Eusko Gudarostea, los últimos guardianes de la memoria

Apenas una veintena de gudaris permanecen vivos ocho décadas después de participar en la Guerra Civil

Un reportaje de Iban Gorriti

son los últimos soldados vivos del Eusko Gudarostea, ejército republicano del Gobierno Provisional de Euskadi activo entre el 25 de septiembre de 1936 y el 26 de marzo de 1937. Ocho décadas largas después de aquella contienda bélica civil, apenas una veintena de gudaris vascos quedan todavía entre nosotros para atestiguar con su sola presencia la memoria de la dignidad de la lucha contra el fascismo.

Un grupo de gudaris posa en el frente de guerra para hacerse una fotografía. Fotos: Sabino Arana Fundazioa/I. Gorriti
Un grupo de gudaris posa en el frente de guerra para hacerse una fotografía. Fotos: Sabino Arana Fundazioa/I. Gorriti

El fotógrafo Mauro Saravia ha sido quien más se ha acercado a ellos en los últimos años y, de su mano, es posible aproximarse a un censo de los últimos guardianes de la memoria, si bien está abierta a más personas que también lo fueron pero cuya identidad no ha trascendido. “Cuando esta generación se haya perdido -subraya Saravia-, partirá un pedazo del significado de libertad, resiliencia y amor. Probablemente en su ausencia volveremos a ver la guerra con perspectiva errada, romántica y heroica, pero seguiremos recordando las camisas a cuadros, los buzos y los tabardos con orgullo”.

¿Y qué opinan sobre ello el gudari José Moreno, del batallón San Andrés; el miliciano Luis Ortiz Alfau, del Capitán Casero, o Juan Azkarate, único gudari vivo de la Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi? El primero cumplirá 100 años en noviembre: “El Gobierno de Euskadi debe transmitir a los jóvenes lo que luchamos los gudaris. Debía enseñarse en los colegios y estar presente en los libros de texto. Y que no olviden que Franco fue un dictador, un criminal de guerra, que nos avasalló con las fuerzas aliadas internacionales. Si no se hace, caeremos en el olvido después de haber luchado por nuestro país Euskadi, por la democracia y todas las libertades”.

Azkarate, el benjamín de los gudaris con 95 años, lamenta ya la situación actual. “Hoy mismo he hablado con un amigo sobre ello. No sé qué pasará ni qué se puede hacer. Voy al poteo y hablamos de fútbol y pelota. Si saco el tema de la guerra no les importa. A mis propios hijos, tampoco mucho. Cuando me vaya al otro barrio, cuando quien sea el último gudari muera, ¿qué pasará? ¿Alguien se acordará de lo que hicimos? Tengo mis dudas”.

Como ellos, aún viven aquellos gudaris y milicianos al mando del lehendakari José Antonio Aguirre. Entre otros, son Iñaki Errekabide, Gerardo Bujanda, Mateo Balbuena, Ignacio Ernabide y Jesús Erkiaga. Completan la nómina Gregorio Urionaguena, Juan José Astobiza, Andrés Egaña, Gabriel Nogues, Sabin Gabiola, Basilio Urbistondo y Alejandro del Amo. O los gudaris del Batallón Gernika Francisco Pérez y Miguel Arroyo.

transmisión contra el olvido Preguntado sobre el legado y la memoria que quedará cuando los últimos gudaris desaparezcan, Ortiz Alfau, de 102 años, asegura que habrá relevo. “Esto ha avanzado de forma extraordinaria. Es como los pensionistas que tras estar callados, ahora no hay quien les pare. Con la memoria pasa igual. No soy nacionalista, pero el Gobierno vasco está trabajando bien en la transmisión”, afirma y a modo de ejemplo expone que en unos días el Instituto Gogora va a publicar en euskera el libro sobre su vida. “Hay interés. Si el PP no colabora con la memoria es porque ellos o familiares suyos son los mismos que los de entonces. Pero aquí hay relevo y no seremos olvidados. Ahí estáis los periodistas y las instituciones para seguir teniéndonos presentes”, explica este superviviente del campo de Gurs y que previamente estuvo en el bombardeo de Gernika, en Elgeta en la batalla de Intxorta, y en el frente de Barcelona.

En los últimos años más de una veintena de aquellos improvisados soldados ha fallecido. Por citar algunos, Usabiaga, Sagastibeltza, Padín, Izagirre, Delgado, Uribe, Etxebarria, Aranberria, Ezenarro, Landa, Condina y Biain. Muchos de ellos, habitan aún en el libro Maizales bajo la lluvia, de Aitor Azurki. “¿Qué será de ellos cuando no estén? Te diré lo que me respondió un gudari al preguntárselo: Esto será como muchas otros situaciones de la Historia, que cuando ya no esté nadie para contarlo, se quedarán en meras letras del pasado”.

Azurki apostilla que es una pregunta que todos los memorialistas se han hecho alguna vez. “La importancia de los testimonios radica en la oralidad tal y como lo recogía en una cita del periodista Francesc-Marc Álvaro: Sin figuras de carne y hueso que acrediten los hechos y levanten puentes de empatía, el significado único de ese acontecimiento irá perdiendo intensidad, hasta confundirse en fenómeno histórico. No será el olvido lo que nos asediará, sino la indistinción, forma suprema de la indiferencia”.

El ‘niño de la guerra’ de Lutxana amigo de Corbyn

El líder del Partido Laborista invitó a paco robles, un vizcaino-leónes de 91 años, al parlamento de westminster

Un reportaje de Iban Gorriti

Asus casi 92 años, Paco Robles fue uno de los niños exiliados de la Guerra Civil que huyeron de Euskadi a Gran Bretaña a bordo del histórico barco Habana. Originario de León, en 1937 residía con su familia socialista en Lutxana, Barakaldo. 81 calendarios después de zarpar desde Santurtzi a Southampton, el mes pasado recibió una invitación del líder laborista Jeremy Corbyn para tomar parte en una sesión de control en el parlamento británico. El 21 de febrero, este miembro de la asociación Basque Children 1937 se personó en el palacio de Westminster. Acudió junto a otra compañera de la agrupación, Carmen Kilner.

El laborista Jeremy Corbyn, Paco Robles y Carmen Kilner, los dos últimos de la asociación Basque Children 1937. Foto: Deia
El laborista Jeremy Corbyn, Paco Robles y Carmen Kilner, los dos últimos de la asociación Basque Children 1937. Foto: Deia

La experiencia fue “inmejorable”, según relata Robles a DEIA. “La primera ministra Theresa May no paraba de mirarme”, se ríe desde su residencia en Northolt, Londres. Tras el pleno, Corbyn les invitó a pasar a su despacho y desayunar con él. “En ese momento le pedí que, de vez en cuando, le levante la voz él también a May, una mujer que grita mucho y que se cree que posee la razón única. Su partido, los conservadores, son muy insultones”, agrega. Y es que, a juicio de Robles, en Reino Unido ocurre algo similar a lo que acontece en el Estado español. “May era ministra del Interior y está llevando a cabo muchísimos recortes… Como allí, en España, que aún gobiernan los hijos y nietos de los franquistas. ¡Nos dan una fracción de todo lo que nos han robado!”, enfatiza con actitud apasionada.

Pero, ¿quién es Francisco Robles? Nacido el 25 de junio de 1926 en una casa pegada a la histórica catedral de León, su familia se trasladó a vivir a Barakaldo cuando tenía tan solo dos años. Su padre, Germiniano Robles, era “un diputado del PSOE en Bilbao”, asegura Robles, quien agrega que “me han dicho que también somos algo de la socialista Margarita Robles, y que fijo que somos primos del torero Julio Robles”.

años de guerra Germiniano Robles era muy amigo de la comunista Dolores Ibarruri, La Pasionaria: “Eran íntimos. De hecho, yo siempre pensé que Dolores era mi tía. Venía a menudo a casa con su marido. Una vez que iba enganchándome a los tranvías me partí un labio y ella me lo curó. Incluso coincidimos en una ocasión en Checoslovaquia y me reconoció en seguida”.

Su partida de León a Lutxana se debió a que a su padre le ofrecieron un puesto en el departamento de química de Altos Hornos de Vizcaya. “Vivíamos en unas casas hechas por la República que eran muy bonitas y buenas, hasta que empezó la guerra. Mi padre fue al frente. Sé que estuvo en Otxandio. Desconozco el batallón al que perteneció”.

De los días de guerra en Bizkaia recuerda que, viajando en un tranvía, oyó un estruendo superlativo. “Fue como un trueno encima nuestro. Dijeron que tenía que ver con el bombardeo de Gernika, lo recuerdo muy bien, pero no sé dónde estábamos”. Pronto le buscaron al pequeño Francisco una salida al exilio, a tierra en paz. Tenía 9 años. Destino: Southampton, Reino Unido. Salida: Santurtzi. “Nos dijeron que iríamos para tres meses y recuerdo aún lo que sentí al notar las lágrimas de mi madre en mi cara. Todas las madres lloraban, y ya en el barco, nosotros también”, afirma.

Estuvo un mes en el primer puerto al que arribaron y después lo enviaron a otra colonia. “En ocasiones vino Negrín, el presidente del gobierno de la Segunda República, a vernos a las colonias. Le vi en dos ocasiones”, evoca. Pero la paz no duró mucho tiempo al llegar la Segunda Guerra Mundial. “En una colonia, la Luftwaffe -fuerza aérea alemana de Hitler- nos tiró un torpedo aéreo. Eso no se me olvida”.

Su padre, mientras tanto, había vuelto del frente y se encontró con que le habían quitado su casa. “Fue un falangista vestido con su uniforme. Nos quitó lo que nos había dado la República”, enfatiza con garbo. Y va más allá: “Entre eso, tanta pena y tanta muerte con Franco, una vez me arrodillé y dije que no creería nada en Dios, eso son chorradas… Es que los aviones en Barakaldo nos ametrallaban y, cuando oíamos el cuerno de Altos Hornos, íbamos al refugio corriendo con mi madre y ella en sus brazos llevaba a mi hermano”, relata con enfado.

Robles aún mantiene en su retina qué le ocurría a la carretera de Lutxana. “Yo le decía a mi madre que veía que se levantaba el suelo y me explicó que eso era que nos estaban disparando. Un horror. Mataron a muchos niños amigos míos que estaban jugando”.

Paco se quedaría a vivir en Londres. Aunque siempre quiso ser veterinario, acabó trabajando para British Airways. “En ella me jubilé”, detalla quien aún recuerda canciones en euskera. “A los amigos de Lutxana les decía: yo soy más vasco que vosotros, aunque nací en León”. Ocho décadas después de aquello, ha sido invitado por el líder laborista Corbyn y ha quedado tan contento como “cuando en la República vestía yo orgulloso un cinturón con la foto de Pablo Iglesias”.

¿Hubo un feminismo vasco en la Guerra Civil?

El franquismo trabó una emergente liberación de la mujer, que sufrió la represión y participó activamente en la guerra

Un reportaje de Iban Gorriti

POCO se ha escrito sobre la Guerra Civil en Euskadi. Menos de lo que pueda pensar la persona lectora. Todo -a pesar de excelentes trabajos de investigación- está aún por transmitir. Eso sí, de lo poco que hay lo primero que se ha reescrito ha sido el protagonismo del hombre vasco en los días de contienda entre el 18 de julio de 1936 y agosto de 1937. Y poco o nada sobre la mujer, lo que ya se presta a ser un indicador de la sociedad heredada que el pasado jueves salió convocada por el movimiento feminista en masa a las calles a reivindicar el lugar que le corresponde en la sociedad.

La Guerra Civil cortó la expansión de Emakume Abertzaleen Batza y muchas de ellas tuvieron que ir al exilio. Foto: Sabino Arana Fundazioa
La Guerra Civil cortó la expansión de Emakume Abertzaleen Batza y muchas de ellas tuvieron que ir al exilio. Foto: Sabino Arana Fundazioa

Interrogada sobre el concepto de feminismo en la Euskadi del trienio 1936-1939, la profesora de la UPV/EHU e integrante de Durango 1936 Kultur Elkartea María González Gorosarri considera que, en vez de citar ese concepto “sería más justo hablar de la liberación de las mujeres durante la Guerra Civil en Euskal Herria”.

La profesora pone el foco en que el reconocimiento de los derechos de las mujeres en la República (derecho a la educación primaria obligatoria, derecho a cobrar su propio salario, derecho al voto, etc.) obligó a la sociedad a organizarse alrededor de esa nueva situación. “Por ello, incluso los partidos de derecha se vieron obligados a tener oradoras que apelaran al voto femenino. Como consecuencia, el trabajo social y político de las mujeres se visibilizó”, subraya.

A su juicio, la guerra acarrea la eliminación de los límites establecidos y es entonces cuando las mujeres alcanzan mayores cuotas de liberación social, especialmente, cuando ocupan los trabajos de las fábricas que quienes han ido al frente han dejado libres. Y pone un ejemplo: “En el caso de la guerra de 1936, muchas mujeres participaron en la resistencia antifascista”, y cita, por un lado, a las milicianas que lucharon en el frente que eran principalmente anarquistas: “Anita Sainz y Kasilda Hernáez defendieron Irun y Donostia, y otras murieron en combate (María Garmendia Berasategi, Mertxe López Cotarelo y Pilar Vallés), antes de que el Gobierno vasco expulsara a las mujeres del frente”.

Asimismo, recuerda a las muchas mujeres que participaron en la retaguardia táctica (las emakumes de ANV confeccionaban ropas para el frente) y en la clandestinidad (tras la caída de Bilbao en manos de las tropas fascistas, Bittori Etxeberria Agerrebere organizó una red de mugalaris en el valle de Baztán, y un servicio de información entre los presos vascos y los dirigentes del PNV. “La propia Bittori Etxeberria, Itziar Mugika, Teresa Verdes y Delia Lauroba fueron condenadas a pena de muerte en 1941. Un año después, les fue conmutada la sentencia de muerte por la reclusión: treinta años de cárcel para Etxeberria y Mugika, veinticinco para Verdes y veinte para Lauroba”.

La doctora en Historia Contemporánea Julia Monje rebobina hasta el golpe de Estado dado por generales españoles en julio de 1936 contra la Segunda República y destaca que “fue concebido para aplastar los logros conseguidos en la Segunda República, incluido el importante avance que se pretendía en la lucha por los derechos de las mujeres”.

Monje, integrante de la asociación Intxorta 1937 Kultur Taldea, subraya que las mujeres sufrieron una brutal represión durante la contienda ya que fueron encarceladas, violadas, despedidas, rapadas, multadas o desterradas, lo que demuestra que representaban un desafío a la estructura de ese nuevo poder. “Aun así, miles de mujeres resistieron y se rebelaron poniendo en práctica acciones transformadoras a nivel individual y colectivo; pasaron del espacio privado al público en un contexto de discriminación y desigualdad; articularon formas de protesta para sustentar la vida de sus familiares y las suyas propias”.

La doctora en Historia Contemporánea y escritora Asun Badiola también sitúa a la mujer de aquella época histórica donde merece. “Las mujeres vascas fueron tan protagonistas como los hombres, pero de una forma diferente. La mayoría no estuvo en el frente, pero sufrieron persecución, castigo, encarcelamiento en lugares expresos para ellas, incautación de bienes, exilio, rapados de pelo, paseíllos por la calle tras tomar aceite de ricino,…”, enumera.

Acudiendo a datos objetivos, la mujer también murió fusilada. De los últimos listados publicados por el Gobierno vasco sobre mujeres pasadas por las armas en este territorio, se contabilizan 64 desde 1936 hasta 1940: 34 en Gipuzkoa, 22 en Bizkaia y ocho en Araba. “Un libro revela que en Bilbao fueron 19 de 9.000 prisioneros. El periodo de posguerra fue largo y también el encarcelamiento en sus diferentes fases”, afirma Badiola.

A modo de epílogo, González Gorosarri llama a la reflexión: “Que no conozcamos a estas mujeres no solo es consecuencia de la represión fascista, sino falta de reconocimiento político por parte de sus compañeros, que no relataron sus nombres en la historia oral de este pueblo”.

El canje de presos frustrado en Santoña

El Gobierno Provisional de Euzkadi quiso canjear 250 presos después de firmar el Pacto de Santoña; finalmente fueron 17

Un reportaje de Iban Gorriti

LOS investigadores continúan despejando incógnitas del conocido como Pacto de Santoña, acuerdo firmado el 24 de agosto de 1937 durante la caída del Frente Norte en la Guerra Civil española entre dirigentes del PNV y los mandos de las fuerzas del fascio italiano que combatían junto al bando del general Franco tras el golpe de Estado contra la Segunda República en julio de 1936.

Un dato que ha permanecido inédito hasta hoy es que el Gobierno vasco quiso canjear un total de 250 presos en la madrugada del 26 de agosto de 1937, dos días después de la firma entre el jeltzale Juan de Ajuriaguerra, presidente del Bizkai Buru Batzar, y Mancini, seudónimo de guerra del general Mario Roatta, jefe de la División Flechas Negras. Sin embargo, por decisión franquista, el número quedó reducido a solo 17. Estos nuevos datos salen a la luz gracias a un informe de Jesús María Leizaola, que sucedió a José Antonio Aguirre como lehendakari en 1960, al que ha tenido acceso DEIA.

El puerto de Santoña, escenario del que debía haber sido un intercambio de prisioneros políticos. Fotos: Sabino Arana Fundazioa
El puerto de Santoña, escenario del que debía haber sido un intercambio de prisioneros políticos. Fotos: Sabino Arana Fundazioa

El documento histórico es la crónica del paso de las horas desde que Leizaola acude en un barco junto al Comisario de Abastos y Armamento durante la Guerra Civil Gonzalo Nárdiz (ANV) -más adelante consejero de Agricultura y Pesca-, y el teniente coronel franquista Antonio Troncoso, entre otros.

Leizaola data que eran las seis de la mañana del 26 de agosto de 1937 cuando se conoció que el Pacto de Santoña quedaba roto por parte de los italianos y por presión de los generales españoles sublevados contra la democracia. El PNV valora que para el Gobierno vasco habría sido “un gran éxito que hubieran logrado evacuar a 250 responsables”, lo cual equivale a “la casi totalidad de los responsables tanto del ejército como civiles”. Intentaron entonces que fueran 50, pero al final la cifra quedó en los mencionados 17.

Pero no adelantemos acontecimientos. Aquella mañana, habían entrado al puerto de Santoña los buques mercantes ingleses Bobbie y el Seven Seas Spray de Baiona, con el destroyer inglés H.M.S. Keith. Comenzó el embarque de 250 refugiados con pasaporte vasco.

Sin embargo, aquella esperanza se truncó. A las diez de la mañana, enterado el general sublevado Fidel Dávila de esta operación, ordenó la suspensión del embarque y el desembarco. Según el informe de Leizaola, el Pacto de Santoña no llegó a su término en parte debido al retraso en la llegada de los buques de evacuación y al ser desautorizada finalmente toda la operación pactada con las autoridades italianas. Dávila ordenó el internamiento de los gudaris y milicianos en la prisión de El Dueso.

De nada sirvió a Leizaola y Nárdiz llegar a la bahía de Santoña, donde esperaban encontrar embarcaciones ligeras que hubieran trasladado a los prisioneros políticos objeto de canje y a los responsables políticos que el PNV deseaba llevar a Francia. No se hallaban allí.

En ese momento, el franquista Troncoso informó de que iba a enviar una gasolinera a Santoña, a la que se subieron. Se produjeron dos disparos de fusil desde tierra contra la embarcación. Lo narra Leizaola: “El oficial paró y me consultó qué hacer. Le dije: mostrar una bandera de la Marina de guerra inglesa. Yo, debajo del toldo, miré y vi que un bou estaba anclado con bandera, y que era bandera vasca”.

Llegaron al bou y en él solo había como autoridad un vicecónsul. Leizola le informó de que querían exiliar a 250 vascos: “La respuesta fue no y entonces bajé a 50, a lo que ni accedió ni negó”. Saltaron a tierra. Leizaola y Nárdiz se reunieron, primero, con el Comité constituido en Santoña; a continuación, con autoridades del PNV. De allí fueron a Laredo, al domicilio del EBB, y regresaron al puerto. “Informamos del canje de 17 prisioneros y solo había ocho presos en Santoña. Los restantes procedían de Santander. Eran los Eguía, Arambarri… Esto para la cuestión del canje nos colocaba en una situación poco airosa”, valoraba Leizaola en su escrito.

Regresaron al buque a la una del mediodía. Vieron un acorazado inglés así como los bous Araba y Galerna, y un destroyer. Leizaola llevaba a los presos. Los primeros fueron cuatro del EBB; tres de STV y dos funcionarios del Gobierno vasco. Nárdiz eligió los restantes.

Sustos de todo tipo Leizaola describe momentos difíciles: “Los que quedaban sin pasar al destroyer se dirigieron angustiados a nosotros, pidiéndonos que hiciéramos algo por ellos. El momento fue verdaderamente doloroso”. Argumentó que “tenía la seguridad de que el crucero y los navíos franceses iban a recoger a todos. De no haberlo creído, probablemente hubiera obrado de otra manera”, matizó.

Troncoso se comprometió a garantizar el regreso de aquellas embarcaciones que retornaban a Santoña y ellos llegaron a Donibane Lohizune. Concluye Leizaola su informe: “En mis no muy numerosos viajes por mar, solo dos veces he llegado a estar mareado, pero en éste lo estuve en términos increíbles. En San Juan de Luz no me fue posible llegarme hasta Baiona y tuve que quedarme acostado en el Hotel de la Poste aquella noche. La impresión y el nerviosismo de la jornada, con toda clase de sustos, me debieron hacer un efecto terrible”.

Andima Orueta y otros camaradas asesinados por un republicano cántabro

El redactor del periódico ‘Euzkadi’ perdió la vida a manos del jefe de la ‘checa’ de Santander, Manuel Neila, considerado un enemigo de los vascos

Un reportaje de Iban Gorriti

Andima Orueta, señalado en el círculo, en el batzoki de Matiko.
Andima Orueta, señalado en el círculo, en el batzoki de Matiko.

SI ya fueron demasiados los aliados de los golpistas sublevados contra los que tuvo que batallar el Ejército del Gobierno del lehendakari Aguirre, también se dieron casos de republicanos que odiaban a los vascos y trataron de acabar con sus vidas durante la Guerra Civil. Un ejemplo fue el jefe de la Comisión de Policía del Frente Popular de Santander y su checa, Manuel Neila Martín. Una de sus numerosas víctimas fue el periodista jeltzale Andima Orueta, redactor del periódico Euzkadi y testigo del bombardeo de Durango.

Este diario ha tenido acceso al informe del lehendakari Aguirre dirigido a la República sobre las causas que, a su juicio, determinaron la caída del frente Norte, en lo referente a Santander. El presidente cita la muerte de cinco vascos, entre ellos, el del cronista.

“Yo mismo -subraya Aguirre- soy testigo del espectáculo macabro que ofrecían cerca de unas peñas cinco cadáveres desnudos recientemente asesinados”. El lehendakari ubica el desenlace cerca de la casa donde el Gobierno vasco vivía en la capital cántabra, en el Cabo Mayor. “Llamé al General Gamir. Le hice presenciar el espectáculo. El General se indignó con este motivo. Aquello no podía tolerarse. La americana de uno de los asesinados estaba en el jardín de nuestra casa con el agujero de la bala que lo había cruzado”, subrayaba.

Hacía referencia al médico donostiarra, Zabalo. De aquel modo, además, perdió la vida “el redactor del periódico Euzkadi, señor Andima Orueta, y los empleados del Departamento de Comercio y Abastecimientos, señores Gorostiaga y Lasa”. El informe agrega el asesinato del Jefe de Impuestos de la Diputación de Bizkaia, Juan Luis de Biziola.

“Todos ellos hombres eran lealísimos al servicio del Gobierno vasco y huidos del terror fascista”, valoraba Aguirre quien detallaba que también fueron asesinados dos jóvenes socialistas vascos, en Torrelavega, y el afiliado a Izquierda Republicana, Quílez, en Santander.

El presidente señala a los ejecutores. “Todos ellos fueron asesinados por los llamados policías, asesinos a sueldo. Más tarde un grupo de jóvenes socialistas mataba a su vez en Torrelavega a dos policías”. El informe concluye con las siguientes informaciones. “No hablemos de detenciones porque sería hacernos interminables. Consignemos solo la arbitraria detención de Don José de Rezola, Secretario General del Departamento de Defensa de Euzkadi, conducido a los calabozos a pesar de haber mostrado los documentos acreditativos de su personalidad. Le dijeron que aquello de nada servía”, concluyó Aguirre.

Al frente de aquellos policías estaba Manuel Neila Martín, antiguo dependiente de tejidos. En una carta del secretario de Aguirre, Pedro de Basaldúa a Anton Irala, secretario general de la Presidencia, le hace saber las andanzas del santanderino del Frente Nacional Popular. “Como dato increíble te diré que Neila, el jefe de la checa santanderina a cuyas espaldas cargan tantos crímenes y paseos como este del joven Jose Manuel Zabalo al que asesinaron villanamente y dejaron su cadáver en la playa, y Monzón lo ha comunicado a sus familiares”, relata. Y va más allá en su exposición: “Resulta que este criminal huyó el miércoles nada menos que en el avión El Negus, llevando dos maletas. Ha huido con consentimiento del gobernador y demás. Es un tipo criminal y cobarde. Es causante de muchísimas muertes. Y anda ahora por ahí”.

La paradoja era máxima porque El Negus fue el avión utilizado por el lehendakari para partir al exilio desde Laredo en agosto de 1937, tras la ocupación por los sublevados de todo el territorio vasco.

El gudari Otsoa de Txintxetru fue pionero en la recuperación de la memoria histórica vasca con la localización de fosas de compañeros de batalla caídos en el frente. En 2009, calificaba a Neila como desalmado, asesino y enemigo de los vascos que pretendían huir a Francia por mar en barcos pesqueros pequeños. Les apresaba asesinándoles, y, con un tiro en la nuca, les arrojaba al mar por los acantilados. “Así murieron muchos gudaris y paisanos vascos, como mi hermano Iñaki, comandante intendente del batallón Kirikiño; Zubiri, Otazua, Andima Orueta y otros muchos. Se dijo que el torrero del faro murió loco al oír los lamentos de los que morían al fondo del acantilado. Y que Neila consiguió escapar a México”, redactaba.

El 16 de mayo de 2009, con 91 años de edad, la hija Argiñe de Otsoa de Txintxetru le llevó al gudari a conocer el faro de Cabo Mayor de Santander. “A pocos metros de éste hay un majestuoso monumento de piedra porosa al borde del mar. Sí, y al borde está un profundo acantilado. Muy profundo. Muy profundo y mortal. Al pie de una alta cruz ha sido esculpida la figura de un hombre con los brazos y manos alzados, asiéndose a la cruz y su cuerpo destrozado. Impresionante. No existe inscripción descriptiva de su simbolismo ni nombre de su autor”.

la muerte de andima orueta Entre esos riscos cayó el cuerpo de Andima Orueta, periodista del diario Euzkadi que acompañó a Patxi Zubikarai a visitar el 31 de marzo el bombardeo de Durango a las once horas, dos horas y media después del genocidio fascista. La periodista Onintza Irureta recoge las palabras escritas del segundo. “Fui con Andima Orueta, reportero del Euzkadi. Era muy amigo mío y muy buen periodista. Más adelante no supe de él. Desconocemos dónde murió. Acabada la guerra, no había rastro”, quedó impreso en el reportaje de Argia.

Neila se había encargado de asesinarle y conocer el final de su vida en las aguas capitalinas de Cantabria, dato que no pasó desapercibido. El periódico Mañana publicó el 5 de diciembre de 1937 que el diario Euzkadi volvería a publicarse, ahora en Barcelona. “El Euzkadi ha pagado tributo a esta guerra incruenta que ha sido de invasión de la Patria y de exterminio para muchos miles de hermanos nuestros”, y cita a Esteban Urkiaga Lauaxeta y a Andima Orueta. “Orueta poseía innatas condiciones para el reportaje y excelentes dotes que concurrían en él”.

Andima murió a manos de la policía del republicano Neila, hombre que según narraba Aguirre “hacía detenciones verificadas en plena calle por hablar euskera, las burlas a los soldados heridos porque tenían escapulario en los Hospitales de Santander, la rotura de certificados de inutilidad extendidos por el Tribunal Militar de Euzkadi, de carnets expedidos por el Gobierno de Euzkadi, etc. Todos estos eran signos “contrarrevolucionarios” para aquellos hombres que derrochaban valentía en sus palabras aun cuando los hechos luego no lo confirmaron por ninguna parte”.