Mensajes en la botella del 155

Los hechos del poder emiten mensajes, unos explícitos y otros ocultos. Ninguno es neutro y todos tienen su propósito. Los acontecimientos de Catalunya son una potente emisora de avisos y conviene escucharlos y leerlos con atención para que transiten de su oscuridad subliminal a la claridad de conciencia con todos sus significados. El Estado ha doblegado a la nación mediterránea a tres escalas: mediante la suspensión de su legítimo autogobierno, con la represión judicial y a través de la humillación emocional de la mayoría social y sus líderes. Además de que sus efectos sobre la población se prolongarán durante años, España adjunta a su acción opresiva un conjunto de señales dirigidas a los territorios y partidos incómodos en el actual modelo institucional. Y lanza sus advertencias al modo en que se concibe el escarmiento en las tiranías, acompañando al castigo inmediato la amenaza y el miedo retardados, con la limitación de los sueños y los grandes objetivos de futuro.

¿Qué nos está diciendo España a los vascos y otros disidentes de su democracia malnacida? En lo obvio, nos comunica: “Ved lo que ocurre a quienes se salen del redil del sistema”. Y señala las cárceles, los juzgados, el exilio, el desprecio, la ira… Nos muestra a lo que conduce el ejercicio de la libertad, que se puede teorizar, pero no cabe poner en práctica. Y añade: “Pierdan toda esperanza de alcanzar la soberanía, porque será aplastada hasta su aniquilamiento”. El Estado ha puesto a Catalunya en la picota, con la cabeza de Puigdemont en lo más alto. Se manifiesta victoriosa e invencible, creyéndose ganadora de esta guerra y, a la vez, de una próxima contienda contra los sediciosos de Euskadi. Un mensaje bélico, de pura fuerza y nula razón.

Otro de los recados emitidos por el Estado es la pobreza, a la que, según la orientación vengativa, conduce la ilusión de la libertad. No solo se impulsó la huida de empresas y aplicó una campaña terrible de chantaje económico, que iba contra todos los catalanes, soberanistas o no, sino que ha añadido una promesa idéntica para quien intente salirse de su decadente marco constitucional. Especialmente dirigido a los vascos, cuya economía hace equilibrios entre el mercado interno y el internacional y al que España podría boicotear con saña. Nos lo han recordado al tiempo que destrozaban lo que han podido de la riqueza de Catalunya. Una vez declaradas las hostilidades, nadie gana y todos pierden. Arruina a todos.

España pierde

¿Semejante despliegue político, judicial, policial y mediático iba solo contra Catalunya? No, tenía otros destinatarios y aquí nos sentimos concernidos y directamente advertidos. Al 155 le ha sobrado de todo menos sutileza. Lo único que lamenta es no haber incorporado al paquete del expolio la gestión de la televisión autonómica, TV3, que está sirviendo de válvula de escape de las frustraciones internas y agresiones externas. El canal público viene escribiendo el relato de cómo España los ha aplastado y cómo la ya endeble democracia del Estado ha implosionado sin hacer cuentas de los perjuicios y el deshonor autoinfringidos. Atención a este dato: la mayoría de los catalanes, también los que votaron a opciones constitucionalistas, rechazan los encarcelamientos, la represión y la usurpación de la autonomía con todo su discurso de intolerancia e incapacidad para una resolución civilizada. El tiro ha salido por la culata: el contencioso ha empeorado, han atropellado la economía local y de paso la estatal y el aborrecimiento entre Catalunya y España no tiene vuelta atrás. “No estaríamos aquí si no hubiéramos ganado las elecciones”, le dijo a la cara el ex consellerJosep Rull al arbitrario juez Llarena hace unos días. No pudo ser más preciso en el diagnóstico.

La lección para terceros es que detrás del castigo del 155 hay una mayoría en el Estado y un renacido nacionalismo hispano, que ha jaleado y estimulado las medidas más duras contra los rebeldes. “No estamos solos”, nos han dicho, lo que lleva a pensar que la solvencia democrática de la ciudadanía es muy limitada, más próxima al franquismo que a los cánones europeos. Todo será peor si hemos de enfrentarnos más adelante a una sociedad cerril, que no genera dirigentes de calidad y se niega a abrirse a un pacto de segregación cordial atendiendo al respeto de la libertad. La operación anticatalana tiene delito. Y tanto odio como torpeza.  

Quienes confiábamos en la influencia de los líderes (de la cultura, la economía, la ciencia o la comunicación) para reconducir el conflicto a un diálogo entre las partes, nos hemos llevado un chasco. No sólo han fallado en su papel intermediador y de decencia intelectual, sino que han tomado partido por el sistema. Han sido los más conservadores. Javier Cercas, eminente novelista y catalán de adopción, es de los más decepcionantes. Ha escrito: “…los políticos catalanes que están en prisión no son presos políticos; son políticos presos, acusados, repito, de los delitos más graves del Código Penal español, empezando por el de rebelión, reservado a quienes intentan un golpe de Estado (El País, 12 abril 2018). Ver todos los tópicos juntos del discurso de la deshonesta España en el texto del autor de Soldados de Salaminaes para inmolarse y llorar sin consuelo.

La invención de la violencia

Al Estado le trae sin cuidado la verdad: si no la tiene, la construye. Es otro de los recados transmitidos, la ficción como arma política. No se inventa el relato, que para eso no tiene talento, ni narradores con criterio, ni corazón; improvisa los hechos para que su autoridad se exhiba en todo su rigor. España se ha inventado la Catalunya violenta para que encaje en el cálculo de su acción represora. A la vista de que la épica soberanista había sido pacífica y cívica, ejemplar en las instituciones y la calle, ha forzado la realidad a extremos delirantes, creando 404 hechos violentos donde no hubo más que tenacidad y resistencia, valor y heroísmo. Y para dibujar su fantasía, ha nombrado al más fiel de los siervos de la dictadura, la Guardia Civil, notario de unos actos que sirven al Estado para sustentar la acusación de rebelión contra los líderes independentistas.

La invención de la violencia es de los más crueles mensajes de esta historia. Las autoridades y los jueces saben perfectamente que su diseño es falso, pero ahora es conveniente que exista. Se vende una revolución de terror que nunca existió para situar al soberanismo ante el oprobio de la cárcel y su práctica indefensión ante unos tribunales parciales y corrompidos. Cuando vea que los líderes nacionalistas doblan la cerviz y se rinden por un insoportable sufrimiento personal (algunos ya lo han hecho dentro de su deshonrosa estrategia de defensa jurídica), entonces desmontarán el tinglado y escenificarán un perdón artificial. Tribunales, dirigentes, informadores y policías son los actores de esta farsa que nadie, excepto los ingenuos, dan crédito, capaces de creer esto y a Cifuentes.

El recado remitido es la aceptación del desistimiento o la demolición absoluta. Nos dicen: “Vosotros, catalanes y vascos, no podéis ser libres, o solo un poco. Y si lo intentáis, por muy democrático que sea el proyecto y amplia vuestra mayoría social, seréis reducidos”. Algo les ha salido mal en Europa, porque España sigue siendo a ojos de los países continentales, como también lo creemos aquí, un estado fallido, levantado sobre el detritus del franquismo. ¿Qué margen queda para la política? Apenas ninguno. Deberíamos aprender, en sentido contrario de los avisos españoles, la lección resultante de que no hay más salida que la rebeldía democrática, síntesis de inteligencia y acción persistente. España no podrá siempre menoscabar nuestra libertad. Nadie es fuerte todo el tiempo.

España derrotada por la risa

 

Los catalanes están resistiendo el expolio de su autogobierno y soportando heroicamente la humillación judicial y política que recibe de España gracias a la risa. Sí, es una paradoja frecuente en la historia, el humor como arma de combate contra la tiranía. Aconteció en Alemania, Argentina y Birmania, hoy Myanmar. También en China ocurre y apenas se vio en el franquismo. El inesperado salvador de Catalunya es Polonia. O mejor escrito, Polònia, el espacio de sátira de la televisión pública del país de Puigdemont y Junqueras. Si Rajoy y Rivera hubieran imaginado que TV3 iba a tener tanto poder de defensa y semejante capacidad de réplica creativa frente a las desmesuras, la hubieran fulminado dentro del lote criminal del 155.

Los sketches y parodias que cada jueves emiten hacen más por la causa de la libertad catalana que Torrent, presidente del Parlament, más que los Comités de Defensa de la República y más que los partidos soberanistas, todos juntos. Porque sus mensajes de burla son irrebatibles y argumentan de corazón contra el Estado. Catalunya se ríe por no llorar y así resiste como puede, con el honor de la chanza y el relato y las emociones a su favor. Las bayonetas incruentas de la carcajada pueden más que el juez Llaneras, el Supremo y la Guardia Civil, más que todos los medios serviles que aplastan y maldicen las ansias de autogobierno de los valerosos independentistas.

¿Y qué pasa con ETB, sin contrato de humor con Euskadi para compensar la putrefacción del Estado? Años después de haber inventado el fenómeno de Vaya Semanitaestamos huérfanos de guasas. Oscar Terol y Cobeaga, inventores de aquello, se dedican ahora a ganar dinero en las cadenas privadas. Y no parece haber otros guionistas para el choteo vasco y nos quedamos sin mofarnos de Cifuentes, de Letizia y Sofía, sin cachondeo que consuele a los pensionistas, sin escarnios de lo ajeno y lo propio, sin zurrarle a Trump con un buen chiste. Vacía de risa, la televisión vasca se muere de pena. Ignoran que lo que no tiene sentido lo remedia el humor.

 

Historias en porciones

En abril, series mil. Los estrenos de relatos a porciones serán numerosos y jugosos este mes. Empezó mal el quinto día, en TVE, con Fugitiva, protagonizada por Paz Vega, esta vez haciendo de madre coraje y no de monjita. Con mal resultado, por debajo de dos millones de espectadores, a pesar de su buena producción, pero de caricaturesco e híbrido guion. Y ya se sabe lo que ocurre cuando el primer capítulo no funciona: el segundo se convierte en la última oportunidad.

El viernes despega Perdidos en el espacio, producto de Netflix y sucesor del clásico de los 60 sobre la familia Robinson extraviada en el cosmos. Es una propuesta familiar, como la triunfadora Stranger Things; pero no queda claro si a los niños de hoy, como los que vestíamos pantalón corto hace demasiado tiempo, les interesan las aventuras entre galaxias y naves siderales. Con tanto videojuego están destruyendo su imaginación. Lo bueno de las series es que hacen pausa semanal entre episodios, como los antiguos tebeos de héroes o los folletines del siglo XIX, novelas a capítulos que publicaban los periódicos y permitieron sobrevivir a Balzac, Flaubert (¡maldito pederasta!), Dumas, Dickens, Dostoievski e incluso Tolstoi. Aquello fue una inspiración para famélicos sin libros.

Esperaremos a finales para gozar de la segunda temporada de El Cuento de la Criada, difícilmente superable tras el milagro estético y narrativo del pasado año y que llega en la cumbre de la rebelión feminista con la advertencia de un futuro siniestro para las mujeres, sometidas como úteros de estado. Veremos también Genius: Picasso, reencarnado en Antonio Banderas, en el canal de National Geographic que se diversifica con biografías. Y otras series sin fecha de lanzamiento: La Catedral del Mar, promesa de gloria; Presunto culpable, thriller ambientado en Euskadi; Matadero, influenciado porFargo; y Sabuesos, con el nieto de Pancho, el perro de la Lotería… Historias y más historias, densidad de vida, para que, como Joaquín Sabina, no preguntemos “quién me ha robado el mes de abril”.

 

Telegrama a Puigdemont

Pensé, President, que era un bulo festivo la noticia de que pretendes querellarte contra Ana Rosa Quintana, campeona de la telebasura y patrona de toda tragedia de usar y tirar. Y aún me cuesta creer que vayas en serio a emprender acciones judiciales por la difusión de los mensajes privados que cruzaste con el exconseller Comín y que Telecinco, en alevosa violación de vuestra intimidad, difundió a finales de enero, revelando que te sentías “sacrificado” y que “esto se ha terminado” en referencia al procés. No, mi admirado Puigdemont, no puedes abrir ese frente de menor cuantía y dar relevancia política a quien ha actuado, como tantos otros centinelas de la tele y muchos medios, incluso aquellos que teníamos por serios, al servicio del Estado para desacreditar el soberanismo catalán, a sus votantes y líderes. No vale un triste pleito esa señora.

A ver, Carles, tú eres periodista. Y sabes con qué cálculo fascista se está actuando en la información y la fiereza y malas artes utilizadas para tergiversar la verdad, engañando hasta el escarnio, destruyendo sin piedad a personas e instituciones y humillando a un pueblo con la saña que los vascos conocimos en otra época. De esta estrategia de demolición ideológica y humana habrá que hacer un estudio exhaustivo cuando se recupere la normalidad y la vergüenza, para evaluar el ignominioso trato dado por España a tu país. Como se analizará la degradación de la justicia. No debes hacer lo que Cifuentes, que amenaza con llevar a los tribunales al mensajero de su dudoso master.

De Ana Rosa ya conocíamos su calaña moral tras haber plagiado suciamente a Ángeles Mastretta y Danielle Steel para su novela Sabor a hiel, delito que la editorial resolvió con dinero y arrojando al fuego aquel libro deshonroso. Déjala, President, con sus trampas y frivolidad a cuestas. No merece la pena. Esto va más allá de Catalunya, es la libertad. La protección de la privacidad frente al pillaje llevará tiempo, porque nuestros secretos buscan estar a salvo de intrigas y miradas. T’estimem.

También hay un derecho a olvidar

Un macabro juego de tramposos, esta es la batalla del llamado relato vasco, concepto totémico de la Euskadi posterrorista en el que dos minorías -la izquierda abertzale y el Estado español- andan enredadas con la historia, ante la indiferencia de la mayoría. ¿Qué buscan unos y otros? Sentenciar una verdad absoluta y favorable sobre lo sucedido que avale las respectivas posiciones ideológicas y señale con precisión la victoria propia e, inexorablemente, la derrota ajena. Tanto interés por la memoria colectiva se representa como la escenificación de las mutuas debilidades, porque ninguno presenta un expediente libre de crímenes y ambas partes coinciden en ocultaciones y la relativización de determinados hechos. Son deshonestos y manipuladores por igual y se equiparan en la creación de una épica de víctimas, héroes y sacrificios en nombre de la democracia o la patria. Y en esta guerra de certezas incompletas y falsedades plenas pretenden involucrar a la ciudadanía, condenada a la aceptación de dogmas del pasado bajo pena de complicidad y equidistancia.

¿Por qué tanto afán en ser los primeros y los más convincentes narradores del pasado vasco de los últimos cincuenta años? Porque el Estado y la izquierda próxima a ETA sienten que han perdido una parte de la guerra ideológica y creen también que sus errores son perdonables al amparo de las circunstancias de los años de plomo o por la política represiva española. Y como se sienten perdedores de mucho y ganadores de casi nada es por lo que hay mucha prisa en escribir en piedra lo que aconteció, creando símbolos, estatuas y fechas conmemorativas y atribuyéndose el triunfo y llamar al reconocimiento de la gente, botín de mala guerra y paz tardía. Y de esto se ocupan, traficando con las emociones y las palabras, a ver si filtran en nuestra conciencia su maldito y deprimente relato.

¿Qué historia nos quieren contar?

Los redactores del relato del Estado tienen especial interés en evitar la equiparación pública de las víctimas, de ETA y de España, tanto en lo cualitativo como en lo cuantitativo, opción llamada a fracasar, porque la ciudadanía no distingue entre los muertos, a los que reconoce por igual, por personas. Para el Estado sus víctimas tienen una categoría política superior y una dignidad ética que las de ETA no poseen, por una culpabilidad previa o por su condición de daños colaterales. A esta diferenciación monstruosa en su relato se añade el esfuerzo de la contabilidad, los números: 852 asesinatos de ETA frente al número inferior de las producidas por los sicarios del GAL, banda criminal financiada por el Gobierno español, y otras causadas por los cuerpos policiales y organizaciones paralelas en la calle y en comisarías. Asquea que las personas se conviertan en número dentro del esfuerzo canalla del relato; pero así nos lo presentan, haciendo dos montones de carne y sangre humana en el estrado de la historia, los buenos y los malos, a los que hay que recordar y a quienes hay que olvidar, los que merecen memoria y los que se han ganado el desprecio.

Y frente al pretexto de superioridad moral y de sangre de la que alardea la fábula del Estado, el entorno que apoyó y justificó a ETA insiste en no querer pasar a la historia como el único malo de esta película macabra. Si la derrota política y militar del ejército de ETA y sus aliados es más que obvia, de ninguna manera se conforma con pagar la totalidad de la factura del desastre moral, democrático, social y económico que nos depararon. Con menos medios y tan pocos argumentos como su contraparte, están a la defensiva y hacen verdaderos equilibrios para aceptar en precario sus responsabilidades en los crímenes cometidos y a la vez relativizar su lucha como oposición a un Estado nacido del detritus del franquismo y que, además, les combatió con malas artes.

No, el relato no es imparcial en ningún sentido, mucho menos en el ideológico. Es tarea especial del Estado dejar caer, con voluntaria majadería, que el perdedor global es el nacionalismo vasco, porque suyos son los orígenes del mal y en él tuvo su soporte de comprensión la violencia. Es parte del cuento que siempre habitó en la conciencia profunda del ciudadano español, la maldad original del PNV. Y los relatores lo sueltan como un virus de diseño. Como aquello del árbol y las nueces. Este reparto de culpas se hace más extensivo en uno de los peores capítulos de la narrativa estatal: que la sociedad vasca fue cobarde, cómplice por dejación e insolidaridad, y que frente a unas víctimas “miró para otro lado”, afirmación necesaria para dar a entender que el conflicto violento se prolongara durante varias décadas. No distingue entre unos pocos y la mayoría social y reparte manchas con hipócrita descaro. Y, de paso, deja libre de delito a la clase dirigente, incapaz de ofrecer soluciones. Solo el comercio electoral desarrollado con las víctimas es razón suficiente para el repudio del relato conveniente de España.

Y así, la cumbre final de ese embuste histórico es que perdió el nacionalismo vasco y ganó España, ante la cual hay que postrarse como hijos pródigos y arrepentidos. ¿Cómo creerse que en realidad Caín mató a Abel? El relato necesita una retórica, un vocabulario propio (blanqueo, impunidad, olvido…), un simbolismo específico que contamine la verdad para hacerla asumible y se convierta en obligatoria, la biblia de España en Euskadi. Y precisa de unos relatores.

El relato y sus autores

El Estado tiene un grupo mediático al servicio del quehacer de la ficción vasca, obviando que hay un derecho natural al olvido, por paz y decencia, que es la opción de la mayoría de nuestra sociedad. Esto se considera un delito moral, contra el que fuerzan y retuercen la obligación del recuerdo -de su propio recuerdo- con argumentos emocionales y la insistencia en memoriales y cansinas batallitas. Por eso, para promover la obligación de la memoria de un sentido de la historia crearon el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, con sede en Gasteiz, que camina con paso firme hacia su constitución como otro Valle de los Caídos, un chiringuito rojigualdo que, en vez de frailes benedictinos, tiene historiadores de profunda fe española y nulas convicciones en la verdad total, que es la suma de todos los relatos, de todas las personas, de todas las ideologías, de todos los grupos y entidades, de todas las miradas, de todas las emociones, de todos los rincones de Euskadi, de más de tres millones de conciencias honrosas.

Frente al memorial diseñado por el Estado se alza, con el aval de su representación democrática, la Ponencia de Memoria y Convivencia, creada en el seno del Parlamento Vasco y en la que participan todos los partidos, excepto el PP que se ha autoexcluido, dato muy significativo. En este foro es en el que cabe confiar la redacción de un relato, si es que tiene que haber uno con denominador común, en el que la mayoría pueda encontrarse y convivir sin bajar la cabeza ni elevar el puño con ira. Un relato decente, denso, definitivo. En un momento dado, alguien tomó como instrumento de la fábula española una superficial novela, titulada Patria, para añadirla como apéndice bufo.

Pero, aunque no hubiera un relato oficial como el representativo de la Ponencia, ni otro fulero como el del Estado, ni el que brota de la terca retórica de la izquierda abertzale, no ocurriría nada. El futuro es más importante que el pasado, que es la basura a reciclar. Quien olvida no es traidor ni injusto: es inteligente y honrado con la vida. No es importante el relato, no es siquiera indispensable. Tenemos derecho a olvidar, entendiendo el olvido como el sosiego a que lleva el conocimiento de los hechos y su valoración ponderada. Tenemos derecho a caminar hacia el futuro sin la murga de los que, por diferentes y enfermizos motivos, pretenden ganar en el recuerdo lo que perdieron en el pasado. Conste que la paz y la memoria viviráneternamente enemistadas.