Demócratas en apuros

Menuda birria de régimen, estructura, sistema o lo que sea, que se pone a hipar y temblequear porque una parte infinitesimal de la plebe se ha echado a la calle y una fracción aun menor da rienda suelta a sus garrulos instintos violentos. “Democracia amenazada, secuestrada, asaltada, violentada, mancillada”, se rasgan las túnicas con gesto entre digno y espantado los que viven en los apartamentos de lujo del edificio constitucional, ese búnker que tiene reservado el derecho de admisión. Si reaccionan así ante cuatro vistosos pero inofensivos episodios de pimpampum, ¿qué harían ante una revolución de verdad, con todos sus sacramentos?

De sobra saben que, si alguna vez lo hubo, ya pasó el riesgo de que ocurra algo así en estas latitudes. Por eso se entregan a la fantasía apocalíptica de convertir en insurrección popular lo que apenas llega a mínimo y justísimo pataleo de quienes están hasta las pelotas de palmar siempre en una timba que, en buena parte de los casos, ni han elegido jugar. Y si no tuvieran tanta querencia y tanto interés por la exageración, deberían estar agradecidos de que la cosa se vaya a quedar en un sucedido del que podrán fardar ante sus nietos. El Ismael Serrano del futuro cantará: “Abuelo, cuéntame otra vez ese cuento tan bonito de las piedras, los Mossos y los helicópteros llevándote al Parlament”.

Que no, que aquí no hay ninguna democracia en peligro y menos, en la acepción en que emplean tan polisémica palabra los que se la han quedado en propiedad. Muchos de ellos (no diré que todos, porque cualquier generalización es odiosa) llaman democracia al cómodo machito en el que se han subido. Es eso que permite que nulidades que no distinguen el IPC o el PIB de un chupachups cobren seis mil y pico euros al mes por apretar un botón. Ayer vi a uno así poniendo a caldo en un foro de internet a los que protestaban en la calle y me lancé al teclado a escribir esta columna.

Violentos pro-Sistema

Cualquier acto masivo, desde un congreso mundial de ursulinas a la junta general de accionistas del Mangante’s Bank, es susceptible de acabar a hostia limpia. Basta con que un puñado de los asistentes -mandados por alguien o, simplemente, llegados por su propio pie con ganas de bulla- repartan los primeros mamporros. A partir de ahí, se ponen en marcha la adrenalina, la confusión y todos los instintos primarios descritos en miles de manuales de psicología de las multitudes. En un titá, el mobiliario vuela por los aires y tipos que de a uno no son capaces de matar una hormiga mutan en Conan el bárbaro. Un puñado de cámaras registrando primeros planos de furia y captando el rugido de la marabunta completan el trabajo.

Ocurrió tal cual anteayer en Barcelona, con la propina de unos helicópteros rescatando a los buenos y hasta el detalle chusco de unos gañanes tratando de guindarle el perro-guía a un parlamentario ciego. Era de libro que un movimiento que tenía de los nervios a los amos del calabozo terminaría así. Fracasados los intentos de presentarlos como una turba de ingenuos que no tienen ni puta idea de lo que vale un peine democrático o como unos haraganes refractarios a la higiene, sólo quedaba el fácil recurso de retratarlos como una versión con rastas de las huestes de Atila.

¿Estoy dando pábulo a las teorías semiconspiratorias de los infiltrados policiales que encendieron el cirio? Hombre, que había unos madelmanes disfrazados de grotescos activistas es algo de lo que da fe Youtube. Pero no hay pruebas de que fueran ellos quienes empezaron la gresca. De hecho, no les hacía ninguna falta. Bastaba con dejar que actuaran los cuatro imbéciles que, sin otra ideología que buscar la boca, trashuman de lío en lío. ¡Si los conoceremos por aquí arriba! El llamado Sistema no tiene mejores aliados que esos antisistema de atrezzo. No los confundamos con quienes sólo piden que algo cambie.