Aquel mayo, estos lodos

Antes de que se acabe el mes de María, las flores y los fastos de medio pelo, habrá que dedicarle unas líneas a las bodas de oro —y la expresión casposa es intencionada— de una de las mayores estafas ideológicas del siglo XX. Lo sorprendente, o quizá no, es que medio siglo después, con todos los hechos contantes y sonantes que documentan la filfa, hayamos tenido que asistir al orgasmo colectivo celebratorio.

El pasado no es lo que fue, podríamos parafrasear libremente a Paul Valery. Claro que tampoco descubro nada, pues desde que tengo uso de razón (y soy nueve meses mayor que los acontecimientos reseñados), mayo del 68 ha sido contado más desde la mitología que desde el periodismo o la Historia. Qué patéticos resultaban ya en los 80 y los 90 los fantasmones de aluvión que se pegaban el moco de haber estado a pie de barricada en París, cuando sus contemporáneos los recordaban con el culo bien prieto y cuidándose de tirar una mala octavilla en su terruño de aquella España donde mandaba un señor, cuántas veces habrá que recordarlo, que se murió de viejo en la cama.

Solo los más sinceros reconocen que mayo de 68 fue una enorme derrota del progresismo. No solo porque De Gaulle aplastó con las urnas y no con las armas a los que decían haberse levantado contra el orden establecido. También o especialmente, por la lección que supuso ver cómo no demasiado tiempo después, la inmensa mayoría de aquellos jóvenes revoltosos fueron pillando cacho en el perverso Sistema y se convirtieron exactamente en la clase de individuos que pretendieron combatir. ¡Y las veces que se habrá repetido lo mismo desde entonces!

Motivos para celebrar

140 años y dos días de Concierto Económico, quítenle lo bailado a la herramienta fundamental del autogobierno en los tres territorios de la hoy demarcación autonómica. Y no olviden añadir los 37 más del Convenio navarro, primo hermano de vicisitudes a lo largo de tantos y tantos calendarios. Quién iba a imaginar que lo que nació como imposición y represalia a los perdedores de una guerra acabaría siendo considerado por los herederos políticos (o así) de los ganadores como un chollo y un agravio comparativo del recopón.

No crean, de todos modos, que es nueva esta ofensiva rabiosa alentada por el figurín figurón naranja y respaldada por un número creciente de extremocentristas españoles. Un vistazo a las hemerotecas a lo largo de este puñado de decenios nos sirve para comprobar que cada cierto tiempo el jacobinismo hispano se ha emperrado en acabar con la cosa. No es casualidad que la forma que encontró Franco de castigar a las provincias llamadas traidoras de Bizkaia y Gipuzkoa fuera despojarles del Concierto.

Así que, ante la acometida de la jauría centralista, procede entonar que ladran, luego cabalgamos. Celebremos el aniversario y conjurémonos en su defensa, pero no como fetiche, herencia o tradición. Porque aunque la Historia está muy bien como conocimiento, no necesariamente debe operar como fuente de derecho automática. Lo fundamental del Concierto y del Convenio no reside en lo que fueron en el pasado, sino en lo que son en el presente y ojalá sigan siendo en el futuro: elementos que siguen concitando el consenso, ahora incluso de quienes hasta anteayer echaban las muelas ante su sola mención.

A propósito de Maza

Hace un año no sabía absolutamente nada sobre José Manuel Maza. Luego supe muchas cosas. Hasta la penúltima, su impactante muerte de un rato para otro a 10.000 kilómetros de su casa, y la última, que aún no se ha detenido, la torrentera de bilis y almíbar que ha seguido al instante en que se conoció la noticia. Diatribas furibundas y exagerados cantares de gesta se impusieron al estupor del primer segundo, y ahí continúa cada quien desde su trinchera respectiva, entre olés alborozados y lamentos en do mayor, componiendo una especie de milhojas fúnebre en el que se alternan una capa de panegírico y otra de invectiva. Ha pasado el tiempo en que todos los difuntos eran buenos, supongo que hay tomarlo por avance.

¿Y usted, columnero, es de los que lo sienten o de los que lo celebran? Como imaginarán especialmente los que se pasan con cierta frecuencia por estas líneas, ni lo uno ni lo otro. No me sale —y no pienso esforzarme para que me salga— nada remotamente parecido a un lamento, pero por pura urbanidad, carezco igualmente del cuajo necesario para brindar por el tránsito al otro barrio del fiscal general. Como mucho, me asalta un pensamiento sobre cómo puede influir en los mil asuntos literalmente “de Estado” que tenía entre manos mientras todavía respiraba.

Y lo siguiente es una reflexión, seguramente pedestre, sobre la literalidad del tópico que sentencia que no somos nada. Tanto afán, tanto ahínco, tanto ardor, tanta vehemencia en cumplimiento de lo que uno entiende como deber, para que eso se convierta en anecdótico porque el destino o un germen cabrón hace que la diñes al otro lado del charco.

El PNV pierde las elecciones

Si las celebraciones de los triunfos dicen mucho de tí, las de las derrotas suponen un retrato que ni las estatuas esas que tantos miles de visitantes han llevado al Bellas Artes de Bilbao. ¿Qué me está contando, columnero liante? ¿Que hay quien festeja haber palmado? Suena extraño, pero tal parece. Las redes sociales son testigos fehacientes. Un 18 de talla XXL acompañado de globitos, serpentinas y confeti dio al mundo —o sea, a cierta parte del mundo que se arroga ser el mundo— la buena nueva de la consecución en la buena lid de un recuento justo del escaño que hacía ese número para EH Bildu.

Miel sobre hojuelas, el asiento lo perdía el PNV, y como si se tratara del gol en tiempo de descuento que equivale a una Champions, la euforia se desbordó. Oeoeoé para arriba, oeoeoé para abajo, chistes a dar, cuentas de la lechera, cortes de manga… Un espectáculo digno de presenciar. O más bien, sobre el que reflexionar, como dije el otro día, en frío. Si es que aquí rebajamos alguna vez la temperatura, que no parece.

Es verdad que ha cambiado el escenario. Está más abierto. O probablemente, algo menos atado. Ahora solo hay dos sumas de dos que dan mayoría absoluta. Eso dicen las tozudas matemáticas, que añaden que la primera fuerza, además de ser la única de las que obtuvieron representación en 2012 que ha crecido, saca a la segunda 173.000 votos y 10 escaños. La distancia hace cuatro años era de 106.000 sufragios y 6 asientos. La medida de un éxito la da que el segundo manifieste su inmensa felicidad por no haber sido tercero. Aunque lo triste de todo esto, en mi opinión, es ver cómo crece la fractura.

Cenizos por conveniencia

Sin duda, los ranunculáceos monclovitas exageran cuando saltan y brincan alborozados por el descenso de 31 personas en unas listas del paro que aún apelotonan a 4.608.783 excluidos del (presunto) paraíso laboral. Da igual que vistan el difunto con todos los faralaes de las series históricas, la extrapolación desestacionalizada o la mandanga estadística que se les ocurra para hacernos creer que es un triunfo pasar del cólera a la peste o viceversa. Canta a leguas que no hay para tanta pirotecnia festejante como la que han exhibido, más bien impúdicamente, Cospedal, Báñez, De Guindos y un sinnúmero de concejales peperos de pedanías dispersas que andan vendiendo la especie de que las vacas gordas están a la vuelta de la esquina.

Conste en acta lo anterior, y como anexo, mi perplejidad infinita por la postura exactamente inversa. En verdad, no sabría decir si me rebela más el exceso celebratorio o los morros hasta el suelo que se les han quedado a los autoprofetas del apocalipsis. Deseaban con todas sus fuerzas el peor agosto desde la extinción de los dinosaurios y han resultado unos números que no siendo la repanocha, tampoco parecen un desastre absoluto. No es algo nuevo. Viene ocurriendo cada vez que aparece el menor dato económico que no se les antoja lo suficientemente horripilante. Cofrades irredentos del cuanto peor, mejor, se lanzan en sarra a desgraciar cualquier resquicio por el que pueda aventurarse una ínfima brizna de esperanza. Simplemente no les conviene.

Lo divertido, una vez que uno inspecciona el percal, es comprobar que buena parte de estos cenizos contumaces —en muchas ocasiones, con cargo adosado o tribuna remunerada a millón— gozan de plácidas existencias y tienen el culo a resguardo de turbulencias. Cuando la cúpula celeste caiga, no estarán debajo. Por eso se permiten el lujo y la desvergüenza de anhelar que crezca el caudal de penurias. Ajenas, faltaría más.