Raúl García se desahoga

Raúl García le dio un severo puntapié al poste. Lo hizo con ganas, el hombre. Al parecer, Raúl le ha cogido manía al madero de la portería sur, pues quince días atrás, en el encuentro frente al Málaga, le atizó otra patada, circunstancia bizarra que afortunadamente el reglamento no contempla, pues el bravo jugador navarro la ha tomado con el poste a modo de deahogo. Aquel bochornoso día, para exteriorizar su frustración; anoche, para expresar con profusión toda su rabia. Terapia pura. En cuanto anotó su primer gol, de cabeza, dejando en evidencia al portero del Leganés, Raúl quiso gritar para quien quiera escucharle que para nada están muertos, ni son unos pusilánimes, y a fe que entendimos que era así después de los últimos encuentros, o que para nada está la suerte echada en el partido europeo del jueves frente al Olympique de Marsella.
El segundo gol del bravo jugador navarro tuvo otros matices, también muy suyos, pues justo antes de su segundo remate, cuando enchufó el balón en la portería del Pitu Cuéllar, ya estaba protestando, con ese rictus que le sale, y esa mirada aviesa que intimida. Y Zaldua, a su lado, se quedó parado, observándole como perplejo, en vez de atender a la pelota.
Raúl García, con su gol número 100 y 101 en 581 partidos ligueros, siete en la presente campaña, selló una victoria importantísima, más que nada para capear el temporal y atemperar el mal humor de la hinchada, que en buen número faltó a su cita con San Mamés porque cunde el desaliento. Nada de tirar cohetes, dejémoslo claro. Era el Leganés quien estaba enfrente, y era también la primera vez que el Athletic vencía al meritorio equipo del sur de Madrid en los cuatro enfrentamientos ocurridos.
Pero se ganó, que no es poco para los tiempos que corren, y Raúl García, con su furia impúdica, probablemente quiso expresar la vergüenza que sentían, convertidos en un equipo sin alma, ni fútbol, ni argumentos, lo cual le dignifica.
Y ahí estuvo Raúl de portaestandarte y por detrás Kepa Arrizabalaga, agarrando fuerte el inestable montaje. Porque si el pamplonés fue clave con sus goles, el portero resultó providencial para entender el final feliz. Tuvo dos paradas antológicas. Con la segunda me quedé atónito. No tanto por su felina reacción, ni porque fuera Iñigo Martínez, colega y del mismo pueblo, el desafortunado protagonista del remate (mira que si es gol…). Es que entonces también vi a Satán metiendo cizaña, algo lógico dado su oficio. En realidad quien me saltó a los ojos fue monseñor José Ignacio Munilla Aguirre, a la sazón obispo de Donostia, que ya advirtió el otro día con su perspicacia teológica que “el demonio puede meter un gol desde las propias filas” a cuenta de su visión del feminismo y sus circunstancias. Y claro, si el diablo enreda en asuntos tan serios no te digo nada la que puede liar en el universo futbolístico, con tanta feligresía como tiene y tan proclive como es al encabronamiento. Así que Munilla recurre al balón y la retorcida contemplación del autogol para impartir cátedra en asuntos de mujeres y eso me llevó a otra imagen: la manifestación en Bilbao del 8-M, magnífica estampa que recorrió el mundo mostrando ganas, solidaridad, concienciación y compromiso.
Ese día sí que reflejó el pálpito de la ciudad, y por eso apelo a los ultras (¡ah! que no les gusta que les llamen ultras) recordándoles la infamia que cometieron con Bilbao, cuando propalaron una imagen de fuego, violencia y muerte al amparo del fútbol y su ¿amadísimo? Athletic.
Entiendan, por favor, y sean consecuentes con los tiempos: si tiene necesidad de quebrantar huesos y sangrar cabezas con sus colegas fascistoides del Olympique de Marsella queden vía Internet o WhatsApp en algún frondoso bosque para escenificar una estampa pastoril, imitando a esos carneros en celo. Pero, de verdad, no ensucien la ciudad. El buen nombre de Euskadi, el sentido de la paz y de la convivencia que tanto nos ha costado conseguir. Sé que todo eso hasta puede sonar a ñoño, pero dejen a la ciudadanía vivir la fiesta del fútbol con alegría.
Concluido el partido ante el Leganés, la afición se retiró con ese aire de indiferencia que provoca el desencanto acumulado, aunque con la vana esperanza de un jueves santo y redentor. Quizá entonces…

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