Los dueños del balón

Desde el patio del colegio, los dueños del balón han hecho siempre lo que les ha salido de la entrepierna. En cuanto la pachanga se les ponía cuesta arriba o no les concedías penalti en un piscinazo, agarraban la pelota y se marchaban. Básicamente, esto de la pomposamente anunciada Superliga viene a ser lo mismo. Los señoritos del fútbol europeo se han cansado de alternar con la chusma y se han montado un chiringuito para uso y disfrute exclusivo. Y como ellos lo valen, se arrogan el derecho de quedarse en las competiciones que desprecian. Lo presentan, además, como un plato de lentejas que el resto de los clubs y las turbias instituciones comunes (lean UEFA, FIFA y federaciones estatales) tienen que tragar sin rechistar.

He leído y escuchado en las últimas horas incontables apelaciones al romanticismo y a los valores originales del deporte como argumento de oposición a la tocata y fuga de los aristócratas del balompié. Sinceramente, me parece que, además de un autoengaño, es una pérdida de tiempo y de energías ponerse sentimental. También es verdad que hablo desde la ventaja que supone en este caso ser un apóstata del opio del pueblo. Como acabo de constatar con la casi total indiferencia que me me ha provocado ver perder dos finales seguidas a mi equipo, este negocio ya no me hace sufrir.

Futbolerías

Un tipo que acaba de ser fichado por una billetada de escándalo y que cobrará por temporada más que la inmensa mayoría de los mortales en toda su trayectoria laboral se atreve a piar: “El que más ha sufrido estos días he sido yo”. Lo peor de la frase es que consiguió tocar la fibra de muchos que rascan (¡con suerte!) mil euros al mes por trabajos de mierda. No me cansaré de repetir la sentencia no sé si de Platón, Nietzsche o Jesulín de Ubrique: el fútbol es así, o sea, asín.

De este vodevil de puertas que se abren y se cierran, de jugadores que se iban, que se quedan, que se van, que vienen, he salido un poquito más asqueado de lo que ya estaba con la cosa balompédica. Pero no echaré la culpa a los peloteros que buscan el millón y la gloria, sino a sus consentidores, volubles seres que pasan del amor al odio y viceversa en apenas un titular. Qué malo era aquel portero criado en la casa que se las piraba al equipo del gobierno, la vergüenza del país, hala Madriz. Qué gran persona, cuando, una vez despreciado por el presunto comprador, proclama que jamás quiso irse y renueva por el quíntuple de la oferta inicial. Bravo por el hijo pródigo, y al que en los días de zozobra sacó las castañas del fuego, que le vayan dando.

Ídem de lienzo con el arriba citado aunque no nombrado. Héroe o villano, según el lado de la A-8 y el momento; cuando no cambiaría de bando o cuando lo hizo. Vaya risas como diga, igual que Loren casi tres décadas después, que se equivocó. Y como resumen y corolario, la sana rivalidad y el sabrosón pique de fogueo convertidos en inquina y agravio imperdonable, cien gaviotas dónde irán.

El bolsillo sí duele

El frente jurídico —judicioso, le llamo yo— es muy dañino para el soberanismo catalán. Ya se ha visto cómo sus españolísimas señorías hacen de su toga un sayo y se dedican a suspender, imputar, condenar o lo que se tercie. Sin embargo, una vez que la república catalana traiga una nueva legalidad, ya pueden echar los galgos que quieran, que todo será papel mojado. Incluso en este ínterin en que ya se ha decidido hacer la peineta al cuerpo legal español, las decisiones que vengan de los tribunales hispanos serán una jodienda, pero no el freno definitivo.

Con la ofensiva policial, tres cuartas partes de lo mismo. Habrá porrazos y pelotazos de goma para parar el Orient Express, pero eso estaba amortizado de saque. Es más, las imágenes viralizadas barnizarán de épica a la causa y conseguirán —ya están consiguiendo— que la prensa internacional cante la gesta del pueblo catalán haciendo frente a la represión inmisericorde de los uniformados mandados por Rajoy.

Ocurre ídem de lienzo con el embate mediático. A estas alturas, no hay que explicar que los regüeldos de la caverna quizá embarren el campo, pero a la hora de la verdad, no hacen ni cosquillas. Al contrario, su indelicadeza convence a los no convencidos y encabrona más a los que ya lo estaban.

Canción aparte es la acometida económica que, según estamos comprobando, se había minusvalorado. Por ahí sí cabe que tiemblen las rodillas. Más, si como está aconteciendo, ya no es fuga sino una estampida empresarial en toda regla, y con algunos buques insignia mostrando el camino. No sería la primera revolución ni la segunda que se naufraga por el bolsillo.

Compraventa de bebés

Maternidad subrogada, alguna certeza y no pocas dudas. La inmediata, respecto al motivo por el que, casi de repente, se ha empezado a hablar de la cuestión desayuno, comida y cena. Apenas ayer era material para telefilm de sobremesa dominical o extravagancia de cuatro parejas con pasta de por ahí. ¿Por qué justamente ahora se nos viene encima con la apariencia de debate sobre no se sabe qué derecho?

Sí, derecho, otro más de esos manufacturados al gusto del pensamiento fetén para quedar de vanguardia del quince al reivindicarlo con la rotundidad con que en otros tiempos se exigía pan, trabajo y libertad. Y la cosa es que al primer bote casi cuela. Nos preguntan a bocajarro, y nos sale el instinto cobardón para que no se diga que no llevamos a la orden los certificados reglamentarios de progresía o que se nos ha parado el calendario en el pleistoceno. Que si es un asunto de mucho calado, que si todo es respetable, que si…

Confieso que anduve en esas, pero ya no. Ahora mismo tengo claro que el tal derecho es, en plata, la mercantilización pura y dura de la reproducción humana. Bebés convertidos en productos de consumo solo para quienes pueden permitírselo. Al otro lado, mujeres reducidas a suministradoras de criaturas para cumplir los deseos —¿o van a ser los caprichos?— de los que consiguen lo que sea a golpe de chequera. Y en más de un caso, todavía tienen el desahogo de hacerse los ofendidos y corregir al personal cuando se habla de vientres de alquiler, expresión no solo más popular sino más ajustada de esta práctica que ni siquiera es nueva. La compraventa de chiquillos viene, por desgracia, de muy atrás.

Odiada amada Europa

Resultan enternecedoras las conmemoraciones y/o celebraciones [táchese lo que no proceda] del Día de Europa. Igual las abiertamente encomiásticas que las biliosas sin matices. Incluso las pretendidamente escépticas, como esta que están ustedes leyendo. Les confieso, de hecho, que mi idea era sacar el zurriago y unirme a las fuerzas del apocalipsis de boquilla que se pegaron toda la jornada echando pestes de la cosa. Cambié de idea escuchando al sabio Juanjo Álvarez en Euskadi Hoy de Onda Vasca. Tras glosar las mil y una fallas de la actual Unión, sin pasar por alto las decididamente sangrantes, nos pidió a los presentes que reflexionáramos en los costes de la no Europa. Y concluyó: “Estaríamos mucho peor. Me quedo con nuestro modelo, que está hecho jirones por muchas cosas, pero que merece la pena defenderlo desde un pesimismo constructivo”.

Quizá esa sea la actitud. Me sumo a ella desde una visión diferente a la de Juanjo. Mientras él sostiene —y argumentos no le faltan, lo reconozco— que el proyecto nació del idealismo y de las convicciones éticas, yo más bien tengo la impresión de que el impulso inicial de la alianza de estados fue principalmente económica. Añado que ese espíritu se ha mantenido a lo largo de estas casi siete décadas y que durante la mayor parte de ellas ha sido compatible con el desarrollo y la promoción de unos mínimos valores morales. Sin embargo, tras la carrera de ampliaciones sucesivas sin ton ni son y la creación de un entramado burocrático diabólico y, para colmo, ineficaz, el dinero se ha quedado al mando en solitario. Que eso cambie será cuestión de la ciudadanía.

No le importaba el dinero

Qué vicio tan insólito, la lectura de las mil y una coplas a la muerte de un banquero que, sobre pronóstico, han caído en torrentera tras el óbito del Capo di capi. Será que estoy especialmente receptivo, pero en casi todas, igual en las babosamente laudatorias que en las pasadas de vitriolo, he encontrado alguna enseñanza. Por ejemplo, que buena parte de los prebostes de la cosa financiera (o los amanuenses a los que han desviado el encargo de la glosa de su colega finado) andan justos de gramática y definitivamente ayunos de imaginación. Que si figura clave, que si adelantado a su tiempo, que si hombre hecho a sí mismo, que si afable, sencillo de trato, campechano, amigo de sus amigos… Bien mirado, tampoco nada digno de excesivo reproche en quienes tienen ocupaciones lejanas a la lírica. Menos, cuando los que sí poseen licencia para juntar letras no han demostrado mejor maña. “Relució con luz propia”, se vino arriba (o sea, abajo) todo un académico de la lengua y otrora periodista de postín. Aún no me he quitado de encima la sensación de bochorno.

Paso por alto las diatribas furibundas —unas, de carril y otras, realmente sustanciosas— que, por esas carambolas extrañas, acabarán engrandeciendo la leyenda del despellejado. Acuciado ya por la falta de espacio, aprovecho el que me queda para compartir con ustedes las palabras que más me han dado qué pensar. Jaime Botín Sanz de Sautuola escribe sobre su hermano recién difunto: “No le importaba nada el dinero”. En el juicio final, un testimonio así acarrearía la condena eterna. Pero lo más seguro es que Don Emilio esté ya en el paraíso… fiscal.