Los mensajes que dejan la derrota

eL partido frente al Villarreal tenía una trascendencia evidente para calibrar el grado de jerarquía, determinación y capacidad del Athletic para aspirar a metas mayores, como es la Liga de Campeones, y ya sabemos que los chicos de Joaquín Caparrós no están para grandilocuencias. Pero ahora surge la otra inquietante pregunta, cuando sólo quedan nueve jornadas para cerrar el quiosco y los errores se pagan muy caros: ¿Lo están para clasificarse entre los siete primeros, situación que han mantenido con regularidad, y por consiguiente disputar la próxima Liga Europa, objetivo marcado de inicio por el club bilbaino al comprobarse en el curso anterior la capacidad que tiene el Athletic para alimentar sueños y esperanzas entre sus seguidores y después dejarles descompuestos y sin novia?
Tengo un mal pálpito: me parece que el Athletic sigue en crisis. Aunque no necesariamente de juego o de resultados. Crisis que asomó tras la jornada 22 debido al mal de altura, cuando después de vencer 3-0 al Sporting y engarzar cuatro triunfos consecutivos aposentó sus reales en la quinta plaza, con ocho puntos más que el octavo clasificado. Entonces vino la euforia lógica, pero el Athletic, en vez de contagiarse de la alegría, cobrar confianza y asumir el reto propuesto por los buenos resultados, le pudo el vértigo y se vino abajo: Cuatro derrotas consecutivas, victoria con muchísima suerte ante el Sevilla y empate de aquella manera, en el último suspiro, frente al Getafe tras un partido lamentable.
En esta situación vacilante y llegado el momento de echarle sustancia a la cosa contra el Villarreal, el resultado final indica que el Athletic es un equipo pusilánime, mayormente porque su entrenador, Joaquín Caparrós, está preso de la duda metódica. En vez de proponer un partido físico, de fútbol directo, ahora sí, a lo Caparrós,  hasta sojuzgar a un equipo castigado por la intensidad y desgaste que le exige su brillante aventura europea, dibujó un encuentro temeroso y mortecino. Jugado al paso y sin emoción, que narcotizó a la hinchada y le vino de perlas al rival, que técnica y posicionalmente se maneja muy bien por estas coordenadas futbolísticas.
Semejante interrogante se descubrió luego, cuando Marco Ruben anotó el único gol del encuentro y provocó la briosa, pero tardía y trompicada reacción del Athletic, que solo sirvió para demostrar que sí podía con su rival, pero no de la manera planteada por Caparrós; táctica que sin embargo el propio entrenador ensalzó en su análisis ulterior del partido, es decir, reafirmándose en la idea de intentar vencer al Villarreal jugando a cámara lenta, con una precaución que escondía miedo, y no con la determinación de quien está convencido de afrontar una tarde grande, pórtico de la Champions, y encima en San Mamés, al amparo de sus fieles, que acabó diluida en el puro bostezo hasta que el gol de Marco Ruben despertó al león herido y también al propio Caparrós, que rectificó en toda regla, pero entonces no apareció la buena suerte que hubo ante el Sevilla y en Getafe.
Por eso da la impresión de que el Athletic está en crisis: le falta convicción, la sensación íntima de que puede, y así no se va a ninguna parte. Los grandes entrenadores triunfan porque saben acoplarse a las necesidades de un equipo o construirlo armoniosamente según sus ideas, pero sobre todo porque ejercen de aplicados psicólogos. Convencen a sus jugadores de que son mejores de lo que parecen, o en su defecto de que no son menos que nadie.
El Athletic navega a la deriva porque tiene un patrón que no sabe fijar el rumbo correcto, pero también es cierto que navega en una Liga tan descontrolada que afortunadamente está dando segundas y terceras oportunidades para rectificar, argumento al que habrá que agarrarse a la espera de acontecimientos.
El partido comenzó con la solemnidad que impone el minuto de silencio guardado por las víctimas de Japón, ceremonial que sin embargo no hubo con las víctimas mortales del terremoto que asoló Haití el 12 de enero de 2010, en número superior a 300.000; o por los 90.000 que perecieron en el terremoto de Sichuan (China) el 12 de mayo de 2008, o el de Chile, o tantas otras catástrofes que destruyen vidas y futuro. El Valencia fue más allá y serigrafió en las camisetas los nombres en japonés, en un claro guiño mercantilista. Como sabrán, en Japón están cada vez más seducidos por nuestra Liga y sus productos. Y pagan muy bien.

Quién dijo crisis?

Hombres de poca fe, decía y repetía Joaquín Caparrós: el Athletic no está en crisis, simplemente tiene una mala racha, y una mala racha la tiene cualquiera. Argumentar semejante letanía después de perder en Zaragoza de aquella manera y sumar cuatro derrotas consecutivas, acabó por cabrear al personal, que ya estaba crecido con lo bien que chutaba el Athletic y ahora se veía en tierra de nadie, o sea, sin razones para el goce o la pasión en lontananza, que es lo que peor que le puede ocurrir a un hincha.
Se parecía Caparrós el mismísimo José Luis Rodríguez Zapatero en su lamentable pretensión por ocultar la galopante recesión económica y encima venía el Sevilla a San Mamés, y con él los malos recuerdos de anteriores derrotas ligueras, aunque también se coló de rondón aquel glorioso día copero, cuando José María Del Nido, presidente del club andaluz, alardeó de que se iba a comer del león hasta el rabo. Frase muy celebrada por la parroquia bilbaina, ya que alentó la imaginación del personal, dando lugar a todo tipo de chanzas y equívocos, sobre todo el Athletic cuajó el partido más redondo y  celebrado en muchísimo tiempo.
Pues bien. Terminada la refriega de ayer, un ecuentro clave alimentado de incertidumbre, miedos y malos presagios; concluido un choque disputado entre dos equipos igualados a puntos, desconfianza y aspiraciones resulta que de crisis nada de nada. Porquesi hace cinco jornadas, después en engarzar cuatro victorias consecutivas y antes cruzar la mala racha de las cuatro derrotas, el Athletic estaba quinto, ahora también lo está. Si entonces tenía por delante al Villarreal y la Champions  a ocho puntos; ahora vuelve a tener por delante al Villarreal, y a sólo nueve puntos y parecía que se había perdido la esperanza con el zafarrancho.
Ya lo decía Caparrós: Crisis, ¿qué crisis, hombres de poca fe? y resulta que tenía más razón que un santo. Es como si para el Athletic la Liga hubiera atravesado por un agujero negro. Simplemente una pesadilla. Dicho de otra forma: nada pasó. Porque si el Athletic no se movió del sitio con tanta desgracia y tampoco está para lanzar cohetes, el resto de la división (salvo el inconmensurable Barça) no sabe ni tirar petardos.
¿Y qué dice ahora Caparrós? Pues que el Athletic tuvo la fortuna que le faltó otras veces, verbigracia en el Sánchez Pizjuán, durante el partido de ida, cuando el árbitro Clos Gómez se inventó un penalti en contra, entre otras felonías, y acabó desquiciando a la tropa rojiblanca. Entonces el técnico utrerano no dijo ni palabra sobre el malhadado trencilla, pues al fin y al cabo perdió contra su equipo del alma, y ahora tampoco, pues en cumplimiento del deber le cortó las alas a su queridísimo Sevilla. Así que tampoco celebró como se merece los goles del Athletic, aunque de súbito se encendió el anuncio lumínico que recorre las bandas del campo de juego mostrando el rostro jacarandoso de Joaquín pregonando las ventajas de la BBK y, paradójicamente, de forma subliminal, aparentando felicidad por la victoria bilbaina, aunque probablemente estaba preso de sentimientos contradictorios.
“No se puede tener tanta desgracia en un partido”, clamó por su parte Gregorio Manzano, técnico del equipo rival, para justificar la derrota, y en parte tiene razón: inescrutables, pero justos, son los designios del Señor. En el Sánchez Pizjuán utilizó cuan marioneta al árbitro para desquiciar al Athletic, pero en San Mamés viró por caminos intrincados para equilibrar el asunto con templanza, condenando a Fazio a marcar en propia puerta y luego confundiendo a Escudé, que cometió sobre De Marcos un penalti tan absurdo como definitivo para condensar el sino del partido. Además se lesionó Negredo, por arremeter como carnero en celo contra la cabeza de Iraola, y después su goleador, Luis Fabiano, también acabó lastimado cuando el Sevilla buscaba con desespero el empate. Para equilibrar el asunto, entiendo yo, se llevó a nuestro lehendakari Toquero, que desgracia, y como a lo peor se pasó de la raya buscando el equilibrio divino no se le ocurrió otra cosa que poner una nota de humor cubriendo la lastimada cabeza de Iraola al modo carnavalesco, pues parecía tocado con un gorro pitufo, amén de iluminarle en el lanzamiento de la pena máxima. En fin, Caparrós salió ganando (¿y perdiendo?) por un lado y el otro porque, razón tenía, no hubo crisis, sino mala racha, el Athletic supera a su amado Sevilla en puntos y golaverage, y retoma el sueño europeo cuando se barruntaba lo peor.

Valor de ley

Tres derrotas consecutivas después han servido para rebajar el grado de euforia que se había instalado entre la tropa rojiblanca, sobre todo después de caer con donaire en el Camp Nou; una manera dulce de morir que paradójicamente sirvió para crecer en ambición, retar en San Mamés al Valencia y, dependiendo de lo que pasara en tan señalado partido, aspirar con toda la razón del mundo a competir en pos de la Liga de Campeones, virtualidad que se esfuma concluido el encuentro con el amargo sabor de la derrota.

Sin embargo bien pudo ocurrir todo lo contrario, pero el Athletic no supo aprovechar sus bazas durante la primera parte, cuando se arrojó como un vendaval contra el Valencia y le hizo zozobrar, pero tan solo consiguió el trabajado gol de Fernando Llorente, que celebró así de bien los 26 años.

La figura de Gaizka Toquero fue paradigmática para definir las circunstancias del choque. Parecía disponer del portentoso don de la ubicuidad, pues aparecía por todas partes. Defendiendo, atacando. Por la izquierda, por la derecha. Aportando también la desazón que provoca la mosca cojonera, pues la defensa valencianista acabó desquiciada por semejante despliegue físico.

Tuve un mal presagio cuando subyugado por la portentosa exhibición del lehendakari me vino a la cabeza Valor de ley, la magnífica película de los hermanos Coen donde el gran Jeff Bridges saca el pistolón para matar al caballo que había reventado galopando hasta la extenuación para salvar la vida de la pequeña Mattie, mordida por una serpiente cascabel.

Toquero acabó quemando todas sus fuerzas por la causa, y la causa perdió a su mejor hombre, pero también fue perdiendo paulatinamente a todos los demás, porque el Athletic tensó el músculo, salió a por todas en su briosa apuesta, y no supo calibrar el desgaste. Cuando esto ocurre con un equipo como el Valencia, que tiene gente con mucho oficio y clase, puede ocurrir lo que ocurrió, que salga vivo de la embestida rojiblanca y luego, en la segunda parte, acabe imponiendo su ley, quebrando de paso los sueños de grandeza que abrigó San Mamés mientras Toquero parecía Atila y Llorente Sansón, matando filisteos hasta con la mirada, no en vano fulminó de esta guisa a David Navarro mientras este le abría la cabeza de un certero codazo.

La jugada en cuestión tuvo su miga, pues el presidente Macua justificó el súbito desvanecimiento del fullero defensa valencianista porque sintió cercana y caliente la sangre de su rival, teoría sobre la que no estuvo para nada conforme Fernando Llorente, la víctima, hasta el punto de pedir públicamente un Oscar para David Navarro en justo reconocimiento a lo bien que llevó la pantomima en su vano intento (la televisión hace estragos entre los tramposos) de esconder su bellaquería.

Viendo lo que estaba ocurriendo, y sabiendo que el próximo miércoles hay un nuevo partido liguero, Joaquín Caparrós tardó demasiado en tomar cartas en el asunto, haciendo tarde y a destiempo los cambios y no sabiendo enfriar en lo posible la fogosidad desmedida de la tropa rojiblanca.

Digerida la tercera derrota consecutiva conviene pararse un rato, meditar y tomar buena nota (con el regreso de Iraola, ¿probamos a De Marcos en el lateral izquierdo?) de lo que es factible, y Europa lo es, y lo que ya parece una entelequia, aspirar a la Liga de Campeones, hasta que no se demuestre lo contrario.

El Valencia, en cambio, ha logrado en San Mamés una victoria cualitativa, que prácticamente sella su clasificación para la Champions para vanagloria de su técnico Unai Emery, sistemáticamente cuestionado en Valencia muy a pesar de los evidentes méritos contraídos.

El Valencia tiene el próximo miércoles el inmenso reto de parar la marcha triunfal del Barça rumbo al título liguero, después del descalabro parcial sufrido el pasado sábado por el Real Madrid en Riazor para mayor prestigio de Dani Aranzubia, que además de marcar goles también los para, y de qué manera, para desquicie de Mourinho, que ahora echa la culpa de sus desdichas al tipo que elabora el calendario liguero, y además riéndose a sus espaldas, puntualiza el engolado entrenador portugués. Mourinho ya ve visiones. Un contubernio judeomasónico. Se ha convertido en el nuevo payaso de la Liga y, ciertamente, nos está haciendo reír.

Un partido muy grande

Cuando antes de cumplirse los cuatro minutos de juego anotó David Villa el primer gol del Barça suspiré profundamente, me arrellané en el asiento, desactivé el módulo pasional del cerebro (?) y me puse en disposición de asistir al partido con resignación cristiana pues, aunque suene a prosaico, para situaciones así conforta la educación recibida. Con el fatalismo por bandera, he de reconocer que maldije por lo bajines a Joaquín Caparrós, a quien entonces le vi preso de un ataque de entrenador por dejar en el banquillo a Muniain y David López, o sacar del baúl de los recuerdos a Iturraspe para tan señalada ocasión. La cuestión estaba en lo siguiente: si al mismísimo Real Madrid los sínfónicos de Guardiola le habían obsequiado con un recital de cinco goles a cero tampoco sería ningún desdoro una cifra parecida, pero no más, pensando sobre todo en la moral de la tropa.

Pues bien. Terminado el partido entrevistaron a Messi y el genio argentino se deshizo en elogios hacia el Athletic, por lo mal que los jugadores rojiblancos se lo están haciendo pasar, tanto en la Copa como en la Liga. Pude observar el nervioso caminar de Pep sobre la banda, probablemente acongojado por la deriva del partido, de tal forma que en cuanto Messi impuso la lógica hacia el minuto 77 anotando el segundo y definitivo gol azulgrana, el técnico catalán recurrió a un cambio claramente defensivo (Keita por Villa) mostrando sin ambages que el miedo estaba carcomiendo por dentro su ascético cuerpo.

En resumidas cuentas, se puede decir sin asomo de dudas que los gladiadores de Caparrós en vez de acudir al coliseo blaugrana entregados al complaciente ¡ave César!, los que van a morir de te saludan!, salieron más gallardos que Espartaco, hasta el punto de cuestionar la alcurnia del que probablemente es el mejor equipo de todos los tiempos y regalar un grandioso partido de fútbol.

En resumidas cuentas, también se puede decir que como era una derrota prácticamente asumida de antemano, supo a dulce por la forma en la que se produjo. Sin claudicar de inmediato; sobreponiéndose con donaire al tempranero gol de Villa; manteniendo al tensión competitiva durante todo el encuentro, amenazando a tan reputado rival con amargarle la noche y, a la postre, volviendo a casa hasta con un rictus de satisfacción por el deber cumplido.

Es decir, que apenas pude concentrarme en los detalles tácticos y estratégicos por el vértigo que adquirió el partido, embelesado como estaba por los arabescos que trazaban con el balón Pedrito, Xavi, Iniesta, Villa, Messi, Alves e incluso Busquets; la incesante marejada de fútbol que estallaba contra el área rojiblanca; la sensación de que, tarde o temprano, tanta insistencia acabaría quebrando la resistencia del Athletic. Y sin embargo no ocurrió el desastre presagiado, y de vez en cuando el león también rugía, y lanzaba zarpazos con la saña de un implacable depredador.

Así que uno no sabía muy bien deducir si las dudas y vacilaciones que atormentaron a Piqué tenían que ver con sus escarceos amorosos junto a Shakira, que le tienen empapado de salsa rosa y eso atosiga, o eran efecto de la tenacidad mostrada por Fernando Llorente. También acabé asombrado por la actuación de Fernando Amorebieta, tan adusto; que no dio ni una patada en todo el partido, ni siquiera un leve empujón al contrario; de tal forma que acabé preguntando si la convalecencia de su lesión la llevó a efecto en un convento de las Carmelitas Descalzas.

Cosas extrañas ocurrieron en esta vigésimo cuarta jornada liguera, donde el Athletic plantó cara sin complejos al mismísimo Barça; Osasuna experimentó una extraña resurrección bajo los efluvios de su nuevo técnico, José Luis Mendilibar (¡Será cierto que los jugadores rojillos le estaban haciendo la cama a José Antonio Camacho?) y Dani Aranzubia marcó un gol de bandera en el último suspiro del Almería-Deportivo, otorgando un balón de oxígeno imprevisto al depauperado equipo de Miguel Ángel Lotina.

El fútbol admite estas locuras, alienta la desmesura, alimenta la pasión y por eso atrapa tanto. Pero de vez en cuando da pábulo a la reflexión y deja espacio a las preguntas obvias. Por ejemplo, ¿por qué el Athletic no afrontó el partido de Mallorca con la misma contumacia, concentración y arrojo que en el Camp Nou a la caza y captura de unos puntos tan importantes, pero mucho más factibles de adquirir?