CIE Automotive, el reconocimiento a la innovación y el respeto al medio

Aunque la historia de CIE Automotive es relativamente corta -el proyecto comenzó en 1996 con la creación de INSSEC y su participación en Corporación Industrial de España aunque el nacimiento del grupo no se da hasta la fusión entre el Grupo Egaña y el Grupo Aforasa- su huella en la economía vasca es cuando menos relevante.

La multinacional es un proveedor y subconjuntos para el mercado global de automoción con un especial énfasis en el uso de tecnologías complementarias así como diversos procesos asociados. Dominion, la otra unidad de negocio del Grupo se centra en buscar multiservicios y soluciones que optimicen la eficiencia en los procesos productivos a través de la innovación.

Con 98 centros productivos repartidos por los cinco continentes, las plantas de CIE Automotive están presentes en 17 países. Su unidad de “smart innovation”, Dominion, está presente en 30 países. Entre sus clientes se encuentran empresas como Renault, Daimler, Chrysler, Ford o Volkswagen, así como proveedores como  Magna, ZF, Schaeffler, Nexteer o Faurecia.

Con certificados de calidad en 17 países, la preocupación por minimizar su huella de carbono es una de las señas de identidad de la empresa: su sistema de reciclaje de virutas de aluminio así como la reutilización de la chatarra o la gestión del agua convierten a la compañía en una referencia en el sector industrial.

Por todo ello, el reconocimiento de la empresa vasca en forma de acceso al Ibex 35 ha sido recibido como “una motivación para seguir con la misma estrategia” además de un incremento de la visibilidad para acceder a clientes potenciales extranjeros a los que es complicado llegar si no se está en los principales índices bursátiles.

“Mantener el enfoque industrial”, seguir siendo una de las empresas tractoras de referencia en la industria vasca y un ejemplo en gestión ambiental, innovación, investigación y calidad serán las prioridades de la empresa.

Los criterios que se tienen en cuenta para que una empresa forme parte del selecto Ibex 35 son que tengan un valor bursátil elevado así como una “negociación activa” por parte de los inversores. Además, se busca que sean compañías con una “gran representatividad” en el Estado.

La empresa de componentes con sede en Bilbao tiene un capitalización de más de 4.500 millones de euros y en 2017 obtuvo un beneficio neto de 215,4 millones de euros, un 32,7% más que en 2016 por lo que no es de extrañar que, en lo que va de año, se haya revalorizado más de un 50% y un 360% desde el cierre de 2013.

CIE Automotive lleva tiempo siendo una de las referencias de los fondos de inversión estatales que siempre han aplaudido su fuerte capacidad exportadora así como que sea una empresa con fuertes accionistas de control

Transporte, por qué debemos cambiar el modelo (y no hacer un túnel bajo la Ría)

Desde hace años he defendido en este pequeño rincón de internet que la solución al transporte particular no reside en electrificar todos los coches o motos que circulan por nuestras calles. Tampoco basta con prohibiciones o una legislación buenista que no ofrece verdaderas alternativas al ciudadano. Deshacernos de los combustibles fósiles requiere un verdadero ejercicio de concienciación ciudadana y de las administraciones -también formadas por ciudadanos- mucho mayor que la que ya existe. Y, sobre todo, hacernos ejemplo de las nuevas generaciones para demostrarles que hay alternativas para minimizar el enorme impacto que ya hemos generado de forma irreversible en la biosfera.

Este mensaje, que muchas veces me ha servido para recolectar críticas -sí, soy un “amante” de los coches pero prefiero un futuro para mi hija en este planeta antes que el sonido de un motor V12- empieza a ganar cierto eco gracias a expertos como Martin Brueckner, profesor de Sostenibilidad de la Universidad Murdoch en Australia cuyas palabras han sido recogidas por Xataka este fin de semana.

El texto no puede explicar mejor todo lo que he ido recolectando en mis pensamientos durante años gracias a expertos y científicos mucho mejor formados que yo que saben que la solución pasa por quitar las cuatro ruedas. Mientras, en nuestra tierra se sigue aplaudiendo una pésima decisión de la Diputación Foral de Bizkaia para “solventar” los problemas de tráfico en el área metropolitana del Gran Bilbao: un túnel que conectará Getxo y Portugalete que, además, nos venden como una solución “verde” porque se hará a gran profundidad. Tiran el dinero y encima nos lo venden como si nos hicieran un favor.

Brueckner comienza hablando de la explosión que ha vivido la oferta de coches eléctricos en le mercado. Si bien hace menos de una década eran vistos como modelos exóticos con diseños casi ridículos y prestaciones muy escasas, el interés sobre estos ha ido creciendo exponencialmente gracias a escándalos como el dieselgate y a las estrategias de algunas administraciones que pretenden prohibir el petróleo y los coches diésel -en primera instancia-.

Esto ha hecho que cada vez más fabricantes se estén preocupando por electrificar su gama. Así, a la sombra de Tesla -el principal fabricante de gama alta-, todos buscan el nuevo Ford T, VW Escarabajo o Renault 4L que motorice el mundo de una forma limpia, sostenible y barata y ya son muchos los analistas que aseguran que en 2025 el precio será similar al de sus equivalentes con motor de combustión.

Los coches eléctricos son planteados por la industria como la solución a nuestros problemas para conseguir una movilidad verde y limpia pero, si analizamos bien sus características, quizás deberíamos plantearnos si esto es así o si debemos replantearnos la forma en la que nos movemos.

Brueckner nos recuerda que los vehículos eléctricos tienen algunas ventajas evidentes respecto a los de combustión en materias como las emisiones. El transporte es el responsable del 23% de las emisiones de gases de efecto invernadero. La cifra de emisiones de dióxido de carbono se duplicará en 2050: inadmisible y, lo peor de todo, insostenible. Además, los coches “convencionales” también suponen un problema en los entornos urbanos por culpa de la contaminación acústica y atmosférica. Por ahora parece que los coches eléctricos sí son la solución para “limpiar” el transporte pero, como el mismo subraya, solo lo parece.

Los modelos eléctricos traen consigo sus propios problemas. El primero de todos tiene que ver con un factor preocupante en la cadena de distribución de estos vehículos: los componentes de las baterías que emplean. Actualmente, las de ión-litio requieren tres elementos que deberían preocuparnos. El primero es el cobalto, vinculado a explotación infantil. El segundo es el níquel, altamente contaminante al ser tóxico extraerlo del suelo. El tercero es el litio, que ya provoca problemas relacionados con la extracción y la explotación del suelo en países como Tíbet y Bolivia.

Todos ellos, además, son elementos limitados: esto hace imposible regenerar todo el parque con motores térmicos a motores “verdes”. Sobre todo porque aún no se ha encontrado un sistema limpio de reciclar las baterías que ya no tengan más vida útil.

Además, si bien no existe la emisión de CO2 o NOx en el caso de los eléctricos, cada vez hay más estudios que muestran el enorme impacto ambiental de las “partículas finas” que emiten los coches eléctricos. Esas partículas finas incluyen ácidos, productos químicos orgánicos, metales y partículas de suelo o polvo, etc. El motivo es el mayor peso de los modelos con baterías, su mayor par y la composición de sus baterías que provocan, por ejemplo, un mayor desgaste de los neumáticos o el asfalto.

Asimismo, existen problemas compartidos por los coches sea cual sea su tipo de motor. Todos necesitan carreteras, aparcamientos e infraestructuras que en muchas ocasiones dividen a las comunidades y hacen inaccesibles algunos servicios a aquellos que no tienen coche.

Los automóviles, de cualquier tipo, también han demostrado tener una incidencia negativa en la salud de los ciudadanos derivado directamente de un mayor sedentarismo entre sus propietarios. En el apartado económico nos encontramos, además, con el enorme gasto social innecesario que generan los atascos que, si hacemos caso a las expectativas de incremento de población y tasa de urbanización, solo irán a peor.

Es por ello que la electrificación debe ser vista, como mucho, como una alternativa energética de transición. Harán muy poco por mejorar la vida en nuestras ciudades y menos aún para mejorar el impacto ambiental de nuestra forma de vida. La solución, afirma Bruecker, pasa por menos coches. Por un sistema de transporte que no premie la individualidad. Es necesario rediseñar las ciudades, devolverles los servicios y las calles a los ciudadanos y hacer todo más accesible con un transporte público más eficiente.

Con ciudades más humanas es posible encontrar soluciones como la de Copenhague donde, a pesar de la climatología -excusa para muchos- ya hay más bicicletas que automóviles. Entornos que apuestan por una ciudad como siempre ha debido ser: la capital danesa, Oslo o Chendu -en China, uno de los países que más está haciendo por contener sus problemas ambientales- esperan estar “libres” de coches particulares en 2028.

La clave es repensar a medio y largo plazo las ciudades para dar protagonismo a los ciudadanos y darles amparo con un transporte público eficaz y, sí, eléctrico. Esto, se ha demostrado, hace que el coste de vida sea menor al reducirse los desplazamientos, mejora la salud de las personas y elimina presión sobre los sistemas públicos de salud lo que, a su vez, libera partidas presupuestarias para reinvertir en ciudades más habitables. Frente al circulo vicioso del automóvil, uno virtuoso del ciudadano.

Todas las ciudades que han apostado por este modelo se han encontrado con un beneficio colateral no esperado: se ha incrementado la cohesión social y han bajado las tasas de delincuencia y de desigualdad. Lo mejor es que empezamos a atisbar la solución a nuestros problemas. Lo peor es que algunos siguen sin querer verlo y siguen aplicando soluciones cortoplacistas y poco efectivas a problemas nuevos: si hay muchos atascos en La Avanzada, la recta de Ugarte o el Puente de Rontegi en vez de reforzar con autobuses eléctricos y nuevas infraestructuras el Metro, deciden hacer un agujero bajo la ría para unir Getxo y Portugalete: dañamos más la naturaleza para que los combustibles fósiles la rematen. Esperemos que la pereza no nos lleve por delante.

California, volcada con la energía solar

A pesar de que Estados Unidos cuenta con, probablemente, el presidente más incompetente que se le recuerda, hay ciertos Estados de la Unión que quieren demostrar que siguen por la senda del sentido común y quieren aprovechar todo el camino recorrido durante la última década -no solo en su país- para seguir intentando minimizar el impacto de la sociedad en el planeta.

El caso más beligerante con la Administración Trump es, a buen seguro, el de California que no solo no está dispuesto a seguir la loca política económica y ambiental del Presidente sino que sigue apostando por energías limpias y medios de transporte algo más sostenibles que los convencionales. Así, según ha dictado la Comisión estatal de Energía con voto unánime, a partir del año 2020 todos los edificios (de viviendas o no) de pocas plantas deberán ser construidas con paneles solares. De esta forma se ahorrará energía generada por fuentes convencionales.

A falta de que la regulación sea aprobada -y lo será- por la Comisión de Estándares de Edificación, los legisladores afirman que ayudarán a los propietarios a ahorrar unos 19.000 dólares en energía de media en 30 años. La única duda que surge es el sobreprecio que esto tendrá sobre las viviendas y si quedará sufragado por este ahorro en la tarifa energética.

De media, se prevé un incremento en el precio de 9.500 dólares, unos 40 al mes en una hipoteca estándar. Si atendemos a las cifras que anuncian la construcción en 2020 de unas 100.000 viviendas unifamiliares y otras 50.000 multifamiliares con paneles solares, el sobre esfuerzo en la deuda privada será importante. Sobre todo si tenemos en cuesta el altísimo precio medio de la vivienda en algunas zonas del Estado: en Los Angeles debido a la escasez la tarifa supera los 650.000 dólares y en San Francisco los 1,3 millones.

A día de hoy el Estado ya genera el 16% de la energía que consume gracias al sol y prevén que el incremento exponencial del número de viviendas equipadas con esta herramienta debería disparar tanto este porcentaje como aminorar el precio de la vivienda. Además, cualquier sobreprecio debería quedar equilibrado por el ahorro energético. La duda que surge es si habrá más Estados (o países a este lado del Atlántico) que se sumen a una iniciativa más que necesaria.

Medio ambiente, cosas que no sabíamos

Aunque todas las generaciones son diferentes entre sí, mucho se ha hablado últimamente -en positivo y en negativo- sobre los millennials. Ese grupo humano nacido entre 1980 y 1999 (aquellos cumplirían su mayoría de edad o que nacieron con el cambio de milenio) y que, antes de la vorágine tecnológica éramos (nací en 1982) conocidos comúnmente como Generación Y.

La primera que se crió sin y con internet. Sin y con smartphones. Sin y con una galopante crisis financiera y de sistema que ha puesto en jaque conceptos sociales (y económicos) que parecían consolidados -la clase media y el estado de bienestar, por ejemplo-. Sin y con un acceso casi ilimitado a información en cualquier lugar y momento. Sin y con una grave amenaza -empírica- para el medio ambiente. Y, sobre todo, sin y con un futuro complejo en materias tan críticas como empleo, política y responsabilidad social.

Y decimos sin y con porque a la ilusionante década de los ’90 le siguió la burbuja de los 2000 y el estallido de la misma en 2008. Esto nos ha convertido en un grupo humano heterogéneo -como cualquier otra generación- que se ha visto abocado a cambiar el concepto de propiedad privada por el de usufructo (algo que existía hasta mediados del siglo XX). Un grupo que ha cambiado por completo la forma en la que nos relacionamos, consumimos, trabajamos y disfrutamos de nuestro ocio respecto a nuestros hermanos mayores. Pero que, cuánto más se acerca la fecha de nacimiento a 1980, más encerrada se encuentra entre dos mundos.

En cualquier caso, una generación que, aunque nos definimos, por ejemplo, por nuestra defensa a ultranza del medio ambiente, estamos dejando una huella de carbono sin precedentes sobre el planeta a causa de esas nuevas formas de consumir y relacionarnos. Por eso, a continuación, os dejo una lista de cosas que seguro no sabíamos sobre contaminación y que deberían cambiar nuestra forma de actuar.

  1. La industria de las telecomunicaciones supondrá el 14% de las emisiones en 2040 (o antes). La cifra que ahora tiene la industria agroalimentaria. Porque los smartphones, esos que cambiamos de media cada año y medio, no emiten gases de forma directa, pero su proceso de construcción es tremendamente contaminante. Hasta el 85% de todo lo que contaminan. La solución es sencilla: tardemos un año más en cambiar de terminal. Porque la mayoría de los cambios se hacen por la influencia que tiene el marketing en nosotros, no por la cacareada obsolescencia programada -qué también existe-.
  2. La guerra de las pantallas grandes en los smartphones ha disparado las emisiones. Un iPhone 6S consume un 60% más de energía que un iPhone 4S. A día de hoy la carga de teléfonos, tabletas, relojes inteligentes, pulseras de monitorización, portátiles, etc. ya supone entre un 5 y un 7% de la factura total anual. Esta cifra se disparará en los próximos años con la llegada de la domótica y el internet de las cosas. Además, en el mundo ya hay 7.600 millones de SIM activadas para “solo” 7.400 millones de habitantes.
  3. Hasta el 85% de nuestros equipos se alimentan con electricidad “no limpia”. Aunque hay datos que amparan que es posible perder la dependencia de las energías fósiles y que sabemos qué camino debemos seguir para llevar a cabo la “descarbonización“, lo cierto es que las energías renovables, por el momento, son insuficientes para que el planeta limpio e inteligente que nos vende Silicon Valley está muy lejos de ser real. La vida 2.0 contamina. Mucho.
  4. La nube no es precisamente blanca. Las smart things lo son gracias a la computación en la nube: fotos, mapas, música, series, vídeos, claves, programas, documentos… nada necesita ya una copia física porque servicios como iCloud, Google Drive, Amazon Drive y compañía hacen copias intangibles disponibles cuando se quiera. El complemento perfecto para no tener reparos en actualizar dispositivos y también para agilizar trabajos. La idea de economizar espacio (y papel) es excelente. El problema es que los servidores sobre los que se sustentan estos servicios son enormes monstruos que devoran cantidades enormes de electricidad. Y volvemos al punto 3. Es cierto que los principales actores están trabajando a marchas forzadas para obtener la energía de fuentes exclusivamente limpias pero la huella de carbono sigue siendo enorme.
  5. La persecución del diésel es injusta. Que uno o varios grupos empresariales mintieran no significa que una tecnología sea mala. Los motores diésel se potenciaron, entre otros motivos -uno de ellos minimizar la dependencia del petróleo de Europa- porque sus emisiones de CO2 son menores. Es cierto que emiten los temidos y peligrosos NOx pero también que existen tecnologías para paliarlos. Las sanciones deben ir a los fabricantes que, por cierto, no era solo uno ni solo la industria alemana -aunque es la que se lleva la palma-.
  6. El aplauso a la gasolina es un mito y la moda SUV un grave error. Demonizar el diésel y que todos nos vayamos a la gasolina ya hemos visto que es un error. Pero la moda SUV (modelos caros, con un mantenimiento más costoso, menos espacio, peor conducción, etc.) agrava aún más todo ello. Porque estos pesados y poco aerodinámicos modelos consumen más y eso hace que las emisiones de CO2 se disparen. Por cierto, 2017 es el primer año en más de una década en Europa en la que las emisiones de este gas que provoca el efecto invernadero han subido.
  7. Pero los eléctricos tampoco solucionan gran cosa. Y es que esto no va de ser de A, B o C. Esto va, de una vez por todas, de cambiar nuestras costumbres a la hora de movernos. El coche no debe ser la solución para todo. Ni siquiera en flotas de car sharing (se renuevan muy a menudo y las cifras son claras: mantener bien un modelo de 10 años contamina menos en la siguiente década que cambiarlo por un modelo más limpio porque, de nuevo, la huella de la fabricación es gigante). Hemos de volver a caminar -en la ciudad-, a usar la bicicleta -en entornos seguros-, el transporte público (que requiere que administraciones actualicen y ciudadanos usen) para distancias accesibles, y ajustar las emisiones de los medios de largo alcance (aviones y barcos). El problema no es el coche que conducimos el problema es que conducimos un coche (o una moto).
  8. La moda “democrática” ni es democrática ni es sostenible. Hace pocas semanas la ONU catalogó el fast fashion como emergencia ambiental. El consumo de agua para tintar una sola prenda es gigantesco (mayor que el de conseguir un kilo de carne). ¿Significa esto que debemos todos consumir en marcas “de lujo”? No. Significa solo que debemos consumir con cabeza. No necesitamos 10 pantalones y 30 camisetas en nuestro armario. Es suficiente con ser responsables y asegurarnos de que el origen de las prendas es el adecuado. Empresas como Inditex o Puma ya están trabajando en proyectos de fibras recicladas con impacto cero. Los primeros, de hecho, han lanzado una colección llamada Join Life que espera ocupar el 20% de todos sus productos antes de acabar la década.
  9. ¿Realmente necesitas comer carne en esas cantidades? Si la pesca está acabando con el mar, la ganadería extensiva está destrozando la capa de ozono. Los últimos estudios indican que la industria ganadera contamina ya más que el transporte. Existen formas mucho más sanas y sostenibles que comer una hamburguesa a diario. Todos los sabemos (o intuimos) la duda es, por qué no hacemos nada al respecto.
  10. La única solución es vivir “peor” o conseguir de forma inmediata energía limpia y consumir de forma responsable. Vivir de una forma más sencilla. Más parecida (en lo bueno) a generaciones anteriores. Seguir investigando para crear un mundo más conectado e inteligente con un coste energético menor hasta que seamos capaces de abandonar los combustibles fósiles. Tenemos más potencial que ninguna otra generación anterior gracias a esos “con” de los que hablábamos al principio. Tenemos acceso a más información. Tenemos acceso a más conocimientos y sabemos mejor que las generaciones anteriores qué pasa cuando hacemos algo mal. Tan solo necesitamos ser responsables. ¿Seremos capaces de serlo y de enseñar a las generaciones venideras para que también lo sean? La pelota está en nuestro tejado.

Tecnológicas, es hora de pedir cuentas por su huella de carbono

La imagen que abre esta noticia refleja Apple Park, la nueva central de la multinacional del iPhone, iPad y los Mac diseñada por Norman Foster según los deseos de Steve Jobs. Un centro armónico en el que la creatividad fluyera y los empleados pudieran dar lo mejor de sí mismos. Una demostración de tecnología y músculo financiero para sus rivales y un ejemplo para muchas empresas de todos los sectores. Porque pocos lobbies defienden más el medio ambiente que el de Silicon Valley.

Sin embargo, si hace poco Naciones Unidas alertaba del grave problema para el medio ambiente que supone la vorágine consumista de fast fashion (sobre todo en Europa) y su enorme impacto ambiental desde sus procesos de generación de materias primas (10.000 litros cada kilo de algodón de media); y las agencias ambientales de medio mundo están cercando a la industria automotriz e incluso la aeronáutica, es hora de hacer un examen a las grandes tecnológicas. Porque ningún sector es más capaz ahora de invertir en soluciones para solventar su huella contaminante.

A día de hoy solo se recicla en 15,5% de los productos tecnológicos desechados. Una cifra minúscula y preocupante por lo enormemente contaminantes que son los componentes de nuestros dispositivos. Una gran parte de los materiales (sobre todo los más valiosos) se pueden reutilizar, no obstante, existe un porcentaje que es necesario neutralizar puesto que su impacto ambiental -sobre todo si no se gestiona correctamente- es nefasto.

En el año 2014 se generaron, según un estudio de la Universidad de Naciones Unidas publicado por El País, 41,8 millones de toneladas de basura electrónica. La cifra, sin duda, se ha multiplicado por el mayor acceso del sudeste asiático y África a dispositivos tecnológicos. Además, solo una fracción se trata adecuadamente y ésta es solo una pequeña parte de la contaminación de procesos productivo y de distribución de la industria.

En El País también reflejan un trabajo de investigadores de la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad de Valladolid publicado en la revista Chasqui en la que intentan reflejar la factura de la sociedad de la información. El precio del consumismo y la necesidad de renovar los equipos por encima de las necesidades reales del usuario sumado a la obsolescencia programada.

Pero la huella del mundo digital tiene más partes. Uno es la producción (incluida la extracción de minerales muchas veces “raros”) y el uso que le damos los usuarios. Incluso cómo llega hasta nosotros.

En cuanto al proceso de producción del equipo, las estadísticas indican que para fabrican un terminal de 80 gramos (casi todos los premium superan los 110) son necesarios 44,4 kilos de recursos naturales. Y casi todos requieren su extracción mediante minería no siempre responsable. Si hacemos la cuenta, en la última década se han fabricado más de 7.100 millones de móviles. Son más de 315 millones de toneladas para que todos tengamos un móvil en nuestro bolsillo.

Para un ordenador hacen falta 240 kilos, a los que hay que sumar otros 22 de productos químicos y 1.500 litros de agua. Y a eso hay que sumarle todo el impacto ambiental de la energía consumida durante su vida.

Porque los dispositivos consumieron el año pasado el 11% de toda la energía del planeta si tenemos en cuenta que se “alimentan” de los servicios (y servidores) de Google, Amazon, Facebook, etc. Esto los hace “responsables” del 3% de las emisiones de efecto invernadero, una cifra que crecerá hasta el 4% en 2020. Los estudios indican que alrededor del 83% del impacto ambiental se da durante el uso del producto ya que las redes y centros de datos a los que se conectan son los que más consumen.

De esta forma, los garbigune (o puntos verde en otras regiones) tan solo se centran en el último eslabón de la cadena. Es cierto que pueden gestionar correctamente hasta el 90% de los materiales. De esta forma, de una tonelada de “móviles” se recuperan 650 kilos de plástico, 250 kilos de metales -aluminio y cobre sobre todo- y casi 6 kilos de metales preciosos (como el oro, la plata o el paladio).

El problema es otro. Por un lado la cantidad de personas que a pesar de que incluso en las cajas piden que se reciclen cuidadosamente los equipos, los tiran a la basura normal. Por otro, la persona que espera fuera del punto limpio y al que le damos lo que quiera coger de nuestra “basura”. La mayoría de las veces trabaja para una mafia que podrá llenar barcos para llevar a África y convertir este continente en el basurero del planeta.

Por si fuera esto, muchas veces hay ladrones que entran a robar a estos vertederos cuando están cerrados. La pregunta que nos hacemos es si podemos exigir algo a una industria que gana cada minuto que pasa miles de dólares a costa de desgastar el planeta cada segundo.