Facebook, qué hemos aprendido de la visita de Zuckerberg al Senado

El pasado 10 de abril se dio una situación que, no por esperada, fue convencional. Mark Zuckerberg, la personificación del nuevo Silicon Valley, el de las sudaderas y los pantalones vaqueros, el de los servicios gratuitos que hacen millonarios a sus dueños, el de las nuevas generaciones que entienden que todo es “mejor” a través de una pantalla, se sentaba en el Senado estadounidense para rendir cuentas por el escándalo que unía a Facebook con Cambridge Analytica.

Más allá del morbo que provocó a la prensa la situación. Más allá de la imagen chocante del joven que ha revolucionado el mundo que se encorseta en un traje para explicarle al establishment qué ha ocurrido. Más allá de las preguntas que para muchos resultaron inaceptables por parte de los reguladores, nos queda saber si hemos aprendido algo de la visita de Zuckerberg al Senado -y de su negativa a ir a Londres o Bruselas-. La respuesta es sí. Pero no nos ha gustado nada lo aprendido.

Por un lado Zuckerberg ha demostrado que solo se siente “regulado” o con interés de satisfacer los problemas generados a sus clientes americanos. ¿Por qué? Porque tan solo le puede afectar la regulación de Trump. Precisamente por eso ha decidido declinar la invitación de Londres y Bruselas a responder por el grave caso de vulneración de la privacidad de millones de usuarios.

Por otro lado, ese mismo regulador que ha de conseguir que Facebook sea una red social más transparente ha demostrado una enorme ineptitud. Es prácticamente imposible esperar un control sobre este perfil de empresas como el que la Comisión Europea ha entablado contra Microsoft, Google o Apple con anterioridad. Ni siquiera unas restricciones similares a la que ciertos Estados de la Unión han propuesto contra la red social. ¿Por qué? Porque durante las cinco horas que duró la comparecencia quedó patente la incapacidad de los reguladores de entender a qué se enfrentan.

Solo por eso se entienden comparaciones con la industria del motor a la hora de averiguar si Facebook es un monopolio -y, seamos sinceros, su control sobre Instagram y WhatsApp lo convierte como mínimo en un actor dominante- o sobre si Apple, Google, Amazon o Microsoft son sus rivales.

No obstante, hubo preguntas que fueron un atisbo de luz: “¿siguen a los usuarios cuando dejan la red social?”. La desfachatez de Zuckerberg fue tal que remitió a que debía consultárselo a sus técnicos. La misma persona que se jacta de crear Facebook de la nada, de conocerlo completamente, de querer “arreglarlo”. ¿Cómo hacerlo sin saber sobre temas tan importantes?

Pero Zuckerberg quedó retratado cuando le preguntaron si estaba dispuesto a compartir con los asistentes el nombre del hotel en el que se hospedaba o si, directamente, podía compartir con ellos las conversaciones que mantuvo con terceros la noche anterior. Por supuesto la respuesta fue no. No quiere para él lo que él ha hecho a los demás.

Uno de los puntos más “risibles” para el gran público y todos los jóvenes tecnófilos está relacionado con la afirmación de un senador sobre las condiciones de uso: “apestan”. Y, siendo justos, lo hacen. Ocupan 3.000 folios. Animo a cualquiera de los lectores a que lo comparen con la longitud de su hipoteca, su contrato de alquiler o el último consentimiento médico que hayan firmado. Incomparable. ¿Por qué? Porque genera desinformación por sobreinformación. Porque como nadie las lee permite meter en esas 3.000 páginas casi lo que se quiera y porque demuestra la ignorancia y la confianza ciega y peligrosa que tenemos en las empresas.

¿Qué debe ocurrir ahora? Está claro que en Estados Unidos habrá algún tipo de sanción. Mucho más simbólica que efectiva porque por mucho que la empresa caiga en Bolsa, sigue siendo gigante. Porque somos animales de costumbres y porque si nos olvidamos de la guerra de Ucrania en dos semanas, nos olvidaremos de esto en menos tiempo. Y sobre todo, porque Silicon Valley es uno de los niños bonitos del poder americano porque les reporta más poder. Aunque no les guste en las formas.

¿Y cómo debe comportarse ahora Europa? De una forma sencilla y eficaz. Debe exigir la comparecencia de Zuckerberg para rendir cuentas. Abrir una investigación sobre los entresijos de la empresa. Acorralar sus malas prácticas si es necesario y, sobre todo, ayudar a crear una alternativa. Del mismo modo que llevamos tiempo pidiendo que se dé cancha a Linux. Que se apoye la creación de empresas de software continentales. Que se creen sistemas de comunicaciones y redes panaeuropeas reguladas y que protejan a los ciudadanos europeos. Que se ponga coto a la barra libre que Silicon Valley tiene en todo el planeta -excepto China, por cierto-.

Europa, aunque envejecida, ha de tener un papel central en la sociedad del siglo XXI porque hasta ahora se ha mostrado como la única región con ánimo de controlar y regular los excesos de la nueva economía: los Uber, AirBnB, Facebook, Google, Amazon, WhatsApp y compañía. Pero regular a veces no vale. También hace falta actuar y generar una alternativa propia.

Si lo conseguimos, creando una base social y económica que apueste por la programación, la robótica, la industria 4.0, el software, las aplicaciones, etc. a partir de la ética, tendremos un presente más seguro y un futuro más brillante. ?¿Estamos dispuestos?

Publicado por

Gaizka Manero López

Nacido en 1982 en Portugalete, Bizkaia, soy doctor en "Periodismo, Comunicación y Memoria en la era digital" por la Universidad del País Vasco.

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