No todos son iguales

No hay encuesta, sondeo, barómetro o artilugio demoscópico que no refleje el descrédito creciente de la política en general y de quienes la ejercen en particular. Algo tendrá el agua cuando la maldicen. Quiero decir que esa desafección cada vez más difícil de distinguir de la animadversión se asienta en motivos contantes y sonantes. Un somero repaso a los titulares con o sin entrecomillados son un billete para una estación cada vez más lejana de la desconfianza. Sin vuelta, en la mayoría de los casos, me temo. Por poner un ejemplo reciente: ¿quién va a volver a creer una sola palabra a algún dirigente socialista navarro, empezando por el chisgarabís Jiménez, que aún tiene el cuajo de proclamar su “compromiso con el cambio progresista”?

El don Nadie de Pitillas, sus mandarines de Ferraz y los detentadores del régimen salvado una vez más por la campana encarnan a la perfección todo lo que de pútrido y nauseabundo tiene la política. Y sin embargo, si miran enfrente, exactamente enfrente, comprobarán la injusticia de la generalización. Salvando la candidez que ya les reproché cariñosamente, las otras cuatro formaciones de la oposición sí han estado a la altura. Llevan estándolo, en realidad, desde el arranque de esta legislatura rompepiernas, primero frente al matrimonio de vodevil que formaron la Doña y su lacayo, y después, en los interminables meses de la basura tras la expulsión del PSN del Gobierno. Por encima de las no pocas diferencias (y hasta cuentas pendientes) que hay entre las distintas siglas, han sido capaces de trabajar sin descanso por el objetivo común. No todos son iguales.

Un tal Wert

El descrédito de la política, que es la forma fina de decir que da asco, no es solo por los que meten la mano en el cajón. Aunque es difícil establecer ránkings de indecencia o escoger entre mierda oscura y mierda clara, gran parte de los choricetes y caceros no resultan mucho más dañinos que algunos de los que (¿todavía?) no han sido pillados en renuncio legalmente punible. Para decirlo con nombres y que se acabe de entender, el probado mangante Jaume Matas no tiene nada que envidiar en materia de inmoralidad y desvergüenza a José Ignacio Wert, fatal ministro y peor persona.

Si lo piensan, cada euro de los muchos miles que ingresa mensualmente el fulano por la gracia rajoyana constituye una malversación de fondos públicos. La diferencia con la practicada por el cacique balear antes mencionado es que esta se realiza con luz y taquígrafos ante las narices de los administrados. Ahí nos jodamos y aguantemos que de nuestro bolsillo se financien los vicios y el ego mastodóntico de un charlatán de feria que, amén de ser una completa nulidad para el puesto que ostenta —y en su caso, detenta—, se pasa la vida salpicando gargajos a aquellos para los que teóricamente trabaja.

Habría que rascar a conciencia en los escalafones de las dictaduras bananeras de cualquier tiempo y lugar para encontrar media docena de tipejos que puedan empatar en desaprensión, chulería y falta de escrúpulos con este narciso de libro. Claro que sus culpas acaban en el punto exacto que delimita su deleznable personalidad. Los que lo tenemos calado desde su época de tertuliano presuntuoso y tobillero sabemos que Wert es así y que, a falta de mejor criterio psiquiátrico, es probable que no pueda hacer nada por evitarlo. A partir de ahí, el dedo acusador debe señalar a quien decidió que alguien que compendia en sí casi todas las bajezas era el individuo adecuado para entregarle una cartera. La de Educación, nada menos.