DE BODAS Y DIVORCIOS

Me he resistido mucho a tocar este tema dada mi condición de célibe. “Pero ¿cómo se atreve?”, diría con razón más de uno. Por eso, comienzo concediendo que hablo de matrimonios y divorcios de segunda mano, por lo que veo, oigo y leo. Por ejemplo, Susan Pease Gadoua, que dirige una agencia: “Changing Marriage”, ha escrito: El matrimonio tal y como lo conocemos está muriendo.
Ya no se trata de si hay más matrimonios civiles que “por la Iglesia”, etcétera, sino del fracaso del matrimonio como institución, “tal y como lo conocemos”, o hemos conocido. Me parece una buena descripción de ese matrimonio, algo así: “Matrimonio es el contrato solemne, fundado en consentimiento de los contratantes y ajustado a la forma prescrita por la ley, por el que la pareja se une con igualdad de deberes para vivir juntos, guardarse fidelidad, ayudarse mutuamente y actuar en interés de la familia”.
Etimológicamente la palabra “matrimonio”, viene de matrix, mater, madre, como dando preferencia (de cargas) a la mujer, y curiosamente aparece (1335, 1438) cuando el marido actuaba como dueño y señor. En cambio, “maridaje”, rara en español; mariage en francés, maridaggio en italiano, marriage en inglés, darían primacía al marido.
En cierto sentido la historia del matrimonio es la historia del ser humano, de la humanidad (Génesis, 1) y de las diversas culturas.
La independencia de la mujer (el trabajo fuera de casa) ha supuesto un cambio radical en el matrimonio, y el más radical me parece que ha sido la admisión del matrimonio homosexual.
Para validar o no la afirmación inicial de estas líneas recurro a las estadísticas que, mudas en mil aspectos, son a veces lo más expresivo y concluyente en uno y principal, número y duración.
Tengo que hacer notar que tal afirmación es muy general y tiene muy presente la situación de los EE.UU. En cambio, mis estadísticas incompletas, se refieren exclusivamente a España.
Así al comienzo del s. XX (1909-1918) el número medio de matrimonios al año era de 137.000. Un siglo después, el 2017, se había reducido a la mitad: 68.779.
A esto se añade que el fenómeno contrario al matrimonio, su disolución, el divorcio, se multiplica de forma increíble, como una peste medieval.
En España fue admitido oficialmente por la República, negado por el franquismo y readmitido por ley en 1981.
En el año 2001 se dieron 37.586 divorcios y en el 2016 se triplicaron: 114.039 (Instituto de Política Familiar), 4.365 separaciones y 117 declaraciones de nulidad matrimonial. Es decir, ha habido más divorcios que matrimonios y se han divorciado muchísimos matrimonios de años atrás.
De este altibajo de matrimonios y divorcios, se deduce que la media actual de duración de un matrimonio es de 16,3 años. Los divorcios aumentan considerablemente cuando alguno de los esposos alcanza la década de los 40.
No sé si con esto queda justificada la afirmación inicial de Susan Pease. Ciertamente parece que el matrimonio no está pasando su etapa de oro. Y el divorcio es una forma, me atrevo a llamarla civilizada, de ruptura del matrimonio, por no hablar del creciente número de víctimas de violencia de género. Creciente, al menos en parte, a mi modo de ver, cuanto más se trate de ella, aun para repudiarla, o de las concentraciones para condenarla solemne y comunitariamente.
Y probablemente existen todavía muchas parejas más cuyo matrimonio no funciona pero, sin embargo, ni se divorcian, ni separan, por razones económicas, y sobre todo por los hijos y así siguen “viviendo juntos su doble infelicidad”.
He leído y repensado lo que han escrito sobre el matrimonio investigadoras como Susan Pease Gadoua y Vicki Larson; las figuras de matrimonios que promueven: el de compañía, el parental, el de cónyuges que viven separados, el seguro, el abierto, el indisoluble. Todo lo he leído y repensado. Las dos se refieren a la pareja como tal.
No hablo solo de lo que leo y de mi parecer. Célibe, he estudiado a fondo cada uno de los elementos en juego en el matrimonio: desde el instinto sexual, el sentimiento de atracción físico-afectiva hacia el otro y la convivencia de cada uno de los individuos-sociales.
Célibe, pero, sobre todo, tengo la experiencia de un largo matrimonio tradicional y muy feliz.
Nuestros padres –fuimos nueve hermanos–, celebraron sus bodas de oro, fallecieron a los 90 y 95 rodeados de sus hijos que no les dejamos solos ni un momento.
Hasta poco antes, eran conocidos en el entorno de la calle Buenos Aires, Colón de Larreategui e Ibáñez de Bilbao, como “los eternos novios”. A las 7,15 p.m. interrumpían sus trabajos y daban paseo a San Antón, la Universidad de Deusto o el Sagrado Corazón. Para estar a las 8:15 en casa, hora en que llegábamos los siete de los colegios.
Los matrimonios felices, recuerda Carmen Posadas el comienzo de Ana Karenina, “se parecen entre sí”. Añado que también “se conocen entre sí”. Lo que digo de nuestra familia, lo puedo repetir de cinco o seis, las de nuestros amigos. “En nombre de nuestros padres”, fue el título de un artículo periodístico que escribí. Con ese mismo llevo ya más de 200 folios de recuerdos familiares. Es un deleite y descanso revivir y dejar constancia de tanta felicidad creada.
Los siete hermanos –la mayor, Mª Begoña, murió de meses, y José Ignacio a los 6 años–, somos hechura de nuestros padres. Aprendimos en el calor familiar, sin una orden ni una riña, la placidez del trabajo, del esfuerzo, de la generosidad y del amor. Cada uno intuíamos lo que debíamos hacer. La ayuda mutua era lo natural entre los siete hermanos en un ambiente de alegría y buen humor. Una expresión teníamos prohibida: “estoy aburrido”. “Siempre hay un libro o un juego que inventar” se nos decía. Y jugamos tanto como leímos.
En la época más dura y difícil de la Guerra Civil y nuestro exilio voluntario –enero del 37, julio del 38– estando ya toda la familia en Bélgica, bajamos hasta cerca de Burdeos, a recoger en nuestra familia a tres jovencitos, dos chicas y un chico (16, 10 y 13 años), de familia amiga, que habían quedado huérfanos de madre –el padre no pudo salir de Bilbao–, a la semana de desembarcar. Los seis hermanos –uno había quedado en Bélgica–, nos convertimos en nueve, y en la casa que pudimos ocupar, nadie sospechó que hubiera diferencia alguna en familia tan numerosa. El hecho heroico de nuestros padres fue para nosotros natural.
Hoy, escribiendo “de bodas y divorcios”, me detengo a pensar que hay todavía “matrimonios como los de antes”; que estoy orgulloso de mi familia –lo pienso, pero no lo digo–, de lo que han hecho y hacen el resto de mis hermanos, en favor de los demás. “Las familias felices se parecen entre sí”.

5.3.18

Un comentario sobre “DE BODAS Y DIVORCIOS”

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