Pactar (o no) con el PP

De esas cosas que pasan de puntillas por la actualidad porque el foco está puesto en otro sitio. O, bueno, porque hay ciertos asuntos sobre los que es mejor no dar cuartos al pregonero. Hace unos días, EH Bildu y Elkarrekin Podemos sumaron sus votos a los del PP para colocar a Larraitz Ugarte como presidenta de la comisión que investigará en el Parlamento vasco posibles irregularidades en los contratos de los comedores escolares. No mucho después, Elkarrekin Podemos se unió a PSE y PP —esta vez sin conseguir mayoría— para votar en contra de la iniciativa de EH Bildu secundada por el PNV que exige que España respete en su totalidad el nuevo estatuto que se está elaborando en la cámara.

Se puede tomar, al primer bote, como muestra de la rica pluralidad de nuestra política: formaciones que se alían en función de unos objetivos (se supone que) perfectamente legítimos. Todos con todos contra todos. Parlamentarismo maduro funcionando a pleno pulmón. Y sí, como ven, que tire la primera piedra el que esté libre del tremebundo pecado de pactar con el malvado PP del 155, la corrupción hedionda, los mandobles a la libertad de expresión, el chuleo sistemático a los pensionistas o todo lo que no cabe en esta modesta columna.

La moraleja, creo que me pillan, es que en materia de vetos y cordones sanitarios se aplica lo de los principios de Groucho Marx. Vamos, que viene a ser como lo de predicar y dar trigo, lo de la viga y la paja o de la mano derecha y la mano izquierda. Procedería, por tanto, que los campeones de la moralidad bajaran una gota el tono conminatorio y reprobatorio ante ya saben ustedes qué.

Prohibir el amarillo

Es la vieja y certera advertencia del pastor luterano Martin Niemöller que solíamos atribuir erróneamente a Bertolt Brecht: cuando vengan a por nosotros no quedará nadie para defendernos. Cómo explicar que esto no va de soberanismo y unionismo. Ni siquiera de ser o no partidario del Derecho a decidir. Es algo infinitamente más primario. Va, sin más y sin menos, de la libertad básica, incluso del minimísimo moral exigible. Ni en las previsiones más pesimistas sobre la devaluación imparable de la (llamada) democracia española cabía contemplar la prohibición de un color. Cualquiera que lo hubiera planteado habría pasado por exagerado y alarmista.

Sin embargo, acabamos de verlo convertido en triste y ruborizante realidad. A la entrada al estadio donde se disputó la final de Copa de fútbol, la policía se hinchó a requisar a los aficionados del Barça todo tipo de prendas, banderas u objetos de color amarillo bajo el caprichoso pretexto de que esa variedad cromática es una incitación a la violencia. Por descontado, esteladas y pancartas acabaron también en los contenedores de la vergüenza.

El solo hecho de escribirlo, como acabo de hacer, produce una mezcla de náusea e impotencia. Pero casi es peor asistir a la casi absoluta indiferencia con la que no pocos de los más progres del lugar han acogido semejante muestra de totalitarismo bananero por parte de los mandarines hispanistaníes. En el mejor de los casos, un mecachis, así no se hace, y a otra cosa. Por no hablar, claro, de quienes lo han visto perfectamente justificado o directamente lo han aplaudido. Provoca pánico imaginar qué será lo siguiente.

ETA, penúltimo acto

Llevo desde el viernes tratando de imaginar un comunicado que me hubiera parecido aceptable. La respuesta es ninguno. A estas alturas —en realidad, desde hace muchísimo—, no hay nada que ETA pueda decir que me vaya a satisfacer. Incluso aunque le cedieran la redacción al mayor encantador de palabras del Universo y hasta las comas sonaran a música celestial, seguiría siendo insuficiente para mi. Simplemente, no hay modo de blanquear una organización que lleva a su espaldas semejante mochila de daño causado, no solo injustamente, sino de modo absolutamente voluntario y premeditado.

Por lo demás, también ha pasado mucho tiempo desde que me quité del vicio de practicar la espeleología semántica y gramatical en unos textos creados justamente para eso, para tener al personal entretenido discerniendo si son galgos o podencos, venga mirar el dedo, mientras la luna bosteza de puro aburrimiento. Así que de este en concreto, me quedaré con lo evidente, con lo que salta al primer bote: no es como los chopecientos anteriores. Está más cuidado en lo literario y posee una eficacia comunicativa (que es lo que cuenta; por algo se llama comunicado) de notable alto. Llegaría al sobresaliente si no fuera por esa cantada de dejar ver que hay víctimas de primera, segunda y tercera.

En cualquier caso, siendo importante el cómo, lo fundamental es el qué. Y más allá del blablablá, estamos ante el penúltimo acto antes de la disolución formal, con toda la parafernalia folclórica que tenga que tener, de algo que la inmensa mayoría de la sociedad vasca llevaba dando como disuelto desde hace un buen rato. Quedémonos con eso.

La conjura de los necios

No damos abasto para tantas palomitas como necesitamos. Quién nos iba a decir que uno de los capítulos más descacharrantes de la cifuentada lo protagonizarían los que pretenden quedarse con la silla de la trajinadora de másteres chungos. El reparto del gag cómico con ínfulas de intriga de alta política lo ha encabezado Carolina Bescansa en el papel de autora intelectual de la conjura de andar por casa contra el Jefe del Soviet Supremo. A Íñigo Errejón no queda muy claro si le tocaba hacer de colaborador necesario del jaque o de primo pringado al que meten por medio y acaba pagando el pato. Y Pablo Iglesias hacía César en los Idus de marzo, solo que esta vez Bruto no solo no le atinaba con el puñal, sino que se lo clavaba en el plexo solar propio al tiempo que le daba un tajo al mentado Errejón, que ha salido airoso, dicho sea de paso. El Padrino le ha perdonado el desliz.

Como solía echarse las manos a la cabeza Julio Anguita, aunque él mismo lo practicara con contumacia, la enésima muestra del cainismo ancestral de la izquierda, siempre y cuando consideremos izquierda a Podemos, dado que sus fundadores se hartaron de repetir que no eran “ni de izquierdas ni de derechas”. Eso aparte, las formas han sido un despiporre. Hace falta ser muy torpe (¿o muy maquiavélico?) para difundir urbi et orbi el plan ultrasecreto del complot acompañado de apostillas que son casi más ofensivas que el mismo acto de traición. Fuera de concurso, claro, la cobardía de atribuir la cantada al equipo reclutado para la conspiración contra el amado/odiado líder carismático. Y ahora que lo menciono, caigo en la cuenta de que no es descabellado pensar que el tipo en cuestión esté detrás del psicodrama.

Sigo con la Universidad

Me dicen, bien es cierto que cariñosamente, que no jorobe con la Universidad, y yo comprendo el sentimiento que mueve a mis interlocutores. Como los aprecio y respeto una barbaridad, les paso por alto su incapacidad instintiva para la autocrítica en esta materia concreta. O, como ya anoté en la anterior columna, la distorsión mental que les hace ver en su amada institución apenas tres o cuatro gajes del oficio o alguna que otra menudencia que no va a ninguna parte. Lo gracioso es que son estas mismas personas las que, en otros contextos, despotrican y no paran sobre los mil y un males de la Enseñanza Superior. Los achacables a los pérfidos gobiernos, por supuesto, pero también los debidos a su fauna diversa, igual docentes que educandos, personal administrativo, o moradores circunstanciales de los Campus.

Cuando no se están quejando de la burocracia que acompaña (y frustra) cada mínimo intento por hacer algo, echan pestes del casi nulo interés de los alumnos por cualquier iniciativa que trascienda la consecución de la nota requerida. Y, en confianza, hablan de esa tesis que es una chufa pero que saldrá airosa gracias a los padrinos y/o las madrinas de rigor. O de ese seminario de amiguetes para amiguetes. O quizá de no sé qué postgrado esotérico —de Homeopatía, sin ir más lejos—, de la cátedra que le cae a una ágrafa que no hace la o con un canuto y no a un peso pesado de la investigación (Edurne Uriarte versus Pako Letamendia), de los patéticos librúsculos cuyos desvergonzados autores obligan a comprar a los pobres diablos matriculados en su asignatura… Quisiera saber si me he inventado algo.

Yo también renuncio

Ea, que no decaiga. Será por sacrificios. A través de estas líneas y para que surta todos los efectos oportunos, hago constar mi renuncia al Nobel de Veterinaria, al Pichichi de la temporada 1997-98 y al Zamora de la 2003-04, lo mismo que al Masters de Augusta y al del Universo, la Concha de plata al mejor actor de menos de 1,65 centímetros con mirada estrábica, el Pelo Pantene ma non troppo, el Torneo Cinco Pedanías de Dominó modalidad Indoor, el subcampeonato (exaequo) intercomarcal de canicas de Alpedrete y, en un alarde de generosidad sin límites, a la medalla de plastilina al mérito agropecuario y al fomento de la cría caballar.

No cuela ni siquiera como mal chiste, ¿verdad? Pues que alguien me explique cómo se le ha podido meter en el entrecejo a Cristina Cifuentes —en lo sucesivo, Cifu la Fantástica— que tragaríamos con su carta de renuncia a lo que ha quedado más que claro que no le pertenece. Y con qué aires, la doña, machacando la patética sarta de excusas de cuarta regional y negando desparpajudamente la evidencia.

Una acción, por lo demás, que completa el tristísimo autorretrato que se está currando la individua desde que cayó en este charco. Si todos los hechos que se han sucedido, a cada cual más grotesco, han ido dejando claro que está inhabilitada para seguir un segundo más al frente de una institución pública del relieve de la Comunidad de Madrid, esta penúltima astracanada debería situarla sin remisión en el vertedero de la política. Cualquiera que la apreciara una gota trataría de evitarle la penosa e impúdica agonía que se ha empeñado en protagonizar. ¿Nadie va hacerlo?

Siria existe

Vaya por Dios, Siria existe. O sea, vuelve a existir a efectos informativos. Tampoco se crean que cosa de mucho. Un visto y no visto para variar la dieta. Eso sí, exagerando la nota dos huevas y pico con las advertencias de repertorio sobre la tercera mundial, esa misma que es inminente, con más o con menos visos de certeza, desde que terminó la segunda. Si supiéramos o quisiéramos contar, quizá nos llevaríamos el susto de ver que desde entonces ha habido alguna que otra contienda planetaria más.

Bueno, y si no, siempre está lo de la guerra fría, socorrido apelativo que estos días también ha regresado al vocabulario oficial. Hasta el baranda de la ONU, Antonio Guterres, lo soltó el otro día, después de que se consumara la amenaza del chulopiscinas que manda en la presunta primera Democracia del globo. Al final solo fue la puntita, tres docenas de misiles “bonitos, nuevos e inteligentes” que habrá que mandar reponer para que la economía no se pare. Una de farol, pero sin pasarse, bastante para que Putin suelte unos cagüentales, aunque no suficiente (o eso parece) para que responda con una escabechina.

Todo, no sé si han reparado en ello, como respuesta a la “intolerable utilización de armamento químico”. Como si las otras bombas que hacen picadillo a seres humanos fueran de recibo. Descomunal hipocresía, perfectamente equilibrada, ojo, con la de quienes aprovechan el viaje para desempolvar el rancio argumentario de carril que señala a la malvadísima comunidad internacional, pasando por alto que la mayor responsabilidad de este conflicto en concreto es de las banderías locales que lo protagonizan.