Semana Santa

“Vacaciones de Semana Santa”, “Viajes de Semana Santa”, rezan las agencias de turismo. ¿”Sales estos días de fiesta”? ¡Cuántas veces se habrá hecho esta pregunta, para cuando ayer me la hicieron a mi dos de mis alumnas!
Quieras o no es la visión secularizada de una Semana Santa que ha tenido en su larga historia otras versiones. No sé si más religiosas o auténticas, porque las liturgias solemnes han roto siempre la monotonía del trabajo y del aburrimiento. Y ¿acaso no es el turismo una de las fuentes de riqueza frente a la temida crisis?
Y con todo, a pesar de todos “los que salen”, todavía nuestras amplias iglesias a la hora de los “oficios de Semana Santa”, vuelven a llenarse de creyentes, exclusivamente mayores, de “los que se quedan”.
Salgas o te quedes ¿por qué no recoger con mente y corazón abiertos, esa Semana Santa de tus recuerdos, de tus vivencias desde la infancia, la auténtica Semana Santa de hace más de dos mil años, llenas de estremecedores ejemplos y lecciones de dignidad humana y también de su debilidad; de grandeza de alma y desinterés propio y también de ruindad; de amor hasta dar la vida por los demás y también de odio hasta quitársela al enemigo? La Semana Santa es la tragedia del Bien sobre el Mal en la que libremente, casi a la fuerza, decidimos que el ser humano es realmente humano.
Probablemente era la tercera Pascua desde que tenía aquel grupo de seguidores fijos. Con ellos había recorrido aquel pequeño país. Se había dado a conocer. Y muchos de aquellos que en sus respectivos pueblos le habían visto y escuchado habían subido también a Jerusalén. Al enterarse algunos de ellos que también Jesús se acercaba, salieron a recibirle y espontáneamente se formó una pequeña comitiva. Alguien dispuso de un borriquillo, y con la ingenua profundidad de la gente sencilla, aderezaron con sus mantos al borrico y le sentaron encima, y entre cantos de textos de la Escritura Santa improvisaron aquel homenaje agradecido a aquel que “había pasado haciendo el Bien” por sus tierras y sus vidas: “Hossana (¡Sálvanos!) Hijo de David”, mientras los ramos de olivos se agitaban a su entorno.
Y él, Jesús, complacido, aceptaba ese pequeño homenaje como todo lo que salía de los corazones buenos.
No supuso una gran conmoción y menos un alboroto o tumulto; pero tuvo eso que perdura, lo que despierta la ternura, la de entonces, la de nuestra infancia –la de la “procesión del borriquito”, la que llevamos los ramos de laurel o las cimbreantes palmas de los más pudientes: ¿somos los hombres –viejos– de hoy, aquellos niños de ayer?; Sencillamente sin inocencia; ¡ternura a pesar de la firmeza!
Y a los cinco días de aquel “Domingo de Ramos”, de aquella “Entrada triunfal”, aquel “Viernes Santo”, aquella “Vía Dolorosa”, coronado de espinas, con su túnica blanca de burla, arrastrando a duras penas la Cruz: Cireneo ayuda a Jesús ¡Ayúdale a llevar su Cruz! ¿La suya? –¡Jesús, ayúdanos a llevar la nuestra!
La Cruz. En el ambiente de Semana Santa y en el Helenístico-Romano de aquella primera Semana Santa –dejadas otras disertaciones culturales sobre distintas cruces y sus significados—la cruz era el suplicium servile, recio supremo, fue el aplicado a Jesus; “Y le crucificaron y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda”. Este sentido es el que recogen fielmente los evangelios.
Sufrimientos tremendos de todas clases, en el cuerpo y en el alma, que sólo los conoce quien los padece. Dolor por todas las partes del cuerpo durante horas interminables, sin morir de una vez; cada segundo, cada minuto, cada cuarto de hora, dolor y dolor, para acabar muriendo: “E inclinando la cabeza, expiró”. ¡Menos mal! ¡Al menos dejó de sufrir! “Pasó haciendo el Bien” y murió sufriendo todos los males. Y el “silencio de Dios ante el Mal”: “Dios mío ¿por qué me has desamparado?”
Ya es bastante el morir, ¿por qué tenemos que morir? La muerte es tan real, tan cotidiana en nuestro entorno –aunque durante muchos años “siempre se mueren los demás”-, muy pronto aprendemos que también nosotros moriremos. Pero ¿por qué? Es “Ley de Vida”, decimos. ¡No!, no es ley de vida, es ley de muerte. La vida produce vida. Pero una “vida mortal”, que acaba en muerte es un contrasentido. El ser es irreconciliable con el no ser, con el dejar de ser. Quizá sea verdad que todo lo que comienza (a ser) tenga fin. ¿Por qué y cómo empezó en este planeta lo que llamamos vida? Mientras conservamos esas condiciones que hicieron surgir y mantener la vida, vivimos y viviremos, pero está claro que llega un momento en que las perdemos, incluso el intelecto nos dice que nuestro organismo material, corruptible, se descompone; incluso lo que llamamos “mente” o “espíritu” depende de las neuronas y acaba cuando éstas mueren…
Y sin embargo, no quiero morir, me rebelo contra la idea y realidad del morir. Inútil e irracionalmente lo sé; pero no “personalmente”, y elijo este término incluyendo en él la exigencia que siento en mi, como de “justicia” de seguir viviendo. Con la conciencia de ser, de vivir, de todo lo que esto supone, choca frontalmente la idea de la muerte. La muerte es un asesino criminal. Pienso que al estadio a que ha llegado el ser humano no le puede corresponder el mismo fin que al simple animal, que al vegetal, aunque la esperanza de vida llegase a los 200 ó 500 años. No es cuestión de más sino de siempre. ¿El ser que en su evolución ha llegado a pensar, querer y amar puede morir como un mero animal o vegetal?
Pero volviendo a Jesús. Jesús no murió; a Jesús lo mataron; no las fieras, sino esa superior categoría de fiera que puede llegar a ser el ser “humano-inhumano”. A Jesús le mataron porque los hombres nos matamos. En Bruselas y en París, en Madrid y en Nueva York… y, en Roma, y en El Cairo y, en Nínive… desde Caín, y antes. ¿También si hubiera habido sólo dos?
Le “crucificaron”, con todas las de la ley, sin atenuantes, como un malhechor; o como un inocente más, uno de tantos, entre tantos ríos de sangre derramada.
Y ahí habría acabado todo como el más rotundo fracaso, o un fracaso rotundo más de una valiente, audaz y bella empresa, de no ser que, por un par de días más tarde, algunos seguidores del crucificado comenzaron a pregonar en el mismo Jerusalén que aquel Jesús de Nazaret que había muerto a la vista de todos en la cruz, sin embargo vivía; que ellos eran testigos, que incluso habían “comido” de nuevo con él; que estaban seguros que “el resucitado” era el mismo que había sido “crucificado”. Llegaron a decir que le habían visto en la “Gloria de Dios”, a la derecha del Padre.
Curioso o paradójicamente, aquel extraño, inverosímil mensaje fue prendiendo poco a poco y no tardaría mucho en que alguno de aquellos discípulos sellara con su sangre también ña verdad de lo que predicaba.
Pero a la vez, y precisamente porque Jesús había resucitado, sus discípulos se preguntaron: ”Entonces ¿qué sentido tuvo su muerte? Si pudo no morir ¿por qué quiso morir?
Los Evangelios dan testimonio de que los primeros cristianos utilizaron la Escritura (A.T.) aplicando algunos de sus textos a Jesús: Así se encontraron un largo y extraño poema de Isaías, un tanto enigmático, al que nunca se le dio significado mesiánico alguno. No se sabía si el profeta hablaba de alguien en particular o se trataba de alguna ficción ejemplarizante. Hablaba de alguien inocente que, cargado de males y dolores, como para taparte los ojos a su paso; castigado terriblemente por Dios expiaba así los pecados de los demás. Alguien, después de la resurrección de Jesús, vio en él una especie de profecía de lo que había sufrido Jesús en lo que llamaríamos “su pasión”. Y aun hoy, en la liturgia del Viernes Santo, antes de la lectura de la Pasión, según el cuarto evangelio, se lee este pasaje, introduciendo en la mente y en el corazón del cristiano todo un esquema teológico ajeno a los cuatro evangelios: el de un Dios ofendido hasta el extremo que los hombres que no cumplen sus mandatos que descarga su ira haciendo sufrir lo indecible hasta la muerte a un inocente que así expía, padece lo que había correspondido a cada uno de los culpables pecadores.
Así tenemos un dios ofendido como un “hombre”, que exige reparación “al contado” como un “hombre”; que esa reparación, que consiste en hacer sufrir hasta la muerte -sintiéndose así Dios satisfecho como un hombre inhumano-, no a un culpable sino precisamente a un inocente. ¡Suprema arbitrariedad e injusticia, dejando, por otra parte, a los culpables en la indignidad de que otro pague por él y cada uno!
Este canto del siervo paciente de Isaías 5213-5312 bien como un mito del paganismo. No, no encaja con el Dios de Israel, el Dios misericordioso y menos con el Padre de N.S. Jesús.
Si hoy la liturgia nos lo pone como clave de la Pasión de Jesús según Juan, él mismo en su primera Carta, exhortando a no pecar, pero reconociendo que así y todo pecamos, dice que tenemos abogado ante el Padre, Jesucristo, el Justo: él es víctima de propiciación por nuestros pecados…y del mundo entero (Jn 21-2). Y exhortando al amor místico, dice: “Dios nos amó y envió a su Hijo como víctima de expiración por nuestros pecados” (Jn 410), alusiones claras a que la muerte sangrienta de Jesús fue el verdadero Yom Kippur, en que de una vez para siempre, borró – expió nuestros pecados, que es lo que el autor de la Carta a los Hebreos en un lenguaje simbólico, difícil, por no decir imposible de entender por el fiel creyente, viene a decir en una serie de párrafos:
“Pues si la sangre de machos cabríos… santifican con su aspersión a los contaminados; cuánto más la sangre de Cristo, que se ofreció a sí mismo a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios” (Heb 913-14). Frente a los sacerdotes del A.T. que ofrecían tantos sacrificios y los sumos sacerdotes, una vez cada año (el Yom Kippur), “lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo” (727: Siendo a la vez, sumo sacerdote y víctima). “Él, por el contrario, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio… ha llevado a la perfección definitiva a los santificados (1012-14). El sacrificio de la cruz.
Es decir, en una palabra, que el suplicio servil de la cruz se ha convertido en el sacrificio, en que Jesús es sumo sacerdote y víctima, que nos salva. Y el sentido judío de la sangre es “vida”, porque la vida está tanto en el aliento como en la sangre –al dejar de respirar como al desangrarse se muere— hace de la sangre objeto de salvación: “¡que por tu preciosa sangre redimiste al mundo!” ¿Es la sangre la que salvó o es el AMOR durante su vida y al entregarla?
Por el contrario, la realidad es que la sangre es causa de muerte, ¡Cuánta sangre derramada cada día! ¡Asesinatos, atentados, guerras! ¿Quién nos salvará de tanta sangre derramada? La humanidad se ahoga en ríos de sangre y de odio.
Y todavía hay otra aberración tipológica la muerte de Jesús. En el ambiente anterior del “amor de Dios” en Jn 410, Pablo llega a exclamar en su “Himno al Amor de Dios”, tras exponer el “plan de salvación” (Rm 828-30): “Si Dios está con nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su hijo sino que lo entregó por todos nosotros ¿cómo no nos dará con él graciosamente…” (Rm 832). ¿Qué padre no perdona a su hijo? ¿Cómo encaja esto con la parábola del hijo pródigo?…
Pero, a partir de esto, de la formulación de Pablo (la subrayada), SS.PP, Orígenes (Hom. VIII in Gn), Agustín (De Civ. Dei XVI, 32), ven que en el sacrificio de Isaac, Abraham es tipo o figura de Dios Padre. Pero, ¿qué clase de tipo o figura? Porque, cualquiera que sea el origen de este relato (Gen 22) aunque Abraham está dispuesto, por ¡obediencia! a sacrificar a su hijo –corriente entre los cananeos y los judíos hasta el S. V a.C.–, el ángel de YHWH, su Padre, no sólo consiente, sino que voluntariamente quiere su muerte, el sacrificio humano de su hijo, por amor a los hombres. ¿Qué clase de amor es este? ¿Es este YHWH, el Dios misericordioso… o el Molisch más sanguinario?
Pilato habría sido inconsciente, pero realmente, el brazo secular de Dios, como en los siglos XVI y XVII el tribunal eclesiástico entregaba sus reos a semejante brazo.
Y sin embargo, la realidad fue y sigue siendo que la muerte de Jesús en la cruz, incluso fuera de la Ciudad Santa fue un acto tan profano como el fusilamiento de un preso en el patio de una cárcel o el uso de la guillotina de los extremistas franceses en la persona de Luis XVI.
Jesús, de la tribu de Judá, que no tiene nada que ver con el sacerdocio (Heb 714), no fue sacerdote sino laico, como un judío más, y no realizó sacrificio alguno ni en el Templo de Jerusalén ni en el Calvario, donde murió porque lo mataron. Quizá a partir de cierto momento de su vida, sospechó que de seguir el camino que se había propuesto, podía correr peligro su vida a causa de los poderosos, y decidió no cambiarlo, porque así le dictaba su conciencia. Pero esto es una conjetura, como tantas otras para salvar tantas lagunas y dudas que nos dejan las fuentes históricas.
En realidad, lo que salva del fracaso al hecho de la cruz fue que la Semana Santa no acabó ahí. La victoria de Jesús sobre la muerte no consistió en que la padeció y sucumbió a ella necesariamente, pero con valentía y dignidad, sino en que su muerte no fue la última palabra DIOS sino la VIDA: ¡Resucitó!; ¡Vive!
Y se llenan los caminos, ida y vuelta, al sepulcro; a Emaús al cenáculo; al monte de Galilea; al lago de Genezaret; al monte de los Olivos: “¡Oh, nube envidiosa! ¿”Y dejas pastor santo / tu grey en este valle hondo, oscuro…”
Y en todas partes “veían” sin acabar de ver, “tocaban” sin acabar de tocar, “oían” sin acabar de oír… Los testigos y las fuentes de historicidad eran de calidad inferior a las de la pasión y muerte de Jesús, abriendo vacíos al misterio del creer.
El cristianismo no olvida la Pasión, pero celebra, por encima de todo la Resurrección; Domingo de Resurrección; ¡la Pascua cristiana! ¡Felices Pascuas de Resurrección! El cristianismo es luz y vida; no suprime la muerte pero aspira a la vida, ¡la vida eterna! ¡Con Cristo resucitado! Porque si él resucitó, también nosotros resucitaremos ¡Esa es nuestra fe!
No lo tuvieron fácil los primeros predicadores que a raíz de la resurrección de Jesús, tuvieron la audacia de proclamarle Mesías –el Ungido–, Hijo de Dios; a él, “el crucificado”. La figura de la cruz cortaba todo discurso, y su sombra negaba toda luz: ¡Maldito el que cuelga del madero! (Dt 2122); ¡Eso era la que era!
No podían suprimirla, pero tampoco fue objeto de exhibición. El grafito del Palatino (a. 136) era más que suficiente, un crucificado con cabeza de burro: “¡El dios de Anaxágoras!”
Pasan los siglos. El lenguaje eclesiástico y los documentos arqueológicos sobre la cruz cristiana hacen referencia a una fiesta concreta: la de Inventio crucis, el “Hallazgo de la cruz”, a raíz de la dedicación el a. 325 de las basílicas constatinianas del Santo Sepulcro y del Calvario. A partir de esta fecha comienzan las homilías de Veneranda Cruce y de Adoratione pretiosae crucis.
A partir de entonces, la adquisición de un lignum crucis podría dar origen a levantar una iglesia o una catedral, y también al negocio de compra-venta. Posteriormente la Iglesia ha dado una serie de decretos sobre estas reliquias:
En Cirilo de Jerusalén (+/- 315-387), aparece ya el signum crucis, la “señal de la cruz”, en la frente, pecho, hombro izquierdo y derecho; antes de cualquier acción; uso que reafirma Agustín (354-430), dándole carácter de “sacramental” y signum victoriae.
El primer crucifijo con Cristo desnudo es del S. V (a. 430?), actualmente en el British Museum, y del S. VI, el de la puerta de madera (panel primero a la izquierda) de la basílica de Santa Sabina de Roma.
La cruz y el crucifijo pasarán los objetos litúrgicos más sagrados en todas sus formas. Y, dado que el dolor y el sufrimiento se prestan mucho a la plástica, el arte pictórico y escultórico del crucificado sobrepasará lo estrictamente religioso. En toda iglesia hay una serie de cruces crucifijos, y en bastantes, generalmente a la entrada-salida, hay un gran Jesús crucificado, como lugar especial de oración y reflexión. Como en las procesiones de Semana Santa, la mayoría de los pasos sonde la pasión del Señor. Cristo resucitado tiene uno solo, a lo más otro: “encuentro con su madre”. La “exaltación”, la “gloria”, el “triunfo”, quizás no sea tan contagioso como la compasión ante el dolor, ni se preste tanto a la reproducción artística.
La Cruz tiene dos fiestas en el calendario cristiano: el 3 de mayo, el Hallazgo de la Cruz, y el 14 de septiembre, la Exaltación de la Santa Cruz. El Domingo, dominicus dies, todos y cada uno de los domingos del año es el día del Señor, el de su Resurrección y el de la nuestra, porque “si hemos muerto con Cristo, resucitaremos con él” (Rm 68). El Cristianismo es vivir ya con el resucitado, es vivir la Resurrección de Cristo: luz, vida, alegría. La Semana Santa acaba con un estallido de estrellas, de ¡Aleluyas!
27.3.2018

Semana Santa

– Id pues, a aprender qué significa: “Misericordia quiero, que no sacrificios” (Mt 913)

– (Los dos mandamientos) y amarle (a Dios) con todo el corazón… y al prójimo como a ti mismo… “vale más que todos los holocaustos y sacrificios” (Mc 1263)

1º.- Es probablemente cierto que si Jesús no hubiese resucitado, al menos, en algún corazón de sus seguidores, no sabríamos nada de él;
2º.- Es históricamente cierto que a Jesús le mataron las autoridades romanas. Así lo atestiguan las fuentes. Afirmación que no se inventa dominando Palestina los romanos y siendo los afirmantes seguidores de Jesús;
3º.- A Jesús, los romanos le aplicaron la pena capital de la cruz, propia o suplicio de la ínfima clase social;
4º.- Es históricamente seguro, o casi, que la condena por atentar contra “Majestatem Senatus Propulique Romani”;
5º.- Es casi históricamente cierto que el delito concreto fue “aparecer” directa o indirectamente, por propia afirmación o de sus seguidores del pueblo como “Rey de los Judíos”;
6º.- El suplicio en la cruz con todo su acompañamiento es dolorosísimo para morir desangrado, asfixiado o de paro cardiaco;
7º.- Es casi seguro, o sin casi, que son los judíos, el sanedrín, quienes condenan a Jesús y lo entregan a Pilato;
8º.- ¿Qué tienen las autoridades judías contra Jesús? La entrada triunfal y la expulsión de los mercaderes;
9º.- Dudoso si el sanedrín podía condenar a muerte y apedrear al condenado;
10º.- La Resurrección es objeto de fe.
27.3.2018

2 comentarios sobre “Semana Santa”

  1. Después de 2 milenios, en las ciudades donde más se hacen los actos representativos de la Pasión, son los MERCADERES que Jesús tanto deploraba, son los más beneficiados de estas efemérides.

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