Aznar se divierte

Aquellas legendarias matinales del Circo Price reviven de un tiempo a esta parte en la también madrileñísima Carrera de San Jerónimo, residencia putativa de la devaluada soberanía popular. La diferencia es que las originales fueron la cuna del pop español, más o menos cañí, y las funciones actuales no pasan del número del bombero torero o del intercambio de bofetadas de individuos a los que no llamo Tonettis por respeto a los hermanos que pasearon dignamente ese apellido. La representación de ayer, con José María Aznar de gallo mayor y una selecta reata de tiradores de esgrima de salón no haciéndole ni cosquillas, fue la enésima demostración de la nada entre dos platos que les describo.

La cosa es que se trataba de sustanciar algo tan serio como la responsabilidad del sujeto en los mil y un casos de corrupción que han acabado siendo seña de identidad de su (creo que todavía) partido. Aun siendo difícil lograr que sudara un poco de tinta china un tipo al que se la refanfinfla todo, cabía intentarlo a base de sobriedad en las formas, sin perder de vista que el foco debía estar en el interpelado y no en el interpelador. Pero ni modo. Llevados por su ego, los arrinconadores, bien es verdad que en complicidad con la claque acrítica que jalea cualquier cacaculopedopís y los editores de los programas matutinos que premian el regüeldo, salieron a escena a lucirse con el florete. Y eso era exactamente lo que quería Aznar, que además de dejar que los golpes resbalaran sin daño en su piel de ofidio, conseguía colocar sus bofetadas en las sonrientes caras de sus señorías y, de propina, en los principales titulares.

Vuelve, Aznar

Sí, tal y como lo están leyendo. La coma del encabezado está bien puesta. No es un enunciado sino una petición, de ahí el imperativo. Mi lado oscuro —el mismo que hace diez días se ponía cachondón ante la perspectiva de unas elecciones generales inminentes— es ingobernable. Ahora anda palote fantaseando con la vuelta de José María Aznar López a la primera fila política. Ya sé que lo suyo es simular susto o repelús, pero si le dan media vuelta y se sueltan el corsé mental, seguro que acaban reconociendo que también les provoca cierto gustirrinín masoquista juguetear con la idea del regreso de un tipo que no llegaremos a saber si es más malvado que ególatra o ambas cosas al mismo tiempo. Incluso si lo miran por el lado maquiavélico, piensen si ha habido alguien que nos haya unido más. No hace falta que les diga a qué me refiero.

La ventaja de esta hipotética reencarnación es que, o mucho me equivoco, o el monstruo habrá perdido toda su capacidad de hacer daño. Hasta quienes fueron sus más entregados acólitos —véase Alfonso Alonso o Borja Sémper— gritan hoy a voz en cuello que el fulano es la peste personificada. Tarde se han dado cuenta de que él en sí mismo es como esas armas de destrucción masiva que le sirvieron de disculpa para justificar una guerra en compañía de sus amigotes de las Azores. Es ahora cuando, como un plazo que vence, ha surtido efecto el poder mortífero. El estrepitoso hundimiento del PP al que acabamos de asistir tiene su origen en la podredumbre sistemática que Aznar instiló en las arterias del partido. De aquellos polvos tóxicos proceden los lodos actuales. Doce de sus catorce ministros, enmarronados. Y se presenta como el gran regenerador. Vaya rostro.

De Génova a Sicilia

Tres hurras por el guionista del psicodrama. O cuatro, qué narices, porque lo de atizar el acuerdo presupuestario —¡Gol en la Condomina!— en medio de la polvareda cifuentil ha sido el remate pintiparado a la trama lisérgica de un día para la histeria, que no para la Historia. La pena, en lo que me toca, es que atrasa la columna de rigor, esa en la que explicaré una vez más lo que va de predicar a dar trigo o la diferencia entre cazar pancartas y llevar al BOE un poquito de lo que se pide con toda justicia en la calle. Déjenme que presuma de haber avanzado en mi última homilía algo de lo que ocurrió.

Y ya que nos ponemos, dado que tantas otras veces mis vaticinios han devenido en vergonzosos fiascos, anotaré también que en estas mismas líneas publiqué un epitafio a cuenta de la hasta hace nada gran esperanza blanca del PP. Es verdad que en este caso, el mérito era tirando a justo, porque la mengana olía a fiambre a millas, pero que hablen ahora los que porfiaban contra toda evidencia que la individua llegaría a agotar la legislatura.

Sí reconozco humildemente que lo último que me imaginaba es que la puntilla sería un bochornoso vídeo de la doña afanando unos potingues en un Eroski de Vallecas hace siete años. Con zapatos de Prada, como describió la dependienta que le echó el ojo. El primer aprendizaje es que un choriceo menor es más eficaz para acabar con una carrera política que una rapiña multimillonaria. El segundo y más importante es comprobar que si la izquierda es cainita, como decíamos ante el enredo bobo de Podemos en Madrid, la derecha española es directamente corleonesca. Capisci, Cristina?

Pan y circo en el Congreso

Miro de refilón unos fragmentos escogidos de la comparecencia en el Congreso de los Diputados de un par de célebres presuntos corruptos que hasta anteayer tuvieron mucho mando en plaza, principalmente en la Villa y Corte y zonas aledañas. Podría pasar por la hostia en verso del parlamentarismo funcionando a pleno pulmón, pero hasta el último ujier de la Carrera de San Jerónimo sabe que es pan y circo del siglo XXI. Una purita entretenedera —que enseguida aburre, por demás— para llenarle el programa a Ferreras de jijís-jajás entreverados con indignados cagüentales y rasgados de vestiduras coreografiados por Giorgio Aresu, el del Ballet Zoom.

Pasen y vean, chachiprogres y postfachas de la galaxia hipanistaní, el mayor espectáculo del mundo, un juego de trileros, todo trampa y cartón, donde lo de menos es el supuesto fondo del asunto. Qué más darán los quintales de maravedíes despistados del erario público o los usos y costumbres hampescos de la otrora bautizada casta. Lo que importa, como comprobará cualquiera que se eche al coleto un ratito de la farsa, es lo bien que quedan sus señorías interpeladoras. Con honrosas excepciones, cada culiparlante que inquiere a los comparecientes no va a la búsqueda de la verdad sino de un momento de gloria. Para el telediario, si se pone a tiro, pero sobre todo, para recibir la ovación y vuelta al ruedo viral en las (amadas y odiadas) redes sociales. Tendría gracia si no fuera una inmensa tragedia que la actual función de los chorizos y asimilados llamados a comparecer sea hacer de pimpampum para el lucimiento de ególatras elegidos, qué dolor, por la ciudadanía.

Oenegés (2)

Agradezco los amables coscorrones de las buenas personas que estiman que me pasé con el vitriolo en la última columna sobre las organizaciones nada ejemplares que van por el mundo predicando la justicia y blablá. A esas y solo a esas iban dedicados mis desabridos dardos dialécticos. De hecho, la primera línea alertaba sobre lo inaceptable que resultan las generalizaciones. Y las que venían a continuación abundaban en la magnanimidad de las gentes que se entregan por convicción y verdadero altruismo. ¿Por qué algunos de estos seres admirables se dan por aludidos o sienten la necesidad de hacerme llegar en público y en privado cariñosas precisiones a mi texto?

Le daré una vuelta porque, de momento, se me escapa. Es más, me provoca cierta confusión mezclada con desazón ver los intentos de justificar —contextualizar se dice ahora, ya saben— lo que no tiene un pase. La respuesta de Oxfam en cualquiera de sus versiones nacionales, incluyendo la más cercana, parece calcada de la habitual cuando esta o aquella entidad son pilladas en renuncio. Las mismas monsergas que, por ejemplo, el PP o Volkswagen: “Es un caso aislado” (cuando han sido varios escándalos en cadena); “Esto demuestra que los controles funcionan” (cuando las prácticas se prolongan durante años); “Lo importante es la labor que hacemos” o, en el colmo del morro, “Hay poderosos intereses que buscan hacernos daño porque somos muy molestos para el Sistema”. Quizá cuele para quien siga sin ver —o sea, sin querer ver— que unas multinacionales hacen negocio especulando con, pongamos, el acero, y otras lo hacen con la injusticia y la desigualdad.

Oenegés

El primer mandamiento: no generalizarás. Empecemos por ahí. Sería una injusticia sobre otra injusticia que la capa de mugre que envuelve a determinadas organizaciones autoproclamadas benéficas se extendiera a entidades y personas que se lo curran a pulmón para tratar de hacer un mundo más llevadero. Entre la mejor gente que he conocido se cuentan hombres y mujeres que regalan su vida a causas que los tipos resabiados con barriga, como servidor, damos por perdidas. Conste en acta, pero conste también la recíproca. No pocos de los seres más abyectos que me he echado a la cara hacen profesión —literalmente— de la solidaridad, el buenrollismo y la santurronería. No imaginan la mala sangre que hago viendo a hijos de la gran chingada sin matices pasando por lo más de lo más de la denuncia social.

Por eso no me sorprende en absoluto que de tanto en tanto, como ocurre ahora, nos bajen una gota la venda y nos encontremos con que algunos de los predicadores del bien se dedican a hacer el mal a destajo. Al revés, lo que me extraña es que tras un quintal de escándalos a cada cual más hediondo, sigamos picando en los anzuelos que nos tienden estas mafias travestidas de cofradías filantrópicas. Les hablo, sí, de esos titulares gritones que nos regalan cada equis sobre desigualdades terroríficas, situaciones de exclusión del recopón, estadísticas escalofriantes de todo pelo que se sacan de la sobaquera o, en general, desabridas denuncias contra el mismo perverso capitalismo que subvenciona las juergas con putas de sus dirigentes. Piénsenlo la próxima vez que traten colarse no sé qué historieta sobre la miseria.

No todos los corruptos

Como casi todo, la corrupción va por barrios. ¿Porque todos, incluidos los que van de impolutos —a veces llegaban cartas…— tienen uno, dos o veinte casos y lo niegan o se justifican con similares paparruchas dialécticas? Desde luego, pero no solo por eso. También, o mejor dicho, especialmente porque la denuncia de los marrones no atiende a motivos éticos. Vamos, pero ni de lejos. Antes al contrario, cada chanchullo que sale a la luz, da igual en calidad de presunto o de probado, no es más que una oportunidad para atacar al rival político.

¿Y si, por los avatares de la historia y el destino manifiesto, ya no es rival sino compañero de fatigas? Pues nada, pelillos a la mar, al mejor latin lover se le escapa un pedo, como acabamos de ver en las divertidas y altamente reveladoras reacciones a la sentencia del Caso Palau. Por si nadie se ha dado cuenta, incluso en su aguachirlado final, ha quedado demostrado que lo del 3 por ciento (4, en realidad) no era una leyenda urbana ni una acusación al tuntún. Y eso da de lleno y sin remisión a la antigua Convergencia Democrática de Catalunya, convertida hoy, justamente para tratar de huir hacia adelante, en PDeCAT o, en su última versión electoral, Junts Per Catalunya, oséase, la formación o movimiento que ahora lidera el mismo Carles Puigdemont que en la época de autos no era precisamente un bedel del partido.

Siguiendo el manual al uso de los castos y puros, tal circunstancia significaría asumir la responsabilidad correspondiente, pedir perdón, y hacerse a un lado. Por supuesto, en esta ocasión no procederá. En mi cinismo, no lo denuncio. Solo lo apunto.