El retrovisor

La semana pasada el programa de cine de ETB2 La noche de cumplía 18 años ininterrumpidos en antena y emitía un especial para celebrarlo. Me sumo a las felicitaciones que, sin duda, habrán llovido tanto al equipo como a la cadena: mantenerse en antena desde 1995 es de una excepcionalidad pasmosa.

Llevar dos décadas extendiendo pildoritas de cultura cinematográfica -más bien de showbusiness, pero no vamos a ponernos exquisitos- antes de la película y haberlo hecho acuñando un estilo propio supone un gran mérito. ¡Esas cifras rotuladas, subrayando las palabras en off de Félix Linares, han creado escuela! Hoy es habitual que en muchos programas se recoja por escrito lo más jugoso de cada discurso. Sálvame es especialista en esta técnica. Pero nadie lo hace con tanta gracia naif como La noche de.

Por supuesto, y aunque no se trate de restar méritos, la longevidad de La noche de tiene truco, porque no es lo mismo estirar una historia dramática o retorcer las posibilidades cómicas de una serie de personajes durante 18 años que cambiar cada semana de temática y protagonistas. A lo largo de su historia el programa ha dado paso a 968 películas. Lo recordaba el propio presentador en el programa especial -y, por supuesto, la rotulación lo ratificaba con solvencia-. Recordaba Félix Linares cuál fue la primera, Drácula de Bram Stoker, y cuál la más vista, Parque Jurásico. Y al verlo me resultó imposible no mirar por el retrovisor y hacer un ejercicio de nostalgia, recordando aquellos tiempos en los que la de ETB2 era La Película. Un acontecimiento, un éxito reciente, un blockbuster. Una marca, una medalla semanal, sin duda un logro como cadena. Las películas que ofrecía La noche permitían estar al tanto de la actualidad cinematográfica más comercial con la cabeza bien alta. Semana tras semana. Hoy su oferta cinematográfica es de perfil bastante más bajo.

Hubo un tiempo, a caballo entre los 90 y los 2000, la “época dorada” de La noche de, en la que la FORTA estaba en condiciones de competir por los derechos de emisión de películas bien codiciadas. La FORTA estaba entonces compuesta por EITB, primera cadena en romper el monopolio de TVE allá por 1982, y las corporaciones de radiotelevisión de Galicia, Catalunya, Madrid y la Comunidad Valenciana. Sus miembros pujaban en conjunto por los derechos de emisión de películas y solían conseguir las piezas más codiciadas.

Hoy la FORTA se ha ampliado a 12 miembros pero se ha desdibujado. No tiene ni el poder de antaño y está en situación de pujar por acontecimientos mediáticos. Ni grandes ni pequeños. El reparto de poder, las fuentes de financiación, la situación económica, el comportamiento de la competencia ha dado un giro copernicano. [Enlace roto.], pero la audiencia acumulada de su cadena más vista, ETB2, ronda el 9% en lo que vamos de septiembre. No están los patios para comprar estrenos de cartelera, y menos de emitirlos a no ser que sea “fiesta de guardar”.

De esto, y de algunas cosas más, incluida la omnipresencia de María Castro en el prime time del martes, hablamos ayer en La caja lista, en Graffiti de Radio Euskadi (aquí el audio completo). Y sí, mantengo la misma sintonía igual de molona.

 

7,4%

Ayer se hizo público el balance de audiencias de ETB. Al mes de septiembre, concretamente al 11S, con un 4,9% de share para ETB2, le corresponde el muy dudoso honor de haber arrojado un mínimo histórico a la altura de la efeméride: una debacle. Las medias mensuales -7,4% para ETB2, 1,8% para ETB1 y 0,8% para ETB3- tampoco son para echar cohetes. Aquí tienen, con profusión de datos, el [Enlace roto.]. Pero yo me quedo con una sola idea: estamos a la cola de la FORTA.

Euskadi fue la primera comunidad en contar con una televisión propia: comenzó sus emisiones el 31 de diciembre de 1981, amparándose en la posibilidad que recoge el Estatuto de Autonomía de crear un ente comunicativo propio y público. ETB1 fue la primera cadena en romper la hegemonía de TVE. Tuvo que pasar un año para que naciera TV3 y durante muchos años sólo Catalunya, Galicia, Andalucía, la Comunidad de Madrid y Euskadi contaron con sistemas de radiotelevisión públicos propios, entre los cuales ETB se movía con solvencia y alegría. Llegaron las privadas; luego, el resto de comunidades autónomas fueron desarrollando sus televisiones; explotaron las locales, nuevas concesiones posibilitaron el nacimiento de Cuatro y LaSexta, y finalmente la TDT acabó por obligarnos a que el zappineo se extienda a números de dos dígitos.

Desde que yo recuerdo ETB2 contó con la dignidad de cadena ambiciosa con voluntad generalista; a finales de los 90, el Teleberri llegó a alcanzar shares del 32%. Hoy pueden sorprendernos, pero estos registros atestiguan que la programación de nuestra televisión sintonizaba con la sensibilidad de la ciudadanía. Nos entretenía, nos informaba, y nos mostraba cómo éramos. Todas las cadenas autonómicas están condicionadas por los gobiernos que las sustentan. Es un precio que, teóricamente, no tienen que pagar las televisiones privadas, financiadas directamente por anunciantes preocupados por dar a conocer sus productos e indirectamente por alianzas quizá no tan confesables. Son reglas de juego reconocidas y aceptadas. El problema surge cuando ese lazo se traduce en movimientos que en lugar de llevar al liderazgo conducen a situaciones que incluso cuestionan la misma existencia y dignidad de las televisiones, aunque para ello se utilice sin pudor la [Enlace roto.]. 

Como muchos vascos, durante años viví con naturalidad que ETB se situase a la cabeza de las emisoras de la FORTA. Como muchos vascos, no puedo sino chasquear la lengua cuando compruebo que los registros de audiencia de ETB2 no alcanzan los de las “recién llegadas”: Aragón -10,1%- o Asturias -7,5%-, ambas nacidas en 2006.

A finales del curso pasado la revista del Consell de l’Audiovisual de Catalunya nos propuso a Petxo Idoyaga y a quien firma estas líneas elaborar un artículo en torno a la evolución de los contenidos espectaculares en la televisión pública vasca. Supongo que el interés del CAC es fruto de una trabajo largamente realizado por quienes entendieron que una televisión pública ha de hacer de la ambición su bandera, que sin el favor del público nada tiene demasiado sentido. Del mismo modo, dudo de que, salvo loables excepciones, la herencia de la actual ETB pueda distinguirla demasiado de otras cadenas que, de puro apocado y humilde, acaban por no transmitir casi nada.

El partido más visto de la historia de la FORTA

Real Madrid-Barça 1, resto 0. El futbol es así, aparte de proporcionar infinitos y acalorados temas de conversación, arrasa en televisión. Y no hay enemigo, ni pequeño ni grande: un “partido del siglo” en abierto fulmina al resto de la programación. El de ayer fue el partido más visto de la historia de la FORTA y el segundo Real Madrid-F.C.Barcelona más visto de la historia -el más visto fue el del sábado pasado-. Fue seguido por 12 millones y medio de espectadores. Sumando las audiencias de las trece cadenas autonómicas que lo emitieron simultáneamente, consiguió un 63% de share. En Euskadi lo retransmitió ETB1, y los audímetros dicen que lo siguieron más de 350.000 espectadores. Una golondrina no hace verano, es cierto, pero alegra las medias que es una barbaridad.

Personalmente, el fútbol me interesa lo justo y necesario, y su retransmisión televisiva tiende a aburrirme. Además, el fútbol en televisión no se limita a los épicos encuentros, las jugadas maestras, la repetición de los goles  y la euforia de los seguidores, todo ello puritita e indiscutible emoción, sino que se alarga en declaraciones, cortes de pelo, patrocinio de zapatillas y actos de promoción pura y dura. Sin embargo, no seré yo quien ponga en tela de juicio la capacidad de un deporte para mover masas, propiciar identificaciones, generar filias y fobias o vender prensa deportiva, [Enlace roto.] o [Enlace roto.]. Ya hay infinitas sesudas investigaciones antropológicas sobre el valor creciente del balompié como fenómeno catalizador de frustraciones y deseos, y está claro que no sólo el Barça puede decir con orgullo eso de que “es más que un club”, ¿verdad?

Sin embargo, hay dos cosas que siempre me han llamado la atención cuando se programa un partido de máxima rivalidad en televisión: en primer lugar, que los espacios que más audiencia concitan sean precisamente los que no pueden ser interrumpidos por pausas publicitarias que aprovechen la comunión de las masas. Durante tres cuartos de hora es imposible -de momento- que un spot mutile la transmisión. De ahí que se haya potenciado el uso de la publicidad en los estadios y las camisetas, que quizá para compensar cualquier comparecencia de entrenador o futbolista se ofrezca sobre una sopa de marcas y que las televisiones hayan tenido que idear formatos alternativos para venderse al mejor postor

La segunda viene a colación de una técnica de programación denominada “camas separadas”, consistente en ofrecer espacios específicamente dirigidos a un público femenino cuando una cadena rival emite un partido importante que, se intuye, monopolizará la audiencia de hombres. Esto da por hecho que sólo a ellos les interesa el fútbol, lo cual es demasiado dar por hecho, pero abre una rendija a la variedad programática. Pues bien, cada vez advierto menos “camas separadas” cuando el fútbol se emite entre semana: las cadenas optan por alargar ad infinitum el comienzo de sus ofertas habituales: publirreportajes, programas humo-comodín, o la repetición hasta la nausea de los mejores momentos del capítulo anterior de la serie que corresponda. Así se consigue no enfrentar los propios programas con el Messi de turno, intentar capitalizar al espectador del partido cuando éste termina, y alargar el prime time hasta horas poco sensatas. Y de paso, hastiar a quienes el resultado del partido, sinceramente, les trae al pairo. ¿No será que los abultados resultados de audiencia de los partidos son parcialmente deudores de la falta de interés de la oferta que se hace coincidir con ellos?