Morir en Afganistán

Nunca dejará de sorprenderme que los pintureros relatores de hazañas bélicas y glosadores de la grandeza militar reciban la noticia de una o varias muertes de los suyos en cualquier avispero como si se tratara del aterrizaje de una nave procedente de Júpiter. No sólo se asombran como si les pareciera algo inconcebible, sino que acto seguido se entregan a una llantina y a un desgarrado de vestiduras muy poco marcial. Cualquiera diría que pensaran que las partidas de tropas que se mandan aquí o allá en virtud de los equilibrios geoestratégicos van a un resort de vacaciones a participar en una competición internacional de Monopoly.

Va siendo hora de que alguien les explique que las llamadas Fuerzas Armadas son algo más que esas coreografías que montan a paso de la oca en plazas y avenidas o que esos teatrillos bautizados “maniobras”. Muy plástico y muy efectista, sí, conquistar el Gorbea y plantar una rojigualda en su cruz, sin otro peligro que pisar una boñiga. Es más jorobado largarse una proeza del pelo en una aldea montañosa de Afganistán, donde el enemigo -qué putada, mi brigada-, además de no ser imaginario, gasta muy malas pulgas.

Es lo que tiene la guerra, mecachis, que por puro cálculo de probabilidades, hay muchos boletos para morir o perder unos trozos de la anatomía en ella. Si un currela que se trepa a un andamio tiene asumido que cada vez que lo hace se está jugando un pierde-paga contra la estadística, alguien que se dedica vocacional y/o profesionalmente a la milicia debería ser consciente de los riesgos de su gremio.

¿Tan extraño resulta que los novios de la muerte acaben casándose con ella? Por lo visto en las primeras de muchos periódicos y en las piezas machaconas que nos han puesto en los telediarios, tiene toda la pinta de que así es. Y no parece que la reiteración en el mismo hecho sirva para aprender la lección ni mucho menos para evitar que se repita.

La otra pobreza

Tan tremendo como cierto: incluso en la pobreza hay clases. Desde este lado de la raya, donde aún nos llega para una ronda de marianitos y una ración de calamares, alcanzamos a ver los desamparados que nos han puesto en el escaparate, casi como un elemento de atrezzo o como recordatorio de que el mundo no es perfecto. Sirven también para que solidarios de pitiminí crean ganarse el cielo o para que periodistas que confunden la conciencia con el ego pasen por buenas personas cuando son -¡uf, cuántos de esos y esas conozco!- sanguijuelas sin escrúpulos. Tienen su punto fotogénico y quedan aparentes en titulares tan bienintencionados como, la mayoría de las veces, artificiales.

Por perverso que parezca el planteamiento, la resignación y el instinto de supervivencia han llevado a muchas de estas personas a bandearse en su desventura. Desde luego que su vida no es en absoluto envidiable y que los que comemos caliente y bebemos fresquito no concebimos ni como pesadilla pasar por sus circunstancias. Sin embargo -y allá se nos revuelva la moralina-, cualquiera que tenga ojos y media docena de neuronas críticas en uso sabe que hay una parte de este grupo social que ha aprendido a apañárselas y no aspira a más.

Los requeteliberales, tan sensibles siempre, dirán que son los efectos perniciosos de la sopa boba, pero la explicación es mucho más compleja. Daría para diez columnas, y esta se me está acabando sin haber mencionado aún a los otros pobres. El director de Cáritas Bizkaia, Mikel Ruiz, que sabe de qué habla, se refirió a ellos como “los últimos de la fila, los que no tienen ni voz ni ánimo para protestar”.

Son los excluidos de la exclusión, los que desconocen, incluso, que existen puertas que tocar o impresos que rellenar. Invisibles, abandonados por el llamado estado del bienestar y por la beneficencia guay (Cáritas es una excepción), sólo la muerte los librará de la pobreza.

Virtuoso de la trola

Mentir: “Decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa”. Es sólo la primera acepción en el diccionario de la Academia Española. Veamos las otras cuatro: “Inducir a error”, “Fingir o aparentar”, “Falsificar algo”, “Faltar a lo prometido, quebrantar un pacto”. Cinco sobre cinco, pleno absoluto. Cualquiera pensaría que hay que entrenar mucho y emplearse a fondo para cosechar un récord así, pero a él no le cuesta nada. Sin despeinarse ni mucho menos sonrojarse, los embustes acuden a su lengua con la misma naturalidad pasmosa que los regates imposibles a las piernas de Messi.

Es digno del mayor encomio cómo ha ido depurando la técnica con el ejercicio constante. Ya no carraspea, ni se muerde el labio inferior, ni se mira la punta de los zapatos. Pronto dejará, incluso, de ajustarse el puente de las gafas con el dedo índice y de hacer el molinillo con los ojos y será capaz decir un jueves que es sábado sin que la concurrencia perciba nada extraño. Y no tardará mucho en llegar ese momento de comunión total entre falsario y falsedad, ese karma en que el que avienta las trolas pierde la conciencia de que lo son y es el primero en creérselas.

Está en ello. Anteayer rozó esa plenitud, ese místico y liberador desprendimiento de la realidad que lo convierte a uno en habitante único de un mundo paralelo inalcanzable para el resto de los mortales. ¿Por qué, antes de tildarlo como Pinocho de tres al cuarto o de echarle los perros azuzados con nuestros prejuicios, no contemplamos esa hipótesis? ¿Quién nos dice que en ese Nirvana de uso exclusivo no es rigurosamente cierto que terminó la carrera (y, tal vez, dos másters), que siempre había prometido que pactaría con el de la moto o que fue él en persona quién arrancó a dentelladas cada transferencia pendiente?

De acuerdo, suena raro. Pero la otra opción es que Patxi López nos esté tomando por tontos y eso cuesta más asumirlo, ¿no?

Polémicas añejas

Lo del viejo tiempo que no acaba de morir y el nuevo que no termina de nacer es algo más que un tópico. Si nos miramos al espejo y al ombligo, comprobaremos que ahora mismo estamos exactamente ahí, en una suerte de tierra de nadie de nuestra Historia que nos resistimos a abandonar. ¿Por miedo? ¿Por pereza? ¿Por comodidad? Tal vez, mezclando lo uno y lo otro, por simple inercia. Llevamos tantas lunas volteando la sobada noria, que las piernas se resisten a describir una tangente y enfilar de una puñetera vez hacia ese futuro que decíamos soñar.

Nunca daremos el paso definitivo si seguimos anclados a los tics y a las polémicas del pasado. La que ha surgido a cuenta de la presencia o la ausencia de escoltas en los ayuntamientos huele a rancio que echa para atrás. Medio gramo de empatía y otro medio de sentido común habrían bastado para evitarla, pero no parece que nadie haya estado por labor. Y “nadie” es, literalmente, “nadie”. Si fue un error estrenar una legislatura con una medida que no era en absoluto urgente y que se podía haber adivinado a quiénes les iba a despertar la gula, ha sido todavía peor la rubalcabada de amenazar con una ley que desfaga el entuerto en diez minutos.

Inaugurado el lodazal, los argumentos razonables han quedado fuera de juego. Recordar que en el mismo Parlamento vasco ya impera una norma así o que hace nueve años el alcalde -entonces, socialista- de Santurtzi aprobó lo mismo sin la menor bulla te convierte en enemigo de los tirios. Pero si señalas que en este minuto del partido hace más falta que nunca demostrar que no nos es ajeno el sufrimiento de las personas amenazadas, son los troyanos los que te ponen en la lista negra. Y si expones las dos cuestiones, eres algo peor a ambos lados de la barricada: un cobarde equidistante.

Debe de haber una forma de romper esta diabólica espiral que nos devuelve una y otra vez adonde ya hemos estado. ¿Queremos encontrarla?

Gruponoticitis aguda

En Nueva Lakua empieza a cobrar dimensiones de epidemia una peculiar urticaria que cursa en los afectados, no ya tras la ingesta o el contacto, sino con la simple mención de cualquiera de los cuatro diarios del Grupo Noticias o de su emisora, Onda Vasca. La dolencia, que podríamos bautizar como gruponoticitis, es del conocimiento, como poco, del médico que atiende a la consejera de Cultura, Blanca Urgell. De hecho, fue la propia interesada la que contó, haciendo uno de esos chistes para los que está tan escasamente dotada, que el galeno le había prescrito abstenerse tanto de la lectura de los tóxicos periódicos como de la audición de la altamente nociva radio. Es de imaginar que, a modo de tratamiento compensatorio, se le recomendase atiborrarse de dulces grageas de las farmacias comunicadoras amigas.

Aunque aún no parece tenerla diagnosticada (en casa del herrero, ya saben), el titular de Sanidad, Rafael Bengoa, manifiesta alguno de los síntomas de la patología, mayormente, una oclusión selectiva de las vías informativas. Quedó patente anteayer, cuando ante la queja de una representante del PNV por no recibir de su departamento la documentación que se facilita a otros grupos, el aludido se defendió así: “¿Qué me haría pensar que si nosotros les enviamos este documento una semana antes, no aparece una noticia negativa en su periódico favorito dos días antes?”

Como se ve, el trastorno lleva aparejados un ensanchamiento del morro y un endurecimiento del rostro de considerables proporciones. Con un par, el titular de una cartera gubernamental se jacta en sede parlamentaria de dar o quitar la información según le sale de la sobaquera. Para los mansos y adictos, grifo abierto; a los que le alborotan el patio, ni las raspas. Lo tremendo es que ese principio rige en todas y cada una de las ventanillas del ejecutivo López. Ni caso. A pesar de su gruponoticitis aguda, seguiremos informando

Vicepresidente Jiménez

Antes de las elecciones del 22 de mayo, Roberto Jiménez, el rampante y trepante líder del PSN, obviaba el nombre de su presunta rival, Yolanda Barcina, y se refería a ella como “la señora”. Como suele ocurrir con tantas gracietas de campaña, cuando los votos estuvieron contados, al ingenioso vendedor de humo el chiste se le volvió calabaza. La “señora” chascó los dedos y llamó a su presencia a Jiménez para endiñarle una de esas ofertas que un partido en liquidación por derribo no se puede permitir el lujo de rechazar. Magnánima ella, antes de usarlo como felpudo durante la inminente legislatura foral, permitió que su futuro siervo tuviera unas migajas de gloria haciendo como que negociaba supuestas mayorías de progreso. El mismo timo que hace cuatro años, pero corregido y aumentado.

Es curioso, no obstante, que pese a la profunda huella que dejó aquella felonía, las tres fuerzas que ahora representan las ganas de aire fresco en Navarra volvieran a morder el anzuelo. Probablemente les pudo más la intensidad de su deseo que su capacidad de análisis. Alguien que te la da con queso la primera vez, la segunda te la pega con un calcentín, y más, como es el caso, si se trata de un tipo que desconoce voluntariamente la existencia de cualquier cosa parecida a unos principios. Desgraciadamente, salvo honrosas y contadas excepciones, es la clase de personas (más bien, de individuos) que se llevan el gato al agua en la política. La ideología es un lastre muy grande camino de la cima.

Habrá que reconocérselo como mérito. Cualquiera con media gota de pundonor que hubiera cosechado un fracaso tan bochornoso como el suyo, habría cogido el abrigo y estaría a esta hora conduciendo un quitanieves en Vladivostok. Él no. Él se ha colocado como palafrenero y a la vez mascota de “la señora”, con derecho a utilizar resmillería con el membrete de Vicepresidente del Gobierno más reaccionario del hemisferio norte.

Demócratas en apuros

Menuda birria de régimen, estructura, sistema o lo que sea, que se pone a hipar y temblequear porque una parte infinitesimal de la plebe se ha echado a la calle y una fracción aun menor da rienda suelta a sus garrulos instintos violentos. “Democracia amenazada, secuestrada, asaltada, violentada, mancillada”, se rasgan las túnicas con gesto entre digno y espantado los que viven en los apartamentos de lujo del edificio constitucional, ese búnker que tiene reservado el derecho de admisión. Si reaccionan así ante cuatro vistosos pero inofensivos episodios de pimpampum, ¿qué harían ante una revolución de verdad, con todos sus sacramentos?

De sobra saben que, si alguna vez lo hubo, ya pasó el riesgo de que ocurra algo así en estas latitudes. Por eso se entregan a la fantasía apocalíptica de convertir en insurrección popular lo que apenas llega a mínimo y justísimo pataleo de quienes están hasta las pelotas de palmar siempre en una timba que, en buena parte de los casos, ni han elegido jugar. Y si no tuvieran tanta querencia y tanto interés por la exageración, deberían estar agradecidos de que la cosa se vaya a quedar en un sucedido del que podrán fardar ante sus nietos. El Ismael Serrano del futuro cantará: “Abuelo, cuéntame otra vez ese cuento tan bonito de las piedras, los Mossos y los helicópteros llevándote al Parlament”.

Que no, que aquí no hay ninguna democracia en peligro y menos, en la acepción en que emplean tan polisémica palabra los que se la han quedado en propiedad. Muchos de ellos (no diré que todos, porque cualquier generalización es odiosa) llaman democracia al cómodo machito en el que se han subido. Es eso que permite que nulidades que no distinguen el IPC o el PIB de un chupachups cobren seis mil y pico euros al mes por apretar un botón. Ayer vi a uno así poniendo a caldo en un foro de internet a los que protestaban en la calle y me lancé al teclado a escribir esta columna.