Los valores no se enseñan

La Ministra de Educación, mi apreciada Isabel Celaá, se propone implantar en el curriculum de la enseñanza obligatoria una nueva asignatura de “valores cívicos y éticos”. Por sorprendente que me parezca, resulta que muchas personas de mi entorno ven la idea con buenos ojos. Llevan años oyendo una letanía, un lamento por la supuesta pérdida de valores de la sociedad contemporánea y, más concretamente, de la juventud (nada nuevo bajo el sol, por cierto). Y en consecuencia, les parece bien que se enseñen valores en la escuela. Además, creen, como la propia Ministra –así me lo dijo hace unos años-, que muchos chicos y chicas viven en entornos familiares y sociales en los que no se comparten o no se transmiten los valores adecuados. En otras palabras, que no todos han tenido la suerte que he tenido yo o han tenido mis hijos.

El caso es que, para empezar, no está claro qué entendemos por valores. Ninguna de las trece acepciones de la palabra en el diccionario de la RAE nos sirve de ayuda. La wikipedia resulta algo más útil; o no. Vean. Pero si uno piensa un poco en lo quieren decir quienes hablan de valores, se encuentra con que engloban cosas diversas. Pueden ser bienes o virtudes morales, principios, derechos, o normas, quizás, u otras cosas más extrañas.

Si hablamos de valores éticos, entiendo que se trata, en realidad, de virtudes o bienes morales, solo que queda mejor decir valores, quizás porque en el primer cuarto del siglo XXI da corte utilizar palabras, como virtud o bien, tan de los años sesenta y setenta del siglo XX. O a lo mejor es que llamándolos por su nombre, las cosas ya no están tan claras. Porque, ¿de qué se trata? ¿de explicar a los adolescentes que deben ser buenas personas? ¿que no hay que patear mendigos que duermen en cajeros, ni arrojar una camada de gatitos recién nacidos al río? ¿Es eso? ¿O que hay que ceder el asiento a las personas mayores en los autobuses? ¿En serio? ¿Eso debe ser enseñado en la escuela? ¿Ha de formarse a los escolares en honradez, respeto, compasión o generosidad?

O quizás son otros los “valores” en que hay que formar a la juventud. Quizás se trate de impartir principios. Veamos. Si los principios son esos fundamentos que gobiernan el comportamiento personal, no parece muy razonable que deban formar parte del currículo escolar. ¿Hay que enseñar a ser leal a las amigas? ¿O a ser tolerante? Por mucho que uno tenga esos principios en muy alta estima, dudo que la función de la escuela sea instruir a chicos y chicas en lealtad y tolerancia, por ejemplo.

En alguna ocasión, discutiendo de estas cosas, se me ha dicho que debe formarse no en principios para el gobierno personal, sino en principios para la convivencia, aquellos que constituyen el fundamento de las sociedades democráticas contemporáneas. Se trataría de cuestiones tan básicas como que todos los seres humanos nacemos libres e iguales, y que tenemos una serie de derechos fundamentales que no se nos pueden negar o limitar salvo que medie una sentencia judicial dictada con arreglo a normas aprobadas democráticamente. Pero si se trata de elementos de esa naturaleza, en realidad estaríamos hablando de los fundamentos para la convivencia que han dado lugar a derechos y normas aceptadas universalmente (aunque su cumplimiento real deje mucho que desear en buen número de países). No se trataría, en rigor, de valores éticos y cívicos, como predica la Ministra, sino de elementos básicos del entorno social y, por lo tanto, deberían formar parte del currículo en los aspectos relativos al conocimiento del medio. Nada que objetar a ello.

¿Pero se trataba de eso? Lo dudo. La razón por la que unos y otros, cuando llegan al gobierno, se proponen introducir en el curriculum estas cosas, es porque les anima la voluntad, más o menos explícita, de utilizar a la escuela como herramienta de adoctrinamiento. Como dije hace unos meses aquí, “formar en el espíritu nacional, inculcar el respeto al medio ambiente, llevar a las víctimas del terrorismo a las aulas, promover la igualdad, educar en la solidaridad y la diversidad, predicar una moral de inspiración confesional, españolizar a los catalanes” y otras pretensiones de similar cariz no son sino formas de adoctrinamiento. Se me ocurren unas cuantas más que omitiré por no alargar esta anotación en exceso. Pueden ser muy deseables, o no. Pero tengo una objeción. En ese terreno lo que es fundamental para unas personas es rechazable para otras, y a la inversa; y dado que no iba a ser fácil que nos pongamos de acuerdo acerca de quién ha de decidir qué valores se transmiten y cuáles no, habría que aceptar que sean las autoridades educativas las que tomen esa decisión. ¿Sí? ¿Estamos dispuestos a que sea el gobierno de turno el que decida eso? Sospecho que la respuesta a esa pregunta dependerá del grado en que nos identifiquemos con él.

Pero hay más. Eso que llaman valores son a veces rasgos de carácter y suelen basarse en predisposiciones heredadas. Dudo que se pueda enseñar a ser amable, por ejemplo. Y cuando se trata realmente de virtudes o bienes morales, estoy convencido de que no se enseñan sino que, simplemente, se practican o no se practican. Y al practicarse, se pueden transmitir. Por esa razón, la escuela, como institución, tiene muchas limitaciones para desempeñar esa función. Es muy posible que haya profesoras o maestros que sean capaces de transmitir virtudes morales pero, si lo hacen, ello no será consecuencia de la inclusión en el curriculum de los contenidos correspondientes, sino de su ejercicio real en la práctica cotidiana.

Por lo mismo, son la familia y la cuadrilla los entornos en que se adquieren los principios, virtudes y bienes morales que se ejercitarán a lo largo de la vida. La primacía de la familia, el valor del esfuerzo y de la responsabilidad, la honradez, la compasión, y otras, son virtudes que, si las adquirí o la medida en que las adquirí, es algo que debo a mis padres. La camaradería, la lealtad, la reputación, el respeto a los otros, la libertad, son bienes que valoro gracias a mis amigos, porque con ellos los practiqué y, en la medida en que lo hago, los practico. Y nada acerca de lo que fui aleccionado en las aulas escolares dejó, en esa esfera, la más mínima huella en mi ánimo. No creo ser ninguna excepción.

Llegados a este punto, habrá quien piense que si tratar de formar en valores es una tarea inútil, no debería preocuparnos la pretensión de la Ministra, puesto que implantar la asignatura en cuestión no tendrá efecto alguno. Dice Alberto Cifuentes (@cifuito), que ese afán por encomendar al sistema educativo ciertas funciones que, como la formación en valores, no le son propias, obedece al deseo de desviar hacia la escuela responsabilidades que pertenecen a los ámbitos social y familiar. Es posible que así sea. En todo caso, cada vez que se asigna una nueva tarea al sistema educativo, se hace en detrimento de las funciones más genuinamente formativas; me refiero a la instrucción en materias tales como las lenguas, incluídas las matemáticas; el conocimiento del medio en todas sus dimensiones, y los elementos más sobresalientes de la cultura humana: ciencias, artes y letras. Y eso es algo que no deberíanos permitirnos.

La crisis de los emigrantes plantea dilemas difíciles

Apruebo la conducta del presidente del gobierno español en relación con la situación del barco Aquarius y la suerte de sus ocupantes. Y me sobrecoge el drama de quienes queriendo llegar a las costas de Europa se arriesgan a dejar su vida en el intento. Mueren muchas personas procedentes del África Subsahariana, demasiadas. Es inmoral dejar morir a nuestros semejantes si está en nuestra mano salvarlos. Y creo que esto mismo piensan todas las personas para quienes las vidas humanas son el bien más valioso, el mayor a preservar. También creo que esto es lo que piensa o siente la mayoría. Y sin embargo, esos sentimientos no sirven para resolver el problema de la emigración a Europa de personas procedentes del África Subsahariana (los sentimientos no resuelven ningún problema).

Pero dicho lo anterior, creo que no somos conscientes de la verdadera naturaleza del problema de los inmigrantes y de los refugiados. Lo que ocurre en el Mediterráneo y también en otros lugares –recordemos lo que está pasando en los Estados Unidos con los hijos que están siendo separados de sus madres- nos coloca ante dilemas morales de muy difícil solución. Por un lado, nos compadecemos de quienes se encuentran en peligro de muerte; también nos conmueve la situación de quienes fracasan en su intento por llegar a nuestros países. Pero por el otro, la experiencia muestra que cada vez que se agudiza (o se nos presenta como más agudo) el fenómeno de la migración masiva, mejores resultados electorales cosechan las opciones políticas más frontalmente opuestas a aceptar emigrantes. Algunos incluso ganan las elecciones (como en Italia) o llegan a provocar una crisis seria en gobiernos proclives a aceptar extranjeros (como en Alemania). ¿Qué nos pasa? ¿Somos insensibles ante este drama? ¿Somos acaso unos desalmados? ¿Lo son la mayoría de nuestros conciudadanos europeos?

La respuesta no es sencilla. Ante estos dilemas actúan mecanismos morales complejos. Y como suele ocurrir, los problemas complejos no admiten respuestas sencillas. Operan en estos casos dos sentimientos en conflicto.

Uno es el que nos conduce a rechazar al otro, al que no forma parte de nuestro grupo. Es un sentimiento universal; es parte de nuestra naturaleza y tiene hondas raíces evolutivas. Las mismas tendencias prosociales que favorecen la cohesión del grupo al que pertenecemos provocan el rechazo de quienes no forman parte de él. En nuestra historia los otros han sido normalmente fuente de peligros más que de beneficios. Y hemos generado mecanismos de rechazo. Esos mecanismos siguen operando hoy: son los que han permitido a las opciones xenófobas ganar las elecciones en Italia y, eventualmente, propiciarán el mismo resultado en otros países. No debemos engañarnos al respecto. Los discursos que pretenden justificar la oposición a los emigrantes invocando efectos llamada, competencia por los puestos de trabajo, dilapidación de los recursos públicos, su peligrosidad y otros similares son justificaciones post hoc, elaboraciones que buscan racionalizar una tendencia innata, muy básica, a rechazar a los otros, que carece de base racional.

Y también hay sentimientos contrarios al de rechazo. Son sentimientos de compasión por quienes sufren o se arriesgan a perder sus vidas. La compasión puede tener un origen puramente emocional, basado en la empatía que se experimenta cuando nos ponemos en el lugar del otro (en sus zapatos, que diría un anglohablante). Y también puede tener un origen racional, basado en la consideración de que todos los seres humanos deberíamos tener los mismos derechos y poder acceder a las mismas oportunidades.

Esos sentimientos, aunque nos parezca extraño, pueden anidar en las mismas mentes. En ciertos momentos podemos inclinarnos por la compasión y en otros por el rechazo. Y cuando llega la ocasión en que debemos ejercitar una opción concreta (al opinar en una tertulia de bar, responder a una encuesta, votar en unas elecciones, por ejemplo) nos inclinamos por una u otra solución al dilema dependiendo de factores diversos y, en general, azarosos. Pero lo que nos indica la experiencia es que, en términos netos (agregados), tendemos en mayor medida a optar por el rechazo que por la aceptación. De no ser así, la llegada de extranjeros no ejercería los efectos electorales que de hecho ejerce.

Por eso, hay que hacer uso de mucha inteligencia a la hora de adoptar medidas relacionadas con este asunto. Hay, sí, que salvar cuantas vidas humanas sea posible. Pero también hay que aplicar políticas migratorias que tengan en cuenta que los dilemas a los que nos enfrentamos no son eludibles; están ahí y surten efectos. No basta con desear que las cosas sean de una manera. Tampoco es posible actuar como si esos dilemas no existiesen. Actuando así no solo no se resuelve nada; se puede empeorar mucho más.

Dicho lo anterior, si alguien siente curiosidad por saber cuáles creo yo que serían esas medidas inteligentes que permitirían una gestión moralmente aceptable y políticamente útil de crisis migratorias como la que vivimos, lo siento, no podré satisfacer esa curiosidad. Porque las desconozco.

Periandro, Trasíbulo y las espigas

Javier Murcia Ortuño ha escrito un libro que leí hace unos meses con verdadero placer. Adjunto a continuación un pasaje tomado de la página 106 del libro.

Hacia el año 625 un hombre llamado Cípselo arrebató el poder a los aristócratas y condujo a Corinto a la cima de su prosperidad. Heródoto resume la vida de Cípselo con estas palabras:

“Persiguió a muchos corintios, y a muchos les robó sus bienes, y a la gran mayoría también sus vidas. Gobernó durante treinta años y trenzó bien su vida”.

Pero se complace particularmente en la historia de Periandrio, su hijo. Al principio fue más benigno que su padre, pero luego recibió sabios y crueles consejos de Trasíbulo con el fin de preguntarle cómo podía administrar más firmemente las cosas. Trasíbulo hizo salir al heraldo fuera de la ciudad hasta un campo de trigo y, allá donde veía una espiga más alta que las otras, la cortaba. Luego despidió al mensajero sin decirle una palabra. Periandrio entendió lo que Trasíbulo había hecho: le aconsejaba que asesinara a los más destacados de los ciudadanos. De modo que todo cuanto su padre Cípselo había omitido en sus persecuciones y matanzas, Periandrio lo llevó a cumplido término.

Aunque es un pasaje instructivo, dudo mucho que quienes practican la enseñanza de Trasíbulo hayan tenido que leerlo. Muchas personas lo llevan de serie. O quizás lo llevamos. Vaya usted a saber.

 

Fuente: Javier Murcia Ortuño (2007): De banquetes y batallas: La antigua Grecia a través de sus anécdotas. Alianza Editorial (3ª edición 2014)

Las ideas mueven el mundo

Hace unas semanas asistí a una charla de Mikel Mancisidor que impartió a un grupo de unos cuarenta jóvenes de 16 años. La charla tenía por título “¿Quién manda en el mundo?” Y en ella repasó de forma somera las diferentes instancias, políticas, sociales, económicas e ideológicas que tienen, o pueden tener, alguna incidencia en la marcha del mundo. Mikel es una persona muy cualificada para tratar ese tema: es doctor en derecho internacional, ha presidido durante años la UNESCO Etxea del País Vasco, y es miembro, desde 2013, del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de Naciones Unidas.

Planteó la charla como un ejercicio socrático, preguntando a los chavales su opinión acerca de diferentes aspectos de la cuestión para, a partir de las respuestas que le daban, ir desbrozando el camino hasta disponer de una visión que, sin ser exhaustiva, fue de gran amplitud. De hecho, para presentar gráficamente los resultados de su indagación, se valió de un esquema en el encerado que representaba una tupida red de relaciones e influencias entre diferentes elementos.

Los jóvenes se inclinaban, ante todo, por explicaciones que incidían en los ámbitos políticos y, sobre todo, económicos. Más de uno aludió directa o indirectamente a los intereses y conflictos de intereses, y al papel de ciertos organismos internacionales y compañías multinacionales en el control de la marcha del mundo. Pero la vista de la red resultaba, por sí sola, ilustrativa: ningún agente gobierna el mundo en todas sus dimensiones, pero aunque los hay muy poderosos e influyentes, todos, también los más pequeños, tienen cierta capacidad de incidir en la marcha de las cosas.

Al terminar compartí mis conclusiones con Mikel. No me interesaba tanto la identidad de los agentes más poderosos, sino el impulso que motiva las decisiones. Y mi conclusión -quizás demasiado simple o, si se quiere, simplista- es que los impulsos pueden ser de naturaleza política (poder), económica (intereses) o ideológica (ideas), pero lo verdaderamente importante es (1) que el ámbito temporal durante el que se extienden los efectos de esos impulsos es diferente en cada caso, y (2) que en última instancia, son las ideas las que acaban teniendo una mayor importancia a largo plazo.

De hecho, creo que las decisiones de los agentes políticos y, concretamente, de los parlamentos y gobiernos pueden tener mucha influencia en entornos no muy amplios y durante periodos de tiempos no demasiado extensos. Los intereses, si son de agentes con mucho poder, pueden tener efectos a más largo plazo y en ámbitos geográficos más amplios; condicionan, de hecho, las decisiones políticas. En el capítulo de intereses entran los de grandes corporaciones multinacionales, los de estados-empresa, como China o Arabia Saudí, o los de los jubilados que se manifiestan y presionan a los gobiernos amenazando con retirarles el voto. Pero si se observa la marcha del mundo con la suficiente perspectiva, es evidente que las ideas acaban teniendo una gran influencia a largo plazo. Líderes religiosos, filósofos y científicos, cada uno a su manera, han ejercido una influencia decisiva en la marcha del mundo y en cómo está configurado en la actualidad.

No he incluido a los científicos por las consecuencias prácticas de sus ideas, sino porque esas ideas han ejercido una influencia decisiva en la forma en que entendemos el mundo y, por ello, también en la forma en que pensamos que nos debemos relacionar con el resto de elementos que lo conforman y también entre nosotros. Todas las ideas que han provocado un cambio de visión o de perspectiva (ahora se diría “de paradigma”) han tenido gran influencia en ámbitos muy diferentes del propio. Las ideas de Locke, por ejemplo, o ciertos elementos clave que los padres fundadores de los Estados Unidos introdujeron en su Constitución -el sistema de checks and balances-, no se entenderían sin la formulación por Newton de las leyes de la mecánica. Y la idea ilustrada de la igualdad esencial de todos los seres humanos tampoco se entendería sin la aportación del cristianismo. Son solo dos ejemplos, pero podrían ponerse otros.

Sí, las ideas son muy importantes. Hay quienes las desprecian y defienden que los intereses están por encima, y que frente a los poderosos, a los grandes poderes políticos (militares) y económicos del mundo las ideas apenas valen. No es cierto. Las ideas necesitan mucho tiempo para surtir sus efectos y muchas se quedan en el camino. Pero no entenderíamos hoy la realidad que nos rodea al margen de las grandes ideas que han ido jalonando la historia de la humanidad.

Son los motores del mundo.

Fuera de control

Los peores augurios se han cumplido. Los protagonistas del juego del gallina que se estaba desarrollando en Cataluña no fueron capaces de aprovechar la oportunidad que les brindaron las gestiones del Lehendakari Urkullu y otros agentes que durante los días de atrás han trabajado para ello. Ni Rajoy fue capaz, valiéndose de una posible enmienda socialista, de dar una respuesta a la altura de las circunstancias ni Puigdemont quiso enfrentarse a lo que le exigía buena parte de su gobierno, las CUP y la calle. Ninguno de los dos saldrá bien parado de este lance. Por cierto, Pedro Sánchez -al contrario que Miquel Iceta- tampoco saldrá con bien de todo esto.

En la dialéctica Cataluña vs. España o “independentismo catalán vs. nación española” -incluida la parte de esa nación formada por ciudadanos catalanes- se ha generado una dinámica que, por previsible, debía haberse evitado. Pero casi nadie hizo nada para ello. Se ha llegado a un punto en que los supuestos líderes han perdido el control de la situación. Están a merced de sus bases y entornos más beligerantes. Entre otras cosas, porque les aterra la posibilidad de ser considerados traidores por quienes, a cada lado, más gritan. El preanuncio de una convocatoria electoral causó el jueves una revuelta en las filas del independentismo, y Puigdemont no tuvo el coraje de hacerle frente y mantener la intención que tenía por la mañana. Y a la vista, anteayer en el Senado, de cómo han jaleado los senadores del PP la lectura de las medidas que tomaría el Gobierno español al amparo del artículo 155 de la CE, queda claro que el entorno del gobierno, personificado en los senadores jaleadores, está a día de hoy formado por una cuadrilla de hooligans. Son el fiel reflejo, seguramente, de esos muchos españoles para quienes su nación sigue siendo una unidad de destino en lo universal.

Hoy es el día en que muchos reprochan a los máximos responsables de los dos lados su actuación. Razones, seguramente, no les faltan. Pero no nos equivoquemos. Hacen lo que hacen porque están convencidos de que eso es lo que demandan sus bases y los votantes a quienes creen representar. Hacen lo que hacen porque quieren mantener, si no aumentar, el apoyo de los suyos o de los que consideran suyos. No les falta razón. A los máximos responsables se les podrá reprochar no haber sido capaces de canalizar un conflicto político por vías de diálogo y negociación. Pero no se les debe reprochar la supuesta condición de pirómanos. No lo son. La pradera ya estaba incendiada; quizás no han controlado el fuego, y hasta es posible que en algún caso lo hayan avivado incluso (algunos episodios no se me van de la cabeza), pero no se les puede reprochar el haberlo prendido, porque ya lo estaba. Esto es algo que no debe perderse de vista de cara al futuro. Costará mucho y quizás ni siquiera sea posible, pero sin combatir el fanatismo la convivencia se puede a deteriorar mucho más.

Anteayer el Lehendakari Urkullu ha vuelto a publicar un comunicado insistiendo en que la del diálogo y la negociación es la única vía posible, y exhortando a las partes a actuar en consecuencia (ver más abajo). Tiene razón, aunque me temo que su mensaje caerá en saco roto. Los acontecimientos pueden adquirir un tono más dramático aún y conducir inexorablemente a la aplicación del artículo 116 de la CE. Pero entonces quizás ya no haya nada de qué dialogar. Desgraciadamente, este es el escenario que me parece más probable.

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Sobre Cataluña he escrito estos artículos:

Paralelismos, del 21/9/2015

Secesión (I), del 24/9/2015 y Secesión (y II), del 25/9/2015

Conclusiones catalanas, del 4/10/2015

El juego del gallina en Cataluña, del 7/10/2017

Singularidades, del 9/10/2017

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Incluyo también la declaración del Lehendakari Urkullu:


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Me siento muy identificado con Iñaki Gabilondo en esta entrevista.

Singularidades

En ningún lugar de la Europa democrática a la que pretendemos pertenecer son insumisas sus instituciones. Las instituciones existen en virtud de las leyes que las han creado o las han legitimado. Fuera de la ley no hay espacio para una institución. Por eso, al desobedecer las leyes, las instituciones se niegan a sí mismas. Pierden su sentido y su mismo fundamento. En rigor, ningún ciudadano debería obedecer a una institución desobediente.

 

En ningún lugar de la Europa democrática a la que pretendemos parecernos desfilan en la misma manifestación el partido del gobierno, el principal de la oposición y los fascistas antisistema.  En ninguno de esos países comparten los partidos de orden calzada y aceras con fascistas de verdad y con espontáneos, o no tan espontáneos, que enarbolan símbolos fascistas, hacen el saludo romano y lanzan consignas antidemocráticas.

El juego del gallina en Cataluña

Las últimas elecciones al Parlamento de Cataluña arrojaron un resultado envenenado: mayoría de escaños para las fuerzas independentistas, pero con menos de la mitad de los votos emitidos. En contra de lo que la prudencia aconsejaba, esa insuficiencia no ha sido óbice para que las instituciones catalanas hayan huido hacia delante, hasta llegar a las infaustas sesiones parlamentarias del 6 y 7 de septiembre y la posterior celebración de un referéndum sin las debidas garantías.

El Gobierno Español, por su parte, ha ignorado que en Cataluña una amplia mayoría –muchos más de la mitad- quiere ser consultada acerca de su futuro. No quiere ver que si cerca de la mitad de votantes opta por apoyar con su voto medidas ilegales, no se encuentra ante un mero problema de orden público. Y tras circunscribir su respuesta a resoluciones judiciales y, a última hora, a actuaciones policiales, ha llegado a poner en evidencia al propio Estado, por su incapacidad para cumplir su cometido.

Los independentistas no tienen derecho a hablar en nombre del pueblo catalán para justificar sus actuaciones porque tan pueblo catalán es la mitad que no les apoya como la que les apoya. Tampoco pueden justificar el atropello parlamentario de los días 6 y 7 de septiembre por la actuación del gobierno español negándose a facilitar una solución negociada al problema de la consulta; una actuación injusta del otro no justifica la injusticia cometida por uno mismo.

Quienes critican la celebración del referéndum por la ausencia de garantías no deberían olvidar que el Gobierno de España ha impedido una consulta que cumpliese las condiciones exigibles. Es más, ese referéndum cuántico –se ha producido y no se ha producido, a la vez- movilizó a centenares de miles de personas. Pero igualmente hay que decir que una consulta realizada sin las garantías democráticas básicas no autoriza a considerar válido el resultado, y menos aún a los efectos de algo de tanto alcance como una declaración de independencia.

La distribución de vídeos en que se jaleaba con cánticos obscenos a guardias civiles y policías cuando partían hacia Cataluña indica que había interés por parte de las instancias oficiales en “caldear el ambiente antes del partido”. Las actuaciones policiales de la mañana del uno de octubre, el elevado número de personas heridas y la manifiesta insuficiencia del despliegue policial para evitar el referéndum, hacen sospechar que tal despliegue no perseguía lo que se declaraba, sino mostrar una contundencia que pudiera servir de aviso a navegantes y anticipar futuras actuaciones en la misma línea. Tras el domingo se multiplicaron las voces en demanda de algo parecido a una tregua. Ese era el sentido, por ejemplo, del último punto de la declaración de la Comisión Europea del lunes pasado. Pero el discurso del Rey parece pensado para dar cobertura a una próxima declaración del estado de excepción o medidas equivalentes, y quizás para prepararnos para ellas.

A falta de conocer la resolución que adopte el Parlamento de Cataluña el próximo lunes, todo indica que las dos partes han decidido llegar hasta el final, sea tal final el que sea. Los independentistas han optado por “exhibir las vergüenzas” del Estado Español con su recurso a la violencia, de la que hará uso sin complejos en la medida en que lo considere necesario. El Gobierno de Cataluña confía en concitar el apoyo de la opinión pública europea de esa forma, además de conducir al Estado a una crisis que dificulte o impida respuestas efectivas. Y el Gobierno de España parece haber decidido que, a las malas, el Estado tiene todas las de ganar.

En teoría de juegos hay un dilema diabólico; se plantea en el juego del gallina. Dos jugadores confrontan su valor lanzándose en sus respectivos automóviles a toda velocidad uno contra el otro o hacia un precipicio (recuerden la escena de la película Rebelde sin causa); pierde el primero en modificar la trayectoria de choque o abandonar el vehículo en marcha. ¡Cómo me gustaría estar equivocado!

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Nota: este artículo se ha publicado hoy en la edición en papel de Deia.

Motivos para una manifestación (y II)

Al final de mi anotación anterior dejaba un interrogante acerca de las razones de las autoridades que convocan manifestaciones antiterroristas. Pero creo que es más honrado no dejar el interrogante en los términos en los que quedó y referirme abiertamente a la cuestión.

Opino que las autoridades no tienen ninguna buena razón para convocar una manifestación antiterrorista cuando los terroristas no son, en realidad, los destinatarios del mensaje que supuestamente se quiere proclamar. O, al menos, no tienen ninguna buena razón que pueda decirse. Y aunque pueda resultar chocante o contradictorio, quiero dejar claro que en mi ánimo no hay voluntad de crítica hacia los que mandan. Cualquiera en su lugar haría lo mismo.

Las manifestaciones no se convocan para hacer frente al terrorismo y, de esa forma, conseguir que desaparezca. Se convocan porque ante una masacre como la cometida en Cataluña hace diez días es muy duro “no hacer nada”; se convocan porque es mejor “hacer algo que no hacer nada”.

La lucha contra un terrorismo como el islamista, refractario al discurso político del estado de derecho, solo tiene dos tratamientos, a mi juicio: la ley y la inteligencia. La ley establece el marco legal en el que desarrollarán las fuerzas de seguridad su acción preventiva y represiva; también establece el régimen penal aplicable a los delitos. Y los servicios de inteligencia son los que, mediante las herramientas que les son propias y están permitidas por la ley, han de tratar de impedir la comisión de atentados o, si no lo consiguen, de perseguir y capturar a los terroristas. Habrá quien objete en el sentido de que es preciso también actuar sobre los colectivos sociales más susceptibles de servir de cantera terrorista; mi opinión es que esa vía, de ser útil (acerca de lo cual tengo serias reservas), no serviría para combatir el terrorismo practicado por extranjeros, como fue el caso, en los EEUU, de los atentados del 11S.

No tengo razones para pensar que las leyes que tenemos sean inadecuadas o insuficientes para combatir el terrorismo[1]. Y no tengo duda de que las autoridades hacen lo que pueden en materia de inteligencia; los responsables unas veces lo harán bien y otras no tanto, pero quiero creer que hacen al respecto lo que está en su mano.

El problema es que ni con las mejores leyes ni con los mejores servicios de inteligencia se puede evitar que se cometan atentados. Que se lo digan al Mossad israelí. Así que cuando eso ocurre, surge el problema. Porque no bastaría con dar una rueda de prensa diciendo: “a pesar del excelente trabajo policial y de inteligencia, esta vez nos han ganado; lo sentimos”. Y es entonces cuando ese “es mejor hacer algo que nada” se acaba convirtiendo en una convocatoria de manifestación. Parece que hacemos algo.

Esto, en el fondo, tiene también que ver con otro hecho del que me he quejado en más ocasiones y es que hace ya mucho tiempo los políticos nos convencieron de que podían resolver todos nuestros problemas. Lejos de limitarse a gestionar lo que les es propio (normas fundamentales de convivencia, servicios básicos, seguridad, etc.)  y, si acaso, a promover una sociedad que proporciones oportunidades para todos, los políticos de toda condición nos ofrecen la solución a los problemas que tenemos y, en ocasiones, también a los que no tenemos. Y a base de ofrecerlo, acabamos por pensar que es así y actuamos en consecuencia. Así que cuando ocurre una desgracia como la de Cataluña, la gente mira a las autoridades y estas miran a la gente: el resultado es una manifestación que servirá a los participantes para reafirmarse en sabe Dios qué convicciones y para superar un duelo de forma colectiva, y a los responsables políticos para hacer algo porque siempre es mejor eso que no hacer nada.

Bien pensado, esto se parece mucho a las procesiones para provocar la lluvia que hasta no hace tanto tiempo se celebraban en algunas localidades españolas. Las rogativas no conseguían que lloviese, pero el cura se quedaba tranquilo porque había hecho algo en vez de nada.

[1] Aunque Mariano Rajoy no deja de decir que quiere un gran pacto de estado contra el terrorismo; creo que quiere una ley nueva. Miedo me da.

 

Motivos para una manifestación

Siempre me han producido una cierta desazón las manifestaciones convocadas por las autoridades. Antaño era al revés, se convocaban para exigir algo a las autoridades, y las convocaban partidos, sindicatos u otros agentes políticos o sociales.

Pero fueron tantos los años de terrorismo en Euskadi que al final nos acabamos acostumbrando a que las autoridades o partidos en el poder, para mostrar rechazo y condena, convocasen concentraciones y manifestaciones, o se adhieresen a las convocatorias de organizaciones pacifistas ciudadanas. Recuerdo algunas multitudinarias. Aunque en aquellas ocasiones estaba claro a quién o quiénes nos dirigíamos los concentrados o manifestantes, siempre tuve una cierta sensación de irrealidad. Sí, nos juntábamos y permanecíamos durante unos minutos en grandes (o no tan grandes) círculos, hasta que se deshacían al final del tiempo establecido con un aplauso. Pero siempre dudé de la efectividad de aquellas concentraciones. Lo que queríamos expresar, aparte de la condena por la muerte o muertes producidas por los terroristas, era que de ninguna manera nos sentíamos representados por ellos y, por lo tanto, que rechazábamos sus acciones y hasta su misma existencia como organización.

Era importante hacerlo. Pero creo que, más que las movilizaciones contra el terrorismo, fueron los policías y los jueces los que acabaron, tras medio siglo, con la violencia. Por eso tengo, y tuve, grandísimas dudas acerca de la efectividad de todo aquello. Era importante y necesario, sí, pero no por su efectividad, sino por otras razones. Queríamos dejar claro que, lejos de darnos igual, estábamos radicalmente en contra del recurso a la violencia, la amenaza y el asesinato como vía para obtener objetivos políticos. Y al respecto, no debemos olvidar que una fuerza política que representaba alrededor de un 15% del electorado compartía estrategia política con los terroristas y nunca condenó (sigue sin hacerlo) la violencia (salvo en las ocasiones en que los caídos eran sus próximos, claro). Pero incluso a pesar de eso, nunca me acabé de acostumbrar a aquellas convocatorias.

También ahora, con motivo de los atentados en Cataluña, se ha convocado una manifestación, una de esas grandes manifestaciones que se celebran cuando la ocasión, por sus dimensiones, gravedad o trascendencia, parecen requerirlo. Pero el caso es que las dudas que ya solían asaltarme hace años me han vuelto a asaltar ahora, solo que en mayor medida. En este caso, además, no hay agentes políticos a los que dirigirse.

¿Para qué la manifestación? ¿A quién se han dirigido los manifestantes? ¿Para decirles qué? Me dicen que se trata de decir a los terroristas que no tenemos miedo. Pues la verdad es que no le veo el sentido. No, al menos, en estos términos. Porque ¿habrá algún futuro terrorista que se sienta interpelado por los manifestantes? ¿Se lo pensará dos veces antes de decidir inmolarse en medio de una gran concentración de infieles y pecadores con ocasión, por ejemplo, de un concierto de música rock? ¿Se lo pensarán quienes han inspirado el atentado o han plantado la semilla del mal en sus perpetradores finales? En realidad creo que, de hecho, una manifestación gigante conviene a sus intereses, sean estos los que sean; porque dan mayor repercusión mediática aún al asesinato múltiple.

No dudo de que las intenciones de los participantes sean genuinas, por supuesto. Supongo, además, que pensarán que su participación tendrá algún efecto positivo, siquiera se trate de transmitir a los familiares de las víctimas sus condolencias. Mi compañero César San Juan me dice en un intercambio a través de tuiter que la sociedad necesita “metabolizar”, superar colectivamente el duelo, fortalecer la identidad de un “nosotros” frente a los terroristas. Txipi también me dice algo parecido: que, como con anteriores terroristas y manifestaciones, le parece “un ejercicio de autoafirmación”. Me parecen motivos razonables; la gente reacciona frente al terror actuando conjuntamente, en señal de duelo y de autoafirmación. Pero sigo sin ver cuáles son los motivos de los convocantes o quizás es que prefiero no verlos.

Sin perdón

Cuanto más mayor me hago más disfruto con las cosas sencillas. Me gusta contemplar el mar, ver cómo se suceden las olas en la playa. Me fijo en cosas que antes no veía, como la delicada arquitectura de una tela de araña cubierta de gotas de rocío, de la marea -como dicen en los pueblos de Salamanca- de primera hora de la mañana; me fijo y la admiro. Percibo los detalles de un amanecer hasta el último matiz; o me sumerjo en la melancolía propia de los atardeceres. Me siento en la terraza de nuestro local pub en verano, a la sombra de unos plátanos, y me quedo viendo el ir y venir de la gente. Escucho música cuando tengo la ocasión. Paseo con mi mujer por los parques de nuestro pueblo; reparamos en los cambios que produce el curso de las estaciones, y lo comentamos. Cada vez me gustan más esas cosas y otras similares. Podría decir que disfruto más de la vida, quizás porque cada vez me va quedando menos y soy cada vez más consciente de ello.

Conforme envejezco, también me duele más el dolor ajeno. Más sufrimiento me produce el sufrimiento de los otros, más cuanto más cercanos los percibo, pero en general, cada vez me sienta peor el mal de los demás. Y me producen especial desolación los atentados, porque quienes caen víctimas de un atentado se ven, de repente y sin haber hecho nada para merecerlo, privados de su bienestar, su salud o su vida, y no por accidente. No dejo de pensar en los familiares, personas a las que de repente las llama alguien, quizás un cargo político, quizás un funcionario, para decirles algo que los puede hundir de por vida. No quiero ni imaginar una situación así.

Los atentados, además, se hacen en nombre de una causa, de un bien superior, de una entelequia por tanto. En nombre de alguna causa han matado a mucha gente; en el País Vasco lo sabemos muy bien, durante casi medio siglo centenares de personas fueron asesinadas y miles convertidas en víctimas en nombre de una causa. En la historia de la humanidad ha habido millones de asesinatos y de muertos por diferentes causas: Tierra Santa, la verdadera fe cristiana, la república, la sociedad sin clases, la Jihad u otras.

Puedo quizás entender que alguien dé su vida por una causa, pero no puedo aceptar que alguien asesine en nombre de una causa. En realidad no puedo aceptar que nadie asesine por ninguna razón, salvo una, pero creo que la peor razón de todas es esa, una causa. Nadie, bajo ninguna circunstancia que no sea la defensa de la propia vida puede quitar la vida a nadie; nadie está legitimado para hacerlo; el derecho a vivir es el derecho supremo. Pero además, quien mata por una causa lo hace porque está en posesión de la verdad; la suya no es una causa más, es “la causa”; es tal el desprecio que siente por sus semejantes que, de hecho, para él no lo son, porque se arroga el derecho, la legitimidad, para matarlos, para quitarles su bien más preciado.

Ayer una docena de personas o más murieron y otras ochenta fueron heridas –varias de ellas de extrema gravedad- en un atentado terrorista. Quienes acabaron ayer con la vida de esas personas e intentaron hacer lo propio con decenas más lo hicieron, según todos los indicios, por una causa, por una verdad, por un credo. Ese credo es el Islam. Es cierto que no debemos identificar a todos los musulmanes con los fanáticos islamistas. Pero a mí no me basta con decir eso.

Un atentado como el de ayer no se cometió en nombre de la “religión”, se cometió en nombre de una fe en concreto. Conviene precisar esto, porque si se pide que no atribuyamos a todos los seguidores de Mahoma la misma condición siniestra de los terroristas, con más razón hay que exigir que no se atribuya la responsabilidad a quien no la tiene bajo ninguna otra consideración. Y el resto de quienes profesan alguna otra religión nada tienen que ver con esa barbarie. No, el atentado de ayer NO se cometió en nombre “la religión”.

No debemos pasar por alto que los países en los que el Islam es la religión mayoritaria se han demostrado incapaces de acceder a la modernidad. No han sido capaces de instaurar de forma estable y duradera regímenes en los que el respeto a los derechos humanos sea la condición básica y fundamental de la convivencia política. No vale invocar el colonialismo o el trato dado por occidente en el pasado. Por similares situaciones han pasado muchos otros países y no han evolucionado de la misma forma. Es más, los países que financian el terrorismo son países muy ricos; no se pueden esgrimir la opresión y el sojuzgamiento como motivaciones de una acción liberadora desesperada. Escuchen a Ayaan Hirsi Halí.

Y por último, repetiré algo que no por dicho miles de veces hay que dejar de decir. Los responsables de los atentados son quienes los cometen, los inspiran y los financian. No somos los que, en una tarde de agosto, de visita en Barcelona, queremos disfrutar de esos pequeños placeres de la vida: mirar el mar o fijarnos en una tela de araña, pasear, contemplar el ir y venir de la gente, comprar un helado, salir de copas por la noche o descansar en la Barceloneta al atardecer. No, nadie de quienes disfrutamos de las pequeñas cosas de la vida de esa forma somos culpables de nada. Tenemos derecho a esas pequeñas cosas porque es nuestra vida y hemos de poder hacer con ella lo que más nos plazca si al hacerlo no perjudicamos a los demás. Hablo en primera persona porque soy muy consciente -y creo que deberíamos serlo todos- de que cualquiera de nosotros podría haber sido asesinado ayer. Todos somos sus enemigos, porque todos, disfrutando en paz de nuestros pequeños placeres y sin una causa por la que matar, representamos lo que más odian los fanáticos: la libertad que nos permite disfrutar, entre otras, de esas pequeñas cosas.

Cada vez me afecta más la desgracia ajena; cada vez me duelen más los atentados y los muertos en los atentados. Cuando sé de un atentado como el de ayer me entra una congoja terrible. Debe de ser cierto que la edad ablanda.

Cada vez que pasan cosas como lo que ocurrió ayer en Barcelona me acuerdo de Will Munny, el ex pistolero protagonista de “Sin perdón (Unforgiven, 1992)”, la película de Clint Eastwood, cuando dice que “matar a un hombre es muy duro, le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría tener”.