Democracia solo para el cartel del Carnaval

El mundo se muere entre la impotencia y el derroche, entre la dificultad de realizar anhelos elementales y el desprecio de las opciones que están a su alcance para cumplirlos. Con la mitad de lo que se desperdicia -y hablo de capacidades, no de bienes- se podrían llevar a cabo la totalidad de los deseos de la humanidad. Este es nuestro absurdo. Con la democracia ocurre lo mismo, apenas la usamos más que en una mínima porción y, al mismo tiempo, la malgastamos. Y no solo por culpa de un sistema político estrecho, sino también por la pasividad de la ciudadanía. La tutela autoritaria de las instituciones, que es tanto un impulso de contención como una inercia pasiva, se sustenta en la desidia general. Y así resulta que la democracia real es un puedo y no quiero, como si alguien me secuestrara y yo mismo ejerciese de guardián para no escapar.

La imagen de la democracia es una urna, una caja de plástico o cartón donde se depositan los votos de los electores para una decisión colectiva determinada. Y ahí se queda todo, en ese pequeño volumen, hasta dentro de cuatro años. ¿Y qué sucede después? Que nuestro voto otorga una confianza absoluta y sin control ciudadano de los elegidos, gobiernen u opositen. Como la incompetencia, la pereza y el disparate no son -todavía no- delitos ni motivo para revocar a nuestros representantes, hemos de aceptar los estropicios derivados de un mal sufragio. Así lo hemos convenido y nos deja con la protesta como única salida, contra la que, para mayor ignominia, envían a la policía. Algo tenemos que hacer para que democracia y el derecho a decidir en todo lo que nos atañe estén en nuestro poder todos los días.

Un puedo

Aunque siempre hubo instrumentos para que los ciudadanos se corresponsabilizaran del gobierno de su ciudad y su país más allá de la cita electoral, la tecnología ofrece desde hace tiempo medios muy útiles y flexibles, mediante los cuales sería posible, en tiempo real, aceptar o revocar actuaciones públicas de cierto rango. Internet es una red universal y con un uso bien aplicado tendríamos la oportunidad de aprobar o rechazar los presupuestos del pueblo y la nación, elegir entre proyectos de infraestructuras y seleccionar programas sociales, culturales y educativos, todo aquello que se entienda relevante y susceptible de ser consultado. Todo un reto y una revolución para un sistema que traspasaría a los ciudadanos parte de su función ejecutiva, vería aumentados sus controles y pondría patas arriba el ejercicio de la autoridad delegada. ¿Utópico? ¿Inviable? ¿Ineficaz? ¿Populista? Nada de eso.

Algunos lo llaman democracia 4.0 o, formulando una estúpida redundancia, democracia participativa. Quítele usted el apellido y déjelo en lo esencial: democracia, el poder de las personas. Es obvio que pasar de la mera democracia representativa al modelo de implicación permanente de la ciudadanía conlleva una renovación mental y operativa que necesitaría superar un proceso en varias fases: estructura técnica, garantías de seguridad, sistemas de información y debate y proyectos de formación en la toma de decisiones. Los parlamentos, plenos y consejos de gobiernos se abrirían a todos los rincones del país y las instituciones tradicionales quedarían expuestas, para su bien y mejora, al escrutinio popular.

Los enemigos de la democracia real señalan que el nuevo modelo de ejercicio de la libertad pondría en manos inexpertas asuntos de complejidad técnica para cuya estimación se requeriría cierto conocimiento. ¿Puede ponerse a referéndum los proyectos de estaciones centrales de la Y Ferroviaria Vasca en las capitales? Sí, si se sintetiza en información veraz y ordenada. Mucho más complicado y trascendente es casarse o tener hijos y no por eso hombres y mujeres evitan hacerlo con entusiasmo, aún a riesgo de fracasar como pareja y como madres o padres. Vivir es puro riesgo, tanto como ser libres. Advierten los pesimistas que el Guggenheim y el trazado del Metro, incluso la RGI, así como la mayor parte de los proyectos estratégicos, instalaciones industriales y carreteras en Euskadi no hubieran pasado el filtro de su aprobación en consultas. Eso mismo decían los monarcas cuando se cuestionaba el régimen absolutista. Y apelan a un previsible embrollo. Niego este argumento que nace del sentido aristocrático de la sociedad. Huele a tibio fascismo ese afán de tutela para irresponsables. Si ya me piden el voto para elegir el cartel anunciador de fiestas o el carnaval del pueblo, ¿por qué no me preguntan sobre el destino pormenorizado del presupuesto? ¡Ah, palabras mayores! No, democracia estricta y neta.

El mayor riesgo del nuevo paradigma democrático es que los activistas de base tienen una ventaja inicial. Hay grupos muy movilizados, mientras la mayoría está habituada a la dejación. Eso es precisamente en lo que hay que trabajar, en formar a la población para que desfile de la indolencia a la responsabilidad, de gobernados a gobernadores. Las instituciones tienen que pasar así de gobernar para los ciudadanos a gobernar con los ciudadanos y para los ciudadanos. Cambio de proposición. También los hay que niegan garantías de fiabilidad al método de voto on line. Dicen que hay riesgo de fraude y pucherazos. Es una excusa más de los viejos de la peña política. Y llaman puristas a los que queremos pasar de la urna ocasional a la asamblea cotidiana. Porque esa es su evolución imparable. Que este tránsito sea rápido o lento depende de que los dirigentes desistan de hacer eso, dirigir a la gente. Agotado el tiempo de la democracia paternalista, los líderes políticos deberían compartir el poder con el pueblo.

Y no quiero

Basta con ver cómo funcionan las comunidades de propietarios de un edificio y las historias que se viven en sus plenos para entender la dificultad de implantación de una democracia profunda. En esta realidad social suelen aparecer egoísmos personales, discusiones eternas, métodos organizativos ineficaces, rencillas de convivencia, discrepancias en proyectos comunes y, sobre todo, incomparecencia de parte de los residentes. “Me atengo a lo que diga la mayoría”, se justifican los ausentes. Como país somos una comunidad vecinal a mayor escala; pero, al contrario que las familias en su caos, renunciamos a gestionar el día a día de nuestra casa más grande dejando la tarea en exclusiva a quienes elegimos para un cuatrienio. Y nos abstenemos mucho más.

En el ayuntamiento de Basauri creyeron en la gente, pero el pueblo no creyó en sí mismo y se abstuvo en masa en la consulta sobre el Plan de Regeneración Urbanística de San Fausto, Bidebieta y Pozokoetxe, una actuación tan estratégica que el alcalde, Andoni Busquet, del PNV, pensó que había que involucrar al vecindario. De las 33.480 personas con derecho a sufragio el pasado 17 de noviembre solo participaron 6.051, algo así como el 18,07 %, no alcanzando el umbral del 20 % que el Consistorio había propuesto para vincularse al resultado. La experiencia de Gure Esku Dago no es menos desalentadora. De todas las consultas efectuadas hasta ahora apenas ha concurrido el 13% de los censados, aunque en los municipios más pequeños el índice ha rondado el 50%. Algo que los vascos pueden hacer, no lo quieren, tristemente.

También las operaciones de los llamados “presupuestos participativos”, tan poca cosa, que muchos ayuntamientos vascos proponen a sus vecinos, arrojan índices penosos de participación. Son ensayos de democracia de implicación popular, democracia de la Señorita Pepis, pero es mejor que nada. Quisiera creer que este fiasco es más porque los ciudadanos quieren todo y no una limosna democrática, que por desinterés o pereza. El individualismo galopante que habita nuestra sociedad patrocina una democracia de mínimos y tecnocrática, donde el bienestar personal cuenta más que el bien común, de lo que se deduce a su vez la creciente distancia entre política y ciudadanía. ¿Adónde vas, Euskadi, sin ambición de libertad plena?

 

Un comentario sobre “Democracia solo para el cartel del Carnaval”

  1. Excelente artículo. Ideal para reflexionar tanto los políticos como los ciudadanos. Estoy totalmente de acuerdo , a la mayoría de los políticos no les interesa la participación ciudadana en todos los ámbitos de gestión tanto municipal como del territorio histórico así como del Consejo Ejecutivo y y los ciudadanos que se han visto relegados y no quieren ser unos convidados de piedra no acceden a participar democráticamente ejerciendo su voto en las diferentes tareas que nos concierne a todos.
    El que manda quiere mandar y no quiere que participe el ciudadano el pueblo porque?. Muy sencillo quieres hacer un poder absoluto.
    Y el ciudadano se está cansando de luchar. Mal hecho porque hay que seguir luchando por los derechos de cada uno de nosotros en los diferentes ámbitos del día a día.
    Que nadie decida por nosotros solamente nosotros mismos.
    También en los partidos políticos dicen ser democráticos pero solo de nombre porque luego son los líderes los que mandan y no preguntan a las bases nada más que meramente representativo. Y así no se debe de gobernar.
    Muchas felicidades por su artículo tan brillantemente expuesto y que todos reflexionemos desde una parte y desde la otra. Tanto el que manda como el que vota para que es el gobernante esté ahí arriba puesto no tiene que ejercer su poder omnipotente.

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