No aceptan que les contradigan, disgusten, enojen u ofendan

En la reseña editorial del libro de próxima aparición de Greg Lukianoff y Jonathan Haidt, The Coddling of the American Mind: How Good Intentions and Bad Ideas Are Setting up a Generation for Failure, se dice que a la generación que viene le han sido enseñadas tres grandes falsedades: que sus sentimientos siempre están bien; que deben evitar el dolor y la incomodidad, y que deben buscar los errores que cometen los demás pero no los que cometen ellos. Estas tres Grandes Falsedades serían parte de una forma de pensar más general que ve a los jóvenes como criaturas frágiles que deben ser protegidas y supervisadas por adultos.

Esas falsas nociones estarían haciendo mucho daño a adolescentes y jóvenes al enseñarles lo contrario a lo que nos dice tanto la sabiduría antigua, como los modernos hallazgos psicológicos sobre el coraje, el crecimiento personal y la antifragilidad[1]. Como consecuencia de esas enseñanzas, ha crecido la incidencia de la depresión y la ansiedad entre los jóvenes, a la vez que se producen de forma permanentes conflictos en los campus motivados por discrepancias morales y recriminaciones mutuas. Sostienen Lukianoff y Haidt que se ha extendido una cultura de la “seguridad” y que la intolerancia a puntos de vista diferentes ha dejado a muchos jóvenes sin preparar para la vida adulta.

Haidt, en concreto, está muy preocupado con la creciente ola de intolerancia en los campus norteamericanos hacia la expresión de opiniones que resultan incómodas o que van en contra de los valores y posturas ideológicas dominantes. Y está muy comprometido con la promoción de la libertad de expresión en los ámbitos académicos. Por esa razón es uno de los promotores de la Heterodox Academy, una asociación de docentes de universidades norteamericanas que se ha propuesto promover la diversidad de puntos de vista en los campus.

[En el vídeo aparece Christina Hoff Sommers, filósofa y votante inscrita en el Partido Demócrata (habría sido exactamente igual si hubiese estado inscrita en el Partido Republicano o en ninguno de los dos), a quien no se permite dar una conferencia siendo tildada de fascista por las activistas que boicotearon su intervención.]

Hasta hoy pensaba que se trataba de un fenómeno estrictamente anglosajón[2] y que, incluso, su magnitud podría haberse exagerado, pero he vivido hoy una experiencia que me ha hecho pensar lo contrario. La experiencia en cuestión, algo más adelante; entre tanto un breve intermezzo aclaratorio.

Hasta hace unos pocos años las limitaciones a la libertad de expresión en los campus universitarios vascos han consistido, sobre todo, en algaradas y boicots de grupos de estudiantes a conferenciantes a los que rechazaban por razones estrictamente ideológicas, y también contra actos institucionales en los que los responsables académicos debían intervenir[3]. Lo que está ocurriendo en el mundo anglosajón tiene otro cariz: no solo se rechaza aquello que se asocia con posturas ideológicas opuestas, sino también lo que ofende o atenta contra la sensibilidad de los jóvenes estudiantes.

He tenido ocasión de vivir en primera persona una experiencia desconcertante que me ha hecho pensar que algo parecido puede que acabe pasando entre nosotros. He impartido una charla que trataba sobre las adaptaciones humanas a la carrera de fondo ligada a la caza por persistencia. Y como suelo hacer cuando trato ese tema, he incluido al final de la charla un vídeo en el que se muestra a una partida de Koi San que persiguen durante nueve horas a un kudú y, tras la persecución, uno de ellos lo abate de un lanzazo. Durante los últimos minutos, aproximadamente la mitad de los asistentes, estudiantes de alrededor de 16 años, se han tapado los ojos y han evitado contemplar la escena de la muerte del kudú. Tras las preguntas les he interpelado al respecto de su actitud, preguntándoles si a su juicio esa escena debía evitar ser mostrada. Los que se han tapado los ojos han dicho que sí, que hubiesen preferido no haberla visto y que habría sido mejor no haberla proyectado. Alguno de los interpelados, literalmente, me lo ha espetado. Se puede ver la secuencia de la caza completa en el vídeo (es el que he proyectado), pero basta con los últimos tres minutos, que es cuando se han tapado los ojos.

Cuando hablo de estas cosas con las maestras de primaria que conozco me dicen que cada vez más progenitores evitan activamente exponer a sus retoños a escenas “duras” o experiencias vitales difíciles o traumáticas, llegando en algún caso a ocultar la muerte de algún familiar muy próximo y querido.

Y he empezado a pensar que Haidt no exagera y que, igual que ocurrió con el tabaco rubio y el rocanrol, a nuestros campus también llegarán tiempos de ortodoxia política y uniformidad moral y, sobre todo, de jóvenes ofendidos e impresionables que no quieren exponerse a los rigores de la diversidad, la diferencia o, simplemente, el lado menos edulcorado de la vida.

Post Scriptum:

No me gusta opinar acerca de los jóvenes, sobre todo si las opiniones son negativas. Como dice Sergio Parra en esta anotación (me la ha recordado un usuario de tuiter), criticar a los jóvenes y compararlos desfavorablemente con las generaciones anteriores es un clásico en la historia de la humanidad. De hecho, tengo buena opinión de los jóvenes en diferentes aspectos: creo que, en general, tienen actitudes más prosociales y están mejor formados que lo estábamos los de mi generación; también creo que son más creativos, por ejemplo. Pero de la misma forma que tengo esas buenas opiniones, percibo las señales a que me he referido en esta ocasión y, sobre todo: (1) en rigor no son los jóvenes los criticados, sino sus progenitores, y (2) en este texto se aportan datos -creo que objetivos- como la mayor incidencia de depresión y ansiedad (que psicólogos profesionales relacionan con los problemas citados) y la mayor frecuencia de casos de intolerancia hacia opiniones contrarias y, sobre todo, hacia aquello que creen ofensivo o hiere su sensibilidad.

Pero ciertamente, puedo estar incurriendo en el viejo vicio de Platón o Cicerón. Nadie es perfecto.

Notas:

[1] He optado por traducir así antifragility, aunque dependiendo del contexto quizás podría valer resistencia o, mejor incluso, resiliencia.

[2] New Scientist se ha hecho eco en el editorial de su último número de ese mismo fenómeno en el Reino Unido.

[3] Grupos relacionados, principal pero no exclusivamente, con la corriente política que dio cobertura ideológica y sigue justificando la violencia terrorista que se practicó en Euskadi durante medio siglo.

Las ideas mueven el mundo

Hace unas semanas asistí a una charla de Mikel Mancisidor que impartió a un grupo de unos cuarenta jóvenes de 16 años. La charla tenía por título “¿Quién manda en el mundo?” Y en ella repasó de forma somera las diferentes instancias, políticas, sociales, económicas e ideológicas que tienen, o pueden tener, alguna incidencia en la marcha del mundo. Mikel es una persona muy cualificada para tratar ese tema: es doctor en derecho internacional, ha presidido durante años la UNESCO Etxea del País Vasco, y es miembro, desde 2013, del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de Naciones Unidas.

Planteó la charla como un ejercicio socrático, preguntando a los chavales su opinión acerca de diferentes aspectos de la cuestión para, a partir de las respuestas que le daban, ir desbrozando el camino hasta disponer de una visión que, sin ser exhaustiva, fue de gran amplitud. De hecho, para presentar gráficamente los resultados de su indagación, se valió de un esquema en el encerado que representaba una tupida red de relaciones e influencias entre diferentes elementos.

Los jóvenes se inclinaban, ante todo, por explicaciones que incidían en los ámbitos políticos y, sobre todo, económicos. Más de uno aludió directa o indirectamente a los intereses y conflictos de intereses, y al papel de ciertos organismos internacionales y compañías multinacionales en el control de la marcha del mundo. Pero la vista de la red resultaba, por sí sola, ilustrativa: ningún agente gobierna el mundo en todas sus dimensiones, pero aunque los hay muy poderosos e influyentes, todos, también los más pequeños, tienen cierta capacidad de incidir en la marcha de las cosas.

Al terminar compartí mis conclusiones con Mikel. No me interesaba tanto la identidad de los agentes más poderosos, sino el impulso que motiva las decisiones. Y mi conclusión -quizás demasiado simple o, si se quiere, simplista- es que los impulsos pueden ser de naturaleza política (poder), económica (intereses) o ideológica (ideas), pero lo verdaderamente importante es (1) que el ámbito temporal durante el que se extienden los efectos de esos impulsos es diferente en cada caso, y (2) que en última instancia, son las ideas las que acaban teniendo una mayor importancia a largo plazo.

De hecho, creo que las decisiones de los agentes políticos y, concretamente, de los parlamentos y gobiernos pueden tener mucha influencia en entornos no muy amplios y durante periodos de tiempos no demasiado extensos. Los intereses, si son de agentes con mucho poder, pueden tener efectos a más largo plazo y en ámbitos geográficos más amplios; condicionan, de hecho, las decisiones políticas. En el capítulo de intereses entran los de grandes corporaciones multinacionales, los de estados-empresa, como China o Arabia Saudí, o los de los jubilados que se manifiestan y presionan a los gobiernos amenazando con retirarles el voto. Pero si se observa la marcha del mundo con la suficiente perspectiva, es evidente que las ideas acaban teniendo una gran influencia a largo plazo. Líderes religiosos, filósofos y científicos, cada uno a su manera, han ejercido una influencia decisiva en la marcha del mundo y en cómo está configurado en la actualidad.

No he incluido a los científicos por las consecuencias prácticas de sus ideas, sino porque esas ideas han ejercido una influencia decisiva en la forma en que entendemos el mundo y, por ello, también en la forma en que pensamos que nos debemos relacionar con el resto de elementos que lo conforman y también entre nosotros. Todas las ideas que han provocado un cambio de visión o de perspectiva (ahora se diría “de paradigma”) han tenido gran influencia en ámbitos muy diferentes del propio. Las ideas de Locke, por ejemplo, o ciertos elementos clave que los padres fundadores de los Estados Unidos introdujeron en su Constitución -el sistema de checks and balances-, no se entenderían sin la formulación por Newton de las leyes de la mecánica. Y la idea ilustrada de la igualdad esencial de todos los seres humanos tampoco se entendería sin la aportación del cristianismo. Son solo dos ejemplos, pero podrían ponerse otros.

Sí, las ideas son muy importantes. Hay quienes las desprecian y defienden que los intereses están por encima, y que frente a los poderosos, a los grandes poderes políticos (militares) y económicos del mundo las ideas apenas valen. No es cierto. Las ideas necesitan mucho tiempo para surtir sus efectos y muchas se quedan en el camino. Pero no entenderíamos hoy la realidad que nos rodea al margen de las grandes ideas que han ido jalonando la historia de la humanidad.

Son los motores del mundo.

¡Fútbol, fútbol, fútbol!

La afición de un club se solidariza con un futbolista condenado por evasión fiscal. Los de otro club, y no son pocos, son de la opinión de que a los futbolistas también se les debería permitir agredir sexualmente a sus parejas[1]. Hay padres que en vez de animar a sus hijos, insultan al árbitro hasta el punto de provocar que este salga llorando del campo. Si es el caso, las aficiones se manifiestan para exigir que el club de sus amores no pierda la categoría, y hasta lo consiguen. Son solo unos pocos ejemplos, pero bastante ilustrativos de la consideración que le tiene al fútbol mucha gente y de la idolatría de la hinchada hacia sus futbolistas.
El futbol llena páginas de periódicos, horas de radio y televisión, conversaciones de cuadrilla, y hasta sirve para acabar con esos más que incómodos silencios de ascensor. Es el ejemplo más conspicuo de la tribalización que aflige a nuestras sociedades.
El futbol, además, altera la normal convivencia ciudadana. Se desvía el tráfico, se cambia el recorrido de los autobuses y hasta circular en metro se hace más difícil. Los días de partido las calles y plazas próximas al estadio se llenan de gente con mucho alcohol en el aparato digestivo, en la sangre, en el hígado y en el encéfalo; y con mucha necesidad de evacuarlo de cualquier modo y en cualquier esquina.
Y a veces, como ayer en Bilbao, ocasiona gravísimos incidentes.
Ayer murió un ertzaina antidisturbios en Bilbao mientras trabajaba para mantener a raya a las hordas de subhumanos que decidieron convertir el entorno de San Mamés en un campo de batalla. Murió sin que fuera agredido físicamente, y es posible que su destino ya estuviera escrito en su corazón antes de que saliera de la furgoneta y se desplomara sobre el asfalto. Pero que la muerte del ertzaina fuese debida a una afección cardiaca y no consecuencia directa de los incidentes, no elimina la gravedad de aquellos.
No hay nada que hacer. El fútbol, los clubs y los futbolistas parecen ser intocables. Y a las aficiones no se las puede contrariar. La violencia que rodea el fútbol no es imposible de erradicar. Si no se toman las medidas necesarias es porque en el fondo, los responsables han acabado asumiendo que las broncas, la violencia y la degradación de todo orden que acompaña al espectáculo, forma parte del mismo y es un elemento más de su penetración social y, por lo tanto, del status quo que no se quiere poner en riesgo.

Pero no nos engañemos: los “responsables” oficiales no son los único responsables. Lo son todos aquellos que con su actitud ayudan a que el futbol siga siendo objeto de veneración social y esté más allá de cualquier otra consideración.

[1] El futbolista en cuestión fue finalmente absuelto de los delitos de los que fue acusado, pero ello no exime a la afición de su comportamiento.

No quiero ciencia divertida

Ayer estrené los 280 caracteres de tuiter con este tuit

Mi intención -creía que estaba claro- era provocar debate.

Sergio, a su manera, me pidió una aclaración

Sergio es uno de los mejores divulgadores. Sus charlas son muy buenas, y muy divertidas. Me gustan mucho y él lo sabe.

Hay quien pensó que mi tuit era una declaración de mi incompetencia

Quizás no le falte razón. Algo parecido pensó don Umberto:

Javier, otro docente y excelente divulgador -con una muy original disposición para con su actividad en este terreno, por cierto- también me interpeló a su manera:

Mi respuesta:

Si no me equivoco, para Javier no hay distinción entre divertido y entretenido, cosa en la que, por cierto, el diccionario de la RAE le da la razón.
Yo, sin embargo, asocio “divertido” con “gracioso” o “humorístico” y pienso que entretener es lo contrario de aburrir. Es posible que esté equivocado, pero me parece que esa distinción es útil. Conozco excelentes divulgadores que no hacen gracia, pero que son muy entretenidos. Y aprovecho para aclarar que contra lo que pueda deducirse de mi tuit inicial, sí me gusta la ciencia divertida, por supuesto, o quizás debería decir, para ser precisos, que me gusta la divulgación divertida. Sigamos, no obstante, con la secuencia.
Esto es lo que quise decir con mis dos siguientes respuestas a Javier:

Y

Carlos Pazos pide aclaraciones también

Aunque Javier no lo ve

Antonio terció en el debate con una consideración terminológica

Aunque confieso que Antonio no me acabó de convencer.

También tomó la palabra Joaquín

Joaquín se declaró partidario de la ciencia cercana (género en el que es un verdadero maestro, por cierto) y debo decir que estoy muy de acuerdo con lo que dijo.

Yo, no obstante, soy más de las buenas historias, quizás porque siempre me ha gustado la narrativa. Por eso me identifiqué con María (sobre todo en lo relativo a Joaquín, JR y Xurxo, narradores extraordinarios; ya me gustaría a mí….)

Mi colega César también intervino pidiéndome aclarar un punto, y esto es lo que le respondí:

Molinos acierta al señalar que es importante el soporte (y le agradezco que diga de mí que soy divertido en persona, afirmación que atribuyo a su amistad y buen talante):

Y Aitor, muy razonable también, se declara amigo de la diversidad de géneros:

A Elena, por su parte, los 280 caracteres de tuiter le parecen pocos y amenaza con tratar este tema en Córdoba, en el Congreso de Comunicación Social de la Ciencia

De repente reaparece Javier y dice que mi madre es una cabra (mejor no se lo chivo a mi madre, la pobre)

Y Juan Antonio, en coherencia con lo dicho por Javier, confiesa que le parecen divertidas las operaciones quirúrgicas complejas

Jose R lleva el asunto al terreno educativo

Y aunque al principio prefiero no añadir complicaciones, lo cierto es que Eugenio tiene razón:

A lo que Jose R responde

Y Eugenio

No puedo estar más de acuerdo.

Hubo otras intervenciones

Y aunque traté de justificarme:

Mi intento resultó vano

(gracias Mónica, por cierto, por tu intervención)
Añado, de postre, una breve consideración de Irreductible que me ha parecido oportuna

Acabo esta secuencia con un tuit de mi admirado y querido Jose, que suscribo:

Creo que a estas alturas está claro lo que pienso. Pero por si acaso me esforzaré un poco más.
El conocimiento no tiene por qué ser divertido, pero casi siempre es apasionante. A veces el problema para percibirlo de esa forma es que no somos capaces de transmitirlo de la manera adecuada. Es, pues, importante, saber comunicarlo, y para ello, lo ideal es cautivar a la audiencia. Algunos recurren al humor, otros hacen cosas muy entretenidas, hay quien busca lo cercano, también se puede recurrir a otras disciplinas para servirte de apoyo: el arte, la música, la literatura…Otros cuentan historias maravillosas, narraciones de aventuras, de intriga, de amor. Y también los hay que, simplemente, son capaces de conseguir entusiasmar con la esencia de lo que cuentan.
Claro que quiero ciencia divertida, lo que no quiero es que solo se dé por buena la ciencia que divierte, o que por tratar de divertir los buenos divulgadores dejen de hacer uso de sus cualidades. Y no quiero dejar de lado lo que dice Eugenio en relación con la enseñanza: aprender cuesta esfuerzo.

Y un estrambote:

¡Qué bien me conoce Xurxo! 😉

Fuera de control

Los peores augurios se han cumplido. Los protagonistas del juego del gallina que se estaba desarrollando en Cataluña no fueron capaces de aprovechar la oportunidad que les brindaron las gestiones del Lehendakari Urkullu y otros agentes que durante los días de atrás han trabajado para ello. Ni Rajoy fue capaz, valiéndose de una posible enmienda socialista, de dar una respuesta a la altura de las circunstancias ni Puigdemont quiso enfrentarse a lo que le exigía buena parte de su gobierno, las CUP y la calle. Ninguno de los dos saldrá bien parado de este lance. Por cierto, Pedro Sánchez -al contrario que Miquel Iceta- tampoco saldrá con bien de todo esto.

En la dialéctica Cataluña vs. España o “independentismo catalán vs. nación española” -incluida la parte de esa nación formada por ciudadanos catalanes- se ha generado una dinámica que, por previsible, debía haberse evitado. Pero casi nadie hizo nada para ello. Se ha llegado a un punto en que los supuestos líderes han perdido el control de la situación. Están a merced de sus bases y entornos más beligerantes. Entre otras cosas, porque les aterra la posibilidad de ser considerados traidores por quienes, a cada lado, más gritan. El preanuncio de una convocatoria electoral causó el jueves una revuelta en las filas del independentismo, y Puigdemont no tuvo el coraje de hacerle frente y mantener la intención que tenía por la mañana. Y a la vista, anteayer en el Senado, de cómo han jaleado los senadores del PP la lectura de las medidas que tomaría el Gobierno español al amparo del artículo 155 de la CE, queda claro que el entorno del gobierno, personificado en los senadores jaleadores, está a día de hoy formado por una cuadrilla de hooligans. Son el fiel reflejo, seguramente, de esos muchos españoles para quienes su nación sigue siendo una unidad de destino en lo universal.

Hoy es el día en que muchos reprochan a los máximos responsables de los dos lados su actuación. Razones, seguramente, no les faltan. Pero no nos equivoquemos. Hacen lo que hacen porque están convencidos de que eso es lo que demandan sus bases y los votantes a quienes creen representar. Hacen lo que hacen porque quieren mantener, si no aumentar, el apoyo de los suyos o de los que consideran suyos. No les falta razón. A los máximos responsables se les podrá reprochar no haber sido capaces de canalizar un conflicto político por vías de diálogo y negociación. Pero no se les debe reprochar la supuesta condición de pirómanos. No lo son. La pradera ya estaba incendiada; quizás no han controlado el fuego, y hasta es posible que en algún caso lo hayan avivado incluso (algunos episodios no se me van de la cabeza), pero no se les puede reprochar el haberlo prendido, porque ya lo estaba. Esto es algo que no debe perderse de vista de cara al futuro. Costará mucho y quizás ni siquiera sea posible, pero sin combatir el fanatismo la convivencia se puede a deteriorar mucho más.

Anteayer el Lehendakari Urkullu ha vuelto a publicar un comunicado insistiendo en que la del diálogo y la negociación es la única vía posible, y exhortando a las partes a actuar en consecuencia (ver más abajo). Tiene razón, aunque me temo que su mensaje caerá en saco roto. Los acontecimientos pueden adquirir un tono más dramático aún y conducir inexorablemente a la aplicación del artículo 116 de la CE. Pero entonces quizás ya no haya nada de qué dialogar. Desgraciadamente, este es el escenario que me parece más probable.

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Sobre Cataluña he escrito estos artículos:

Paralelismos, del 21/9/2015

Secesión (I), del 24/9/2015 y Secesión (y II), del 25/9/2015

Conclusiones catalanas, del 4/10/2015

El juego del gallina en Cataluña, del 7/10/2017

Singularidades, del 9/10/2017

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Incluyo también la declaración del Lehendakari Urkullu:


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Me siento muy identificado con Iñaki Gabilondo en esta entrevista.

Leña al maestro

Debo de ser un zoquete. La primera vez que vi la imagen del ejercicio del chiquillo que se ha hecho viral, no le vi la gracia. Simplemente no entendí qué había hecho. Esto lo declaro de entrada para que no haya duda de que soy una persona con muchas limitaciones; me cuesta entender cosas que para el resto del personal son, al parecer, cristalinas. La segunda que vi la imagen fue en un tuit de un amigo en cuyo criterio tengo gran confianza: le había parecido muy bueno. Y otro llegaba a decir que “muchas veces los alumnos son mucho más inteligentes que los profesores”. Lo he tenido que ver por tercera vez para darme cuenta de dónde estaba la gracia.

Y sin embargo, si hubiera tenido que redactar ese ejercicio, yo lo habría redactado igual. A mi juicio el texto no es ambiguo. Aunque es evidente que el chaval sabe de qué va la historia, creo que no es correcto interpretar la expresión “las siguientes cifras” como la interpreta él. En materia lingüística no es prudente hacer afirmaciones categóricas, pero me da la impresión de que la inmensa mayoría de los castellanohablantes las entendemos como las cifras que siguen al enunciado; de ningún modo habríamos entendido que se refiere a las cifras que ha de escribir a continuación del número escrito en letras. Ahora bien, yo no le habría tachado el ejercicio, pero le habría explicado que el enunciado no debía ser entendido de esa forma.

La imagen en cuestión se ha extendido a velocidad de vértigo por las redes. La gran mayoría de los comentarios han sido para elogiar al chaval (7 años de edad) y denostar al maestro. Aunque fue su padre quien difundió la imagen en tuiter, ha sido muy cuidadoso y no ha criticado al maestro de su hijo, al contrario, tiene muy buenas palabras para él y para el resto del profesorado. Pero insisto: la mayoría de cosas que he leído han sido para criticar al maestro por no haber entendido la respuesta y por haber redactado mal o de forma ambigua el ejercicio, y elogiar al chiquillo y considerarlo un genio. De paso, la crítica al maestro se ha extendido, como ocurre últimamente, al profesorado en su conjunto. Y es esto lo que me ha enojado, entristecido y preocupado a partes iguales.

Algunas profesiones se han convertido en el pim-pam-pum en la sociedad española. La de docente, en casi cualquiera de sus niveles, es una de ellas, si no es la más escarnecida. No dispongo de datos para hacer un diagnóstico de por qué eso es así. No sé cuáles son las razones de fondo. Quizás tenga que ver con el hecho de que se les considera –injustificadamente, a mi juicio- unos privilegiados. Quizás con algunos malos recuerdos de nuestra época infantil. No lo sé. Y luego están los esfuerzos que ha hecho el gobierno español, sobre todo durante los años de Wert en el ministerio, para desprestigiar al profesorado de las instituciones públicas, incluidas escuelas, institutos y universidades. Estoy convencido de que esos esfuerzos no han sido inocuos.

Sean cuales sean las razones, al personal le produce un gustirrinín especial dar leña a maestros y maestras, ponerlos de chupa de dómine, proclamar que la escuela mata la creatividad, ensalzar la curiosidad y (supuesta) genialidad de los chiquillos por comparación con la estulticia del maestro o la profesora. Estamos, al parecer, rodeados de genios, de superdotados, de niños y niñas de altísimas capacidades y, para su inmensa desgracia, sus docentes son unos cretinos.

Lo malo de eso es que redunda en una enorme pérdida de respeto al personal docente. Hablen con ellos, les contarán cómo los tratan muchos padres, delante de sus hijos incluso. La merma de autoridad que eso conlleva tendrá antes o después consecuencias negativas en el aprendizaje de los críos y, en general, en toda su educación. Y por si eso fuese poco, acabará teniendo –ya la tiene- un efecto nefasto en el prestigio de la profesión y en su atractivo. Hoy la profesión docente en España se nutre de titulados universitarios cuyas capacidades cognitivas en lengua y matemáticas son algo superiores a la media de las capacidades del conjunto de titulados. Pero las actitudes de menosprecio pueden acabar consiguiendo que los mejores no encuentren ningún incentivo en dedicarse a la docencia. Y entonces sí, se dedicarán los peores, los menos capacitados y menos interesados en una actividad tan exigente como es la enseñanza. Eso ya ocurre en algunos países y las consecuencias son pavorosas. Sigamos, pues, dando leña al maestro; es de goma.

La mirada de la oveja

Una mañana de primavera paseando por la ribera de un río del oriente asturiano presenciamos una escena extraña, extraña y triste. En un prado cercado por una alambrada un hombre llevaba a rastras lo que, de lejos, parecía un cordero. Le seguía una oveja. Y un poco adelantado iba un pequeño rebaño con varias ovejas, un carnero y unos pocos corderos. Pensamos, al principio, que el pastor se llevaba al cordero, seguramente para sacrificarlo, aunque parecía muy pequeño.

El hombre, además del cordero que colgaba de su mano izquierda, llevaba un gancho metálico en su derecha. Cuando estaba a unos cien metros de donde nos encontrábamos -en el camino al borde del prado- recogió con el gancho algo que a esa distancia parecían restos de tejidos animales. Creí que serían parte de los intestinos del cordero, porque el pequeño animal parecía muerto. Quizás un zorro, un perro asilvestrado o algún otro depredador lo había atacado. La oveja no dejaba de balar y no se separaba del pastor. Éste se dirigió hacia nosotros. La oveja seguía a su lado y a unos metros, el resto del rebaño. Algunas ovejas balaban de vez en cuando; la que acompañaba al pastor lo hacía en todo momento.

Le pregunté por el cordero. Nos lo enseñó; estaba exangüe y con restos de sangre sobre la lana. Señaló dos pequeñas marcas en el cuello del animal. “Mirad las marcas: son de dentines; lo ha matado la gineta” nos dijo. “La oveja parió ayer por la tarde y la corderina -porque era hembra- quedó bien.” “Pero ha venido la gineta y mira…” Al referirse al parto nos enseñó el gancho; lo que llevaba colgando era la placenta, aunque él le dio un nombre que desconocíamos y que no recuerdo; la había expulsado la oveja durante la noche. Después siguió lamentándose: “Si las llevas al monte, el llobu, y si las dejas aquí, la gineta. Este es el segundo corderino en poco tiempo; hace unas semanas mató otro.” “Y total, ni se los come.”

Mientras, la oveja, sin separarse del cadáver del cordero, no dejaba de balar. Balaba y miraba al pastor, como si le interpelase; o nos miraba a nosotros, también como pidiéndonos una explicación o como si pudiésemos devolver la vida a su cría recién nacida. Nunca se me hubiera ocurrido, pero habría jurado que la mirada de la oveja mostraba una tristeza infinita.

Comerse una increpada

Trabajar con joveznos es lo que tiene. Hace un par de años me tocó lidiar con uno –alumno, para más señas- que cuando se reunió conmigo para planificar su trabajo de fin de grado encajó al menos un “emplán” en cada frase que pronunció. Llegó a preguntarme si tenía que presentar los datos “emplán gráfica o emplán tabla”. Le respondí que, para empezar, “los trabajase emplán análisis de la varianza de dos factores con interacción y luego si eso yatal”. Creo que me entendió, porque a partir de ese momento le costó articular frases con cierto sentido tratando de omitir el neologismo de marras.

Sirva la anécdota para ilustrar ese fenómeno que consiste en la extensión de formas lingüísticas nuevas, o formas antiguas con usos nuevos, entre los hablantes, sobre todo entre hablantes jóvenes. El sintagma “en plan” ya se utilizaba con cierta frecuencia, pero últimamente su uso ha aumentado tanto que se ha convertido en un comodín. Confieso que no me gusta.

Otra de las novedades que han llegado a mis oídos últimamente es la forma “biende”. “Biende” está construida como “finde”, con la diferencia de que “bien-de” no procede (que yo sepa) de un sintagma nominal equivalente al “fin-de semana”. “Biende” es un neologismo que denota abundancia; se utiliza cuando se quiere decir que hay mucho de algo, o muchos ejemplares. “Había biende peña”, “hay biende comida” y similares son las expresiones que he oído. “Biende” tampoco me gusta, me parece tan hortera como “finde”.

La que sí me ha gustado es la locución “comerse una increpada”. Significa “llevarse una bronca”. Nótese que “increpada” es un sustantivo derivado del verbo increpar. La derivación ha seguido la misma vía que “jamada” de jamar, “salida” de salir, “meada” de mear, u otras similares. Quien la creó podía haber recurrido a increpación, pero la gracia está, precisamente, en que evitó la forma conocida y recurrió a una inexistente pero siguiendo un modelo de derivación común. ¡Brillante! Me dice un amigo lingüista que esa construcción se llama “nombre deverbal” cuando es de alguna manera inesperada. Y está claro que esta lo es, porque quienes la usan difícilmente utilizarán el verbo increpar y, por el otro, porque ya existe “increpación”. La pena es que “comerse una increpada” se oye muchísimo menos que las dos anteriores.

Sea como fuere, estas cosas me reafirman en que la lengua es algo maravilloso.

Singularidades

En ningún lugar de la Europa democrática a la que pretendemos pertenecer son insumisas sus instituciones. Las instituciones existen en virtud de las leyes que las han creado o las han legitimado. Fuera de la ley no hay espacio para una institución. Por eso, al desobedecer las leyes, las instituciones se niegan a sí mismas. Pierden su sentido y su mismo fundamento. En rigor, ningún ciudadano debería obedecer a una institución desobediente.

 

En ningún lugar de la Europa democrática a la que pretendemos parecernos desfilan en la misma manifestación el partido del gobierno, el principal de la oposición y los fascistas antisistema.  En ninguno de esos países comparten los partidos de orden calzada y aceras con fascistas de verdad y con espontáneos, o no tan espontáneos, que enarbolan símbolos fascistas, hacen el saludo romano y lanzan consignas antidemocráticas.

El juego del gallina en Cataluña

Las últimas elecciones al Parlamento de Cataluña arrojaron un resultado envenenado: mayoría de escaños para las fuerzas independentistas, pero con menos de la mitad de los votos emitidos. En contra de lo que la prudencia aconsejaba, esa insuficiencia no ha sido óbice para que las instituciones catalanas hayan huido hacia delante, hasta llegar a las infaustas sesiones parlamentarias del 6 y 7 de septiembre y la posterior celebración de un referéndum sin las debidas garantías.

El Gobierno Español, por su parte, ha ignorado que en Cataluña una amplia mayoría –muchos más de la mitad- quiere ser consultada acerca de su futuro. No quiere ver que si cerca de la mitad de votantes opta por apoyar con su voto medidas ilegales, no se encuentra ante un mero problema de orden público. Y tras circunscribir su respuesta a resoluciones judiciales y, a última hora, a actuaciones policiales, ha llegado a poner en evidencia al propio Estado, por su incapacidad para cumplir su cometido.

Los independentistas no tienen derecho a hablar en nombre del pueblo catalán para justificar sus actuaciones porque tan pueblo catalán es la mitad que no les apoya como la que les apoya. Tampoco pueden justificar el atropello parlamentario de los días 6 y 7 de septiembre por la actuación del gobierno español negándose a facilitar una solución negociada al problema de la consulta; una actuación injusta del otro no justifica la injusticia cometida por uno mismo.

Quienes critican la celebración del referéndum por la ausencia de garantías no deberían olvidar que el Gobierno de España ha impedido una consulta que cumpliese las condiciones exigibles. Es más, ese referéndum cuántico –se ha producido y no se ha producido, a la vez- movilizó a centenares de miles de personas. Pero igualmente hay que decir que una consulta realizada sin las garantías democráticas básicas no autoriza a considerar válido el resultado, y menos aún a los efectos de algo de tanto alcance como una declaración de independencia.

La distribución de vídeos en que se jaleaba con cánticos obscenos a guardias civiles y policías cuando partían hacia Cataluña indica que había interés por parte de las instancias oficiales en “caldear el ambiente antes del partido”. Las actuaciones policiales de la mañana del uno de octubre, el elevado número de personas heridas y la manifiesta insuficiencia del despliegue policial para evitar el referéndum, hacen sospechar que tal despliegue no perseguía lo que se declaraba, sino mostrar una contundencia que pudiera servir de aviso a navegantes y anticipar futuras actuaciones en la misma línea. Tras el domingo se multiplicaron las voces en demanda de algo parecido a una tregua. Ese era el sentido, por ejemplo, del último punto de la declaración de la Comisión Europea del lunes pasado. Pero el discurso del Rey parece pensado para dar cobertura a una próxima declaración del estado de excepción o medidas equivalentes, y quizás para prepararnos para ellas.

A falta de conocer la resolución que adopte el Parlamento de Cataluña el próximo lunes, todo indica que las dos partes han decidido llegar hasta el final, sea tal final el que sea. Los independentistas han optado por “exhibir las vergüenzas” del Estado Español con su recurso a la violencia, de la que hará uso sin complejos en la medida en que lo considere necesario. El Gobierno de Cataluña confía en concitar el apoyo de la opinión pública europea de esa forma, además de conducir al Estado a una crisis que dificulte o impida respuestas efectivas. Y el Gobierno de España parece haber decidido que, a las malas, el Estado tiene todas las de ganar.

En teoría de juegos hay un dilema diabólico; se plantea en el juego del gallina. Dos jugadores confrontan su valor lanzándose en sus respectivos automóviles a toda velocidad uno contra el otro o hacia un precipicio (recuerden la escena de la película Rebelde sin causa); pierde el primero en modificar la trayectoria de choque o abandonar el vehículo en marcha. ¡Cómo me gustaría estar equivocado!

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Nota: este artículo se ha publicado hoy en la edición en papel de Deia.