Medio ambiente, cosas que no sabíamos

Aunque todas las generaciones son diferentes entre sí, mucho se ha hablado últimamente -en positivo y en negativo- sobre los millennials. Ese grupo humano nacido entre 1980 y 1999 (aquellos cumplirían su mayoría de edad o que nacieron con el cambio de milenio) y que, antes de la vorágine tecnológica éramos (nací en 1982) conocidos comúnmente como Generación Y.

La primera que se crió sin y con internet. Sin y con smartphones. Sin y con una galopante crisis financiera y de sistema que ha puesto en jaque conceptos sociales (y económicos) que parecían consolidados -la clase media y el estado de bienestar, por ejemplo-. Sin y con un acceso casi ilimitado a información en cualquier lugar y momento. Sin y con una grave amenaza -empírica- para el medio ambiente. Y, sobre todo, sin y con un futuro complejo en materias tan críticas como empleo, política y responsabilidad social.

Y decimos sin y con porque a la ilusionante década de los ’90 le siguió la burbuja de los 2000 y el estallido de la misma en 2008. Esto nos ha convertido en un grupo humano heterogéneo -como cualquier otra generación- que se ha visto abocado a cambiar el concepto de propiedad privada por el de usufructo (algo que existía hasta mediados del siglo XX). Un grupo que ha cambiado por completo la forma en la que nos relacionamos, consumimos, trabajamos y disfrutamos de nuestro ocio respecto a nuestros hermanos mayores. Pero que, cuánto más se acerca la fecha de nacimiento a 1980, más encerrada se encuentra entre dos mundos.

En cualquier caso, una generación que, aunque nos definimos, por ejemplo, por nuestra defensa a ultranza del medio ambiente, estamos dejando una huella de carbono sin precedentes sobre el planeta a causa de esas nuevas formas de consumir y relacionarnos. Por eso, a continuación, os dejo una lista de cosas que seguro no sabíamos sobre contaminación y que deberían cambiar nuestra forma de actuar.

  1. La industria de las telecomunicaciones supondrá el 14% de las emisiones en 2040 (o antes). La cifra que ahora tiene la industria agroalimentaria. Porque los smartphones, esos que cambiamos de media cada año y medio, no emiten gases de forma directa, pero su proceso de construcción es tremendamente contaminante. Hasta el 85% de todo lo que contaminan. La solución es sencilla: tardemos un año más en cambiar de terminal. Porque la mayoría de los cambios se hacen por la influencia que tiene el marketing en nosotros, no por la cacareada obsolescencia programada -qué también existe-.
  2. La guerra de las pantallas grandes en los smartphones ha disparado las emisiones. Un iPhone 6S consume un 60% más de energía que un iPhone 4S. A día de hoy la carga de teléfonos, tabletas, relojes inteligentes, pulseras de monitorización, portátiles, etc. ya supone entre un 5 y un 7% de la factura total anual. Esta cifra se disparará en los próximos años con la llegada de la domótica y el internet de las cosas. Además, en el mundo ya hay 7.600 millones de SIM activadas para “solo” 7.400 millones de habitantes.
  3. Hasta el 85% de nuestros equipos se alimentan con electricidad “no limpia”. Aunque hay datos que amparan que es posible perder la dependencia de las energías fósiles y que sabemos qué camino debemos seguir para llevar a cabo la “descarbonización“, lo cierto es que las energías renovables, por el momento, son insuficientes para que el planeta limpio e inteligente que nos vende Silicon Valley está muy lejos de ser real. La vida 2.0 contamina. Mucho.
  4. La nube no es precisamente blanca. Las smart things lo son gracias a la computación en la nube: fotos, mapas, música, series, vídeos, claves, programas, documentos… nada necesita ya una copia física porque servicios como iCloud, Google Drive, Amazon Drive y compañía hacen copias intangibles disponibles cuando se quiera. El complemento perfecto para no tener reparos en actualizar dispositivos y también para agilizar trabajos. La idea de economizar espacio (y papel) es excelente. El problema es que los servidores sobre los que se sustentan estos servicios son enormes monstruos que devoran cantidades enormes de electricidad. Y volvemos al punto 3. Es cierto que los principales actores están trabajando a marchas forzadas para obtener la energía de fuentes exclusivamente limpias pero la huella de carbono sigue siendo enorme.
  5. La persecución del diésel es injusta. Que uno o varios grupos empresariales mintieran no significa que una tecnología sea mala. Los motores diésel se potenciaron, entre otros motivos -uno de ellos minimizar la dependencia del petróleo de Europa- porque sus emisiones de CO2 son menores. Es cierto que emiten los temidos y peligrosos NOx pero también que existen tecnologías para paliarlos. Las sanciones deben ir a los fabricantes que, por cierto, no era solo uno ni solo la industria alemana -aunque es la que se lleva la palma-.
  6. El aplauso a la gasolina es un mito y la moda SUV un grave error. Demonizar el diésel y que todos nos vayamos a la gasolina ya hemos visto que es un error. Pero la moda SUV (modelos caros, con un mantenimiento más costoso, menos espacio, peor conducción, etc.) agrava aún más todo ello. Porque estos pesados y poco aerodinámicos modelos consumen más y eso hace que las emisiones de CO2 se disparen. Por cierto, 2017 es el primer año en más de una década en Europa en la que las emisiones de este gas que provoca el efecto invernadero han subido.
  7. Pero los eléctricos tampoco solucionan gran cosa. Y es que esto no va de ser de A, B o C. Esto va, de una vez por todas, de cambiar nuestras costumbres a la hora de movernos. El coche no debe ser la solución para todo. Ni siquiera en flotas de car sharing (se renuevan muy a menudo y las cifras son claras: mantener bien un modelo de 10 años contamina menos en la siguiente década que cambiarlo por un modelo más limpio porque, de nuevo, la huella de la fabricación es gigante). Hemos de volver a caminar -en la ciudad-, a usar la bicicleta -en entornos seguros-, el transporte público (que requiere que administraciones actualicen y ciudadanos usen) para distancias accesibles, y ajustar las emisiones de los medios de largo alcance (aviones y barcos). El problema no es el coche que conducimos el problema es que conducimos un coche (o una moto).
  8. La moda “democrática” ni es democrática ni es sostenible. Hace pocas semanas la ONU catalogó el fast fashion como emergencia ambiental. El consumo de agua para tintar una sola prenda es gigantesco (mayor que el de conseguir un kilo de carne). ¿Significa esto que debemos todos consumir en marcas “de lujo”? No. Significa solo que debemos consumir con cabeza. No necesitamos 10 pantalones y 30 camisetas en nuestro armario. Es suficiente con ser responsables y asegurarnos de que el origen de las prendas es el adecuado. Empresas como Inditex o Puma ya están trabajando en proyectos de fibras recicladas con impacto cero. Los primeros, de hecho, han lanzado una colección llamada Join Life que espera ocupar el 20% de todos sus productos antes de acabar la década.
  9. ¿Realmente necesitas comer carne en esas cantidades? Si la pesca está acabando con el mar, la ganadería extensiva está destrozando la capa de ozono. Los últimos estudios indican que la industria ganadera contamina ya más que el transporte. Existen formas mucho más sanas y sostenibles que comer una hamburguesa a diario. Todos los sabemos (o intuimos) la duda es, por qué no hacemos nada al respecto.
  10. La única solución es vivir “peor” o conseguir de forma inmediata energía limpia y consumir de forma responsable. Vivir de una forma más sencilla. Más parecida (en lo bueno) a generaciones anteriores. Seguir investigando para crear un mundo más conectado e inteligente con un coste energético menor hasta que seamos capaces de abandonar los combustibles fósiles. Tenemos más potencial que ninguna otra generación anterior gracias a esos “con” de los que hablábamos al principio. Tenemos acceso a más información. Tenemos acceso a más conocimientos y sabemos mejor que las generaciones anteriores qué pasa cuando hacemos algo mal. Tan solo necesitamos ser responsables. ¿Seremos capaces de serlo y de enseñar a las generaciones venideras para que también lo sean? La pelota está en nuestro tejado.

BIAAF, cuando la sostenibilidad ya no es una opción

Hoy nos vamos a acercar a un mundo que, de antemano, puede parecer muy alejado de la temática de un blog llamado “La Caverna Cibernética”. Es cierto que más de una vez hemos tenido contenidos relacionados con la moda pero siempre han estado más focalizados en los wearables o en prendas inteligentes (incluso avances en la fabricación con aditivos o equipos técnicos). Sin embargo, la semana pasada tuvo lugar en Bilbao un evento que ha llamado nuestra atención: una charla de Carry Somers sobre el futuro de esta industria -y cualquier contenido que incluya las palabras futuro e industria nos resulta de lo más interesante- en el Azkuna Zentroa de la Villa.

Los puntos centrales que se trataron en la charla no divergieron demasiado de los que se podría haber dado en cualquier evento relacionado con cualquier otra industria: sostenibilidad y retos a corto, medio y largo plazo tanto del sistema de producción como de la logística y distribución. Es decir, el impacto de la actividad en el medio y en la sociedad.

El evento, organizado por la plataforma BIAAF (Bilbao International Art & Fashion) reunió a más de 200 asistentes que tenían especial interés en conocer los planteamientos del movimiento global Fashion Revolution.

Del análisis de problemas a su conversión en retos y oportunidades

La primera parte de la charla de Somers se centró en la problemática que caracteriza a la industria de la moda (y que, por desgracia, muchas veces llega a la portada de los medios): desde la contaminación generada por las fábricas textiles hasta los métodos de trabajo pasando por la responsabilidad en cuanto a la sostenibilidad. De facto, la propia gestión de residuos se antoja uno de los mayores retos sociales en Europa y otros puntos del planeta. Aunque resulte difícil de creer, los desechos textiles son la “estrella” de los vertederos en el Viejo Continente. Y su gestión es un reto logístico y de sostenibilidad.

Su movimiento Fashion Revolution trabaja desde 2013 en dos objetivos a los que ya se han enfrentado antes otras industrias: un proceso de producción más transparente (sostenibilidad, origen de los recursos, cumplimiento de requisitos ambientales en la logística, gestión de los excesos de producción, economía circular para una mayor eficiencia de los materiales, innovación en las materias primas) y un proceso productivo respetuoso con los trabajadores (¿por qué la automatización no puede ser la solución a la degradación de las condiciones laborales de los trabajadores cuando la demanda de bienes crece exponencialmente?).

Con la ayuda de Orsola Castro, cofundadora de las marcas de upcycling From Somewhere y Reclaim To Wear, así como de la periodista Lucy Siegle, autora de “Ethical and green living” la iniciativa está presente en 66 países y busca integrar diseñadores, marcas, distribuidores, medios de comunicación, productores y otros agentes que transformen y actualicen la industria de la moda.

Aunque el cambio parezca lento tiene como positivo que es una iniciativa que está ocurriendo de forma endógena. Buen ejemplo es la propuesta del British Council, “Programa de Moda Sostenible”, que se llevará a cabo en tres años y que buscan incentivar el intercambio de buenas prácticas entre los creadores de moda europeos. Además, gracias a la colaboración con diferentes academias británicas se creará una plataforma de networking que permitirá a los diseñadores crear sus proyectos sostenibles para que sean descubiertos por las grandes marcas y que éstas puedan dar difusión a los primeros.

En Reino Unido existe ya una gran experiencia en la colaboración entre el sector textil y los agentes que buscan la sostenibilidad gracias a centros de investigación como el Centre for Sustainable Fashion, el Designer-Manufacturer Innovation Support Centre y el Textile Futures Research Center.

¿Y si la solución viniera de la Industria 4.0?

Desde aquí no negamos en absoluto la importancia del papel de figuras como Emma Watson, Vivienne Westwood, Safia Minney u otras diseñadoras y agentes del negocio que están volcando sus esfuerzos en una moda diferente.

Sin embargo, el tamaño de la industria de la moda con corporaciones gigantescas con facturaciones millonarias (Inditex supera los 21.000 millones de euros); presencia en casi todos los mercados (H&M tiene más de 4.500 tiendas); y crecimientos exponenciales (los beneficios de Uniqlo han crecido un 40% este año) hace que el las propuesta de todas esas figuras requieran de un calado mucho mayor para que el cambio -sabemos que es imparable- llegue a tiempo.

Hace tiempo que muchos sectores comenzaron un lento proceso de relocalización. Lejos de guiarse por un sentimiento patriótico, la mayoría lo hicieron durante la crisis por la presión de sus mercados locales y, sobre todo, por el creciente coste de la logística y el incremento de los costes de producción en los mercados asiáticos.

Además, los procesos de automatización hacen menos relevante el lugar en el que se emplaza la producción y suelen permitir una gestión más eficiente de las materias primas. Asimismo, en este apartado ocupa un lugar destacado la legislación referente al origen de estos materiales, su sostenibilidad, tratamiento y la gestión de los residuos. Controlar toda la cadena de materias primas desde su origen hasta el final de su vida útil (economía circular o upcycling) se antoja fundamental y, por qué no, una ventaja competitiva cuando se trata de miles de toneladas en vertederos por todo Occidente.

Finalmente, si sumamos a todo ello una inversión en la creación de nuevos materiales -tejidos- más inteligentes que sean más duraderos, fáciles de manipular (antes de la fabricación, durante la misma y en el momento de la reutilización) y sostenibles, tendremos ya la receta de una nueva industria textil. Una industria de la moda 4.0.

Y es que cualquier amante de la moda reconocerá que no hay una revolución en la misma más allá de la “democratización” de las tendencias de la mano de las grandes corporaciones textiles. Es por ello que desde aquí aplaudimos iniciativas como las que pudimos ver hace unos días en la Alhóndiga pero también esperamos que esas “presiones por el cambio” lleguen más allá de las buenas intenciones y gestos y pidan un esfuerzo de todos los agentes para cubrir las necesidades de una industria que ha sufrido una lenta evolución desde el siglo XIX para entrar de lleno en el siglo XXI.

Frío y tecnología textil, ¿hay alternativa a las plumas?

Con la llegada del invierno y de varias olas de frío polar al sur de Europa, son muchas las personas que se están acercando a las tiendas para hacerse con prendas de abrigo para protegerse de las temperaturas bajo cero. La respuesta que se encuentran ante la pregunta de ¿qué es lo mejor para abrigarse del frío? depende, mucho, del tipo de establecimiento al que acudan.

En las tiendas de las firmas de moda la respuesta es unánime: las prendas técnicas rellenas de pluma. No hay duda de su sobresaliente capacidad de aislamiento frente al frío. Sin embargo, este tipo de prenda tiene dos problemas, uno técnico y otro ético. El primero es simple: cuando la prenda se moja, si no es completamente impermeable -y pocas veces lo son por el diseño de las prendas (tienen costuras para no estar excesivamente “hinchadas”) las plumas pierden el 100% de su capacidad calórica. La solución que tienen algunas de estas empresas es utilizar el efectivo recubrimiento de GoreTex pero esto hace que el precio de la prenda se dispare (fácilmente por encima de los 400€). En cualquier caso, el lavado de la prenda seguirá siendo un problema -con o sin recubrimiento- ya que al mojarse las plumas se apelmazan y con el paso del tiempo pierden capacidad aislante.

El segundo problema, el ético, se explica fácilmente si uno navega un poco por la web y averigua cómo se consigue la pluma de las aves (las de mayor calidad son las de pato y ganso nórdico. Salvo alguna empresa que emplea materiales de animales alimentarios -y raras veces consiguen cubrir toda la demanda- el proceso es sencillamente atroz y salvaje.

¿Qué ocurre entonces cuando buscamos una alternativa tecnológica (sintética) a la capacidad aislante de las plumas? Desde hace décadas son varias las empresas que han buscado alternativas que sirvan para aislar la temperatura corporal sea cual sea la temperatura ambiente.

Probablemente el más avanzado de todos sea el PrimaLoft desarrollado por Albany Internation y empleado preferentemente por The North Face. La empresa californiana ha creado un tejido de relleno que inicialmente era una mezcla de materiales naturales (pluma reciclada) y sintéticos que garantizaba un aislamiento térmico del 98% incluso en condiciones de humedad extrema.

Con diferentes rangos de capacidad calórica (Silver, Gold y Black Hi-Loft) hace poco presentaron un giro más de tuerca al concepto con el PrimaLoft Silver Eco: confeccionado en un 70% con materiales reciclados sintéticos sometidas a un tratamiento hidrófugo permite una sensación de calidez inmediata sin abultamiento. Además, permite guardarse plegado -las plumas se deben guardar extendidas-, un lavado convencional y un mantenimiento de larga duración.

Otro de los sistemas más reputados del mercado es el Thinsulate de 3M. Del mismo modo que ocurrió con el exitoso GoreTex, la empresa de Minnesota ha desarrollado diferentes variables para aplicarlo a todo tipo de prendas y calzados. La tecnología Thinsulate no solo permite aislar térmicamente la temperatura corporal del usuario sino que no permite pasar la humedad -incluso en forma de lluvia o nieve intensas- más allá de su capa exterior.

El sistema es tan eficiente que han desarrollado variantes que resisten el fuego, son sumergibles, se ajustan completamente al cuerpo para la práctica deportiva o se pueden aplicar en ventanales. Uno de sus recubrimientos más exitosos es el que han conseguido con un 50% de materiales reciclados gracias a los últimos desarrollos que permiten su reutilización.

El último sistema que traemos hoy es el Hollofil desarrollado por DuPont. Esta química, también estadounidense, emplea el relleno Dacron (una fibra con diferentes composiciones -la principal es el poliéster- desarrollada por otra empresa) que estructura con un núcleo hueco para hacerlo más liviano -y darle forma a pequeñas “celdas” de aire que retienen el calor corporal y se convierten en un conjunto comprimible y liviano.

A esto le suman el aislante Thermolift Extreme, que sirve de recubrimiento para el núcleo del tejido y lo mantiene a salvo de la humedad y el frío exterior. El resultado es uniforme, muy ligero, aislante y con un mantenimiento tremendamente sencillo. Además, como en los anteriores, las empresas han realizado evoluciones hacia materiales reciclados y reciclables.

En definitiva, alternativas igual de efectivas en picos de frío, con una mayor vida útil, mucho más respetuosos con el medio ambiente y con un precio más competitivo. Nosotros ya tenemos respuesta para quien nos pregunte si es mejor la pluma o el sintético.

Intel, la moda como nueva frontera de la digitalización

Probablemente, la industria de la moda ha sido una de las últimas en sufrir el impacto de la revolución digital. Es cierto que la forma en la que consumimos ha cambiado radicalmente -desde las compras por internet, la influencia de los bloggers, la mayor cantidad de información sobre el producto y las tendencias a las que acceden los consumidores, etc.- pero la condición de la moda casi como una artesanía ha hecho que el impacto de las nuevas tecnologías haya sido menor que en otros sectores productivos. Hasta ahora.

En muy poco tiempo hemos podido ver en la Semana de la Moda de Nueva York y en la de París cómo hay diseñadores dispuestos a cambiar por completo la utilidad de prendas y accesorios y para ello se han apoyado en la experiencia de Intel, una de las referencias del sector.

En la cita estadounidense, además de presentar experiencias inmersivas, sirvió para que diseñadores de lujo apostaran por redefinir la relación entre forma y función por medio de accesorios revolucionarios. Uno de los ejemplos más llamativos es el del brazalete de TOME (en la imagen que abre el post) que aprovechando la tecnología Intel Curie busca que su portador pueda controlar su salud y monitorizarse en cualquier momento sin perder ni un ápice de estilo. Y es éste precisamente la oportunidad que el sector de los wearables necesita ya que para muchos consumidores siguen siendo dispositivos digitales que poco o nada tienen que ver con la moda.

TOME también presentó otros accesorios, como un bolso capaz de detectar la temperatura y humedad ambiente e incluso analizar la calidad del aire que le rodea. Por su parte, los diseñadores de BAJA EAST se sumaron a la experiencia de FILA y al sistema de Intel para crear unas zapatillas que permiten hacer un seguimiento de la salud y la actividad de su propietario.

En la Semana de la Moda de París el público pudo disfrutar de la colaboración entre el diseñador Hussein Chalayan e Intel en el que se mostraron una colección de accesorios (gafas y cinturones) que permiten monitorizar y gestionar el estrés de quien las lleva. Una vez más, gracias al módulo de hardware Intel Curie se pudieron convertir diseños de alta costura en productos inteligentes a los que ir añadiendo funcionalidades.

Moda, deporte y sistemas 2.0

Una de las novedades más importantes por los americanos durante las últimas fechas tiene que ver con el deporte y con uno de sus aliados más importantes, Oakley, una de las firmas más respetadas de la italiana Luxottica.

Las Oakley Radar Pace son un compendio de accesorio y plataforma inteligente que permite, gracias a la tecnología Real Speech, que el deportista pueda disfrutar de un software dinámico en tiempo real al respecto de su rendimiento y entrenamiento. De esta forma no solo recibe instrucciones durante el ejercicio sino que puede formular sistemas a su entrenador virtual.

 

Cultura y creatividad, una industria estratégica para Euskadi

La arquitectura, el diseño, la moda, los contenidos audiovisuales y digitales, el cine, los videojuegos, la música, las artes escénicas, las artes visuales, la publicidad y el marketing, el patrimonio cultural, la artesanía, la edición y las industrias lingüísticas son a día de hoy disciplinas sin las que difícilmente podrías entender nuestras sociedades. Sectores todas ellas de la industria cultural y creativa que van mucho más allá de su aportación en nuestro día a día y que son cuantificables como potentes motores económicos.

Si atendemos a las cifras, las industrias culturales y creativas (ICC) suponen el 6,9% del PIB europeo y hasta un 6,5% del empleo. En Euskadi las cifras son algo más bajas pero igual de relevantes: 14.459 empresas que dan trabajo a 70.000 personas y aportan entre un 3 y 5% de la riqueza del país.

Es por ello que las industrias culturales y creativas tienen un lugar relevante dentro del Plan de Ciencia, Tecnología e Innovación Euskadi 2020 y es uno de los “territorios” de oportunidad dentro de la estrategia vasca de especialización inteligente RIS3.

En uno de los Martes de Innobasque dedicado a la “especialización inteligente de las industrias creativas y culturales” Alberto García Erauskin, presidente de la Agencia Vasca de Innovación explicaba que “hoy visualizamos, para nosotros mismos y para la sociedad, la existencia de este sector y su potencia creativa y empresarial. Visualizamos, también, la apuesta de las instituciones vascas por incorporar la creatividad y la cultura a las líneas maestras del desarrollo económico y social de Euskadi”.

La jornada, en la que tomó parte Cristina Uriarte -Consejera de Educación, Política Lingüística y Cultura del Gobierno Vasco- mostró que la Administración de Vitoria ha entendido la importancia y el potencial de las ICC para el desarrollo económico del país así como para le empleo, la innovación y para avanzar en la creatividad y la cohesión social”.

Joxean Muñoz, Viceconsejero de Cultura, señaló que a pesar de que son las PYMES las que dominan este sector, existen al menos 850 compañías que facturan más de un millón de euros al año y otras 90 empresas “tractoras”. Firmas que están fuertemente internacionalizadas y que facturan entre 4 y 40 millones de euros.

Y para que esto siga siendo así y el sector se consolide dentro de nuestra economía y sociedad existe un fondo de innovación para cualquier empresa que tenga proyectos innovadores o de I+D, de transferencia tecnológica o nuevos modelos de negocio.

Aletxu Etxebarria, presidente de Eiken -cluster vasco de contenido digital y audiovisual-, destacó el potencial de las empresas generadoras de contenidos y de aquellas que han sido capaces de adaptarse y potenciar nuevos formatos. En esta línea, Eduardo Jiménez, adjunto a la dirección de Habic -del cluster vasco de Madera, Equipamiento y Diseño- señaló la importancia de los grupos de pilotaje. Su cluster cuenta con tres y representa a empresas que contratan a más de 5.300 personas e invierten 65 millones de euros en I+D cada año.

Unai Extremo, de Basquegame subrayó la transversalidad de los videojuegos y su potencial en sectores tan diversos como la Industria 4.0, la formación, la salud o el ocio. Su crecimiento queda reflejado en las cifras: las 30 empresas de esta asociación facturaron el año pasado más de 14,5 millones de euros en un mercado global con 1.775 millones de gamers y unas ventas que superaron por primera vez los 81 billones.

En el evento también participaron seis de las grandes empresas del sector ICC que son referentes en mercados internacionales y tractoras de innovación y creatividad: Skunkfunk -que ha realizado una fuerte apuesta por la sostenibilidad y por implementar nuevas tecnologías en sus procesos productivos y de distribución-; Estudios Durero, que son ejemplo de reconversión tecnológica e innovación en el sector del diseño gráfico; Mondragón Lingua, una referencia en el sector del tratamiento inteligente del lenguaje y que vive una potente expansión internacional; Cookplay, un espejo en el que mirarse por su condición de estructura pequeña con una gran exposición en mercados extranjeros; así como Dhemen Studio, que ha dotado de valor su condición de diseño profesional transversal.

Por último, la Fundación Catedral de Santa María de Vitoria que mostró el potencial que esconden la colaboración con diferentes y otros actores del sector para sacar adelante proyectos de alta complejidad.

En definitiva, si podemos decir que una sociedad alcanza la madurez a partir de su cultura, podemos decir que Euskadi quiere redefinir por completo el concepto de madurez mediante la innovación y la creatividad.

Noticia recomendada por Binary Soul