, como un elemento pintoresco más.

En opinión de otros testimonios, a pesar de que así lo contaron y cantaron —y cantamos en la actualidad— no acabaron en ningún calabozo y todo se redujo a una reprimenda y una vejatoria y cuantiosa multa.

Y es así como aquel día de gloria acabó en desastre. Con la humillación además de quien se siente ofendido y vapuleado. Por ello es aún una anécdota muy sonada, comentada y celebrada en Laudio y alrededores, porque la tradición oral se ha encargado de mantenerla viva.

De aquella cuadrilla surgiría años después el glorioso club Rakatapla (1931 aprox.) y, décadas más tarde y con un Ruperto Urquijo ya anciano, Los Arlotes (1950 aprox.). Un grupo éste cuya canción más identitaria, titulada Carnavales, grita a los cuatro viento que “Que digan lo que digan ya estamos aquí, nos traen los Carnavales…” y, por si acaso, pone en aviso a los oyentes de que todo aquello fue un error: “…no pedimos nada a nadie porque eso está prohibido pero si echan a la calle será muy bien recibido“. Con terquedad se defiende aún que no se vendieron, buscando un resarcimiento cara a la historia.

Yo soy miembro de este coro, arlote por tanto y chico de aldea a partes iguales, y a mí no se me despistan estas fechas. Por eso sé que ha pasado un siglo exacto… y aquí ando dándole vueltas sin saber cómo poner fin a aquella necesidad de venganza que nos transmitieron nuestros predecesores, que hemos mantenida encendida durante diez décadas y que no podemos cerrar en vacío. Porque las eternidades son muy tediosas.

Se me ocurre el echar el guante a la asociación bilbaína que lo desee o al mismo ayuntamiento y que nos invite a bajar a las Siete Calles a compartir unos potes y a llenar de música y color el ambiente bilbaíno, como sucedió hace ya cien años. Porque preferimos solucionarlo de una vez por todas y vivir lo que nos quede en paz. Que tan de aldea no somos ya…

ANEXO CON LOS DOCUMENTOS ORIGINALES (ARCHIVO MUNICIPAL DE BILBAO). Tienes una visión normal de los documentos. Pero si pinchas en los enlaces podrás además acceder a los documentos con gran resolución, para poder descargarlos e imprimirlos con calidad.

Bando municipal con las prohibiciones para aquellos carnavales:

[Expediente tramitado por el Ayuntamiento de Bilbao en virtud de instancias presentadas por varias comparsas y estudiantinas, solicitando permiso para desfilar por la vía pública durante el Carnaval de 1918, y de la moción del concejal Facundo Perezagua proponiendo la supresión de dicha fiesta por considerarla inoportuna ante de la situación de crisis que se atraviesa. INCLUYE: Programa de la comparsa Los Chicos de la Aldea para las fiestas de Carnaval de 1918 que incluye un dibujo firmado por José Arrúe. Impreso por la Imprenta Sucesores de Aldama en Bilbao. Bando promulgado por el Ayuntamiento de Bilbao haciendo saber al vecindario las disposiciones adoptadas para la celebración del Carnaval los días diez, once y doce de febrero de 1918]
Solicitud que junto al libreto presentó al ayuntamiento de Bilbao el laudioarra Juan Etxebarri, en representación de Los chicos de la aldea:

Detalle del encabezado del libreto, precioso dibujo de José Arrue:

Anverso del libreto con la obra a interpretar:

Reverso del mismo:

 

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Misterios del cordón de San Blas

A pesar de que ya habían perdido el euskera décadas atrás, se intercambiaban como alegre saludo la frase ritual “Sanblasa agerian!!“, ‘¡el [cordón de] san blas a la vista!‘.

Era la manera de mostrar en comunidad la importancia del cordón de San Blas en aquel Laudio de 1935. Lo sabemos gracias a unas anotaciones manuscritas que José Miguel Barandiaran (antropólogo, etnólogo y arqueólogo vasco: 1889 – 1991), el famoso sacerdote ataundarra, tomó el primer día de ese año tras entrevistarse con un anciano local, J. C. Egia Orue. No es la única sorpresa que nos aportan aquellos apuntes que hoy sacamos a la luz.

El cordón de San Blas es un fino cordel de llamativos y variados colores que es bendecido el día del santo (3 de febrero) y se porta atado al cuello durante un período de tiempo para ser finalmente quemado. De hacerlo así, adquiere cualidades sobrenaturales y se convierte en el amuleto perfecto para protegernos de “todos los males de garganta“, sean cuales fueren éstos.

Poco sabemos del porqué de esta costumbre tan arraigada en el occidente vasco pero que, a su vez, es desconocida en la mitad oriental del territorio. Pero el hecho de que nos encontremos en el período de la reactivación de la naturaleza, el que se bendigan alimentos con los que salvaguardarnos con tan solo ingerirlos y que con idéntico fin se protejan los animales de la casa al darles espigas bendecidas, su relación con la llegada de pájaros de buen agüero como la cigüeña, etc. nos hace pensar en un posible origen previo a la cristianización, con raíces más profundas que el relato de que un eremita turco –luego declarado santo por la Iglesia– sanase a un muchacho que tenía una espina en la garganta.

Margarita Basterra Agirre, con sus mostachones y cordones bendecidos, infalibles talismanes para los males de garganta.

DE DÓNDE SURGE
No lo sabemos. Pero dentro de este desconocimiento, se han aventurado diversas especulaciones como que se comenzaría a utilizar en una epidemia en concreto u, otra más curiosa, que sugiere que parte de la bendición tradicional de los alimentos en ese día. Para llevar éstos (rosquillas, etc.) a la iglesia se usarían al parecer cordeles de vistosos colores e incluso alambres. Al llegar de nuevo al hogar, alguien en algún momento de la historia se percataría de que aquellos amarres estaban tan bendecidos como los alimentos mismos. Y por tanto podrían aprovecharse y usarse como protección en vez de tirarlos.

No deja de ser algo aventurado pero sí que encajaría con las notas de Barandiaran que nos dicen que, en el Laudio de hace casi un siglo, «se bendicen además [de los alimentos para personas y ganado y en referencia a los cordones del cuello] toda clase de collares metálicos o de hilo». Metálicos…

 

Nuria Larrinaga Ortiz muestra los cordones bendecidos para la numerosa familia.

HASTA CUÁNDO LO LLEVAMOS
Tras ser bendecidos en la misa de la festividad de San Blas se anudan en el cuello y no se retiran de él bajo ningún concepto. Pero no nos ponemos de acuerdo en el hasta cuándo.

En amplias zonas de Bizkaia –incluido el gran Bilbao, en donde esta costumbre goza de gran arraigo– suele portarse durante nueve días, lo que se conoce como una “novena” [‘práctica devota, dirigida a Dios, a la Virgen o a los santos, que se ofrece durante nueve días’, según la RAE].

En otros casos, los menos, se lleva durante una semana o incluso sin ninguna duración determinada.

Por el contrario, la práctica totalidad de los cordones-collares en Laudio, Enkarterri, Okondo, Orozko, Amurrrio… se retiran el Miércoles de Ceniza –los más rigurosos, al comenzar ese día, noche de martes de Carnaval– es decir, el inicio de un período de penitencias y recogimiento conocido como Cuaresma. Y, más que retirar, han de quemarse para recordárnos lo efímera que es la existencia humana.

Mi madre por ejemplo, siempre recuerda haberlo hecho en el fuego bajo, en la noche que media entre el martes de carnaval y el Miércoles de Ceniza. En nuestra misma cuadrilla de amigos lo hemos quemado varios años a la media noche del último día de carnaval, en la puerta de un conocido bar por el que andábamos gozando de la noche festiva.

Este calendario móvil plantea situaciones curiosas ya que en unos años llevaremos el cordón durante mucho tiempo y en otros, muy poco. Hay incluso casos extremos en que sólo se lleve un día por caer el Miércoles de Ceniza en el día 4 de febrero. Eso sucedió en 1573, 1668, 1761 y 1818, y ocurrirá de nuevo en 2285: creo que no lo veremos.

Por el contrario, en años como el 1546, 1641, 1736, 1886 y 1943 así como en el futuro 2038, será cuando más días llevemos el cordón al cuello, ya que el Miércoles de Ceniza será el 10 de marzo: un total de 35 ó 36 días en función de que febrero sea bisiesto o no. Un lío…

Cordones de San Blas rodean entrañables dibujos de José Arrue (1885-1977)

Como vemos, la fecha de la quema del cordón ha sido motivo de grandes corrientes del “pensamiento popular”, con apasionadas discusiones como si nos fuese la vida en ello. Por el contrario, aquel anciano de Laudio no tuvo reparos en declarar al sacerdote etnógrafo que «se acostumbra llevarlos al menos una semana o hasta el sábado siguiente o bien todo el año hasta el siguiente año». Y no era alguien extravagante sino una persona que había sido especialmente recomendada para contestar al cuestionario etnográfico por ser un destacado conocedor de las costumbres populares antiguas del pueblo.

En otro lugar de sus apuntes [también de 1935 y con un informante local anotado como “D. de “Isusi”] añade que los cordones estarán «…atados al cuello de cada uno de la familia. Lo han de llevar hasta el año siguiente». Añadiendo a continuación que «en caso de que a alguno se le rompiese en el transcurso del año, lo lanzará instantáneamente al fuego, después de hacer la señal de la cruz».

Un año al cuello… Y, sin embargo, hoy nos choca. Y aquello que antes debía ser normal hoy parece motivo de herejía.

Así las cosas, opino que esa rigidez en la fechas ha de ser moderna y, si bien su origen puede ser más antiguo, se generalizarían en el uso con la excesiva clericalización que la sociedad sufrió durante en franquismo. Y cuidado con la memoria que es traicionera…

El harri-jasotzaile –ya retirado– Venancio Ussia con el cordón benefactor al cuello.

LA OBLIGADA QUEMA
El acto de quemar el cordón era en sí tan importante como el de su bendición inicial ya que, sin el uno o el otro, carecería de poderes benefactores para la salud de la garganta. Hoy es algo que se ha olvidado y que pocos practicamos. Por eso invito a recuperarlo, especialmente si hay niños/as de por medio, ya que la incorporación del fuego dotará a todo ello de un halo de magia hechizante.

El cordón, en el momento previo a ser incinerado

Solía recogerse entre los dedos y, tras hacer una oración o santiguarse con él, se arrojaba al fuego, el elemento purificador por excelencia. A partir de ahí comenzaba a reinar la renuncia, la oscuridad, la mortificación del cuerpo… propios de la Cuaresma. Un período duro, temido e incluso odiado.

Por ello estoy seguro de que, hasta el mayor de los beatos, soñaría con que aquello finalizase cuanto antes y que llegase un nuevo año para poder saludarse airosos por la calle con aquel “sanblasa agerian!” que indicaba que nos iba más el carnaval que la cuaresma, la fiesta que la penitencia y la felicidad que la tristeza. Sanblasa agerian… orain eta beti. Izan zaitezte zoriontsu.

Anexo con las notas textuales tomadas por J. M. Barandiaran el 1 de enero de 1935:

«2 de febrero, San Blas
Bendición de objetos comestibles que se supone tienen eficacia contra las enfermedades, tanto en las personas como en los animales domésticos, principalmente el vacuno.
Consistía en pan, naranjas, galletas, espigas (enteras siempre) de maíz, etc.
Cuando enferma algún animal, se le administran. No existe para este caso ninguna fórmula ritual.
Se bendicen además toda clase de collares metálicos o de hilo. Se acostumbra llevarlos al menos una semana o hasta el sábado siguiente o bien todo el año hasta el siguiente año. 
Se les atribuye alguna eficacia como amuleto, creyéndose que al que los lleve no le atacará "ningún mal de garganta".
Es corriente entre erdaldunes la frase euskerica "SAN BLASA AGIRIAN" ('el san blas a la vista') cuando por algún motivo se deja ver.
NB: estas prácticas están en uso solamente en los caseríos»

 

 

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Honen antzeko artikulu bat euskaraz:
san blas haria aratusteen amaieran erretzen denean

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Herria eraikitzeko oporrak

 

Zer egin toponimia kaltegarri suertatzen zaizunean… Bizitzan dena ez da eztitsua. Horregatik natorkizue kontu-kontari.

Joan den asteazkenean, urtarrilaren 18an, lan-batzar bat izan genuen Lakuan, Eusko Jaurlaritzak deitua. Xedea, gardena: orain eta etorkizunean (2018-2020), ahalik eta hoberen kudeatzea eta eskaintzea Euskadiko Autonomia Erkidegoko toponimia (leku-izenak mapetan, nabigatzaileetan, ofizialtzeak…).

Hor nengoen, duela gutxi berriztatu didatelako lehendik hor nuen zeregina: EUDELen ordezkari teknikoa naiz Euskararen Aholku Batzordeko Toponimia Azpibatzordean. EUDEL da, dakikezuenez, Euskadiko udal gehienen bilgunea: garen 252 udaletatik 234 daude hor, hau da, guztien %93. Nik lan egiten dudan udala, Laudio, kidea da: hori da ni hor egotearen arrazoia. Bestela esanda, kide den udal bateko langilea izan barik ezin ninteke batzorde horretan EUDELen ordezkaria izan.

Euskadiko Autonomia Erkidegoan dauden udal teknikarien artetik hautatu ninduten ni toponimia bezalako esparru ederrean jarduteko: nekez irudikatu liteke plazer handiagorik. Ez dakit zergatik hautatu ninduten 2015ean eta zergatik orain (2017ko azaroan) berretsi, ez baitut erakunde horretan inor ezagutzen. Baina egia da, bestetik, aritua naizela aspaldidanik toponimian: Euskaltzaindiko euskaltzain urgazle eta Akademia horretako Onomastika batzordeko kidea izateak lagunduko zuen, hala nola, hainbat toponimia lanetan ibili izanak.

EUDELen ordezkaritza hori, euro-zentimorik kobratu gabe egiten da eta, nire kasuan helburu bakarra du: gure herriaren ondare kultural eta linguistikoan ahalik eta hoberen jardutea, utziko dugun Euskal Herria aurkitu genuena baino hobea izan dadin.

Batzar-mahai handi haren inguruan hainbat erakunde izan ginen, Miren Dobaran sailburuordea mahaiburu eta anfitrioi genuela:

– Eusko Jaurlaritzaren Ingurumena, Lurralde Plangintza eta Etxebizitza Saileko ordezkaria
– Eusko Jaurlaritzaren Gobernantza Publikoa eta Autogobernua Saileko ordezkaria
– Arabako Foru Aldundia
– Bizkaiko Foru Aldundia
– Gipuzkoako Foru Aldundia
– Instituto Geográfico Nacional [Espainiakoa]
– Euskaltzaindia
– toponimian aditutako batzuk eta
EUDEL, udalak, nire bitartez.

Hori guztia ez litzateke aipatzeko albistea izango, esan bezala, lehendik ere ari nintzelako. Baina aldaketa egon da.

Aho bete hortz geratu ziren guztiak hor jarduteko nuen arazoa mahairatu nienean: nire udalean ukatu egin didate horretarako orain arte nuen baimena eta batzar bakoitzeko nire opor-egun bat baliatu beharko dut.

Lehenbiziz suertatu da horrelako egoera eta guztiz berezia da. Salbuespenekoa esango nuke nik. Orain artean, harro zeuden udalak hor euren teknikaria izatearekin. Izatez, horrela egon naiz orain artean.

Bestalde, niri toponimiaren ardura horrek lan-zama handitzea besterik ez dakarkit, esan bezala, “etxeko lana” berdin egin behar dudalako eta batere konpentsazio ekonomikorik izan gabe egiten dudalako lan.

Nirekiko hartu den erabaki hori zilegi eta zuzena bada ere, ez da ezer ezetik sortu den zerbait, ibilbide luze baten azken ondorioa baizik. Eta seguru nago erabaki berezi horrek (eta batez ere jakinaraztean erabilitako tonua) zerikusi zuzena duela orain gutxi herritarrek ni “urteko laudioarra hautatze eta izendatzearekin: akzioaren kontra, erreakzioa. Batzuei ez zaie gustatzen ni hain “ezagun eta baloratua” izatea. Ez dago besterik.

Horrelakoa da bizitzan zenbaitetan pairatzen dugun “kuku-kumearen paradigma“: batzuek hazi ahal izateko, aurretik bota behar dituzte habian dauden beste kumeak, genetika ezberdina dutelako; erail behar dituzte habia-kideak, neba-arrebak, nahiz eta amildutako txoritxoak leku horretako bizilagun legitimoenak izan. Eta hori da duguna eta pairatzen ari garena.

Zer egin? Askatasunaren defentsagatik bada ere, aurrera jo. Eta baliatu horretarako erabili beharreko opor-egun guztiak. Batzar horietan nahi ez nautenei ez diet nik alde egiten ikustearen plazera eskaini nahi: ez dute merezi, ez dut merezi.

Dudan pena bakarra da nire familiari, bereziki nire alaba txikiari, dedikatu beharreko egun horiek lapurtzea. Baina seguru nago noizbait ulertuko, barkatuko eta eskertuko didala. Eta toponimia egoera hobean izango da, neurri batean, bere aitaren ahalegin zigortuari esker. Erraza da horma bat mailuka txikitzea baina zaila eraikitzea: ondo ikas dezala. Eta inoiz ikusiko balu gure herria eraikitzeko opor-egunak erabiltzera kondenatuta dagoela, erabil ditzala batere zalantzarik egin gabe.

PS (2018 02 15): gaur, denbora luze samarra igarota, arazoa konpondu omen da eta batzar horietara joateko baimena (eskubidea) ontzat eman du alkate-udalburuak.

 

La maldición de Lezeaga

No es extraño encontrarnos con leyendas que atribuyan a seres mágicos la edificación de puentes de piedra. Probablemente el solo hecho de que lo realizase una cuadrilla gremial venida de otro lugar desconocido, el que fuese una obra con un detallado proyecto reflejado en unos planos, algo extraordinario de lo que trataba gente que hablaba en una lengua extraña o vete a saber qué, hacía que se recurriese a la imaginación popular, a la leyenda, para justificar su obra.

Así, por toda Europa encontramos relatos que nos cuentan cómo alguien vendió su alma al diablo o a los seres oscuros del más allá, al Mal al fin y al cabo,  a cambio de su codiciada construcción. Pero, en todos ellos, en cierto momento se interrumpe la lógica del relato, rematándolo con un final más o menos feliz.

No fue precisamente venturoso el final de una muchacha de Laudio, convertida en bruja para toda la eternidad, castigada por haber usado malas tretas con tal de garantizar la construcción de aquel puente que tanto deseaba.

Son en realidad referencias de una leyenda que recogiese José Miguel Barandiaran allá por 1935 y que, quizá por su falta de interés o por su similitud con otras historias similares como las del no lejano Puente del Diablo (Kastrexana, Bizkaia), no publicó en sus conocidas obras sobre mitos y leyendas populares vascas.

Nuestra fabulosa historia se localiza en el entorno de Lezeaga (Laudio), paraje bien cargado de leyendas de brujas y cuya relato se desarrolla en un antiguo puente de piedra hoy no existente, eliminado y sustituido por el hormigón, como hizo la modernidad con los relatos de brujas locales que pasaban horas peinándose al sol.

Asimismo desapareció aquella legendaria cueva de Sorginzulo, sepultada en 1983,  la misma que colmaba nuestras aspiraciones exploradoras de la infancia.

Caserío Lusurbei, el más próximo a Lezeaga

Así es que sacamos ahora a la luz aquella leyenda de la joven hechizada, esperando que con ello rompamos aquel maleficio y que pueda correr libre para juntarse con nosotros, sus parientes ya lejanos. Para que nos cuente con más detalle cosas sobre brujas y sobre el cómo es el antro en el que tantos años vivió. Porque eso es lo que apetece ahora que ha llegado el invierno: sentarnos en torno al fuego y dejar que se deslicen sin prisa todas estas bellas leyendas que tanto nos deleitan. Porque sin ellas no somos y sin nosotros no son.

Lo transcribimos sin cambiar nada tal y como lo hemos recogido de las notas manuscritas del sacerdote de Ataun.

«Próximo a la cueva de “Sorginzulo” hay un puente llamado Puente de Leziaga al cual, por una esquina, le falta una piedra.

Cuentan que, como una muchacha tuviese que pasar por aquel lugar por agua y tuviese que dar una gran vuelta por alrededor del río pues no había puente antes, dijo un día malhumorada: “¿No habría algunas brujas que siquiera construyesen un puente aunque yo me juntare con ellas?”

En aquella misma noche un gran ruido tenía alarmados a los caseros vecinos. Eran las brujas que estaban construyendo el puente.

A la mañana temprano, cantó un gallo pinto de un caserío cercano y ellos decían con gran apuro: “canto y ni pío”. Más tarde pero antes de amanecer, cantó otro gallo blanco y volvieron a gritar muy apurados: “cal y canto”. Y finalmente, al amanecer cantó un gallo negro de un tercer caserío y, al oír el canto del gallo negro, todas se metieron a la cueva, juntamente con la chica que dijo que construyeran el puente, convertida ya en bruja.

Al puente, cuando cantó el gallo negro, le faltaba una piedra pero como despavoridas huyeron, el puente existe aún hoy con falta de una piedra.

A la cueva donde se metieron, la teme la gente, pues dicen que suele presentarse en ella la chica convertida en bruja».

29 de septiembre, 176 años sin sanmiguelada

Pocos sabrán que el pórtico de la iglesia de Laudio es el único de hierro de toda Euskal Herria. Y menos que recibía el nombre de Batzalarrin, un lugar que daba sentido a su significado cada 29 de septiembre, un día como el de hoy.

29 DE SEPTIEMBRE, REPETIMOS ELECCIONES
El día de San Miguel siempre ha sido una especie de hito, de mojón, que indicaba el final del verano, la época más benigna para la supervivencia. Algo más que la celebración de un santo. El 29 de septiembre era, al fin y al cabo, el principio y fin del año agrícola. Pero en Laudio, al igual que en otros lugares, era una fecha aún más relevante porque en ella se elegían cada año los nuevos alcaldes y otros cargos adyacentes. Decimos alcaldes porque eran dos.

ANTE LA IGLESIA
Para ello se convocaba a todos los vecinos electores a un lugar llamado Batzalarrin. Su significado es el de ‘atrio, plazoleta, de las reuniones’ [batzar + larrin] y se encontraba pegante a la iglesia, en la “ante iglesia”, precisamente sobre la necrópolis, el cementerio de los difuntos, como garantes éstos de que allí se harían las cosas bien.

BAILARÉ SOBRE TU TUMBA
Y es que por aquel entonces, nuestros cementerios eran el entorno civil más emblemático del pueblo, el lugar de encuentro y convivencia entre vivos y muertos. Por ello no es de extrañar que, en la exigua documentación disponible, aparezcan sobre estos espacios funerarios, actividades mercantiles, de ocio o de carácter social. Era normal instalar sobre las sepulturas puestos de venta o llevar a cabo las más importantes transacciones mercantiles, los tratos entre ganaderos, así como toda suerte de bailes, juegos de bolos, lanzamientos de barra, mimos, marionetas o cualquier otra manifestación de ocio. A pesar de las continuas quejas de la autoridad eclesiástica… Hasta se documentan prostitutas ejerciendo su denostado oficio en tan concurridos lugares.

Era tal la importancia social del lugar que con el tiempo se cubrieron, dando lugar a los pórticos. Como ahora construimos las plazas cubiertas…

TÓCAME LAS… CAMPANAS
Por ello, porque todo acto relevante se hacía allí, era el lugar preciso para elegir a los alcaldes. Las referencias de aquellas reuniones nos vienen de muy atrás. La llamada para acudir a ellas se hacía dando aviso desde los montes (“oteros”) y tañendo las campanas.

PIELARRI
Las juntas municipales y elección de aquellos alcaldes de Laudio se hacían en torno a un gran y solemne árbol que crecía en el camposanto anexo a la iglesia como ya hemos dicho. Es tan complejo el tema del que lo dejamos para profundizar más en otra ocasión.
Posteriormente, bajo él se dispuso una mesa de piedra de sillería para dar más entidad al lugar. Esas mesas eran conocidas en nuestro entorno como pielarri, es decir “fiel + harri, ‘la [mesa de] piedra del fiel’ en este caso en referencia al “fiel de fechos” o secretario que levantaba allí mismo un acta de todos los acuerdos que allí se tomaban. En las últimas referencias históricas sólo se habla de la mesa y no del árbol: probablemente sería talado para posibilitar alguna de las ampliaciones del templo o su porticado. Sabemos que la mesa fue quitada “con la disculpa de” instalar la fuente del pórtico.

LOS DOS CASCABELES DEL ALCALDE
En aquel entorno tan novelesco se elegían cada 29 de septiembre los dos alcaldes que iban a regir el gobierno local, así como otros cargos. Para la elección se usaba un recipiente de cobre en el que se introducían una especie de cascabeles que guardaban las dos candidaturas de las fuerzas políticas de la época (o se era de los Ugarte, “gamboíno” o se era de los Anuntzibai “oñacino”) y que, a suertes, extraía una mano inocente. Los cargos elegidos (Alcalde y Juez ordinario, dos regidores, Procurador General, Alcalde de Hermandad y dos fieles) eran posteriormente validados con el juramento [zin + egotzi: zinegotzi, ‘concejal’] hecho en aquel lugar, frente a los difuntos, el día de Todos los Santos, 1 de noviembre. Una vez más, los antepasados como garantes de la honestidad y lealtad…

 

COLORÍN COLORADO
Tras la pérdida de las primeras guerras carlistas se promulga la ley de 1841. Con ella se impone la uniformización de todos los ayuntamientos pertenecientes a la Corona y la desaparición de los lugares y fórmulas tradiciones locales, como en el caso de Batzalarrin. No con pocas protestas y desaires, dicho sea de paso. Pero la ley era la ley y, aunque a regañadientes, fue paulatinamente acatándose. Sea como fuere, la jarra con sus cascabeles, la mesa de piedra e incluso la presencia de los difuntos, algo que era el centro de la vida de Laudio hasta entonces, dejan de tener sentido y caen en el olvido. Era la modernidad que llegaba: ya no había sitio para las añoranzas. Hasta el euskera, la lengua casi única de los laudioarras hasta el momento, se ve obligada a compartir el terreno con el pujante castellano, emblema de la modernidad.

Cierto es que en unos arrebatos de nostalgia llega a utilizarse aquella mesa de Batzalarrin, con un valor más idealizado que nunca, hasta incluso en 1874. Pero era eso: un mero ritual simbólico, pequeños brotes de rebeldía, de desacato a la autoridad, nada que ver con el ordenamiento jurídico imperante. Eran los últimos estertores en una muerte anunciada.

Además, y a pesar de que siempre se haya achacado la pérdida de valor de aquellas mesas a ley de municipios de 1841, el problema viene de bastante más atrás: desde el cambio de mentalidades producido el siglo anterior.

CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO
La Iglesia hacía tiempo que consideraba “indecente” la costumbre de tratar los asuntos profanos sobre los enterramientos, un lugar considerado sagrado por ella. Por otra parte, en el proceso de modernización, las autoridades municipales deciden desligar sus decisiones de toda sacralidad o religiosidad. Necesitan ahora otro lugar, simbólicamente separado del templo, y que dé cabida al gran número de funciones que las instituciones locales van adquiriendo. Por si fuera poco, en este siglo se comienza a dar la espalda al mundo de la muerte: ya nadie lo quiere tener presente y hasta se convierte en tabú hablar de ello. Los enterramientos se realizan ya en interior de las iglesias, quedando los antiguos cementerios bajo pórtico en un cierto grado de indefinición.

 

ESTO ES UN SINDIOS
Surgen entonces por toda Euskal Herria las nuevas casas consistoriales, los edificios de los ayuntamientos, al margen de lo sagrado. El caso de Laudio no deja de ser llamativo ya que debieron edificarlo atormentados por las dudas del traslado: pretenden ser modernos pero no tanto como para divorciarse del todo de la casa de Dios. Así es que, como caso singular, se construye anexo a la iglesia. Es decir, juntos pero no revueltos. En cualquier caso, a pesar de existir ya las casas consistoriales, en los actos que por su trascendencia necesitaban de una mayor carga simbólica, se sigue usando la mesa de piedra tradicional.

AGUR, BATZALARRIN
Hasta, como hemos dicho, el año de 1841, con la desaparición de las funciones en del antiguo sistema de organización local: concejos, hermandades, anteiglesias (cuyo nombre nos denotan su origen) o cuadrillas de Laudio (Olarte, Larrea, Goienuri y Larrazabal) dejan de existir, por mucho que sus referencias sigan sonando décadas después. Además, en 1876 irrumpe en Laudio la figura del Marqués de Urquijo que, con sus grandes obras civiles, transformará la fisonomía del centro del pueblo. Tanto que llegamos a perder la pista e incluso el recuerdo de aquella antigua mesa de piedra y del nombre Batzalarrin del lugar.

 

Probablemente la gran influencia del marquesado tiene mucho que ver en la desaparición de la memoria de aquella mesa (la mandó retirar con la disculpa de poner una fuente pública, curiosamente en el mismo enclave), de aquellos cascabeles e incluso del mismo nombre del lugar. Eran del entorno liberal, minoritario en un Llodio mayoritariamente carlista, y que debía hacer olvidar todas las referencias del régimen anterior, entre otras cosas, para cumplir la ley promulgada y para continuar con sus grandes negocios en la Corte.

Así, 176 años después, luchamos por recuperar aquella memoria perdida o quizá arrebatada. Nada mejor que el día 29 de septiembre para perder un minuto allí, bajo el único pórtico vasco de hierro, y dejar volar nuestra imaginación hacia aquel pueblo que fue. Allí estarán los difuntos dando una vez más cuenta de todo ello.