La Religión en la calle

Uno de los objetivos del Maligno, es y ha sido siempre, expulsar en lo posible a Dios de la esfera pública, pues su presencia estorba a sus propósitos, no sin ayuda de los propios creyentes que han interiorizado el sofisma de que la relación de la Conciencia con Dios es asunto íntimo mas no colectivo y social.
La mayor parte de nuestros gobernantes están al servicio del Mal, en consecuencia, desde un falso laicismo, se propone que el sentimiento religioso no debe intervenir, ni tener presencia física o proyección intelectual en el mundo financiero empresarial, ni legal, ni político, científico, médico, educativo, mediático, militar, artístico, etc. En este arrinconamiento de la religiosidad, igualmente ha contribuido en Occidente el cuerpo eclesial que avergonzado de sus excesos empezó a dejar la sotana colgada en la sacristía y llevar el crucifijo bajo la camisa mientras los jóvenes desfilan por las aceras disfrazados de deportistas luciendo sobre el pecho logos a favor de la explotación infantil.
A colación de la opinión favorable del Papa Francisco sobre el Estado laico, no pocos tertulianos han aprovechado para emponzoñar su discurso animando jocosamente a los Cristianos a “llenar las iglesias y abandonar las calles”, ironía que los católicos nos tenemos merecida por la fragante aparente contradicción que pudiera observarse entre las multitudes que acuden a las citas de la JMJ o de la Familia que parecen enfadar a los ateos, con la soledad de Dios en sus templos consagrados que parecen más sus mausoleos para regocijo de aquellos.
Desde mi planteamiento emergentista, Dios es el resultado de la suma de sus partes, lo que excluye el Panteísmo, permitiéndome entender que la Divinidad está en todas partes. Los creyentes podemos contemplar a Dios en la Naturaleza, en la Belleza, en la idea de Bien…también podemos comunicarnos con ello de modo íntimo y sentir su presencia hasta alcanzar el éxtasis de su Gloria. Pero antes de que Dios existiera para un ser humano, existió para la Humanidad, pues el desarrollo de la Conciencia que hoy entendemos equivocadamente sólo individual, tuvo su origen, como no puede ser de otra manera, como Conciencia de especie, luego grupal, concretándose primero por reducción hacia la banda, el clan, la familia y finalmente el individuo, para con posterioridad desplegarse por la tribu, la jefatura hasta alcanzar el nivel de Pueblo y Estado.
La construcción de lugares de culto específicos donde adorar a Dios al margen de fuentes, lagos o montañas, tuvo como objeto favorecer el sentimiento de comunidad en las incipientes aglomeraciones urbanas, cosa que no excluía que Dios estuviera presente y accesible para todos en todas partes, en todo momento. Pero la casta sacerdotal pronto vio las ventajas de poseer en monopolio a la divinidad y con el tiempo la “Casa de Dios” que hasta entonces había sido el Mundo, pasó a significar únicamente los templos, iniciándose así el proceso de la ocultación de Dios, aunque pudiera parecer lo contrario durante las denominadas Teocracias.
A finales del siglo XX, la Iglesia contemplaba con horror como las Iglesias en Occidente se vaciaban de fieles, mientras la población todavía se confesaba cristiana. En buena lógica, el buen Pastor, el Papa Juan Pablo II, viéndose abandonado por sus ovejas, decidió hacer caso al Profeta Mahoma y devolvió a Dios al lugar y sitio que le corresponde, cual es la calle, por medio de continuas apariciones mediáticas y viajes de visitación por todo el Mundo.
El futuro de Nuestra Iglesia en Occidente pasa por hacer a Dios más accesible en la calle y en los medios de comunicación. Debemos volver al bautismo público en fuentes y ríos naturales, a rezar al amanecer en las playas, a celebrar misas en las azoteas de los edificios, a recibir la eucaristía en las plazas frente a los templos durante un banquete al que todos estuviéramos invitados. Dejar a Dios en el altar escuchando misas soporíferas y canticos de muy baja calidad musical, es lo que desean los esclavos de Satán, que por supuesto pueden aparecer como siervos de Dios.

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