“Ostras, ¿qué ha pasado?”

De acuerdo, me dejaré de sarcasmos, ya que tanto parecen molestar a los infantes que estos días disfrutan —la mayoría, desde la distancia— de Independilandia, el parque temático del secesionismo de mucho lirili y ningún lerele. A cambio, solo pido que no vengan con la chufa esa de “Si no ayudas, no estorbes”. Hay que tener el rostro de titanio para soltarlo en pijama.

Lo que vengo a decir es que me parece altamente razonable que de aquí a unos años se culmine el procés. ¿Cuántos? No lo sé calcular. Es verdad que la Historia se acelera a veces, pero cuando ocurre o está a punto de ocurrir, se nota. Ahora mismo, lo más que podemos conceder es la aparición de determinados elementos que podrían ir orientados hacia el buen camino. Hablo, concretamente, de una amplia base social dispuesta a movilizarse, de unas formaciones que han dejado de hacerse la guerra subterránea en pro de un objetivo común, y de otra cosa importante: poco a poco se va instalando el relato de la probabilidad y/o posibilidad. Tirios y troyanos empiezan a intuir que esto ya no es una ensoñación difusa.

La mejor forma de joderlo, opino, es venderlo para mañana, cuando se sabe que queda un rato, porque entonces habrá que hacer frente a un enemigo tan duro como Rajoy: la frustración. Si les parezco sospechoso, vean lo que afirma Benet Salellas, de la CUP: “En este país no hay estructuras de Estado preparadas”. O atiendan a Marta Pascal, coordinadora general del PdeCat, que todavía es más clara: “No ha habido reconocimiento internacional y mucha gente piensa: ‘¡Ostras!, ¿qué ha pasado aquí?’. Hemos dado por fácil una cosa que no era tan fácil”.

Derecho a decidir, según

Apoteósica lección de democracia de la CUP de Tortosa. Dice que para su culo pirulo va a aceptar el proceso participativo —ja, ja y ja— en el que el 68 por ciento de los votantes apoyó mantener en pie no sé qué monumento franquista del copón de la baraja. ¿El razonamiento? Que la consulta no debió haberse celebrado nunca y que el alcalde la había orientado para que el mamotreto no se retirase. Nada sutil forma de llamar imbécil a la misma ciudadanía a cuyo buen juicio se apela constantemente. Caray con el derecho a decidir… siempre y cuando se decida lo que yo digo, que si no, no vale.

Y sí, miren, claro que me sé la famosa cantinela que incide en la existencia de materias sobre las que no se debe votar porque bla, bla, y requeteblá. Pero no estamos hablando de la pena de muerte, de deportar a los inmigrantes ni de cualquiera de las cuestiones que servirían como argumento razonable para sustentar esa tesis. Esto va de unas piedras que personalmente considero de pésimo gusto y que habría abogado por demoler de haber tenido vela en el correspondiente entierro, pero cuya pervivencia no acarreará efectos espantosos para la convivencia. Menos todavía, si como parece que ha sido el caso, la condición para no convertirlo en escombros es incorporar elementos que expliquen que el bodrio fue obra de un régimen criminal para conmemorar la batalla del Ebro, una de sus tropelías más sangrientas.

Si no se es capaz de respetar la voluntad popular respecto a un asunto de trascendencia relativa, escasa credibilidad se tendrá para reclamar que se permita a la ciudadanía pronunciarse sobre aspectos fundamentales.

Hijos en común… o no

A veces queda ante nuestros ojos el mecanismo del sonajero. Otra cosa es que queramos verlo y sacar las conclusiones oportunas. Como que nos pasamos el día enfangándonos en broncas de saldo en las que, por supuesto, tomamos partido más con el estómago que con la materia gris. Allá películas con el fondo de la cuestión, si es que la hubiere, que lo normal es que ni eso. Se apunta uno a la barricada de los afines, y a fostiarse a modo hasta que nos caiga del cielo otro hueso de plástico por el que pelear.

El penúltimo episodio de este ritual de la vaciedad es el que ha seguido a las palabras de la dirigente de la CUP, Anna Gabriel, mostrándose partidaria de tener hijos “en común y colectivo” para que “los eduque tribu”. Anoten que son apenas dos entrecomillados ínfimos extraídos de un fragmento de poco más de un minuto de una entrevista que emitirá mañana Catalunya Radio. Es decir, que ni por mínima precaución aguardamos a conocer el contexto completo.

Con eso basta y sobra para montar el consabido pifostio pirotécnico donde tirios y troyanos representan su papel sin salirse un ápice de lo previsible. Los carpetovetónicos, echando espumarajos por el hocico, cargan contra Gabriel con toda su munición machirula, anticatalana y preconciliar. Enfrente, los jinetes del apocalipsis progresí, convertidos de un segundo para otro en prosélitos de la mancomunización de los churumbeles, se lanzan a degüello contra la caduca, trasnochada, heteronormativa y, en resumen, opresora familia nuclear, culpable de todos los males que nos asolan. Cualquiera les dice a unos y otros que son una caricatura de sí mismos.

¿Qué hay que celebrar?

Milagros de este procés aficionado a la ruleta rusa y a darle todo el rato tres cuartos al pregonero: de un minuto para otro pasas de corrupto indecente, recortador de derechos y cáncer para la causa a puñetero amo de la barraca. Y todo, por haber dado un paso al lado, estomagante eufemismo que en realidad quiere decir hacer exactamente lo que ni 48 horas antes habías asegurado que jamás harías. Hasta la incoherencia es digna de vítores, manda narices. Pero así parece que se está escribiendo lo que estaba destinado a ser una obra cumbre del género épico y cada día se parece más a un sketch involuntario de Faemino y Cansado.

Me dirán, remitiéndose a los hechos recientes, que a pesar de todo, la nave va. Ha sobrevivido a la enésima extremaunción, y vuelve a provocar cagüentales incendiarios y amenazas con el apocalipsis en la bandería unionista. Bien quisiera compartir el entusiasmo, pero si les soy franco, lo único que tengo para celebrar es que estoy viviendo el episodio como espectador a más de 600 kilómetros. Aquella envidia inicial se tornó en una suerte de escepticismo que al trote de los meses y de los incumplimientos de la cacareada hoja de ruta ha dejado lugar a la decepción.

Cierto, qué poco fuste, qué pobre ardor soberanista el mío, pero argumento en mi defensa que, por muy cedida que tenga la glotis, hay ruedas de molino que no me pasan. Que una cosa es hacerse media docena de trampichuelas al solitario, y otra, aceptar sin asomo de sonrojo que Artur Mas salga proclamando que el apaño con la CUP ha sido la corrección de lo que habían dispuesto las urnas. Joder con el derecho a decidir.

Del miedo a la pena

De lo sublime a lo patético hay un cuarto de paso. Lo tremendo es tener que explicarlo, especialmente cuando han pasado más de 24 horas del estrambote de la CUP en Sabadell y ha habido tiempo para bajarse del cerrilismo inicial. Que está muy bien la simpatía y el corazoncito de cada cual (o querer resarcirse vicariamente de la leche de hace una semana), pero basta echar una ojeada enfrente para caerse del guindo. ¿A nadie le resultan indicativas las caras de relax y choteo estratosférico de los representantes más caspurientos del llamado unionismo español? Tanto amagar con el 155 de la Constitución, los tanques y la excomunión, para que ahora les arregle el desaguisado una asamblea convocada para poder desdecirse de una promesa electoral.

Uy, sí, ya sé, la democracia funcionando a pleno pulmón, un ejemplo de transparencia del recopón, y a ti te encontré en la calle. Allá quien se lo trague. En el mejor de los casos, el infierno empedrado de las mejores intenciones, la buena acción que no se salva del castigo o, sin más, un recital de bisoñez de aquí a Lima. Pero como resumen y corolario, una estocada mortal al tan mentado procés.

Y lo peor, cambiando lo épico por lo grotesco, la herida en noble y brava lid por el tiro froilanero en el pie. Ese inmenso cínico que fue Josep Tarradellas decía que en política se puede hacer todo menos el ridículo. Mala cosa, en efecto, pasar de dar miedo a dar pena. Aunque también cabe —nos conocemos a los clásicos— enfadarse, no respirar y empuñar la garrota contra quien blande el espejo. A 600 kilómetros, qué ganas de embarcarse en una aventura igual, ¿a que sí?

Catalunya, todavía nada

Entre el soniquete hipnótico de la lotería, la montaña —pongamos Montserrat— parió un ratón. El primer teletipo lo vendía como un acuerdo entre Junts Pel Sí y la CUP. Se aludía a una supuesta postura en común en materia social y, como si no fuera lo que de verdad importa, se mentaba de refilón algo de una fórmula para la investidura. La de Artur Mas, se entiende, que es lo que se dilucida. Entre el mercadillo, la confección de trajes de lagarterana y el taller de magia Borrás, se hablaba de una presidencia rotatoria al estilo de las comunidades de vecinos.

Pero ni eso, oigan. Las sucesivas noticias al respecto fueron aguando el de por sí liviano caldo de asilo. Una comparecencia vespertina de varios jocundos representantes de la CUP rebajó aun más la cosa entre jijís y jajás que a mi se me antojaron extemporáneos. Resulta que no era ni acuerdo, ni principio de acuerdo, ni preacuerdo, sino una propuesta monda y lironda que Junts Pel Sí lanza a la desesperada a las bases de la coalición anicapitalista para que la consideren en su asamblea de domingo. Casi nada entre dos platos. O menos.

A punto de cumplirse tres meses desde las elecciones, ni cenamos ni se muere padre. No se olvide que se viene de un retraso de más de un año en la tan campanudamente nombrada como Hoja de ruta. Aparte de una declaración que no hay modo de llevar a la práctica, lo único que se ha conseguido es que Convergencia se desangre impúdicamente ante los ojos de todo el mundo. Eso y que Jordi Évole haga bromas sobre lo mucho que se parecen una Catalunya y una España que en este minuto del partido se antojan ingobernables.

Hastío catalán

Tengan la bondad de despertarme cuando ocurra algo en Catalunya. Algo digno de mención, quiero decir. Y ahí no entran los amagos infinitos que siempre terminan en no dar. Ni las bravatas de pitiminí, ni las amenazas de repertorio, ni el enésimo ultimátum por boca de ganso que impepinablemente desemboca en la promulgación de uno nuevo que tampoco se cumplirá.

Quizá me digan que no es poca cosa unas elecciones plebiscitarias y una declaración que recoge la intención de desconectarse —término literal— de España. No lo negaré, pero sí matizaré que el resultado de la cita con las urnas fue, cuando menos, interpretable y, por mucho que se quiera vestir el muñeco, bien lejano a los pronósticos de la lechera. Respecto a la proclama rupturista, aparte de señalar que el papel lo aguanta todo, que el mismo Parlament que la aprobó la dulcificó, y que al unionismo español le está viniendo de cine, les diré que de poco vale alcanzar tal histórico acuerdo, si después no hay manera de llevarlo a la práctica porque las fuerzas que lo han apoyado se enredan en una cuestión que no va más allá del personalismo de aluvión.

Lo pistonudo, además, es que tanta razón o tanta falta de ella tienen los unos como los otros. Es igual de comprensible querer a Mas fuera del proceso a toda costa, que defender con uñas y dientes su derecho a liderarlo. Sin embargo, lo verdaderamente insensato es que una de las dos partes no haya sido capaz de ceder hasta la fecha, amén de que el asunto se ventile impúdicamente a la vista pública para enorme regocijo de quienes, aunque suban el tono de voz, intuyen que no hay de qué preocuparse.