Bizkaia en la Edad Media: origen y naturaleza jurídico-constitucional de los derechos históricos y de las instituciones feudales

El debate entre el canónigo antiforalista Juan Antonio Llorente y el consultor foral Francisco de Aranguren llega a nuestros días con la obra ‘Bizkaia en la Edad Media

Un reportaje de José María Gorordo

Bizkaia en la Edad Media es una obra dividida en dos tomos. Contiene un debate inédito entre las tesis antiforalistas del canónigo Juan Antonio Llorente (Rincón de Soto, 1756, Madrid, 1823) quien escribió por encargo de Godoy las Noticias históricas de las tres provincias vascongadas, y las respuestas del consultor perpetuo de la Diputación Foral de Bizkaia, Francisco de Aranguren y Sobrado (Barakaldo, 1754, Madrid, 1808) y del benedictino fray Domingo de Lerín y Clavijo (Cádiz, 1748, San Millán de la Cogolla, 1808), en relación con la historia de Bizkaia y el origen y naturaleza de sus derechos históricos e instituciones forales.

Hace años que investigo el origen y naturaleza jurídica de los derechos históricos vascos. Enfrascado en tan apasionante tarea, leía la Discusión sobre los fueros de las Provincias Vascongadas, obra editada por la Diputación de Araba, que recoge lo tratado en una larga sesión del Senado español de junio de 1864.

En ella, en respuesta al discurso antiforal del senador Sánchez- Silva, intervinieron los senadores vascos Egaña y Barroeta Aldamar. Egaña, tras diversas manifestaciones de réplica, no se anduvo por las ramas y denunció la utilización de los trabajos de Llorente como fuente de los argumentos antiforales y añadió: “Todo el mundo sabe que a poco fue reducido a la emigración por haber seguido el partido francés, y todo el mundo conoce un librito del mismo señor, impreso en Burdeos, deshaciendo la mayor parte de su trabajo antiforal”.

Por su parte, Barroeta Aldamar dijo: “Más tarde el mismo Llorente, estando emigrado, ofreció a las Provincias Vascongadas reunir los documentos necesarios para producir una obra que combatiese la que antes había escrito, y no se aceptó la oferta”.

Si se probase que esta información relatada por Barroeta Aldamar ante el pleno del Senado fuese cierta, o si apareciese el libro anunciado por Egaña, la credibilidad de Llorente quedaría muy deteriorada y, en consecuencia, su obra descalificada. Pero las versiones de los senadores vascos, cincuenta años después de que hipotéticamente ocurrieran los hechos a los que se referían, no estaban acreditadas: ni la edición en Burdeos del libro de retractación ni la presunta oferta de Llorente de escribir un nuevo libro “que combatiese lo que antes había escrito”. Aunque no fueron rebatidos por nadie, los senadores vascos tampoco aportaron pruebas ni dieron más detalles.

“Traición a sí mismo” Novia de Salcedo aseguraba en 1829 que “el hombre dirigido por innoble fin, con el cambio de circunstancias, se hace traición a sí mismo y mudada la faz de España con los sucesos que tuvieron principio en 1808, sentía ya Llorente pesar de haber aseverado contra las Provincias Vascongadas lo contrario de lo que percibía su mente. Revolvía en sí mismo el medio de contradecirse menos indecorosamente y pudiéramos citar testigos respetables de esta disposición de su ánimo explayada en comunicaciones confidenciales; mas no llegó a tener efecto”.

Antonio Trueba también intervino en la polémica. En un librito publicado en 1865 da por cierta la oferta para escribir la retractación, que, según manifiesta, “no se aceptó por un sentimiento de dignidad e hidalguía”. Y, para aclararlo, cuenta que en 1859 tuvo un contacto con el entonces “anciano” Eulogio de la Torre, que había sido diputado general y a cortes, quien le aseguró que “tenía pruebas” de que en los últimos años de su vida, el canónigo Llorente “nos ofreció refutar su propia obra”. Tres años más tarde, en 1862, con motivo de que se le nombra archivero, Trueba vuelve a Bilbao y es cuando pretende reunirse de nuevo con Eulogio de la Torre para pedirle las pruebas que tenía, tal y como le había manifestado en 1859, lo que no pudo ser por el fallecimiento del político De la Torre.

Con esta información de partida, inicié la búsqueda del hipotético libro de retractación de Llorente, trabajo al que dediqué muchos meses visitando monasterios, archivos y bibliotecas, así como consultando a expertos en Llorente, como es el caso del hispanista francés Gérard Dufour y otros.

A lo largo de estos años no he localizado el supuesto libro de retractación ni he podido acreditar que Llorente hiciera un ofrecimiento expreso para escribir un nuevo libro y desautorizarse a sí mismo. Sin embargo, fruto de las innumerables pesquisas y averiguaciones tras las pistas de las dos líneas de investigación citadas en torno a la obra de Llorente, tuve conocimiento casual de la existencia de unos manuscritos del benedictino fray Domingo de Lerín y Clavijo, depositados en el monasterio de San Millán, tras no haberse podido encontrar los originales de los archivos de la Diputación de Bizkaia. Con el material se editó el libro, Obras de fray Domingo de Lerín y Clavijo (2015), en el que se incluye un Estudio introductorio del autor de este artículo en el que se muestran aspectos desconocidos de la vida y obra del benedictino. A partir de dicha publicación, ya se puede estudiar el contenido de los conocidos como papeles de Lerín, tantas veces echados en falta por la generalidad de los historiadores especializados. Por otra parte, el año 1994, el servicio editorial de la UPV/EHU publicó el libro Francisco de Aranguren y Sobrado, Demostración de las autoridades de que se vale el doctor don Juan Antonio Llorente, edición de los profesores Portillo y Viejo, que incluye la obra completa de Aranguren.

Los trances centrales de la polémica tuvieron lugar entre los años 1806 y 1808, aunque Llorente había dedicado varios años antes al desarrollo de sus Noticias históricas. Desde las fechas en las que tanto Aranguren como Lerín conocieron los textos de Llorente (1806-1807) hasta que redactaron sus trabajos (1807-1808) transcurrió poco más de un año y, además, ambos fallecieron el año 1808 (Aranguren en julio, Lerín en noviembre). Ello les impidió estudiar y replicar con suficiente tiempo y sosiego a Llorente y tampoco pudieron conocer las últimas aportaciones de este. Bizkaia en la Edad Media pone en comparación, de modo crítico, las versiones de los tres escritores coetáneos. No es una historia general de Bizkaia ni se pretende ejercer de árbitro en las posiciones divergentes. Además de analizar la disputa mencionada, también se pretende aclarar si se dio o no un supuesto plagio de Aranguren a Lerín, sospecha esbozada por varios escritores como Arguinzoniz y Delmas; también Mañaricua, quien dejó escrito que “cuando se hallen los papeles de Lerín podremos ver si dependen de ellos los escritos de Aranguren”.

En el tomo I de Bizkaia en la Edad Media hago un análisis pormenorizado de los apéndices documentales aportados por Llorente, y se detecta, y acredita, la existencia de interpolaciones y manipulaciones arbitrarias del canónigo en documentos sustanciales de su tesis, como es el caso de la copia del diploma de ingenuidad del rey don García de Navarra de 30 de enero de 1051 que se encuentra en el archivo catedralicio de Calahorra (sobre el que muchos cuestionan la autenticidad), y los documentos del arbitraje del rey de Inglaterra entre Castilla y Navarra (1176-1179), entre otros muchos.

Irreconciliables Las posiciones son irreconciliables. Llorente defiende que las Vascongadas siempre estuvieron sujetas a los reyes de Asturias, León, Castilla o Navarra y, por tanto, sus fueros y cuantas prerrogativas gozaron los vascongados eran consecuencia de gracias y mercedes hechas por los reyes, mientras que Aranguren y Lerín sostienen todo lo contrario. Para ellos, los señores tenían un doble rol: mediante pacto con los vizcainos, eran soberanos de Bizkaia, “territorio aparte”, y también desempeñaban el papel de vasallos de los reyes, pero solo de los territorios de fuera de Bizkaia sobre los que ejercían encomendaciones, mandaciones o tenencias, en los que mandaban “por mano de rey”.

Por lo que respeta al ordenamiento jurídico-constitucional, en el tomo II de Bizkaia en la Edad Media se aprecia igualmente que las posiciones ideológicas son absolutamente incompatibles. Llorente niega la singularidad de Bizkaia y la existencia de pactos entre los vizcainos y los señores. A su juicio, Bizkaia nunca tuvo leyes propias; los vizcainos se gobernaron por las leyes de los romanos, godos, asturianos, leoneses, castellanos y navarros, sucesivamente, y se pagaban pechos y tributos como en Castilla. Por el contrario, para Aranguren, los vizcainos siempre tuvieron leyes propias, bien un ordenamiento jurídico no formulado, basado en usos y costumbres, es decir, derecho consuetudinario, bien ordenamientos escritos (cartas de fundación de las villas otorgadas por los señores, no por los reyes, el cuaderno de Juan Núñez de 1342, la Hermandad de Gonzalo Moro de 1394, el Fuero Viejo de 1452 y el Fuero Nuevo de 1526). Los vizcainos eran todos hijosdalgo y dispusieron de tribunal propio y exclusivo para resolver las cuestiones de vizcainías (Sala de Vizcaya de la Chancillería de Valladolid); eran libres y exentos, quitos y franqueados de todo pedido, servicio, moneda y alcabala. Lerín defiende que el señorío de Bizkaia fue estado soberano e independiente y su jefe o señor ejercía todas las facultades, preeminencias y jurisdicciones en calidad de soberano. Se debe considerar que los acontecimientos a los que se refiere la investigación tienen lugar en una época feudal, por lo que resulta de imposible o muy difícil encaje tratar de explicarlos con los valores actuales; de ahí que se planteen dudas interpretativas en cuanto a la legitimidad de las confiscaciones o tomas del poder del territorio en diversos momentos: unos, como Llorente, lo justifican por la soberanía de los reyes; otros, como Aranguren y Lerín lo achacan a situaciones de fuerza que no generan ningún derecho.

Con el apasionante debate historiográfico que estudio en Bizkaia en la Edad Media pretendo suscitar el interés de otros investigadores en la búsqueda de nuevas aportaciones o nuevos enfoques.

Fugas de la ‘derechona’ en Gernika

El viernes se cumplieron 80 años del primer amago de huida que el Comité de Defensa de la República de Gernika-Lumo imposibilitó

Un reportaje de Iban Gorriti

La cárcel de Gernika durante la Guerra Civil se habilitó en el edificio del Instituto de Enseñanza. Foto: Deia
La cárcel de Gernika durante la Guerra Civil se habilitó en el edificio del Instituto de Enseñanza.

Gernika-Lumo contó en tiempos de la Guerra Civil con una cárcel o de forma más detallada una Comisaría de zona, primigenio Comité de Defensa de la República formado por miembros del Frente Popular. Se habilitó en el edificio del Instituto de Enseñanza Media local sito en la calle Don Tello. En sus dependencias funcionó el Cuerpo de Policía, Investigación y Vigilancia. Su funcionamiento sirvió en la reciente película Gernika, de Koldo Serra, como inspiración a la hora de presentar en el film una checa, es decir, una instalación que utilizaba el bando republicano como prisión. La checa cinematográfica nunca existió en la historia real de la villa.

Por aquella comisaría, pasaron personas de derechas que fueron apresadas en dos intentos de fuga acontecidos en Lapatza y Bermeo. De la primera -que acabó con un tenso fusilamiento farsa- se cumplieron 80 años el pasado viernes. Una investigación del historiador gernikarra José Ángel Etxaniz detalla que algunos derechistas prepararon una huida de Euskadi aprovechando sus recursos económicos y la cercanía de la costa.

La fuga a realizar desde Lapatza fue ideada por el telegrafista de Elantxobe Jesús Sáenz Mendia, el mecánico Francisco Lorenzo y el durangués Alberto Urigüen, conductor de autobús. A este último le encargaron la adquisición de una motora con destino a Donibane Lohizune. Se sumaron al plan gernikarras del entorno del rico potentado, Juan Tomás Gandarias. “Para ello sobornaron a un marinero con treinta mil pesetas. La aventura pudo costar diez mil más”, añade Etxaniz.

Quince personas integraron la fuga, como queda impreso en el libro Gernika y la Guerra Civil, publicado por Gernikazarra y del que Etxaniz es coautor: el durangués Alberto Urigüen y su mujer María de Ulacia con su hija María Guadalupe; los cántabros Manuel y Enrique Herrera Oria, hermanos del cardenal Oria; el alférez de Irun José Manuel Berástegui y el comandante de Iruñea Manuel Jaén. Además se sumarían seis bilbainos: Carmelo Basabe, el odontólogo Carlos Careaga, el mecánico José María Garteiz, el facultativo de minas Felipe Lumbreras, el industrial José Agustín Munitis y el arquitecto Luis Vallejo. Y por último dos vecinos de Arratzu: el comerciante Manuel Leguineche (”padre del famoso periodista”) y el ajustador Félix Magunagoicoechea. Todos ellos fueron trasladados en tres coches a Lapatza, lugar ubicado entre Elantxobe y Ea.

Los agentes de la Comisaría de zona, con un miembro del PNV y otro de ANV en la dirección, tuvieron noticia del plan de fuga. Coordinados por el comunista Luis Ibáñez montaron un dispositivo de urgencia para detenerles a los monárquicos conservadores y carlistas antes de su partida.

Una patrulla marítima sorprendió a un primer grupo que ya había descendido a las coordenadas de embarque. La Policía de Investigación y Vigilancia dio el alto al resto en la carretera. Fueron enviados a la cárcel de Gernika y allí los comunistas del comité llevaron a los fuguistas al cementerio de Zallo y les hicieron un fusilamiento farsa. “Testigos contaban que a estos derechistas les entraron ataques de nervios y que se descomponían por el miedo a morir”, relata el historiador.

De allí, fueron trasladados a Bilbao. Tras ser interrogados, ingresaron en prisión. Fueron procesados por delitos de auxilio a la rebelión, complicidad en la frustrada evasión, deserción o en el caso de los militares abandono de destino. El tribunal dictó sentencias de entre 3 y 14 años. El fallido intento de fuga no desanimó a otros derechistas. En Bermeo, detuvieron al pesquero Danielín con los Mendizabal, Echeverría, Landecho, Zuazola y Olazabal. Todos ellos pasaron por la cárcel que entre 1890 y 1931 fue ‘Sociedad de Guernica’. A continuación, Instituto de enseñanza media y sede del comité y milicias comunistas. Allí también se gestó el intento de batallón Gernikako Arbola que acabó siendo una compañía que se unió a la unidad Karl Liebknecht. Con el bombardeo nazi de abril de 1937 el edificio quedó en ruinas.

Mateo Balbuena, el republicano centenario que todavía publica libros

El comunista Mateo Balbuena, teniente en la Guerra civil, presentó el pasado viernes a sus 102 años su decimoquinto ensayo: ‘La sumisión de las masas’

Un reportaje de Iban Gorriti

SOBREHUMANO”. Con solo una palabra le califica el periodista Aitor Azurki, autor del libro de gudaris y milicianos Maizales bajo la lluvia, a Mateo Balbuena Iglesias, quien llegara a teniente republicano y que el pasado viernes a sus activos 102 años presentó su decimoquinto libro.

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Aconteció en la casa de cultura Ignacio Aldekoa de Gasteiz. El ensayo La sumisión de las masas es una crítica implícita al adocenamiento. “No me he quedado conforme ni esta vez ni hace tres semana en un museo. Me cortan, no me conceden el tiempo necesario para hablar”, denuncia a DEIA quien detecta “deficiencias en la compresión histórica, incluso, por parte de historiadores”.

En tan inusual acto -contados autores centenarios continúan cultivando el pensamiento- estuvo acompañado, entre otros, por José María del Palacio. “Mateo Balbuena es un veterano comunista, crítico con la sacralización de esa ideología, pero al fin y al cabo fiel ese espíritu”, valoraba e iba más allá: “Hace gala de una inquietud y rebeldía por la emancipación social que son el secreto de su envidiable salud a los 102 años”.

Pronto cumplirá 103. “El secreto es pasar hambre: levantarme de desayunar con hambre, lo mismo de comer y cenar. A eso sumo ejercicios físicos y mentales”, explica quien cada viernes baja andando del caserío a Amurrio, a seis kilómetros, para ir a comprar. Regresa en autobús. “Suelo comprar cuatro puros Farias. Los deshago y los fumo en pipa el viernes por la noche, el sábado y el domingo. Entre semana, nada”.

Y continúa cultivando su huerto y escribiendo. Ya prepara el libro número 16. “Me estoy documentando y ambientando en un estudio sobre la sociedad y el Estado. El origen del Estado”, avanza.

el primer libro con 16 años Mateo Balbuena Iglesias nació el 21 de septiembre de 1913 en Villamartín de Don Sancho, León. Fue teniente del Batallón Leandro Carro (PC) y de Carabineros en el Ejército Republicano. Con 16 años publicó en Madrid el relato Nosotros y casi ocho décadas después, ahora, el libro que ha venido escribiendo en diferentes tardes en San Martín de Lezama, concejo que pertenece a Amurrio (Araba). Su caserío perteneció a la famosa familia de músicos Arriaga.

Mateo, quien también residió en Barakaldo y Basauri, fue finalista del Premio Planeta en 1964. Es el mayor de diez hermanos. Por ello le enviaron a servir al comercio de unos amigos. “¿Por qué he tenido que abandonar mi casa?”, se preguntaba. En aquellos días una frase le caló: “Lo que está ocurriendo en Rusia es muy importante”. Comenzó a leer cuanto caía en sus manos y a frecuentar el Ateneo Obrero de Gijón.

En 1932, ingresó en las Juventudes Comunistas y le nombraron Secretario de Agitación y Propaganda. Participó en la huelga del 34 en Oviedo y se trasladó a Cruces. En Barakaldo, participó en la fusión de las JSU de Euskadi y fue secretario local. El 17 de julio de 1936 convocó reunión urgente de la JSU para requisar armas en Olabeaga, Lutxana… “El 22 julio, una docena de milicianos salimos de Bilbao a San Sebastián a rendir a los rebeldes en el Hotel María Cristina. El 24 participamos en el acoso a los cuarteles de Loiola”, evoca.

Amenazada Orduña, se movilizó un centenar de milicianos comunistas, anarquistas y socialistas, en seis camiones, a las órdenes del capitán Espías, y ya encuadrado en el Batallón Leandro Carro, le nombran teniente. “Nos abandonan o traicionan los altos oficiales, pero mi sección se mantuvo dispuesta a resistir”. Tras evacuar Bilbao, es herido en la mano izquierda y le retiran a Santander y a Gijón. Al perderse Gijón, abandona el hospital y en un pesquero llega al El Havre (Francia). Pero retorna al Estado por Figueres. Le nombran instructor de la 65º Brigada. Ante la derrota republicana arenga a su tropa para huir a Francia y continuar la lucha.

Tras 28 días de travesía vestido de civil es apresado en Broto (Huesca), juzgado en Jaca y encarcelado. Queda libre. Logra empleo en una mina ubicada “sobre Bilbao” por las mañanas y por las tardes imparte clase. Retomó la lucha clandestina con el EPK-PCE y en 1942 fue detenido y encarcelado en Larrinaga.

Nuevamente en libertad vigilada, en 1944 se casa con Consuelo Lopetegui, maestra. Tuvieron dos hijas. Abren una academia en Basauri y le reclama el alcalde: “¿Cómo es que yo le he firmado esta licencia si le tenemos vigilado?” Le dan permiso para ser empresario, pero no para ser profesor. “Franqui -por Franco- fue quien nos la quitó y nos dedicamos a vivir de ahorros, de la huerta y a escribir, liberados del capitalismo. Lo digo en este libro: con el capitalismo la clase trabajadora queda aislada, de ahí el lloriqueo. El trabajador sigue por la necesidad de la burguesía de desarrollar sus propios valores. Los artesanos sí son conscientes de su trabajo”.

Historia de un último verdugo

Gregorio Mayoral fue el ejecutor de la última pena de muerte llevada a cabo en Agurain en 1897. El 27 de abril de aquel año fue ejecutado por el método del garrote vil Ángel Martínez Lagrán, un posadero acusado de haber asesinado a un tratante de ganado.

Un reportaje de Fernando S. Aranaz

El 27 de abril de 1897 fue ejecutado en Salvatierra por el método del garrote vil Ángel Martínez Lagrán. El condenado, que era posadero, estaba acusado de haber asesinado a un tratante de ganado aguraindarra, apellidado Arróniz. La ejecución tuvo lugar en las afueras de la villa, extramuros, en un alto que entonces se llamaba la Ventica, porque existía allí una venta, en el camino que iba hacia Langarika y Alaitza. Muy cerca estaban las casas de labranza del barrio de las Eras de San Martín y todo lo demás era campo. Actualmente allí se extiende uno de los nuevos barrios de Agurain, pero la denominación de una de sus calles recuerda la antigua Ventica.

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El verdugo que llevó a cabo la ejecución se llamaba Gregorio Mayoral Sendino. Había nacido en Cavia, localidad de la provincia de Burgos, a 15 kilómetros de la capital, en 1861. La de Ángel Martínez Lagrán fue su tercera ejecución. Antes había ajusticiado a un tal Domingo Bezares, en Miranda de Ebro en 1892, y a Rafael González Gancedo, en 1889 en la localidad de Tinéu, en Asturias. La costumbre en la época era la de ejecutar públicamente a los reos en el lugar donde habían perpetrado sus fechorías, para conseguir un efecto ejemplarizante y, también, para aplacar las ansias de venganza de los allegados de las víctimas. Así ocurrió, por ejemplo, con Juan Díaz de Garaio, más conocido como el Sacamantecas, quien fue trasladado en 1879 a Gasteiz desde la cárcel de León para ser ejecutado, tal como se relata en la película Cuerda de presos, dirigida en 1956 por Pedro Lazaga, adaptando una novela de Tomás Salvador. En agosto de aquel mismo año, 1897, Gregorio Mayoral ejecutó a Michele Angiolillo, un anarquista italiano acusado del asesinato de Antonio Cánovas del Castillo, presidente del Gobierno de España, cuando tomaba las aguas en el balneario de Santa Águeda, en Mondragón.

El etnógrafo aguraindarra Kepa Ruiz de Eguino ha investigado este asunto en el archivo del Ayuntamiento de Agurain y en el de Vitoria-Gasteiz, localizando además artículos periodísticos de aquella época. Ente ellos hay una entrevista publicada en el Diario de Burgos a un familiar de Gregorio Mayoral, en la que éste es descrito como un hombre de orígenes muy humildes, que fue pastor en su juventud y que acabó siendo verdugo para escapar del hambre. Gregorio Mayoral Sendino ejecutó en su vida profesional a más de 60 reos. Era un verdugo itinerante, que acudía allí donde era contratado para una ejecución. Viajaba de patíbulo en patíbulo, llevando en una funda de guitarra sus instrumentos de trabajo. Este detalle era una muestra de su profesionalidad, ya que usaba herramientas propias, ya que consideraba que las que había en las cárceles y los juzgados estaban en muchos casos deterioradas y oxidadas. Gregorio Mayoral era un verdugo orgulloso de su eficacia, que alardeaba de liquidar a los reos en no más de segundo y medio.

Gregorio Mayoral es descrito como un hombre bajito y regordete, de rostro cetrino y expresión tranquila, que vestía con sencillez pueblerina. Fue pastor en su pueblo, pero su familia se trasladó a Burgos capital, buscando un futuro mejor. Allí, Gregorio ejerció de zapatero y de peón de albañil, ingresó en el Ejército, pero no valía para la vida militar, así es que sin trabajo y debiendo atender a su anciana madre, decidió presentarse a concurso como funcionario del Estado, para un puesto que había quedado vacante, el de verdugo. A su madre le costó muchas lágrimas aceptar el nuevo oficio de Gregorio, pero al final el sueldo de 1.750 pesetas anuales acabó con sus reticencias.

El escritor Ricardo Gullón, quien entrevistó a Mayoral poco antes de su muerte, expresó cómo el verdugo “asumió siempre su oficio con naturalidad, como si despachar a los condenados fuera ejercicio tan normal como tramitar un expediente de aguas”. Gregorio Mayoral murió en Burgos en octubre de 1928, de muerte natural. Ejerció su oficio casi hasta aquel día. Ya viudo, vivía en una pobre vivienda de las afueras de la capital castellana, al cuidado de su nieta Paquita, puesto que su hija y madre de la pequeña se había fugado con un soldado. Nunca tuvo remordimientos por los condenados que había enviado al otro mundo, por el contrario lo consideraba como un trabajo normal, en el que actuaba siguiendo órdenes oficiales y que ejercía con la máxima profesionalidad. Aún más, Gregorio Mayoral se sentía, según sus palabras, orgulloso de haber conseguido humanizar el garrote vil. Una película, ésta de Luis García Berlanga con guión de Rafael Azcona, El Verdugo, realizada en 1963, se inspiró en la figura de Gregorio Mayoral, a quien interpretó Pepe Isbert.

El garrote vil Gregorio Mayoral realizó diversas mejoras en este instrumento. “No hace ni un pellizco –manifestó en una entrevista con el periodista José Samperio-, ni un rasguño, ni nada; es casi instantáneo, tres cuartos de vuelta y en dos segundos…”. Sus colegas admiraban el trabajo de Mayoral, destacando la precisión y rapidez con que manejaba el garrote vil.

El Ayuntamiento de Salvatierra, cuyo alcalde era Domingo de Azkarraga Zabala, solicitó la conmutación de la pena de muerte de Ángel Martínez Lagrán, firmada por numerosos vecinos. Se trataba de una iniciativa del vitoriano Guillermo Elío Molinuevo, quien en 1916 llegaría a ser alcalde de Vitoria, que resultó infructuosa. Martínez Lagrán fue trasladado a Agurain en tren, desde la cárcel de Vitoria, el viernes día 26 de abril. Llegó a las cinco de la madrugada y, tras realizar los trámites procedentes, fue puesto en capilla a las ocho de la mañana. La víspera había llegado a la villa el verdugo, Gregorio Mayoral. El Gobierno Civil de Álava recordó al Ayuntamiento de Agurain la prohibición de establecer puestos de venta de comidas y bebidas, así como la de la venta ambulante en el sitio de la ejecución y en el trayecto de la capilla hasta el mismo “a fin de que en el acto resulten el recogimiento y el debido respeto”. La estancia del verdugo en Salvatierra originó al Ayuntamiento un gasto de 31 pesetas y 30 céntimos.

Gregorio Mayoral dispuso la argolla de hierro en torno al cuello de Ángel Martínez Lagrán, realizó su trabajo con eficacia, cubrió el rostro del ejecutado con un paño negro y se marchó, tan silencioso y sereno como había llegado, comentando como solía “con la música a otra parte”.

Ésta es la historia de Ángel Martínez Lagrán y Gregorio Mayoral Sendino, cuyas vidas se cruzaron, fatalmente para el primero, una mañana del sábado 27 de abril de 1897, festividad de la Virgen de Montserrat. Historia que, una vez más, nos demuestra que no es lo mismo hacer justicia que ajusticiar.

De la memoria del padre al libro del hijo

El donostiarra Miguel Usabiaga gana el Premio Nacional de Novela Ciudad Ducal de Loeches con ‘El sueño de Colberg’

Un reportaje de Iban Gorriti

Encontró a Nicolás Colberg, protagonista de su galardonada novela, gracia al rastro fiel de la memoria de Marcelo Usabiaga, su padre. El aún vivo histórico comunista vasco recordaba a un amigo polaco. Este le había contado que el golpe de Estado militar de julio de 1936 le había sorprendido en Galicia. Participaba en un congreso de unificación de las juventudes comunistas y socialistas.

Con esos datos en la mente del padre y con el lapicero del hijo, Miguel halló un tesoro, un artículo en el periódico El Pueblo Gallego del infausto día 18 de julio de 1936. En el mismo, en las hemerotecas aún se lee que Adolfo Golber estaría al día siguiente en el citado congreso, en Pontevedra, al que seguiría “un baile amenizado por una afinada orquesta” (sic). “Eso clavó el nombre, pues mi padre recordaba Colberg, Golberg, o algo así. Con su nombre real di con alguna información más sobre él, que era estudiante de derecho en Madrid. Seguramente porque al ser judío polaco en esa época las universidades en Polonia tenían números clausus para judíos, y por eso muchos jóvenes emigraban para estudiar a Francia o Bélgica. A Alemania no; recordemos que allí los gaseaban. Pero no encontré foto, e indagué muchísimo, en archivos aquí y en Polonia”.

Quien transmite con tanta intención es Miguel Usabiaga, arquitecto nacido en Donostia el 10 de abril de 1961. De su intelecto y la memoria longeva de su padre han florecido lustrosas novelas de corte histórico. La última y premiada aún no ha visto su publicación El sueño de Nicolás Colberg acaba de ganar la séptima edición del Premio Nacional de Novela Ciudad Ducal de Loeches (Madrid). Para que la persona lectora se haga una idea de la importancia de este premio, la obra de este guipuzcoano se ha impuesto a otras 129 novelas entregadas desde un total de 23 países.

Usabiaga se dedicó a buscar huellas de aquel joven, y ahí, poco a poco, se incardinó la novela. “En parte ante la inexistencia de datos. Aunque sí supe que Nicolás sobrevivió a los montes de León. Y que luego estuvo en Barcelona y Valencia, en la guerra, pero de nuevo ahí volví a perder su pista ya definitivamente”, precisa. En este punto de inflexión, optó por dar ficción a otra vida imaginaria.

A colación de ello, Usabiaga avanza a DEIA la dedicatoria que llevará este libro: “En memoria de Adolfo Golber, joven estudiante polaco que combatió en las filas republicanas durante la Guerra Civil española; que viaja incrustado en alguna estrella, y para el que me he permitido imaginar otro destino, otra vida posible”. En la novela, se narra ese proceso de búsqueda, desde la memoria ágil de Marcelo. Una trama que arranca de una forma azarosa, en la curiosidad de un joven a quien Usabiaga padre le ha contado eso, en los años ochenta.

La búsqueda traspasa las fronteras del Estado español, porque él piensa, que, si ha sobrevivido a la Guerra Civil, quizá ha vuelto a su país. Allí es ayudado por una chica polaca. Los dos jóvenes, en la distancia van armando y conociendo el periplo de Colberg. Para su sorpresa, lo que la mujer descubre en Polonia va a poner en riesgo su vida, pues Nicolás, el brigadista, fue represaliado en los años del estalinismo, y desempolvar eso pone en evidencia a algún poderoso que no duda en emplear cualquier método para que no se sepa su pasado oscuro.

El joven español acude a ayudar a la chica, y juntos se convierten en detectives, en una especie de road-movie, de thriller político. “Así que es una novela negra, pero también un libro de los que se llaman ‘de aprendizaje’, porque los jóvenes, él y ella, cambian y crecen a los largo de la obra con todo lo que les va pasando”.

Usabiaga autor de obras como anteriores como El alcalde de Florisdorf, La joven guardia o la también premiada El caso Martana presenta, por lo tanto, a un joven “revolucionario, comunista, español, moderno, que ve los desvíos, cuando no aberraciones, cometidos en nombre de sus ideales, los más hermosos y emancipatorios ideales, le revela… ¡Y no sigo!”, sonríe.

SUSCITAR EMOCIÓN El Premio Nacional de Novela Ciudad Ducal de Loeches que han ganado escritores de la talla de Francisco Nieva supuso una alegría para el autor donostiarra. “Mucha, porque hay mucho tiempo, energía, ilusiones, caminos que se recorren y rectifican, lucha con las palabras por contar una historia en verdad y que llegue con esa verdad y suscite además emoción. Después, ahora, más tranquilo, supone mucha satisfacción, porque me anima a seguir contando mis historias, porque ese premio es la confirmación de que esas historias interesan a los otros”, apostilla.

El hecho de haber ganado entre 130 novelas de una veintena de países “redobla la satisfacción”, agrega y va más allá: “Da más ánimo para seguir escribiendo, sacando verdades”, como me decía ayer un amigo”. Y lo sigue haciendo en su próximo trabajo. “Es una investigación, muy completa pero heterodoxa, sobre los fusilamientos de Pikoketa, Oiartzun”, subraya. En aquel lugar los fascistas mataron a Bernardo Usabiaga, hermano de Marcelos.

Concluye Miguel: “He reconstruido la memoria oral, de familiares, y di voz a otros olvidados, los extranjeros que espontáneamente acudieron a defender Irun y la República, en los primeros días, de los que se sabe poco, y de los que quizá alguno también cayó en Pikoketa o cerca”.