El Casadazo

Hay como un millón y medio de lecturas de la victoria por goleada de Pablo Casado en las primarias a la remanguillé del Partido Popular. De entrada, un saludo para los gurús y las gurusas que todavía a un cuarto de hora de conocerse los resultados daban por seguro que ganaría Sáenz de Santamaría, pontificando que el aparato era mucho aparato y que el aplausómetro del Congreso no era indicador de nada. Pues toma nada, pedazo de listillos: 451 votos y 15 puntos porcentuales de diferencia. Que Santa Lucía os conserve la vista y que los que os tienen por referencia sigan siendo lo suficientemente cabestros como para no retiraros el crédito.

Y volviendo a los hechos en sí mismos, anotemos algo que quizá quede en segundo plano: si en el inicio de todo esto las indiscutibles favoritas eran dos mujeres y el triunfo se lo ha llevado un hombre, eso es porque allá en lo más profundo del PP hay un machismo que huele a chotuno. En realidad, es algo en total sintonía con el resto de las rancias esencias de las que Casado se ha valido para conquistar (promesas de carguetes y otras canonjías aparte) a quienes lo han convertido en inopinado presidente. Manda pelotas que el renovador sea el que enarbola la herencia negra de los padres fundadores Fraga, Arias Navarro, Licinio de la Fuente, el ultra con cadenones Verstrynge (ahora igual de ultra, pero de otra obediencia), Gonzalo de la Mora y qué se yo cuántos ministros más del bajito de Ferrol. Y como síntesis hecha carne de los anteriores, claro, José María Aznar. ¿Saben lo que les digo? Que me alegro de tener un partido de derechas tan a la derecha, y que me voy de vacaciones.

Prevaricación y división

Como se decía en los tebeos de mi infancia, que me aspen si lo que está haciendo el juez Llarena no es una prevaricación del tamaño de la catedral de San Nicolás de Kiel, capital del estado de Schleswig-Holstein, cuyo tribunal le ha dejado al togado con las vergüenzas a la intemperie. Hasta donde sabemos, fue el justiciero del Supremo quien se emperró en atribuir a Carles Puigdemont los delitos de rebelión y malversación y quien, en virtud de tal circunstancia, emitió una orden para trincar al escurridizo president y devolverlo a España. Como saben, lo que ha ocurrido es que los magistrados alemanes no han apreciado la tal rebelión pero sí las migajas suficientes de malversación como para empaquetar al prófugo para Madrid. Y claro, eso arruina los planes del recalcitrante Llarena, que ha decidido, olé sus bemoles, retirar la euroorden, lo que pasado a limpio, significa renunciar voluntariamente a perseguir un delito.

La rocambolesca paradoja tiene su correlato en el pifostio creciente entre las fuerzas mayoritarias del soberanismo catalán, que ya no les soy capaz ni de identificar. No hace tanto, estaba claro que eran Esquerra y Convergencia (o viceversa), pero tras el alumbramiento del PDECat y la posterior creación de JxCat como marca electoral a mayor gloria de Puigdemont, las costuras del antiguo partido-guía se han difuminado. O, mejor dicho, acaban de reventar al mismo tiempo que a ERC se le terminaban de hinchar las narices por el clamoroso ninguneo que viene sufriendo la formación en general y su encarcelado líder, Oriol Junqueras, en particular. De nuevo no hay nada tan letal como el fuego amigo.

Memoria ‘benevolente’

Que nada, que ya queda poco, que casi está… Pero ha terminado el 18 de julio, el número 82 después del primero, y Pedro Sánchez ha dejado pasar el día perfecto para desahuciar a la momia de Franco de su plácido sepulcro en el Valle de los Caídos. Otra vez será. No le urgiremos. Ocurrirá cuando toque, pero mientras, desde estas humildes líneas le animo a reparar en la tremenda bofetada a la por él tan cacareada Memoria que se le atizó ayer en la radio pública española, esa misma, sí, que junto con el resto de medios de titularidad estatal sigue a la deriva por culpa del trilerismo partidista.

De paso, aprovecho para contárselo a ustedes, que seguro ni sospechan que a estas alturas del tercer milenio en la emisora pagada a escote se mantiene un espacio diario llamado Alborada en el que varios sacerdotes se dedican por turno a impartir doctrina nacionalcatólica. Con sacarina, si quieren, pero no muy distinta a la del Cardenal Gomá y sus mariachis.

El que ayer estaba al mando del micrófono, un tal Alberto Argüello, a la sazón rector del Seminario de Valladolid, disimuló lo justo. Tituló su homilía “Memoria benevolente”, lo que ya le pone a uno en guardia. Después de hablar del 18 de julio como fiesta que rememoraba un alzamiento, afeó “el uso politizado de la memoria”, y abonó (con estiércol verbal, claro) la tesis de los dos bandos cometiendo el mismo número de injusticias. No contento, el trabucaire exhortó a recordar “los 6 años anteriores y cómo funcionó aquella república que terminó en un guerra y los 6 años posteriores ya a la victoria y cómo se gestionó a la hora de ver el cuidado de los perdedores”. Como lo leen.

¿Ponemos fecha?

Ni sé las veces que habré escrito esta columna. Prácticamente, las mismas que nos ha tocado asistir a la acogida con cohetes de una encuesta que concluye que los vascos están mayoritariamente felices en el marco jurídico actual. La más reciente ha sido la última entrega del Euskobarómetro, estudio que, como es público y notorio desde hace varias glaciaciones, no es el que goza del mayor prestigio de nuestro entorno porque ni siquiera se empeña en disimular un sesgo que al paso de los decenios ha devenido en tufo. Eso, sin contar que, confrontados los pronósticos con los resultados reales salidos de las urnas, el número de fiascos ha tendido a infinito.

De todos modos, en el caso que nos ocupa hasta podemos pasarlo por alto. Más allá de ciertos triles en las preguntas y en la distribución a la carta de las respuestas, podremos conceder que varias tendencias del último potaje del chef Paco Llera están apuntadas grosso modo en otros sondeos, y añadiría incluso que en lo que cualquier nariz medianamente entrenada puede percibir en la calle. La idea básica es que la sociedad vasca no parece estar ahora mismo por embarcarse en una movilización por la independencia, y menos, tras escarmentar en carne ajena las vicisitudes del procés; mucha simpatía, pero ninguna gana de pasar por algo similar. Y ahí es donde, saltándome varios capítulos, enlazo con lo de la columna repetida que les decía al principio. Si tan claro está que no hay ninguna vocación rupturista, no habría motivo para no correr el riesgo de someter la cuestión a una consulta. Con el compromiso, faltaría más, de acatar los resultados. ¿Ponemos fecha?

Demagogias del balón

Cuando uno creía haber cubierto el cupo de memeces futboleras y extrafutboleras para un siglo a cuenta de la verborrea cuñadil de Camacho en las transmisiones de Mediaset, apareció esa gran luminaria de Occidente que responde al nombre de Juan Carlos Monedero para elevar el listón hasta la estratosfera. O sea, para bajarlo hasta la sima de Las Marianas. Tomen nota de la mendrugada, que les transcribo incluyendo un cuesco gramatical que se le escapó al zutano: “Los negros han ganado el mundial de fútbol. Podría Europa salvar a los que vienen en pateras aunque sea pensando que alguno seguro ese [sic] es un genio del fútbol”.

Ahí tienen la lógica argumentativa de un tipo que, además de dar clases en una universidad pública y atesorar una descomunal colección de másteres y doctorados —¡reales, en su caso!—, cobra las asesorías a ciertos gobiernos a casi medio millón de euros la pieza. Excuso el comentario de texto completo, pero basta esa retahíla para tener el retrato preciso de una especie por desgracia muy abundante, el blanquito bueno que chorrea paternalismo sin darse cuenta de que, sin rascar mucho, enseguida se ve que es más supremacista que el más descerebrado del Ku Klux Klan de Nashville.

Como les digo, aunque el bocabuzón fundador de Podemos es el que ha llegado más lejos en el regüeldo, la idea que late en el tuit ha sido ampliamente repetida. Y sí, está muy bien reparar en el evidente mestizaje de la selección que ha conquistado el campeonato en Rusia, pero es una trampa no subrayar a continuación que todos los jugadores, salvo Umtiti y Mandanda, han nacido en territorio francés, o sea, europeo.

Historias corinnáceas

Siempre he sostenido, y lo haré una vez más, que el verdadero fin de una monarquía a estas alturas del calendario es entretener al populacho. En ese sentido, los súbditos forzados de los Borbones no tenemos motivo de queja, y menos, desde que el circo capeto ofrece sus funciones simultáneamente en dos pistas, cada una con su payaso principal, a saber, el joven y el viejo. Aunque el primero apunta maneras, al que de verdad hay que estarle agradecido por el espectáculo es al veterano. Teóricamente retirado, el paquidermicida sigue dándolo todo para que a la plebe no nos falte solaz. Incluso, por persona interpuesta (o sea, testaferro, ejem) como está siendo el último caso, que encierra una jartá de guasa.

Para empezar, y al margen de las cuestiones de portería sobre queridas y tal, no me digan que no tiene su puntito que lo que puede acabar en hostia a la regia institución provenga de un medio de la extrema derecha (el tal OKdiario de Inda), que antes ha recogido la mercancía en lo más profundo de las cloacas del estado, léase comisario Villarejo, y me llevo una.

De esta historia corinnácea me quedo sin dudar con una de las frases de la mengana (sí, mejor así) en las grabaciones de matute: “Juan Carlos no distingue entre lo que es legal y lo que es ilegal”. La frase vale para 2018, para el día de su entronización como sucesor del caudillo a titulo de rey y para su largo y ancho reinado alfombrado de succionadores sin cuento. Claro que a su emérita majestad ahí se las pueden ir dando todas, que por algo abdicó, jodiéndole un congo, en su vástago varón. Ese, Felipe VI, es el que tiene motivos para apretar el culo.

Los huesos del dictador

Se me ocurren pocos asuntos más fáciles de solucionar que el de los huesos (o lo que quede) de Franco. Basta, de hecho, con seguir el frío procedimiento que muchos deudos hemos tenido que padecer sin más derecho que acatar y callar. Se comunica a la familia del difunto que ha prescrito el periodo máximo establecido para guardar el fiambre y se le ofrecen las dos opciones al uso: o se lleva el paquete a descansar para la eternidad en un nicho o panteón de pago o directamente se depositan los restos en un osario común. A partir de ahí, el problema es de los herederos. Allá ellos si se hacen cargo del residuo del bajito de Ferrol y financian la sepultura de su pecunio o pasan por malajes descastados que se despreocupan de su egregio ancestro.

Otro gallo nos estaría cantando si se se hubiera obrado así cuando tocaba, pongamos en 1985, que es el lapso habitual que se maneja en los cementerios que nos tocan a los mortales de a pie. Y aunque sea verdad que agua pasada no mueve molino, no está de más recordar que el PSOE, que gobernaba entonces y hasta once años después, no hizo el menor gesto por exhumar al dictador que palmó, tan a gustito, en la cama. Y lo mismo, durante el septenio de Rodríguez Zapatero, cuya loada ley de Memoria Histórica más simbólica que real, no entraba como se debía (o sea, a saco) en la espinosa cuestión del Valle de los Caídos y su más célebre morador.

En todo caso, nunca es tarde. Si este es el momento, mándese unos propios a arrancar la por lo visto no tan pesada lápida y a sacar del interior el famoso féretro de plomo con los despojos del matarife de la voz aflautada. Y punto pelota.