No aceptan que les contradigan, disgusten, enojen u ofendan

En la reseña editorial del libro de próxima aparición de Greg Lukianoff y Jonathan Haidt, The Coddling of the American Mind: How Good Intentions and Bad Ideas Are Setting up a Generation for Failure, se dice que a la generación que viene le han sido enseñadas tres grandes falsedades: que sus sentimientos siempre están bien; que deben evitar el dolor y la incomodidad, y que deben buscar los errores que cometen los demás pero no los que cometen ellos. Estas tres Grandes Falsedades serían parte de una forma de pensar más general que ve a los jóvenes como criaturas frágiles que deben ser protegidas y supervisadas por adultos.

Esas falsas nociones estarían haciendo mucho daño a adolescentes y jóvenes al enseñarles lo contrario a lo que nos dice tanto la sabiduría antigua, como los modernos hallazgos psicológicos sobre el coraje, el crecimiento personal y la antifragilidad[1]. Como consecuencia de esas enseñanzas, ha crecido la incidencia de la depresión y la ansiedad entre los jóvenes, a la vez que se producen de forma permanentes conflictos en los campus motivados por discrepancias morales y recriminaciones mutuas. Sostienen Lukianoff y Haidt que se ha extendido una cultura de la “seguridad” y que la intolerancia a puntos de vista diferentes ha dejado a muchos jóvenes sin preparar para la vida adulta.

Haidt, en concreto, está muy preocupado con la creciente ola de intolerancia en los campus norteamericanos hacia la expresión de opiniones que resultan incómodas o que van en contra de los valores y posturas ideológicas dominantes. Y está muy comprometido con la promoción de la libertad de expresión en los ámbitos académicos. Por esa razón es uno de los promotores de la Heterodox Academy, una asociación de docentes de universidades norteamericanas que se ha propuesto promover la diversidad de puntos de vista en los campus.

[En el vídeo aparece Christina Hoff Sommers, filósofa y votante inscrita en el Partido Demócrata (habría sido exactamente igual si hubiese estado inscrita en el Partido Republicano o en ninguno de los dos), a quien no se permite dar una conferencia siendo tildada de fascista por las activistas que boicotearon su intervención.]

Hasta hoy pensaba que se trataba de un fenómeno estrictamente anglosajón[2] y que, incluso, su magnitud podría haberse exagerado, pero he vivido hoy una experiencia que me ha hecho pensar lo contrario. La experiencia en cuestión, algo más adelante; entre tanto un breve intermezzo aclaratorio.

Hasta hace unos pocos años las limitaciones a la libertad de expresión en los campus universitarios vascos han consistido, sobre todo, en algaradas y boicots de grupos de estudiantes a conferenciantes a los que rechazaban por razones estrictamente ideológicas, y también contra actos institucionales en los que los responsables académicos debían intervenir[3]. Lo que está ocurriendo en el mundo anglosajón tiene otro cariz: no solo se rechaza aquello que se asocia con posturas ideológicas opuestas, sino también lo que ofende o atenta contra la sensibilidad de los jóvenes estudiantes.

He tenido ocasión de vivir en primera persona una experiencia desconcertante que me ha hecho pensar que algo parecido puede que acabe pasando entre nosotros. He impartido una charla que trataba sobre las adaptaciones humanas a la carrera de fondo ligada a la caza por persistencia. Y como suelo hacer cuando trato ese tema, he incluido al final de la charla un vídeo en el que se muestra a una partida de Koi San que persiguen durante nueve horas a un kudú y, tras la persecución, uno de ellos lo abate de un lanzazo. Durante los últimos minutos, aproximadamente la mitad de los asistentes, estudiantes de alrededor de 16 años, se han tapado los ojos y han evitado contemplar la escena de la muerte del kudú. Tras las preguntas les he interpelado al respecto de su actitud, preguntándoles si a su juicio esa escena debía evitar ser mostrada. Los que se han tapado los ojos han dicho que sí, que hubiesen preferido no haberla visto y que habría sido mejor no haberla proyectado. Alguno de los interpelados, literalmente, me lo ha espetado. Se puede ver la secuencia de la caza completa en el vídeo (es el que he proyectado), pero basta con los últimos tres minutos, que es cuando se han tapado los ojos.

Cuando hablo de estas cosas con las maestras de primaria que conozco me dicen que cada vez más progenitores evitan activamente exponer a sus retoños a escenas “duras” o experiencias vitales difíciles o traumáticas, llegando en algún caso a ocultar la muerte de algún familiar muy próximo y querido.

Y he empezado a pensar que Haidt no exagera y que, igual que ocurrió con el tabaco rubio y el rocanrol, a nuestros campus también llegarán tiempos de ortodoxia política y uniformidad moral y, sobre todo, de jóvenes ofendidos e impresionables que no quieren exponerse a los rigores de la diversidad, la diferencia o, simplemente, el lado menos edulcorado de la vida.

Post Scriptum:

No me gusta opinar acerca de los jóvenes, sobre todo si las opiniones son negativas. Como dice Sergio Parra en esta anotación (me la ha recordado un usuario de tuiter), criticar a los jóvenes y compararlos desfavorablemente con las generaciones anteriores es un clásico en la historia de la humanidad. De hecho, tengo buena opinión de los jóvenes en diferentes aspectos: creo que, en general, tienen actitudes más prosociales y están mejor formados que lo estábamos los de mi generación; también creo que son más creativos, por ejemplo. Pero de la misma forma que tengo esas buenas opiniones, percibo las señales a que me he referido en esta ocasión y, sobre todo: (1) en rigor no son los jóvenes los criticados, sino sus progenitores, y (2) en este texto se aportan datos -creo que objetivos- como la mayor incidencia de depresión y ansiedad (que psicólogos profesionales relacionan con los problemas citados) y la mayor frecuencia de casos de intolerancia hacia opiniones contrarias y, sobre todo, hacia aquello que creen ofensivo o hiere su sensibilidad.

Pero ciertamente, puedo estar incurriendo en el viejo vicio de Platón o Cicerón. Nadie es perfecto.

Notas:

[1] He optado por traducir así antifragility, aunque dependiendo del contexto quizás podría valer resistencia o, mejor incluso, resiliencia.

[2] New Scientist se ha hecho eco en el editorial de su último número de ese mismo fenómeno en el Reino Unido.

[3] Grupos relacionados, principal pero no exclusivamente, con la corriente política que dio cobertura ideológica y sigue justificando la violencia terrorista que se practicó en Euskadi durante medio siglo.

Las ideas mueven el mundo

Hace unas semanas asistí a una charla de Mikel Mancisidor que impartió a un grupo de unos cuarenta jóvenes de 16 años. La charla tenía por título “¿Quién manda en el mundo?” Y en ella repasó de forma somera las diferentes instancias, políticas, sociales, económicas e ideológicas que tienen, o pueden tener, alguna incidencia en la marcha del mundo. Mikel es una persona muy cualificada para tratar ese tema: es doctor en derecho internacional, ha presidido durante años la UNESCO Etxea del País Vasco, y es miembro, desde 2013, del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de Naciones Unidas.

Planteó la charla como un ejercicio socrático, preguntando a los chavales su opinión acerca de diferentes aspectos de la cuestión para, a partir de las respuestas que le daban, ir desbrozando el camino hasta disponer de una visión que, sin ser exhaustiva, fue de gran amplitud. De hecho, para presentar gráficamente los resultados de su indagación, se valió de un esquema en el encerado que representaba una tupida red de relaciones e influencias entre diferentes elementos.

Los jóvenes se inclinaban, ante todo, por explicaciones que incidían en los ámbitos políticos y, sobre todo, económicos. Más de uno aludió directa o indirectamente a los intereses y conflictos de intereses, y al papel de ciertos organismos internacionales y compañías multinacionales en el control de la marcha del mundo. Pero la vista de la red resultaba, por sí sola, ilustrativa: ningún agente gobierna el mundo en todas sus dimensiones, pero aunque los hay muy poderosos e influyentes, todos, también los más pequeños, tienen cierta capacidad de incidir en la marcha de las cosas.

Al terminar compartí mis conclusiones con Mikel. No me interesaba tanto la identidad de los agentes más poderosos, sino el impulso que motiva las decisiones. Y mi conclusión -quizás demasiado simple o, si se quiere, simplista- es que los impulsos pueden ser de naturaleza política (poder), económica (intereses) o ideológica (ideas), pero lo verdaderamente importante es (1) que el ámbito temporal durante el que se extienden los efectos de esos impulsos es diferente en cada caso, y (2) que en última instancia, son las ideas las que acaban teniendo una mayor importancia a largo plazo.

De hecho, creo que las decisiones de los agentes políticos y, concretamente, de los parlamentos y gobiernos pueden tener mucha influencia en entornos no muy amplios y durante periodos de tiempos no demasiado extensos. Los intereses, si son de agentes con mucho poder, pueden tener efectos a más largo plazo y en ámbitos geográficos más amplios; condicionan, de hecho, las decisiones políticas. En el capítulo de intereses entran los de grandes corporaciones multinacionales, los de estados-empresa, como China o Arabia Saudí, o los de los jubilados que se manifiestan y presionan a los gobiernos amenazando con retirarles el voto. Pero si se observa la marcha del mundo con la suficiente perspectiva, es evidente que las ideas acaban teniendo una gran influencia a largo plazo. Líderes religiosos, filósofos y científicos, cada uno a su manera, han ejercido una influencia decisiva en la marcha del mundo y en cómo está configurado en la actualidad.

No he incluido a los científicos por las consecuencias prácticas de sus ideas, sino porque esas ideas han ejercido una influencia decisiva en la forma en que entendemos el mundo y, por ello, también en la forma en que pensamos que nos debemos relacionar con el resto de elementos que lo conforman y también entre nosotros. Todas las ideas que han provocado un cambio de visión o de perspectiva (ahora se diría “de paradigma”) han tenido gran influencia en ámbitos muy diferentes del propio. Las ideas de Locke, por ejemplo, o ciertos elementos clave que los padres fundadores de los Estados Unidos introdujeron en su Constitución -el sistema de checks and balances-, no se entenderían sin la formulación por Newton de las leyes de la mecánica. Y la idea ilustrada de la igualdad esencial de todos los seres humanos tampoco se entendería sin la aportación del cristianismo. Son solo dos ejemplos, pero podrían ponerse otros.

Sí, las ideas son muy importantes. Hay quienes las desprecian y defienden que los intereses están por encima, y que frente a los poderosos, a los grandes poderes políticos (militares) y económicos del mundo las ideas apenas valen. No es cierto. Las ideas necesitan mucho tiempo para surtir sus efectos y muchas se quedan en el camino. Pero no entenderíamos hoy la realidad que nos rodea al margen de las grandes ideas que han ido jalonando la historia de la humanidad.

Son los motores del mundo.

La mirada de la oveja

Una mañana de primavera paseando por la ribera de un río del oriente asturiano presenciamos una escena extraña, extraña y triste. En un prado cercado por una alambrada un hombre llevaba a rastras lo que, de lejos, parecía un cordero. Le seguía una oveja. Y un poco adelantado iba un pequeño rebaño con varias ovejas, un carnero y unos pocos corderos. Pensamos, al principio, que el pastor se llevaba al cordero, seguramente para sacrificarlo, aunque parecía muy pequeño.

El hombre, además del cordero que colgaba de su mano izquierda, llevaba un gancho metálico en su derecha. Cuando estaba a unos cien metros de donde nos encontrábamos -en el camino al borde del prado- recogió con el gancho algo que a esa distancia parecían restos de tejidos animales. Creí que serían parte de los intestinos del cordero, porque el pequeño animal parecía muerto. Quizás un zorro, un perro asilvestrado o algún otro depredador lo había atacado. La oveja no dejaba de balar y no se separaba del pastor. Éste se dirigió hacia nosotros. La oveja seguía a su lado y a unos metros, el resto del rebaño. Algunas ovejas balaban de vez en cuando; la que acompañaba al pastor lo hacía en todo momento.

Le pregunté por el cordero. Nos lo enseñó; estaba exangüe y con restos de sangre sobre la lana. Señaló dos pequeñas marcas en el cuello del animal. “Mirad las marcas: son de dentines; lo ha matado la gineta” nos dijo. “La oveja parió ayer por la tarde y la corderina -porque era hembra- quedó bien.” “Pero ha venido la gineta y mira…” Al referirse al parto nos enseñó el gancho; lo que llevaba colgando era la placenta, aunque él le dio un nombre que desconocíamos y que no recuerdo; la había expulsado la oveja durante la noche. Después siguió lamentándose: “Si las llevas al monte, el llobu, y si las dejas aquí, la gineta. Este es el segundo corderino en poco tiempo; hace unas semanas mató otro.” “Y total, ni se los come.”

Mientras, la oveja, sin separarse del cadáver del cordero, no dejaba de balar. Balaba y miraba al pastor, como si le interpelase; o nos miraba a nosotros, también como pidiéndonos una explicación o como si pudiésemos devolver la vida a su cría recién nacida. Nunca se me hubiera ocurrido, pero habría jurado que la mirada de la oveja mostraba una tristeza infinita.

El pasado que no existió

El pasado está de moda. De hecho, quizás lo estuvo siempre. Lo añoramos. Es raro encontrar gente que no lo haga, que no sienta nostalgia. La percepción que tenemos del pasado alimenta, incluso, tendencias políticas; por eso, paradójicamente, la nostalgia puede tener también consecuencias futuras importantes. Puede provocar xenofobia y alimentar movimientos políticos peligrosos. Pero tiene también un lado bueno: puede proporcionar bienestar y ayudar a dar sentido a la vida de la gente.

La nostalgia, ese sentimiento de una cierta tristeza agradable ligada a los recuerdos, es universal. La experimentan personas de todas las culturas y aunque hubo un tiempo en que se consideraba casi una enfermedad, eso ya no ocurre.

Cuando al escuchar una canción experimentamos sentimientos de nostalgia, nos ayudan, al parecer, a dotar de sentido a la vida. De hecho, evocar recuerdos nos viene muy bien cuando nos sentimos inseguros, incómodos con la situación en que nos encontramos o cuando nos atenaza una sensación de incertidumbre. Eso ocurre porque la nostalgia proporciona una sensación de continuidad en la vida. Esos recuerdos nos dicen que somos la misma persona que la que visitó aquel lugar, la misma que disfrutó en aquel concierto, la misma que salía de excursión con aquella cuadrilla. Por esa razón la nostalgia se acentúa en tiempos de cambio. De hecho, dicen los psicólogos que, en contra de lo que se pensaba antes, no provoca soledad, sino que es más bien una especie de antídoto contra esa sensación. Surge cuando nos encontramos decaídos, y puede servir para reforzar vínculos personales.

Todo esto tiene que ver con la forma en que funciona la memoria. Cada vez que evocamos un recuerdo y lo sacamos a nuestra particular luz, lo retocamos, lo editamos. Lo modificamos de manera que, con el tiempo, los aspectos negativos van perdiéndose y nos quedamos con lo bueno. Esa es la razón por la que la nostalgia es placentera.

Lo hacemos también de forma colectiva, con nuestro grupo, comunidad o país; idealizamos el pasado. La nostalgia colectiva promueve el sentimiento de pertenencia al grupo, refuerza los vínculos en su interior y, muy probablemente, ayuda a cohesionar la comunidad. Quizás tuvo importancia en periodos de la historia humana en los que esos vínculos ayudaron al grupo a salir adelante.

Pero como suele ocurrir con estas cosas, además de una cara, esa nostalgia colectiva puede tener una cruz. Porque podemos echar de menos el pasado hasta el punto de querer volver a él. Pero ocurre que al añorar el pasado, echamos de menos algo que en realidad nunca existió. Los detalles, los hechos, lo que verdaderamente ocurrió, ha quedado en una neblina; solo perdura la emoción y esa emoción se acentúa con el tiempo.

Hay una forma de nostalgia que no implica al grupo, sino al paisaje o a la naturaleza. Echamos de menos los paisajes de la infancia. El problema es que esos paisajes solo existen en el recuerdo. Y por recuperar unos paisajes que no existieron nunca podemos vernos tentados a tomar malas decisiones. La añoranza de una naturaleza supuestamente prístina, inalterada, idílica puede también acabar por surtir efectos perversos.

Hay, incluso, quienes experimentan una cierta angustia que, en casos extremos se vive como una agonía. Es ese sentimiento agónico por la pérdida de algo que, muy probablemente, nunca existió. Se puede experimentar sentimientos agónicos por la pérdida, real o imaginaria, de una cultura, de unos paisajes, de unas tradiciones. Y eso puede hacer mucho daño. En ese caso no cabe hablar de sentimientos positivos.

Es bueno experimentar sentimientos de nostalgia pero sin caer en sus formas patológicas. La añoranza no debe llevarnos a intentar recuperar unos paisajes, un entorno, un barrio, unos paisanos que no existieron nunca o que, si existieron, no configuraron ningún mundo ideal, aunque ahora así nos lo parezca. No hay mundos ideales.

La inmoralidad de los ateos

La gente tiende a pensar que es más fácil que un ateo cometa crímenes abominables a que los cometa una persona con creencias religiosas. Y en general, la mayor parte de la gente cree que los creyentes son mejores personas, con sentimientos morales más arraigados.

Esto no es nuevo. Según cuenta Platón, en el Euthyphro, cuando se le preguntaba a Socrates si la bondad es lo que gusta a los dioses porque es buena o si la bondad es buena porque gusta a los dioses, él, Sócrates, optaba por la primera posibilidad. Pero lo cierto es que desde entonces muchos otros han manifestado opiniones en sentido contrario. John Locke, conocido como el apóstol de la tolerancia y uno de los personajes históricos por quien más aprecio tengo, defendía que a los ateos no debía concedérseles derechos de ciudadanía, porque como quienes no creen en Dios no obedecen normas morales, no se podía confiar en ellos. Y Dostoievski escribió que “si Dios no existe, todo está permitido.” Todavía hoy no son raras afirmaciones tales como que el progreso del secularismo y el declive de las religiones organizadas es lo que hace que retroceda la moralidad en las sociedades contemporáneas.

En los estudios (aquí el último) que se hacen sobre este tema se ha comprobado que aunque los porcentajes varían mucho entre países, en general existe la creencia de que quien no tiene una religión carece de moral, y lo más curioso es que hasta quienes se declaran ateos tienden a pensar de ese modo. Además, quienes atribuyen a la fe el origen de la moral piensan de los religiosos que cometen actos inmorales (abusos sexuales a menores de edad, por ejemplo) que lo hacen porque en realidad no creen en Dios. También es cierto que, en general, cuanto más secularizada está una sociedad, menor prevalencia tiene esa forma de pensar, pero incluso en las sociedades más secularizadas, tiene una aceptación relativamente amplia.

Daré ahora un pequeño rodeo para introducir un elemento nuevo en esta cuestión. Lea esta descripción: “Linda tiene 31 años de edad, es soltera, inteligente y muy brillante; se especializó en filosofía; como estudiante estaba profundamente preocupada por los problemas de discriminación y justicia social y participaba también en manifestaciones anti-nucleares.” Si a continuación le pregunto: “De las dos posibilidades, ¿cuál es más probable, a o b? a: Linda es una cajera de banco. b: Linda es una cajera de banco y es feminista.” ¿Qué me respondería?

No sé qué ha respondido usted, pero lo más frecuente es que la gente responda la opción b. Y sin embargo, es evidente que la b es la opción más improbable. Es este un ejemplo práctico de la llamada “falacia de la conjunción” o “falacia de Linda”. Quienes incurren en ella piensan que es más probable que se cumplan a la vez varias condiciones –alguna de ellas particulares- en vez de una de ellas que es de carácter más general.

Pasa lo mismo con la opinión de la gente sobre los ateos e inmorales. Cuando se describe a alguien como un maltratador de mujeres y a continuación se le pregunta a la gente si creen que el maltratador es un cajero de banco o si creen que es un cajero de banco ateo, la mayoría responden que es un cajero de banco ateo, aunque la opción más probable es la de que es un cajero de banco sin más atributos.

Que la gente, al ser encuestada en esos términos, responda incurriendo en la falacia de Linda indica bien a las claras que creen que los ateos son más inmorales que los creyentes. Pues bien, pasa en muchos países aunque no en todos en la misma medida. Y es curioso, además, que la predisposición negativa para con los ateos también la experimenten los propios ateos.

Según una explicación surgida de los estudios sobre evolución cultural, las religiones cumplen la función de otorgar a los que comparten una misma fe un sentimiento de pertenencia a un grupo. De esa manera, quienes profesan una misma religión estarían más predispuestos a cooperar con el resto de los miembros del grupo. Por esa razón, de acuerdo con esa explicación, la predisposición negativa hacia los ateos se entendería como una actitud contraria hacia quienes no se consideran miembros del mismo grupo y, por lo tanto, no estarían dispuestos a cooperar con el resto en caso necesario. La fe actuaría, bajo ese supuesto, como una señal de pertenencia al grupo.

Sin embargo, dado que incluso los ateos tienden a tener peor opinión moral de ellos mismos, la interpretación anterior no vale. Esto es, esa opinión negativa no obedece a que se considere a los ateos ajenos al grupo al que pertenece uno mismo, sino que refleja una actitud de recelo y rechazo hacia quienes no se sienten vigilados por un dios y, por lo tanto, no temen el castigo divino si se portan mal. De lo contrario, los ateos no tenderían a pensar igual que los creyentes. O sea, la falacia de la conjunción no opera porque se rechace a quienes, por no ser considerados parte del mismo grupo, no se les tenga por posibles cooperadores, en caso de ser necesaria su colaboración, sino que piensan, sin darse cuenta o dándosela, lo mismo que pensaba John Locke: que no son gente de fiar. ¡Ahí es nada!

¿Qué opina usted?

Sin perdón

Cuanto más mayor me hago más disfruto con las cosas sencillas. Me gusta contemplar el mar, ver cómo se suceden las olas en la playa. Me fijo en cosas que antes no veía, como la delicada arquitectura de una tela de araña cubierta de gotas de rocío, de la marea -como dicen en los pueblos de Salamanca- de primera hora de la mañana; me fijo y la admiro. Percibo los detalles de un amanecer hasta el último matiz; o me sumerjo en la melancolía propia de los atardeceres. Me siento en la terraza de nuestro local pub en verano, a la sombra de unos plátanos, y me quedo viendo el ir y venir de la gente. Escucho música cuando tengo la ocasión. Paseo con mi mujer por los parques de nuestro pueblo; reparamos en los cambios que produce el curso de las estaciones, y lo comentamos. Cada vez me gustan más esas cosas y otras similares. Podría decir que disfruto más de la vida, quizás porque cada vez me va quedando menos y soy cada vez más consciente de ello.

Conforme envejezco, también me duele más el dolor ajeno. Más sufrimiento me produce el sufrimiento de los otros, más cuanto más cercanos los percibo, pero en general, cada vez me sienta peor el mal de los demás. Y me producen especial desolación los atentados, porque quienes caen víctimas de un atentado se ven, de repente y sin haber hecho nada para merecerlo, privados de su bienestar, su salud o su vida, y no por accidente. No dejo de pensar en los familiares, personas a las que de repente las llama alguien, quizás un cargo político, quizás un funcionario, para decirles algo que los puede hundir de por vida. No quiero ni imaginar una situación así.

Los atentados, además, se hacen en nombre de una causa, de un bien superior, de una entelequia por tanto. En nombre de alguna causa han matado a mucha gente; en el País Vasco lo sabemos muy bien, durante casi medio siglo centenares de personas fueron asesinadas y miles convertidas en víctimas en nombre de una causa. En la historia de la humanidad ha habido millones de asesinatos y de muertos por diferentes causas: Tierra Santa, la verdadera fe cristiana, la república, la sociedad sin clases, la Jihad u otras.

Puedo quizás entender que alguien dé su vida por una causa, pero no puedo aceptar que alguien asesine en nombre de una causa. En realidad no puedo aceptar que nadie asesine por ninguna razón, salvo una, pero creo que la peor razón de todas es esa, una causa. Nadie, bajo ninguna circunstancia que no sea la defensa de la propia vida puede quitar la vida a nadie; nadie está legitimado para hacerlo; el derecho a vivir es el derecho supremo. Pero además, quien mata por una causa lo hace porque está en posesión de la verdad; la suya no es una causa más, es “la causa”; es tal el desprecio que siente por sus semejantes que, de hecho, para él no lo son, porque se arroga el derecho, la legitimidad, para matarlos, para quitarles su bien más preciado.

Ayer una docena de personas o más murieron y otras ochenta fueron heridas –varias de ellas de extrema gravedad- en un atentado terrorista. Quienes acabaron ayer con la vida de esas personas e intentaron hacer lo propio con decenas más lo hicieron, según todos los indicios, por una causa, por una verdad, por un credo. Ese credo es el Islam. Es cierto que no debemos identificar a todos los musulmanes con los fanáticos islamistas. Pero a mí no me basta con decir eso.

Un atentado como el de ayer no se cometió en nombre de la “religión”, se cometió en nombre de una fe en concreto. Conviene precisar esto, porque si se pide que no atribuyamos a todos los seguidores de Mahoma la misma condición siniestra de los terroristas, con más razón hay que exigir que no se atribuya la responsabilidad a quien no la tiene bajo ninguna otra consideración. Y el resto de quienes profesan alguna otra religión nada tienen que ver con esa barbarie. No, el atentado de ayer NO se cometió en nombre “la religión”.

No debemos pasar por alto que los países en los que el Islam es la religión mayoritaria se han demostrado incapaces de acceder a la modernidad. No han sido capaces de instaurar de forma estable y duradera regímenes en los que el respeto a los derechos humanos sea la condición básica y fundamental de la convivencia política. No vale invocar el colonialismo o el trato dado por occidente en el pasado. Por similares situaciones han pasado muchos otros países y no han evolucionado de la misma forma. Es más, los países que financian el terrorismo son países muy ricos; no se pueden esgrimir la opresión y el sojuzgamiento como motivaciones de una acción liberadora desesperada. Escuchen a Ayaan Hirsi Halí.

Y por último, repetiré algo que no por dicho miles de veces hay que dejar de decir. Los responsables de los atentados son quienes los cometen, los inspiran y los financian. No somos los que, en una tarde de agosto, de visita en Barcelona, queremos disfrutar de esos pequeños placeres de la vida: mirar el mar o fijarnos en una tela de araña, pasear, contemplar el ir y venir de la gente, comprar un helado, salir de copas por la noche o descansar en la Barceloneta al atardecer. No, nadie de quienes disfrutamos de las pequeñas cosas de la vida de esa forma somos culpables de nada. Tenemos derecho a esas pequeñas cosas porque es nuestra vida y hemos de poder hacer con ella lo que más nos plazca si al hacerlo no perjudicamos a los demás. Hablo en primera persona porque soy muy consciente -y creo que deberíamos serlo todos- de que cualquiera de nosotros podría haber sido asesinado ayer. Todos somos sus enemigos, porque todos, disfrutando en paz de nuestros pequeños placeres y sin una causa por la que matar, representamos lo que más odian los fanáticos: la libertad que nos permite disfrutar, entre otras, de esas pequeñas cosas.

Cada vez me afecta más la desgracia ajena; cada vez me duelen más los atentados y los muertos en los atentados. Cuando sé de un atentado como el de ayer me entra una congoja terrible. Debe de ser cierto que la edad ablanda.

Cada vez que pasan cosas como lo que ocurrió ayer en Barcelona me acuerdo de Will Munny, el ex pistolero protagonista de “Sin perdón (Unforgiven, 1992)”, la película de Clint Eastwood, cuando dice que “matar a un hombre es muy duro, le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría tener”.

 

Mis amigos los berberechos, y los mejillones

Creo que era octubre de 1983 cuando nos dirigimos por primera vez a un arenal en la Ría de Mundaka, Bizkaia, en busca de berberechos. Un año antes había terminado los estudios de biología y por aquella época el Gobierno Vasco me concedió una beca para hacer la tesis. Durante tres años estudié la biología de esos deliciosos moluscos de concha rayada y color de arena. Y me doctoré.

Gracias a esos mismos bivalvos obtuvimos dinero para investigar. Un organismo dependiente del gobierno español que se llamaba CAICyT (Comisión Asesora para la Investigación Científica y Técnica) decidió que merecía la pena dedicar recursos a investigar sobre la alimentación, el metabolismo y el crecimiento de los berberechos. Empezaron a llegar los resultados. Y con ellos, los viajes. A Plymouth, en el sur de Inglaterra, en primer lugar; luego a la Bahía de Marennes-Oléronn, cerca de La Rochelle, en la costa occidental de Francia. Y en el sur de los Países Bajos también recalamos, en la zona de Middelburg. Fuimos a Galicia, aunque allí, en realidad, trabajamos con mejillones, y lo hacíamos en las mismas bateas en las que se cultivan. Estudiábamos su alimentación y su metabolismo. Aprendimos mucho. Y sobre todo, hicimos buenos amigos.

Como muchos otros moluscos, los berberechos y, sobre todo, los mejillones, tienen mucha importancia económica en zonas muy concretas. Las rías bajas gallegas son una de esas zonas. Por eso importaba investigar aquellas cosas. Aunque nosotros no lo hacíamos por eso. Nos interesaban porque los bivalvos, por su modo de alimentación[1] son modelos animales ideales para contrastar ciertas predicciones teóricas. Aunque no lo parezca, casi todo lo que sé sobre evolución y adaptaciones biológicas lo aprendí con estos animalitos. Y también aprendimos que las poblaciones naturales y los cultivos de bivalvos ejercen un efecto impresionante sobre los ecosistemas de los que forman parte. Son agentes biogeoquímicos de primera magnitud.

Investigamos, aprendimos, viajamos, hicimos amigos e hice una carrera académica. Siempre digo que los berberechos y los mejillones me hicieron catedrático. Y me dieron una parcela de felicidad que recuerdo con mucho cariño. Profesionalmente soy lo que soy gracias a ellos. Pero andando el tiempo, empujado seguramente por una propensión a experimentar, decidí cambiar de vida y todo aquello se acabó. No tiene sentido enjuiciar las decisiones del pasado, porque cuando se toman no se dispone de la información con la que se cuenta después, y porque en estas situaciones no hay contrafactuales posibles. No hay forma de saber cómo habrían ido las cosas de haber seguido viajando detrás de los bivalvos por otras latitudes. Así que nunca sabré si obré bien o mal, aunque al respecto tengo alguna sospecha.

Lo que sí sé es que aquellos fueron años maravillosos, intelectual y humanamente muy gratificantes. Guardo un magnífico recuerdo del periodo que va de 1984 a 1999. Y parte de la culpa la tienen esos deliciosos moluscos, esos berberechos y mejillones que vendía Molly Malone, por las calles de Dublín, hasta que murió víctima de la enfermedad.

¡Ah! Y no os perdáis el video.

[1] Bombean y filtran agua de manera permanente y comen las partículas microscópicas que quedan retenidas en sus branquias

¿Un proyecto vital?

“¿Cuántos de vosotros tenéis un proyecto vital?” Así lo he leído. Al principio he pensado que era retórica; luego me ha parecido que quien hacía la pregunta la hacía en serio. Echaba de menos un proyecto para su vida. Automáticamente he pensado en la mía: no ha habido un proyecto; si acaso, ha habido varios proyectos, los que surgían, unos más grandes y otros más pequeños. Y más de uno ha surgido casi sin darme cuenta.

No creo que la vida sea para hacer de ella un proyecto. Un proyecto vital implica, hasta cierto punto, un ejercicio de prospectiva. Pero yo tiendo a hacer lo contrario, no suelo mirar hacia delante, sino hacia atrás. A mí me gusta recapitular la vida, repasar lo que he hecho y, sobre todo, por qué lo he hecho. Me resulta estimulante ese ejercicio, e instructivo. Me descubro habiendo tratado de engañarme a mí mismo cambiando las verdaderas razones por las que hice esto o aquello. Cada vez me cuesta menos aceptar que esas razones no fueron siempre igual de honorables o de inocentes, o que en más de una ocasión me hice trampas jugando al solitario. Pero no recapitulo por afán de mortificación. Al contrario, me divierte. Y me interesa, sobre todo, aprender para que en la medida de lo posible lo que haga en adelante sea, al menos, coherente con lo que he hecho hasta ahora. Solo quiero poder reconocerme a mí mismo en lo que haga. Y que cuando hayan pasado algunos años más pueda, al mirar atrás, pensar que soy reconocible en aquello que hice, que fui yo quien lo hizo, alguien en quien me reconozco en cada momento.

Lo malo de los proyectos vitales es que si te empeñas en uno es fácil caer en la más profunda melancolía. He conocido a personas que tenían muy claro lo que querían hacer con su vida. No en todos los casos, pero la mayoría han visto como se derrumbaban su sueños y han tenido que conformarse con deambular con más pena que gloria. Estos días estoy escuchando mucho la balada de Lucy Jordan cantada por Marianne Faithfull. Es una canción conmovedora, habla de una mujer de mediana edad que se da cuenta de que su vida no ha sido como la soñó siendo joven; y pierde el juicio. He escogido, para acompañar esta anotación, la versión ilustrada por la huida de dos mujeres –también, como Lucy Jordan, de mediana edad- de unas vidas decepcionantes y con un destino trágico.

Ayer me levanté solidario y combativo

De los combates callejeros con los grises de los años setenta no me queda sino un vago recuerdo. De las manifestaciones pacíficas de los ochenta por la calle Autonomía solo retengo imágenes parciales, fragmentarias. Durante los años de las décadas del noventa y dos mil sólo las concentraciones contra el terrorismo conseguían apartarme de la lectura o el paseo vespertino pero, desaparecida ETA, las manifestaciones ya no son ni sombra de lo que eran. No tienen épica. Por eso, cuando descubrí change.org un universo de posibilidades se abrió ante mí. Ha resultado providencial; ha venido a rellenar un enorme hueco, uno que me atormentaba, que me hacía sentir vacío, como si me faltase algo verdaderamente esencial. Por fin puedo contribuir a cambiar el mundo. La plataforma de las múltiples causas, grandes y pequeñas, ha cambiado mi vida; ha dado un sentido a mi existencia.

Ahora, las mañanas que me levanto de la cama solidario, combativo, o las dos cosas a la vez, enciendo el portátil nada más desayunar, busco en change.org las causas merecedoras de apoyo y les doy mi voto. Me gusta ese sitio: es fácil, cómodo y, sobre todo, no me ocasiona coste ni esfuerzo alguno. Al contrario, mi conciencia me agradece cada día el apoyo desinteresado que ofrezco a todo tipo de causas justas. He sustituido la intensidad, la épica de las grandes movilizaciones de antaño por la prodigalidad de causas a las que apoyar. Tampoco me parece tan mal cambio: de esta forma puedo multiplicar la militancia.

Ayer fue uno de esos días. Salí de la cama pletórico, con el firme propósito de dar mi apoyo a las causas justas del día. Y encontré una buena causa a la que apoyar, claro que sí. El asunto se refería a la universidad, a la UPV/EHU. No es la primera vez que mi universidad es objeto de alguna campaña en change.org; hace casi un año hubo que pedir que se repitiera un examen de matemáticas de la selectividad, y hace unas semanas se trataba de que los estudiantes de magisterio pudieran cursar sus estudios completos en castellano. Ayer había que protestar contra la decisión de las autoridades universitarias de subir los precios de la matrícula del curso 2017/2018 para poder costear los gastos que ocasiona la limpieza de las numerosas pintadas que “adornan” las paredes de las dependencias universitarias. La he apoyado, por supuesto.

Pues bien, resulta que ahora va el rectorado y lo desmiente: dicen que eso no es así; que no se ha decidido subida ninguna; que las tasas no las decide el rectorado; y que no, que nunca será razón para subir los precios el que haya que borrar unas pintadas. ¡Ya! Claro, ahora que han visto que había una causa abierta en change.org han tenido que rectificar. A buenas horas vienen con esas. Como si no supiéramos cómo se las gastan los mandamases. A nosotros nos van a engañar….

La memoria es amiga de la creatividad

La memoria tiene mala prensa; me refiero a la memoria con minúscula, o sea, a la capacidad para recordar ideas, informaciones, situaciones, experiencias, lecturas, etc. Pero es una mala prensa completamente injustificada.

Es habitual encontrarse con argumentos en los que se desprecia la capacidad memorística porque ese es un rasgo que, supuestamente, ha perdido toda utilidad. En ese argumento está implícita la idea de que antes hacía falta buena memoria para poder recordar muchas cosas, ya que no había dispositivos que permitieran acceder con facilidad al conocimiento acumulado. Pero ahora, con las enormes facilidades de almacenamiento de información y de acceso a ella, se supone que ya no es preciso que utilicemos nuestro cerebro como almacén.

Como cada vez más se considera la creatividad el rasgo cognitivo más valioso, se insiste en la idea de que lo que hay que estimular o cultivar es esta y no tanto aquella. En nuestro mundo y, sobre todo, el mundo hacia el que parecemos dirigirnos –se dice- la creatividad es fundamental, pues solo personas creativas son capaces de idear las nuevas soluciones, los nuevos productos, las nuevas creaciones artísticas o culturales, o de generar el nuevo conocimiento que servirá para alimentar la actividad económica que permita crear riqueza y bienestar.

Discrepo.

No es sólo que la creatividad no se haya de ver comprometida por un cultivo excesivo de la memoria. Es que, al menos en el terreno científico, la capacidad memorística es un ingrediente muy valioso de la creatividad. Las nuevas ideas surgen en muchas ocasiones de las relaciones espontáneas, y a veces fugaces, que establece nuestra mente entre piezas de conocimiento o informaciones diferentes. Las nuevas ideas no surgen porque uno vaya en su búsqueda de forma activa y consciente. Si así fuera, casi cualquiera podría dar con ellas. Si supiésemos en qué van a consistir, sabríamos en qué archivo, qué documento, qué base de datos deberíamos buscar las piezas de información, los pedazos de conocimiento con los que construir la novedad.

En ciencia, al menos, muchas ideas nuevas surgen cuando, dando vueltas a elementos aparentemente inconexos, establecemos de repente una relación donde nadie antes lo había hecho. Es posible que eso ocurra mientras leemos un artículo o un libro, pero entonces el conocimiento codificado en forma impresa no suele ser suficiente, ha de cruzarse en su camino algún pasaje que habíamos leído en otra ocasión, o un fragmento de conversación que tuvimos hace un mes con un colega. O, incluso, puede surgir al contemplar una obra de arte o leer una novela. Es del todo azaroso el modo en que surge la idea nueva. En ocasiones lo hace durante el sueño o en estado de duermevela. Pero rara vez surge de confrontar dos o más elementos a los que accedemos directamente en el soporte en que se encuentran almacenados.

Para que esa chispa, ese momento “eureka”, ese “¡ahá!”, ese “¡qué curioso!” o “¡qué raro!” se produzca, hemos debido confrontar alguna observación o idea con elementos almacenados en la memoria.

Por eso sostengo que cultivar la memoria, más que compatible, es necesario para promover la creatividad. La memoria no es enemiga de la creatividad; al contrario, es una de sus mejores amigas.