San Mamés y la melancolía

Tenía 13 años y era la primera vez que acudía a Sarriá, el viejo estadio del Espanyol. Una bengala de uso marítimo disparada desde el graderío contrario cruzó todo el campo y se clavó literalmente en el pecho de Guillem. Joaquín, su padre, se quemó las manos intentando apagar las llamas. El chico murió poco después. Ocurrió el 15 de marzo de 1992. Joaquín lanzó una proclama: “No hay consuelo posible, pero al menos que esto sirva para que nunca más vuelva a ocurrir una cosa parecida”.
Impulsada por esta nueva desgracia con el fútbol como pretexto, un mes después de aquel hecho se instituyó la Comisión Antiviolencia. A partir de entonces las sanciones tuvieron carácter penal y se puso más rigor en vigilar que en los estadios no pudieran introducirse artilugios como el que mató a Guillem.
Traigo ahora este sacrílego episodio porque aquel día me impactó sobremanera (un niño, el fútbol, la primera vez, toda la ilusión del mundo y, de repente, esa forma tan canalla de perder la vida). Y lamento profundamente sacarlo hoy como un vómito de mi memoria porque he sentido una desazón parecida. Sobre el cuerpo de Inocencio Alonso tirado en el suelo refulgieron otra vez las bengalas y toda la parafernalia ultra para reventar la fiesta del fútbol. Ojo al dato: a estos chicos no les gusta que les llamen ultras. Los ultras son los otros, los rusos. Eufemismos aparte, porque el asunto no admite ni el sarcasmo, sepan los aludidos que por su culpa Bilbao ha dado la vuelta al mundo como escenario de violencia absurda y muerte. Con ETA desactivada, tanto esfuerzo de tanta gente por exportar la imagen de una Euskadi pacífica, amable, acogedora, hermosa y culta y van estos tipos que se ponen dignos si les llamas ultras y lo cubren todo de mierda. Los medios de comunicación son inmisericordes cuando se utiliza el fenómeno del fútbol, y más con un equipo ruso de por medio, para sacudirse los complejos al amparo de la capucha. A partir de ahora probablemente se mirará a Bilbao con recelo y probablemente mucha gente pensará que la capital vizcaina no es tan idílica como la pintaron. Craso favor nos han hecho estos fanfarrones de antifaz, que se ofenden si les llamas ultras y sin embargo se mueven con la más pura ortodoxia fascista.
A modo de recomendación sugiero a estos ultras sin apellido que reflexionen sobre el daño causado y tomen conciencia, más que nada por bien de sus parientes, amigos y demás ciudadanía perjudicada. Ahora bien, si aún y todo sienten la llamada de la selva y la irrefrenable tentación de partir cráneos con el Athletic como excusa, los holandeses, que en esto son pioneros, hace años que han puesto a modo de solución la quedada vía WhatsApp o Internet con el denostado ultra rival, en bosques frondosos o verdes praderas, para quebrarse los huesos sin que la sangre salpique al inocente. Tiene además un componente ecológico, pues fertiliza la tierra, es moderno, libera testosterona y hasta se pueden organizar ligas paralelas. Pónganse en faena y no duden en acordar fecha y hora con criaturas afines del Olympique de Marsella pero, por Dios bendito imploramos, nunca, y bajo ningún motivo, en el corazón de nuestra Villa.
Con la tragedia caliente, la melancolía tomó asiento en San Mamés. Tampoco hicieron demasiado los jugadores para remediarlo. Hubo como media hora, la previa al descanso, proclive al espejismo. Será cosa de la ilusión óptica, pero por momentos Beñat se parecía a ese que un día fue, de trato sutil con la pelota e ingenio. Luego, regresó a su abulia habitual. No fue el único, claro está. A modo de consuelo (y es mucho decir, tratándose del colista), Kepa Arrizabalaga ha comenzado a amortizar el pastizal que el Athletic le paga por haber renovado tras su impúdico flirteo con el Real Madrid. Qué paradoja: el Athletic ha eliminado al Spartak de Moscú y pasa a octavos de final, recobra la senda de la victoria frente al Málaga y no está nada lejos de las plazas europeas, pero la afición solo tiene desencanto. El equipo tiene un fútbol tedioso, gana, pero de chiripa, y al último, y pita al entrenador para desfogarse. Le pasa lo peor que le podía pasar: ha perdido la ilusión.

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