CAJÓN DE SASTRE

• Comienzo con el penoso espectáculo, porque ha sido un triste espectáculo, al que casi durante un mes han sometido al país y a la sensibilidad de cada uno de los medios y en particular la TV. Me refiero a lo que quedará en la historia como “la crisis del máster de Cristina Cifuentes”.
La actual presidenta de la Comunidad de Madrid, no lo es por tener un máster, completamente ajeno a la política, sino porque en las primarias celebradas tras la dimisión de Esperanza Aguirre, en febrero de 2016, se alzó como líder con un 97,4% de los votos, Cifuentes ha ido subiendo en la política del PP, desde que, afiliada a los 16 años en Alianza Popular (1980), que derivó en el PP desde 1989.
Se han dado casos de políticos que para adornar su carrera o figura política aducen su ingeniería, al menos “estudios de ingeniería”, como haber estado matriculado en alguna asignatura.
Cristina Cifuentes es licenciada en Derecho por la U. Complutense de Madrid, y un curso superior en Administración Pública en el Instituto de investigación Ortega y Gasset. En alguno de sus documentos aduce su máster en la Universidad Rey Juan Carlos (URJC), sobre La financiación de las Comunidades Autónomas. Este fue su error y blanco de sus enemigos.
A los 26 años es diputada en la cámara regional, y será reelegida varias veces; es Directora del Colegio Mayor Universitario Miguel Antonio Caro; portavoz del Grupo Parlamentario Popular; pertenece al Consejo de Administración de la Universidad RJC y al Consejo social de la Universidad Carlos III de Madrid. En enero del 2012, con Rajoy en la presidencia, es la nueva Delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid. En junio del 2015, es investida Presidenta de la Comunidad de Madrid. El 18 de marzo de 2017 es elegida, con el 93% de los votos, presidenta del PP en la Comunidad de Madrid.
Esta Comunidad de Madrid es ya con vistas a mayo del 2019 la ambición de Podemos, del PSOE y de Ciudadanos.
Hace ya casi un año, el 8 de junio de 2017, Cifuentes fue sometida a una “moción de censura” por Podemos. Fracasó. Sólo votaron a favor los 27 diputados morados. El PSOE se abstuvo, y votaron en contra los 64 del PP más Ciudadanos.
En marzo del 2018, Eldiario.es saca a relucir el máster; dos asignaturas quedaron codificadas como “no presentadas”, sin embargo, dos años más tarde, sin mediar matrícula, aparecen “calificadas” con un notable (7,5). Cifuentes es acusada de haber obtenido su máster con notas falsificadas.
La cuestión se enreda, cuando el rector de la URJC, en rueda de prensa, anuncia que Cifuentes aprobó todas las asignaturas del máster en el 2012, atribuyendo la discrepancia a un “olvido administrativo”. Sin embargo, al día siguiente, 22 de marzo, el rector Javier Ramos, en nota de prensa, anuncia la apertura de un “procedimiento administrativo denominado Información Reservada para aclarar lo sucedido y determinar en su caso las responsabilidades que pudieran existir. Fruto de su investigación interna, el 5 de abril, la URJC, trasladó el caso a la Fiscalía, al apreciar indicios de delito de falsedad documental”. Y, mientras hasta los faroles de la calle parecen pedir la dimisión de la presidenta, Cristina Cifuentes se reafirma en su inculpabilidad, en el apoyo de su partido y de su presidente.
Agítese todo esto revuelto en la TV durante 20 o 30 días y ¿qué puede quedar en la mente y los sentidos de los televidentes? ¿Qué idea sacarán de la política, de los políticos, de la ética política, incluso de la seriedad académica de las universidades? Sin duda algo muy negativo. Por eso digo que ha sido un “penoso espectáculo”. Y, lo peor sería que esa impresión negativa coincidiera con la realidad. Por mucho que Cristina Cifuentes se niegue a dimitir es ya un cadáver político.

• Sigo con la ya más de una vez aludida “torpeza política en Catalunya”.
Me refiero a la increíble incapacidad de los ganadores del 27 D para formar un Gobern y Generalitat legales. Han pasado cuatro meses, y por personalismos, divisiones impertinentes y no sé qué más, y ya podían haber eliminado la actividad del 155, para retomar su conocido empuje empresarial y cultural, y no verse abocados a otras nuevas elecciones.
Sacaron mayoría absoluta, no hagan inútil el esfuerzo de sus votantes; respétenles y cumplan el compromiso contraído con ellos. No echen la culpa a nadie. Pongan en marcha el seny, y dejen que el PNV haga lo que le parece debe hacer respecto a los presupuestos de Rajoy. Yo negociaría teniendo en cuenta lo mejor para Euskadi y el Estado.

• En un tono claramente positivo contemplo “el toque de Macron”. Y me refiero a dos de sus grandes discursos, a los Bernardinos y Conferencia episcopal francesa, y al Parlamento sobre Europa y europeísmo.
Presidente de la República Francesa y, como tal, garante del derecho a creer y no creer, en busca de la comprensión de nuestro mundo tecnológico moderno que junta la bioética y su problemática con el derecho y respeto del inmigrante.
Alumno de los jesuitas en Amiens –ignoro su carácter religioso–, como presidente hace una llamada precisamente a los católicos, en una clara y valiente distinción entre laicidad y laicismo. Este exige que lo religioso se mantenga rigurosamente en lo privado, mientras el presidente exhorta a los católicos a intervenir en la política del Estado con la sabiduría de su sentido ético, la fuerza de su compromiso y el más y más sin límite de su esperanza y acción, algo que algunos atribuyen a su filósofo Paul Ricoeur, yo pienso que puede tener algo que ver con el magis ignaciano.
El Presidente de la República afirma que “no se puede arrebatar al cristianismo su iniciativa y creatividad”. “La semilla católica debe contribuir otra vez y siempre a hacer vivir a nuestra nación.
El vencedor de Marie Le Pen en las urnas, en su discurso ante el Parlamento, reaparece como un fuerte y convencido europeísta frente a los nacionalismos de Estado, capaz de infundir nueva vida a un europeísmo soberanista identitario por naturaleza, historia, voluntad y esfuerzo.
Ante las incertidumbres y temores suscitados por el presidente de la primera potencia mundial, Emmanuel Macron no tiene empacho en presentarse en el despacho oval si cree que puede ser útil en un tema tan delicado como el pacto con Irán.
Hay algo nuevo, vibrante y positivo en este político que inspira frescor, confianza y esperanza. ¡Ojalá sea para el bien de Francia, de Europa y de la Humanidad!

• Hace mucho tiempo que no escribo sobre ETA. Nunca me tembló el pulso. Hoy tengo delante su comunicado o declaración de 8 de abril de 2018. Es una traducción del original euskérico, y no veo por ninguna parte que la traducción tenga la garantía de ser por lo menos “oficial”. Pido disculpas por opinar con esta desventaja.
ETA “reconoce el daño causado en el transcurso de su trayectoria armada”, casi 60 años, “un sufrimiento desmedido” –mucho mayor que el que se suele cuantificar (815 asesinados) y en otros, en casi todos los aspectos de la vida de una comunidad humana, comenzando por el País Vasco, sin poder apelar a un solo bien–. Reconoce también “la responsabilidad adquirida en ese dolor”, “que no tiene vuelta atrás”, ni puede resarcir de ninguna manera, ni con todos los años de cárcel de sus miembros presos. Una organización funesta por sus cuatro costados.
ETA entiende que “muchos consideren y expresen que nuestra actuación ha sido inaceptable e injusta y lo respetamos”. En realidad, es lo que ha sido. No tiene justificación alguna. La violencia, el asesinato, el terrorismo, son crímenes de lesa humanidad.
Cuando ETA, refiriéndose al daño causado, manifiesta que “nada de todo ello debió producirse jamás” … “Ojalá nada de eso hubiese ocurrido”, parece renegar de su actuación; sin embargo, lo impersonal de las formas verbales: “no debió producirse” y los verbos usados: producirse y ocurrir, quitan hierro a ETA como causa única y directa de todo ese daño y sufrimiento. Todo habría sido “cosas que se producen o que ocurren”.
El traductor utiliza tres veces el verbo provocar: “ETA ha provocado”. Provocar es “incitar”, “promover”, “suscitar”. Pero lo que ha hecho ETA es causar: “ETA reconoce el daño que ha causado”. Ese es el verdadero verbo. No “promover”, ni “ocurrir” ni “producirse”.
Pero donde ETA mete la pata hasta el fondo, donde aparece lo que es, es cuando da un paso al frente decisivo, cuando pide perdón. Cuando divide a sus víctimas: las que tenían “participación directa en el conflicto”, estas han recibido lo merecido; en cambio, las víctimas que no tenían esa participación directa, a esas y sus familias pide perdón. Todo el daño causado por ETA es injustificado. ETA tendría que pedir perdón a todas sus víctimas físicas y morales, a todos, millones, que la hemos padecido en Euskadi y fuera de Euskadi durante 60 años.
Conceder el perdón, perdonar, es un acto de notable generosidad que engrandece más el alma de una persona noble y puede salvar la del ofensor por vil que sea. Perdonar es un atajo del creyente hacia Dios.

Negociación, arma política

El Aberri Eguna del PNV me pareció casi excesivamente monocoloreado por el problema catalán, lo que dejó muy alta la lealtad peneuvista a la autonomía hermana. Marcó, sin embargo, su propia actitud y camino, afianzando lo conseguido y atisbando el momento claro de la avanzada: La “Competencia de la Seguridad Social”. Y como remachando lo primero: NO del PNV a los presupuestos de Rajoy mientras esté activo el artículo 155 de la Constitución.

Estoy en contra de la judialización penal de la política, cuyo instrumento es el diálogo y la negociación hasta el acuerdo. No el pitido del juez, ni la cerradura de la puerta de la cárcel. Estoy de acuerdo con la profesora universitaria de Derecho Penal, Carmen Tomás y Valiente, hija de Francisco Tomás y Valiente, asesinado en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid, el 14 de febrero de 1996: “Lo ocurrido no es comparable a la rebelión o golpe de Estado, de que se habla; sólo está clara la desobediencia. Mi idea es que tiene que haber una negociación política”.

No entiendo, no puedo entender, cómo el seny catalán de los ganadores de las elecciones del 21-D, no ha logrado, en más de dos meses, investir a un candidato propio, sin problema con la justicia, como president, la formación de un Govern y Generalitat legales, lo que forzaría a Rajoy a desactivar el 155 de la Constitución. Los personalismos y las divisiones ideológicas o prácticas están totalmente fuera de esta situación. Sacarlos a relucir en este momento me parece un crimen o suicidio político.

Ahora tocaría o toca el tema de los presupuestos del 2018 ó de Rajoy.

La votación tendrá lugar el 25-M. La situación es clara: la clave, el PNV: Toda la votación depende de 5 votos, los del PNV: Si sigue el artículo 155, votarán NO.

Claramente, se trata de un castigo a Rajoy por su conducta con los independentistas que ganaron las elecciones del 21-D, impuestas por el mismo Rajoy.

No hay señal alguna de que entre en considerarlo lo más favorable al Pueblo Vasco ¿Prescinde de él o lo supedita al bien de los independentistas catalanes?

Sólo arguyendo a contrario: Si ha desaparecido la actividad del artículo 155, “en ese caso, votaría SÍ a los presupuestos, se estaría pensando en que el SÍ es favorable al Pueblo Vasco.

Personalmente, yo votaría SÍ, subsistiera o no el 155. Estaría ya negociando el valor de esos cinco votos tan decisivos para Rajoy, como importantes para la libertad y bienestar social del Pueblo Vasco, razón última de ser del PNV.

¿Estoy anteponiendo el bienestar del Pueblo Vasco a la injusticia que se está cometiendo con los soberanistas catalanes? Pues sí. Con razón.

Por mucho que votemos NO, no está en nuestra mano corregir esa injusticia. Denunciarla, sí; ya lo hemos hecho sin resultado. Si Bélgica o Alemania dijeran algo y, se negaran a extraditar a Puigdemont y compañía, algo cambiaría.

Los soberanistas catalanes funcionaron bien hasta el 1-O. En estos últimos meses, habiendo ganado las elecciones del 21-D, han sido incapaces, por “personalismos” o “divisiones ideológicas”, fuera de lugar, han sido incapaces de formar un Govern y una Generalitat legalmente constituidos que por sí mismos hubiesen eliminado el artículo 155. A cada uno lo suyo y, que cada cual aguante su vela.

Los cinco votos que necesita Rajoy son los mejores negociadores mientras él tenga poder.

Si no saca los presupuestos, no muere del todo. Puede resentirse la estabilidad del Estado, que repercutiría en Euskadi, y muy probablemente, habría adelanto de elecciones generales, cuyo resultado sería, a mi juicio, peor. El partido de Rivera ganaría a costa, precisamente, del PP. Un partido más centralista que el PP y con tema u obsesión contra la autonomía vasca: Concierto, cupo… “privilegios”.

Es verdad, que sin haber perdido todavía los presupuestos, en el PP se ha pensado en no presentar a Rajoy, por lo que el PP no adelantaría las elecciones, retrasando mi temor a 2019, a las generales obligatorias.

En cualquier caso, dicho lo dicho, personalmente intentaría sacar chispas al SÍ de los cinco votos.

6.4.18

Semana Santa

“Vacaciones de Semana Santa”, “Viajes de Semana Santa”, rezan las agencias de turismo. ¿”Sales estos días de fiesta”? ¡Cuántas veces se habrá hecho esta pregunta, para cuando ayer me la hicieron a mi dos de mis alumnas!
Quieras o no es la visión secularizada de una Semana Santa que ha tenido en su larga historia otras versiones. No sé si más religiosas o auténticas, porque las liturgias solemnes han roto siempre la monotonía del trabajo y del aburrimiento. Y ¿acaso no es el turismo una de las fuentes de riqueza frente a la temida crisis?
Y con todo, a pesar de todos “los que salen”, todavía nuestras amplias iglesias a la hora de los “oficios de Semana Santa”, vuelven a llenarse de creyentes, exclusivamente mayores, de “los que se quedan”.
Salgas o te quedes ¿por qué no recoger con mente y corazón abiertos, esa Semana Santa de tus recuerdos, de tus vivencias desde la infancia, la auténtica Semana Santa de hace más de dos mil años, llenas de estremecedores ejemplos y lecciones de dignidad humana y también de su debilidad; de grandeza de alma y desinterés propio y también de ruindad; de amor hasta dar la vida por los demás y también de odio hasta quitársela al enemigo? La Semana Santa es la tragedia del Bien sobre el Mal en la que libremente, casi a la fuerza, decidimos que el ser humano es realmente humano.
Probablemente era la tercera Pascua desde que tenía aquel grupo de seguidores fijos. Con ellos había recorrido aquel pequeño país. Se había dado a conocer. Y muchos de aquellos que en sus respectivos pueblos le habían visto y escuchado habían subido también a Jerusalén. Al enterarse algunos de ellos que también Jesús se acercaba, salieron a recibirle y espontáneamente se formó una pequeña comitiva. Alguien dispuso de un borriquillo, y con la ingenua profundidad de la gente sencilla, aderezaron con sus mantos al borrico y le sentaron encima, y entre cantos de textos de la Escritura Santa improvisaron aquel homenaje agradecido a aquel que “había pasado haciendo el Bien” por sus tierras y sus vidas: “Hossana (¡Sálvanos!) Hijo de David”, mientras los ramos de olivos se agitaban a su entorno.
Y él, Jesús, complacido, aceptaba ese pequeño homenaje como todo lo que salía de los corazones buenos.
No supuso una gran conmoción y menos un alboroto o tumulto; pero tuvo eso que perdura, lo que despierta la ternura, la de entonces, la de nuestra infancia –la de la “procesión del borriquito”, la que llevamos los ramos de laurel o las cimbreantes palmas de los más pudientes: ¿somos los hombres –viejos– de hoy, aquellos niños de ayer?; Sencillamente sin inocencia; ¡ternura a pesar de la firmeza!
Y a los cinco días de aquel “Domingo de Ramos”, de aquella “Entrada triunfal”, aquel “Viernes Santo”, aquella “Vía Dolorosa”, coronado de espinas, con su túnica blanca de burla, arrastrando a duras penas la Cruz: Cireneo ayuda a Jesús ¡Ayúdale a llevar su Cruz! ¿La suya? –¡Jesús, ayúdanos a llevar la nuestra!
La Cruz. En el ambiente de Semana Santa y en el Helenístico-Romano de aquella primera Semana Santa –dejadas otras disertaciones culturales sobre distintas cruces y sus significados—la cruz era el suplicium servile, recio supremo, fue el aplicado a Jesus; “Y le crucificaron y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda”. Este sentido es el que recogen fielmente los evangelios.
Sufrimientos tremendos de todas clases, en el cuerpo y en el alma, que sólo los conoce quien los padece. Dolor por todas las partes del cuerpo durante horas interminables, sin morir de una vez; cada segundo, cada minuto, cada cuarto de hora, dolor y dolor, para acabar muriendo: “E inclinando la cabeza, expiró”. ¡Menos mal! ¡Al menos dejó de sufrir! “Pasó haciendo el Bien” y murió sufriendo todos los males. Y el “silencio de Dios ante el Mal”: “Dios mío ¿por qué me has desamparado?”
Ya es bastante el morir, ¿por qué tenemos que morir? La muerte es tan real, tan cotidiana en nuestro entorno –aunque durante muchos años “siempre se mueren los demás”-, muy pronto aprendemos que también nosotros moriremos. Pero ¿por qué? Es “Ley de Vida”, decimos. ¡No!, no es ley de vida, es ley de muerte. La vida produce vida. Pero una “vida mortal”, que acaba en muerte es un contrasentido. El ser es irreconciliable con el no ser, con el dejar de ser. Quizá sea verdad que todo lo que comienza (a ser) tenga fin. ¿Por qué y cómo empezó en este planeta lo que llamamos vida? Mientras conservamos esas condiciones que hicieron surgir y mantener la vida, vivimos y viviremos, pero está claro que llega un momento en que las perdemos, incluso el intelecto nos dice que nuestro organismo material, corruptible, se descompone; incluso lo que llamamos “mente” o “espíritu” depende de las neuronas y acaba cuando éstas mueren…
Y sin embargo, no quiero morir, me rebelo contra la idea y realidad del morir. Inútil e irracionalmente lo sé; pero no “personalmente”, y elijo este término incluyendo en él la exigencia que siento en mi, como de “justicia” de seguir viviendo. Con la conciencia de ser, de vivir, de todo lo que esto supone, choca frontalmente la idea de la muerte. La muerte es un asesino criminal. Pienso que al estadio a que ha llegado el ser humano no le puede corresponder el mismo fin que al simple animal, que al vegetal, aunque la esperanza de vida llegase a los 200 ó 500 años. No es cuestión de más sino de siempre. ¿El ser que en su evolución ha llegado a pensar, querer y amar puede morir como un mero animal o vegetal?
Pero volviendo a Jesús. Jesús no murió; a Jesús lo mataron; no las fieras, sino esa superior categoría de fiera que puede llegar a ser el ser “humano-inhumano”. A Jesús le mataron porque los hombres nos matamos. En Bruselas y en París, en Madrid y en Nueva York… y, en Roma, y en El Cairo y, en Nínive… desde Caín, y antes. ¿También si hubiera habido sólo dos?
Le “crucificaron”, con todas las de la ley, sin atenuantes, como un malhechor; o como un inocente más, uno de tantos, entre tantos ríos de sangre derramada.
Y ahí habría acabado todo como el más rotundo fracaso, o un fracaso rotundo más de una valiente, audaz y bella empresa, de no ser que, por un par de días más tarde, algunos seguidores del crucificado comenzaron a pregonar en el mismo Jerusalén que aquel Jesús de Nazaret que había muerto a la vista de todos en la cruz, sin embargo vivía; que ellos eran testigos, que incluso habían “comido” de nuevo con él; que estaban seguros que “el resucitado” era el mismo que había sido “crucificado”. Llegaron a decir que le habían visto en la “Gloria de Dios”, a la derecha del Padre.
Curioso o paradójicamente, aquel extraño, inverosímil mensaje fue prendiendo poco a poco y no tardaría mucho en que alguno de aquellos discípulos sellara con su sangre también ña verdad de lo que predicaba.
Pero a la vez, y precisamente porque Jesús había resucitado, sus discípulos se preguntaron: ”Entonces ¿qué sentido tuvo su muerte? Si pudo no morir ¿por qué quiso morir?
Los Evangelios dan testimonio de que los primeros cristianos utilizaron la Escritura (A.T.) aplicando algunos de sus textos a Jesús: Así se encontraron un largo y extraño poema de Isaías, un tanto enigmático, al que nunca se le dio significado mesiánico alguno. No se sabía si el profeta hablaba de alguien en particular o se trataba de alguna ficción ejemplarizante. Hablaba de alguien inocente que, cargado de males y dolores, como para taparte los ojos a su paso; castigado terriblemente por Dios expiaba así los pecados de los demás. Alguien, después de la resurrección de Jesús, vio en él una especie de profecía de lo que había sufrido Jesús en lo que llamaríamos “su pasión”. Y aun hoy, en la liturgia del Viernes Santo, antes de la lectura de la Pasión, según el cuarto evangelio, se lee este pasaje, introduciendo en la mente y en el corazón del cristiano todo un esquema teológico ajeno a los cuatro evangelios: el de un Dios ofendido hasta el extremo que los hombres que no cumplen sus mandatos que descarga su ira haciendo sufrir lo indecible hasta la muerte a un inocente que así expía, padece lo que había correspondido a cada uno de los culpables pecadores.
Así tenemos un dios ofendido como un “hombre”, que exige reparación “al contado” como un “hombre”; que esa reparación, que consiste en hacer sufrir hasta la muerte -sintiéndose así Dios satisfecho como un hombre inhumano-, no a un culpable sino precisamente a un inocente. ¡Suprema arbitrariedad e injusticia, dejando, por otra parte, a los culpables en la indignidad de que otro pague por él y cada uno!
Este canto del siervo paciente de Isaías 5213-5312 bien como un mito del paganismo. No, no encaja con el Dios de Israel, el Dios misericordioso y menos con el Padre de N.S. Jesús.
Si hoy la liturgia nos lo pone como clave de la Pasión de Jesús según Juan, él mismo en su primera Carta, exhortando a no pecar, pero reconociendo que así y todo pecamos, dice que tenemos abogado ante el Padre, Jesucristo, el Justo: él es víctima de propiciación por nuestros pecados…y del mundo entero (Jn 21-2). Y exhortando al amor místico, dice: “Dios nos amó y envió a su Hijo como víctima de expiración por nuestros pecados” (Jn 410), alusiones claras a que la muerte sangrienta de Jesús fue el verdadero Yom Kippur, en que de una vez para siempre, borró – expió nuestros pecados, que es lo que el autor de la Carta a los Hebreos en un lenguaje simbólico, difícil, por no decir imposible de entender por el fiel creyente, viene a decir en una serie de párrafos:
“Pues si la sangre de machos cabríos… santifican con su aspersión a los contaminados; cuánto más la sangre de Cristo, que se ofreció a sí mismo a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios” (Heb 913-14). Frente a los sacerdotes del A.T. que ofrecían tantos sacrificios y los sumos sacerdotes, una vez cada año (el Yom Kippur), “lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo” (727: Siendo a la vez, sumo sacerdote y víctima). “Él, por el contrario, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio… ha llevado a la perfección definitiva a los santificados (1012-14). El sacrificio de la cruz.
Es decir, en una palabra, que el suplicio servil de la cruz se ha convertido en el sacrificio, en que Jesús es sumo sacerdote y víctima, que nos salva. Y el sentido judío de la sangre es “vida”, porque la vida está tanto en el aliento como en la sangre –al dejar de respirar como al desangrarse se muere— hace de la sangre objeto de salvación: “¡que por tu preciosa sangre redimiste al mundo!” ¿Es la sangre la que salvó o es el AMOR durante su vida y al entregarla?
Por el contrario, la realidad es que la sangre es causa de muerte, ¡Cuánta sangre derramada cada día! ¡Asesinatos, atentados, guerras! ¿Quién nos salvará de tanta sangre derramada? La humanidad se ahoga en ríos de sangre y de odio.
Y todavía hay otra aberración tipológica la muerte de Jesús. En el ambiente anterior del “amor de Dios” en Jn 410, Pablo llega a exclamar en su “Himno al Amor de Dios”, tras exponer el “plan de salvación” (Rm 828-30): “Si Dios está con nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su hijo sino que lo entregó por todos nosotros ¿cómo no nos dará con él graciosamente…” (Rm 832). ¿Qué padre no perdona a su hijo? ¿Cómo encaja esto con la parábola del hijo pródigo?…
Pero, a partir de esto, de la formulación de Pablo (la subrayada), SS.PP, Orígenes (Hom. VIII in Gn), Agustín (De Civ. Dei XVI, 32), ven que en el sacrificio de Isaac, Abraham es tipo o figura de Dios Padre. Pero, ¿qué clase de tipo o figura? Porque, cualquiera que sea el origen de este relato (Gen 22) aunque Abraham está dispuesto, por ¡obediencia! a sacrificar a su hijo –corriente entre los cananeos y los judíos hasta el S. V a.C.–, el ángel de YHWH, su Padre, no sólo consiente, sino que voluntariamente quiere su muerte, el sacrificio humano de su hijo, por amor a los hombres. ¿Qué clase de amor es este? ¿Es este YHWH, el Dios misericordioso… o el Molisch más sanguinario?
Pilato habría sido inconsciente, pero realmente, el brazo secular de Dios, como en los siglos XVI y XVII el tribunal eclesiástico entregaba sus reos a semejante brazo.
Y sin embargo, la realidad fue y sigue siendo que la muerte de Jesús en la cruz, incluso fuera de la Ciudad Santa fue un acto tan profano como el fusilamiento de un preso en el patio de una cárcel o el uso de la guillotina de los extremistas franceses en la persona de Luis XVI.
Jesús, de la tribu de Judá, que no tiene nada que ver con el sacerdocio (Heb 714), no fue sacerdote sino laico, como un judío más, y no realizó sacrificio alguno ni en el Templo de Jerusalén ni en el Calvario, donde murió porque lo mataron. Quizá a partir de cierto momento de su vida, sospechó que de seguir el camino que se había propuesto, podía correr peligro su vida a causa de los poderosos, y decidió no cambiarlo, porque así le dictaba su conciencia. Pero esto es una conjetura, como tantas otras para salvar tantas lagunas y dudas que nos dejan las fuentes históricas.
En realidad, lo que salva del fracaso al hecho de la cruz fue que la Semana Santa no acabó ahí. La victoria de Jesús sobre la muerte no consistió en que la padeció y sucumbió a ella necesariamente, pero con valentía y dignidad, sino en que su muerte no fue la última palabra DIOS sino la VIDA: ¡Resucitó!; ¡Vive!
Y se llenan los caminos, ida y vuelta, al sepulcro; a Emaús al cenáculo; al monte de Galilea; al lago de Genezaret; al monte de los Olivos: “¡Oh, nube envidiosa! ¿”Y dejas pastor santo / tu grey en este valle hondo, oscuro…”
Y en todas partes “veían” sin acabar de ver, “tocaban” sin acabar de tocar, “oían” sin acabar de oír… Los testigos y las fuentes de historicidad eran de calidad inferior a las de la pasión y muerte de Jesús, abriendo vacíos al misterio del creer.
El cristianismo no olvida la Pasión, pero celebra, por encima de todo la Resurrección; Domingo de Resurrección; ¡la Pascua cristiana! ¡Felices Pascuas de Resurrección! El cristianismo es luz y vida; no suprime la muerte pero aspira a la vida, ¡la vida eterna! ¡Con Cristo resucitado! Porque si él resucitó, también nosotros resucitaremos ¡Esa es nuestra fe!
No lo tuvieron fácil los primeros predicadores que a raíz de la resurrección de Jesús, tuvieron la audacia de proclamarle Mesías –el Ungido–, Hijo de Dios; a él, “el crucificado”. La figura de la cruz cortaba todo discurso, y su sombra negaba toda luz: ¡Maldito el que cuelga del madero! (Dt 2122); ¡Eso era la que era!
No podían suprimirla, pero tampoco fue objeto de exhibición. El grafito del Palatino (a. 136) era más que suficiente, un crucificado con cabeza de burro: “¡El dios de Anaxágoras!”
Pasan los siglos. El lenguaje eclesiástico y los documentos arqueológicos sobre la cruz cristiana hacen referencia a una fiesta concreta: la de Inventio crucis, el “Hallazgo de la cruz”, a raíz de la dedicación el a. 325 de las basílicas constatinianas del Santo Sepulcro y del Calvario. A partir de esta fecha comienzan las homilías de Veneranda Cruce y de Adoratione pretiosae crucis.
A partir de entonces, la adquisición de un lignum crucis podría dar origen a levantar una iglesia o una catedral, y también al negocio de compra-venta. Posteriormente la Iglesia ha dado una serie de decretos sobre estas reliquias:
En Cirilo de Jerusalén (+/- 315-387), aparece ya el signum crucis, la “señal de la cruz”, en la frente, pecho, hombro izquierdo y derecho; antes de cualquier acción; uso que reafirma Agustín (354-430), dándole carácter de “sacramental” y signum victoriae.
El primer crucifijo con Cristo desnudo es del S. V (a. 430?), actualmente en el British Museum, y del S. VI, el de la puerta de madera (panel primero a la izquierda) de la basílica de Santa Sabina de Roma.
La cruz y el crucifijo pasarán los objetos litúrgicos más sagrados en todas sus formas. Y, dado que el dolor y el sufrimiento se prestan mucho a la plástica, el arte pictórico y escultórico del crucificado sobrepasará lo estrictamente religioso. En toda iglesia hay una serie de cruces crucifijos, y en bastantes, generalmente a la entrada-salida, hay un gran Jesús crucificado, como lugar especial de oración y reflexión. Como en las procesiones de Semana Santa, la mayoría de los pasos sonde la pasión del Señor. Cristo resucitado tiene uno solo, a lo más otro: “encuentro con su madre”. La “exaltación”, la “gloria”, el “triunfo”, quizás no sea tan contagioso como la compasión ante el dolor, ni se preste tanto a la reproducción artística.
La Cruz tiene dos fiestas en el calendario cristiano: el 3 de mayo, el Hallazgo de la Cruz, y el 14 de septiembre, la Exaltación de la Santa Cruz. El Domingo, dominicus dies, todos y cada uno de los domingos del año es el día del Señor, el de su Resurrección y el de la nuestra, porque “si hemos muerto con Cristo, resucitaremos con él” (Rm 68). El Cristianismo es vivir ya con el resucitado, es vivir la Resurrección de Cristo: luz, vida, alegría. La Semana Santa acaba con un estallido de estrellas, de ¡Aleluyas!
27.3.2018

Semana Santa

– Id pues, a aprender qué significa: “Misericordia quiero, que no sacrificios” (Mt 913)

– (Los dos mandamientos) y amarle (a Dios) con todo el corazón… y al prójimo como a ti mismo… “vale más que todos los holocaustos y sacrificios” (Mc 1263)

1º.- Es probablemente cierto que si Jesús no hubiese resucitado, al menos, en algún corazón de sus seguidores, no sabríamos nada de él;
2º.- Es históricamente cierto que a Jesús le mataron las autoridades romanas. Así lo atestiguan las fuentes. Afirmación que no se inventa dominando Palestina los romanos y siendo los afirmantes seguidores de Jesús;
3º.- A Jesús, los romanos le aplicaron la pena capital de la cruz, propia o suplicio de la ínfima clase social;
4º.- Es históricamente seguro, o casi, que la condena por atentar contra “Majestatem Senatus Propulique Romani”;
5º.- Es casi históricamente cierto que el delito concreto fue “aparecer” directa o indirectamente, por propia afirmación o de sus seguidores del pueblo como “Rey de los Judíos”;
6º.- El suplicio en la cruz con todo su acompañamiento es dolorosísimo para morir desangrado, asfixiado o de paro cardiaco;
7º.- Es casi seguro, o sin casi, que son los judíos, el sanedrín, quienes condenan a Jesús y lo entregan a Pilato;
8º.- ¿Qué tienen las autoridades judías contra Jesús? La entrada triunfal y la expulsión de los mercaderes;
9º.- Dudoso si el sanedrín podía condenar a muerte y apedrear al condenado;
10º.- La Resurrección es objeto de fe.
27.3.2018

DE BODAS Y DIVORCIOS

Me he resistido mucho a tocar este tema dada mi condición de célibe. “Pero ¿cómo se atreve?”, diría con razón más de uno. Por eso, comienzo concediendo que hablo de matrimonios y divorcios de segunda mano, por lo que veo, oigo y leo. Por ejemplo, Susan Pease Gadoua, que dirige una agencia: “Changing Marriage”, ha escrito: El matrimonio tal y como lo conocemos está muriendo.
Ya no se trata de si hay más matrimonios civiles que “por la Iglesia”, etcétera, sino del fracaso del matrimonio como institución, “tal y como lo conocemos”, o hemos conocido. Me parece una buena descripción de ese matrimonio, algo así: “Matrimonio es el contrato solemne, fundado en consentimiento de los contratantes y ajustado a la forma prescrita por la ley, por el que la pareja se une con igualdad de deberes para vivir juntos, guardarse fidelidad, ayudarse mutuamente y actuar en interés de la familia”.
Etimológicamente la palabra “matrimonio”, viene de matrix, mater, madre, como dando preferencia (de cargas) a la mujer, y curiosamente aparece (1335, 1438) cuando el marido actuaba como dueño y señor. En cambio, “maridaje”, rara en español; mariage en francés, maridaggio en italiano, marriage en inglés, darían primacía al marido.
En cierto sentido la historia del matrimonio es la historia del ser humano, de la humanidad (Génesis, 1) y de las diversas culturas.
La independencia de la mujer (el trabajo fuera de casa) ha supuesto un cambio radical en el matrimonio, y el más radical me parece que ha sido la admisión del matrimonio homosexual.
Para validar o no la afirmación inicial de estas líneas recurro a las estadísticas que, mudas en mil aspectos, son a veces lo más expresivo y concluyente en uno y principal, número y duración.
Tengo que hacer notar que tal afirmación es muy general y tiene muy presente la situación de los EE.UU. En cambio, mis estadísticas incompletas, se refieren exclusivamente a España.
Así al comienzo del s. XX (1909-1918) el número medio de matrimonios al año era de 137.000. Un siglo después, el 2017, se había reducido a la mitad: 68.779.
A esto se añade que el fenómeno contrario al matrimonio, su disolución, el divorcio, se multiplica de forma increíble, como una peste medieval.
En España fue admitido oficialmente por la República, negado por el franquismo y readmitido por ley en 1981.
En el año 2001 se dieron 37.586 divorcios y en el 2016 se triplicaron: 114.039 (Instituto de Política Familiar), 4.365 separaciones y 117 declaraciones de nulidad matrimonial. Es decir, ha habido más divorcios que matrimonios y se han divorciado muchísimos matrimonios de años atrás.
De este altibajo de matrimonios y divorcios, se deduce que la media actual de duración de un matrimonio es de 16,3 años. Los divorcios aumentan considerablemente cuando alguno de los esposos alcanza la década de los 40.
No sé si con esto queda justificada la afirmación inicial de Susan Pease. Ciertamente parece que el matrimonio no está pasando su etapa de oro. Y el divorcio es una forma, me atrevo a llamarla civilizada, de ruptura del matrimonio, por no hablar del creciente número de víctimas de violencia de género. Creciente, al menos en parte, a mi modo de ver, cuanto más se trate de ella, aun para repudiarla, o de las concentraciones para condenarla solemne y comunitariamente.
Y probablemente existen todavía muchas parejas más cuyo matrimonio no funciona pero, sin embargo, ni se divorcian, ni separan, por razones económicas, y sobre todo por los hijos y así siguen “viviendo juntos su doble infelicidad”.
He leído y repensado lo que han escrito sobre el matrimonio investigadoras como Susan Pease Gadoua y Vicki Larson; las figuras de matrimonios que promueven: el de compañía, el parental, el de cónyuges que viven separados, el seguro, el abierto, el indisoluble. Todo lo he leído y repensado. Las dos se refieren a la pareja como tal.
No hablo solo de lo que leo y de mi parecer. Célibe, he estudiado a fondo cada uno de los elementos en juego en el matrimonio: desde el instinto sexual, el sentimiento de atracción físico-afectiva hacia el otro y la convivencia de cada uno de los individuos-sociales.
Célibe, pero, sobre todo, tengo la experiencia de un largo matrimonio tradicional y muy feliz.
Nuestros padres –fuimos nueve hermanos–, celebraron sus bodas de oro, fallecieron a los 90 y 95 rodeados de sus hijos que no les dejamos solos ni un momento.
Hasta poco antes, eran conocidos en el entorno de la calle Buenos Aires, Colón de Larreategui e Ibáñez de Bilbao, como “los eternos novios”. A las 7,15 p.m. interrumpían sus trabajos y daban paseo a San Antón, la Universidad de Deusto o el Sagrado Corazón. Para estar a las 8:15 en casa, hora en que llegábamos los siete de los colegios.
Los matrimonios felices, recuerda Carmen Posadas el comienzo de Ana Karenina, “se parecen entre sí”. Añado que también “se conocen entre sí”. Lo que digo de nuestra familia, lo puedo repetir de cinco o seis, las de nuestros amigos. “En nombre de nuestros padres”, fue el título de un artículo periodístico que escribí. Con ese mismo llevo ya más de 200 folios de recuerdos familiares. Es un deleite y descanso revivir y dejar constancia de tanta felicidad creada.
Los siete hermanos –la mayor, Mª Begoña, murió de meses, y José Ignacio a los 6 años–, somos hechura de nuestros padres. Aprendimos en el calor familiar, sin una orden ni una riña, la placidez del trabajo, del esfuerzo, de la generosidad y del amor. Cada uno intuíamos lo que debíamos hacer. La ayuda mutua era lo natural entre los siete hermanos en un ambiente de alegría y buen humor. Una expresión teníamos prohibida: “estoy aburrido”. “Siempre hay un libro o un juego que inventar” se nos decía. Y jugamos tanto como leímos.
En la época más dura y difícil de la Guerra Civil y nuestro exilio voluntario –enero del 37, julio del 38– estando ya toda la familia en Bélgica, bajamos hasta cerca de Burdeos, a recoger en nuestra familia a tres jovencitos, dos chicas y un chico (16, 10 y 13 años), de familia amiga, que habían quedado huérfanos de madre –el padre no pudo salir de Bilbao–, a la semana de desembarcar. Los seis hermanos –uno había quedado en Bélgica–, nos convertimos en nueve, y en la casa que pudimos ocupar, nadie sospechó que hubiera diferencia alguna en familia tan numerosa. El hecho heroico de nuestros padres fue para nosotros natural.
Hoy, escribiendo “de bodas y divorcios”, me detengo a pensar que hay todavía “matrimonios como los de antes”; que estoy orgulloso de mi familia –lo pienso, pero no lo digo–, de lo que han hecho y hacen el resto de mis hermanos, en favor de los demás. “Las familias felices se parecen entre sí”.

5.3.18

Satisfacción – Admiración

No suele ser la satisfacción mi sentimiento dominante cuando cada mañana me asomo a los medios salpicados de acosos y abusos sexuales, crímenes machistas, niños de once años que agraden a su profesora, o de trece que mata a su hermano de diecinueve porque le molesta…
La satisfacción ayer, 5, muy personal y un tanto egoísta me la proporcionó una entrevista en Diario de Mallorca, a la profesora de Derecho Penal en esa universidad. No soy político ni jurista; un simple ciudadano con la debilidad de analizar a la simple luz de la razón determinados hechos actuales y expresar mi opinión sobre ellos, como he hecho recientemente, en este mismo medio, sobre puntos de la crisis catalana.
Esta persona afirma: “Se ha convertido en jurídico penal un problema político que no debería solventarse por la vía judicial. Lo ocurrido no es comparable a la rebelión o golpe de Estado de que se habla, solo está clara la desobediencia”.
“Yo hubiera deseado que la crisis catalana no se enfocara desde un recurso continuo al Tribunal Constitucional que debe solucionar o paralizar. Mi idea es que tiene que haber una negociación política”.
“Igualmente pienso que Junqueras no debería estar en la cárcel. No hay indicios racionalmente suficientes para la rebelión, y tampoco se da ninguno de los presupuestos para la prisión preventiva, ni riesgo de fuga, ni de reiteración”.
Este es un lenguaje más técnico y preciso que el mío, pero pensaba y pienso que, en conjunto, no andaba descaminado. Y esa seguridad es reconfortante. Me sentía satisfecho.
Por otra parte, la vida de la profesora no ha sido nada fácil. Extremo mi delicadeza y respeto para no herir lo más mínimo a nadie, ni al citar a la letra las expresiones de la entrevistada.
“El padre de una niña violada no debe participar en una comisión parlamentaria sobre las penas correspondientes a ese delito, como llegó a ocurrir”.
“Poco después de morir mi padre, me llamaron de una universidad del sur, para que participara en un congreso sobre terrorismo. Me dijeron que “nos encantaría que vinieras, quién mejor que tú” y les repliqué: “nadie peor que yo”. No debo intervenir en asuntos de política antiterrorista”.
“Nunca me ha gustado esa expresión: víctima del terrorismo. La víctima es mi padre al que mataron, y no quiero esa etiqueta. Con todo el respeto a las asociaciones de víctimas, ninguno de los cuatro hermanos hemos participado en ellas”.
“Lo llevas ahí, siempre lo recuerdas y es una herida, pero no me atrevería a decir que no me he repuesto. Haces tu vida y eres feliz. La familia, los hijos”.
La entrevistada es Carmen Tomás y Valiente, hija de Francisco Tomas y Valiente que fue asesinado en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid el 14 de febrero de 1996. Era catedrático de Historia del Derecho. Fue presidente del Tribunal Constitucional, jurista, historiador y escritor.
Mi satisfacción inicial abre paso a mi admiración y agradecimiento ante tan ejemplar valentía, humanismo y grandeza de espíritu.
6.2.18

DE MAL EN PEOR

Puigdemont en Dinamarca

“No hay situación por mala que sea, que no sea capaz de empeorar”. Este proverbio chino parece estar pensado sobre Cataluña.

Todas las excepcionales medidas sin precedente, tomadas por el Gobierno, incluida la destitución del Govern de la Generalitat elegido legítima y democráticamente, tenían como fin: la vuelta a la legalidad, la restauración de la normalidad y la convivencia y la recuperación económica. Todo se llevaría a cabo a partir de las elecciones autonómicas impuestas por Rajoy para el 21 D.

Las elecciones se tuvieron normalmente, pero nada de lo pretendido se atisba en el horizonte. Al contrario, las nubes más negras anuncian un temporal arrasador.

La campaña electoral, rabiosamente antiindependentista, contaba sin duda con la obvia frustración de una declaración de Independencia y de República Catalana, inútiles brindis al sol y la decepción de muchos ante la fuga de sus hasta entonces admirados líderes.

En una palabra, Rajoy, el PP, el PSC, contaban sin dudar de un nuevo Govern a su medida: “constitucionalista” o “catalán españolista”. Contra esa esperanza –como ya advirtiera Manuel de Prada, ajeno a toda sospecha de parcialidad, en el XL Semanal: “Los catalanes son muy tenaces en sus ideas e ideales políticos”–, los independentistas han vuelto a ganar las elecciones y con mayoría absoluta.

En una palabra, todos aquellos objetivos de legalidad, normalidad, convivencia, recuperación económica, etc., al cesto de los papeles. Todas las fuerzas vivas y la rabia interior, todos los ardides legales, para que el Govern conforme a las urnas no vea la luz. NO a toda investidura de un independentista.

Más aún: “dejemos la vía política, tomemos la ya iniciada penal”: sedición, malversación de fondos, rebelión. Orden de búsqueda y extradición… ¡Viva la cárcel salvadora!

 

21.01.18

Jerusalén capital de Israel

El tema de la capitalidad de Jerusalén ha vuelto a agitar los medios, incluso la Asamblea General de las Naciones Unidas. A muchos de los interesados en esta problemática les habría iluminado la lectura de las columnas de Pilar Rahola: Jerusalén I, II y III, los días 8, 9 y 10, en La Vanguardia de Barcelona. Destacan sus conocimientos, su sensatez y cuestiones y preguntas originales como estas:
“Israel es el único país soberano del mundo cuya capital quieren decidirla otros países. Se trata de la capital de un Estado miembro de la ONU, tiene todas las instituciones de gobierno, y tiene el consenso democrático de su gente. ¿Quién es nadie para decir a Israel el que su capital no es su capital? ¿Lo permitiría Irán, Francia, Jordania? Sin embargo parece que aquello que nadie admitiría debe permitirlo siempre Israel”.
Probabilísimamente, casi cierto, no hay un Estado actual cuya capital sea tan antigua como la de Israel, ni que ha luchado tanto por ella a lo largo de miles de años.
Excavaciones modernas han demostrado que ya en el III milenio a.C. la colina Ophel, Sión, de la Biblia, Urusalem, estaba habitada. Urusalem aparece citada en textos egipcios de 1900 a.C., época de Hamurabi y Abraham. El rey de Urusalem, vasallo de Amenophis III, mantiene correspondencia diplomática en el 1400 a.C. con el rey egipcio, encontrada en Tell el Amarna.
Hacia el año 1000 a.C., David conquista Jerusalén de manos de los jebuseos, poniendo fin a la conquista de la Tierra prometida y dada por Dios (convicción religiosa de los orígenes del pueblo judío).
Jerusalén fue la “casa de David” y la capital de su reino. Salomón, su hijo (970-931), el año 964 comienza la construcción del Templo, con la ayuda del rey fenicio Hiram y la mano de obra de 159.600 trabajadores.
El 597 y 586 Nabucodonosor conquista Jerusalén, roba los tesoros del Templo, lo destruye y quema; lleva cautivos a Babilonia al rey Sedecías, su corte, principales y pueblo de Israel.
Cyro II, el Grande (575-530), rey de Persia, conquista Babilonia y, el año 539 permite a los cautivos judíos volver a su tierra. Se reconstruye Jerusalén y el Templo, mucho más modesto, que el 520 ya está en uso. Con cierta libertad, bajo los persas, Jerusalén es el alma y capital de Israel.
Tras la muerte de Alejandro Magno, el 323, Israel cae bajo los seleucidas. Antíoco IV, Epífanes (215-163) profana el Templo poniendo sobre el altar de los holocaustos la efigie de Zeus Olímpico, que da lugar a la rebelión y guerra de los macabeos, que acaba con la muerte del tirano, la consagración del Templo y Jerusalén (163) y la libertad política, hasta que Pompeyo entra en Jerusalén el año 63. Herodes el Grande, nombrado por Roma, rey de Israel (37-4 a.C.), el año 20 comienza el embellecimiento del 2º Templo y Jerusalén.
Tras la muerte de Jesús, tiene lugar la 1ª Guerra judía contra Roma (64-70) que acaba con la destrucción de Jerusalén y su Templo, así como la expulsión y dispersión de los judíos por el mundo. No obstante, el año 132 ya se había formado otro ejército y guerra (132-135), que acaba con la destrucción y quema total de Jerusalén, sobre cuyas ruinas se levanta una ciudad romana: Colonia Aelia Capitolina.
Se puede afirmar que, al día siguiente de la expulsión del último judío de Jerusalén, ya había por lo menos dos que habían encontrado un rincón donde poder estudiar sus libros sagrados y escribir sus propios comentarios. Jerusalén es la ciudad santa judía y la capital de su tierra. Reconstruida, el 326 tiene lugar el hallazgo de la cruz de Cristo por Santa Helena, y su hijo Constantino comienza la edificación de basílicas que hacen de Jerusalén, además de la capital, el principal lugar de peregrinación cristiana.
De nuevo es destruida el año 614 por el rey persa Cosroes. El 637 –el Corán no menciona Jerusalén– hacen en ella su aparición las tropas árabes islámicas. Del 687-691 se construye la mezquita de Omar sobre la llamada explanada del Templo judío.
Con las Cruzadas, Godofredo de Bouillon hace de Jerusalén la capital del Reino Latino (1099-1291). El año 1516 cae en manos del Imperio Otomano.
En 1917, durante la I Guerra Mundial, el mariscal británico Edmund Henry Allenby entra triunfante en Jerusalén –los otomanos aliados de Alemania– y en septiembre de 1918 da el golpe de gracia al Imperio en la batalla de Megiddo, lugar famoso en el camino de Egipto a Mesopotamia. En Megiddo tenía Salomón sus presuntos establos. Allí encontró la muerte el rey de Jerusalén Josías, el año 609, a sus 31 años, queriendo cerrar el paso al faraón Neco. Esta muerte tan joven supuso una fuerte crisis en el judaismo, pues la teología de la Alianza prometía larga vida a quienes cumplían la Ley, y Josías era uno de los reyes de Jerusalén que salva el veredicto bíblico de la monarquía: “Fuera de David, Josías y Ezequías, todos hicieron lo malo a los ojos del Señor: adoraron a los Baales (dioses paganos falsos), etcétera…”.
Ese mismo año, 1917, tuvo lugar la famosa declaración de Balfour, Secretario de Estado británico, a sir Edmond de Rothschild (judío), prometiendo “un hogar judío en Palestina”.
En 1947 la ONU dividió la región conocida como Palestina (Pílistim: filisteos en hebreo) en dos estados independientes, que Israel acepta y los países árabes rechazan, de tal manera que, el 15 de mayo de 1948, el mismo día en que cesa el mandato británico sobre Palestina y Ben Gurion proclama en Jerusalén el nuevo Estado de Israel, seis países árabes: Egipto, Transjordania, Irak, Siria, Arabia y Líbano, se lanzan contra Israel.
Egipto fue el primero en pedir un armisticio, que fue firmado en Rodas el 24.2.1949. Le siguieron Transjordania, Siria, Irak…
Israel ganó tierra y mar sobre la partición de la ONU. Se quedó con la Jerusalén nueva. No conquistó la ciudad vieja, defendida por la “Legión árabe”, formada por los británicos y con jefes británicos. El barrio judío de esta ciudad, familias de estudios judíos religiosos, fue quemado y destruido por los árabes palestinos después de asesinar a todos sus moradores. Hoy está todo reconstruido como estaba en 1948.
Después Israel pactó con Egipto y Jordania. No lo logró con Siria.
Mis últimos estudios, como estudiante, los realicé en Jerusalén, el año 1958. Fue un año delicioso y muy enriquecedor en todo lo humano y lo divino. No tuve el menor percance y eran años en que todavía vestíamos de sotana. Celebraba la misa en un colegio para niños árabes, cristianos o no. Tengo recuerdos entrañables. Era el décimo aniversario del Estado de Israel. Su capital era la nueva Jerusalén.
En 1981, después de cuatro guerras, no queridas pero ganadas todas por Israel, anexionada ya la ciudad vieja, Israel declara a Jerusalén capital eterna de Israel. Para mí fue reafirmar el gesto final del día solemne de la Pascua. Todos en pie brindaban: “El año que viene en Jerusalén”. Así durante más de 2000 años dispersos por todo el mundo. Pero los que llegaron a 1939 en Europa y no emigraron a tiempo, no volvieron a Jerusalén sino a los campos de exterminio y el Holocausto.
Cuando a raíz de “Jerusalén capital” se alude a posibles actos de violencia, no los niego, son posibles. Pero recuerdo el año 2000, en Camp David, bajo el patrocinio de Bill Clinton: Ehud Barak, primer ministro israelí, acompañado del profesor Shlomo Ben Amí, y Yasser Arafat al frente de la OLP. Se ha tratado todo. Se ha llegado a un acuerdo en todo. Incluso en las dos capitales “Jerusalén”. Se va a pasar a firmar. Pero también pasa una nota a Arafat: “Intifada”. Arafat retira el documento y se va a la intifada.
Desde entonces y mientras exista Hamás, organización terrorista, derivada de “Los Hermanos musulmanes”, no habrá seguridad en Israel y se necesitará un milagro para retomar las negociaciones. El óbice no es Jerusalén capital.
29.12.17