La gran farsa

¡Oh, qué sorpresa! Con once años de retraso, nos enteramos de que cada uno de los aspavientos y rasgados rituales de vestiduras del PP y UPN durante las negociaciones de Loiola eran puro teatro. Como leímos el lunes en las páginas de Diario de Noticias de Navarra, hasta aquella manifestación lisérgica que reunió en Iruña a lo más granado del fascio, la carcunda, vividores del cuento varios e ingenuos ciudadanos al grito de “Navarra no se vende” fue una pantomima de tomo y lomo. Se la montaron a pachas Miguel Sanz, a la sazón y en el momento, presidente de la demarcación foral, y Mariano Rajoy, en funciones entonces de líder de la oposición española tras haber mordido el polvo en 2004 ante el imberbe Rodríguez Zapatero.

Tanto el de Corella como el de Pontevedra estaban informados al milímetro de lo que se cocía en la mesa de diálogo entre representantes del gobierno español y ETA (y/o sus comisionados de la izquierda abertzale) con el PNV como notario y engrasador. Y uno de los detalles fundamentales que conocían eran que Navarra no era ni de lejos moneda de cambio.

Lo divertido y a la vez revelador sobre la inmensa farsa que es la política reside en el hecho de que se había pactado hasta la crítica. Zapatero se dejaba hostiar dialécticamente por Rajoy, Sanz y el ultramonte mediático diestro a cambio de que no le reventaran totalmente las conversaciones. Es de imaginar, por cierto, que los otros interlocutores de Loiola estaban igualmente al corriente del apaño. Podríamos encabronarnos por el trile tardíamente descubierto. Pero también cabe pensar que entre bambalinas hoy está pasando algo parecido.

Despertar de la siesta

Resentido. Eso me dicen por haber escrito aquí mismo que no tengo la menor intención de reconciliarme con quien, por otro lado, jamás estuve conciliado. Viniendo de quien viene, lo tomo como elogio y como indicio de que no debo de andar tan descaminado. El clásico Ladran, luego cabalgamos, que en este caso es, además, una brutal proclamación de cómo se espera que funcione el invento a partir de ahora.

En realidad, un suma y sigue, el continuose del empezose, porque ya llevamos un buen rato en que los que han tirado de pistola deciden quién es o quién deja de ser amigo o enemigo de la paz. Desde el otro día, se ha añadido un requisito extra para no ser considerado torpedeador del nuevo tiempo, o sea, del nuevo nuevo tiempo, puesto que también se ha decretado otro cambio de era sin haber agotado la anterior. Esa recién nacida condición sine qua non para ser de los buenos, de los que facilitan, de los que reman en la dirección adecuada, es darle gracias a ETA. Tan perverso como suena.

Lo habrán visto estos días en varias versiones. Pintarrajeado guarramente con spray en las paredes, en alguna bucólica portada o en esas pegatinas vintage en las que sobre el hacha y la bicha se lee en azul desvaído no sé qué de que todos tenemos que dar un poco para que unos pocos no tengan que darlo todo. Ese fue el regalo por haber apretado los dientes para acudir a lo nunca visto, la lectura de la herencia de una organización que se decía revolucionaria y socialista en un palacio de manda carallo. Quiero pensar que estamos a tiempo de despertar de la siesta y tomar las riendas del futuro. Pero no lo veo nada claro.

Coexistir es suficiente

Me van a perdonar que yo no me reconcilie. Simplemente, no me da la gana. Ocurre que elijo libremente mis amistades, del mismo modo, espero, que ellas me eligen a mi. Mis afectos son personales y los transfiero a quien me sale de la sobaquera. Igual que mis desafectos, ojo. O, incluso, que mis sentimientos contradictorios, mis dudas metódicas o las empanadas mentales de las que no estoy libre, como cualquier humano. Quiero ser el único responsable de mis equivocaciones, ese es el resumen.

Y esto será así en lo sucesivo, pero también lo era en lo precedente. Que esté o deje de estar ETA puede cambiar que se me acelere el pulso más o menos al arrancar el coche, pero no mi escala de valores, ni mi forma de entender las relaciones personales. El censo de grandes tipos y el de tremebundos miserables sigue siendo el mismo. Bueno, poco más o menos; para mi enorme disgusto, muchos de los que parecían tener limpia la muda ética se han descubierto como justificadores y/o glorificadores de los asesinos, bien porque han hecho de ello su forma de ganarse el pan (luego dicen de los demás) o porque son unos acojonados que tratan de evitar que, como a mi, les salgan los malotes al encuentro para leerles las normas de la casa de la sidra.

Entre Bertiz y Arnaga, mil millones de veces me quedo con Bertiz. Y me alegro de que las falanges de los dos extremos echen las muelas al ver a quienes sí representan a este pueblo, la presidenta de Navarra y el lehendakari, dejando negro sobre blanco lo que, por otro lado, es una evidencia: que el reto es convivir. Yo lo rebajaría a coexistir Sería, creo, más que suficiente.

Pues agur

Por más que ensayo ante el espejo, no me sale la cara de solemnidad que, según el manual, requiere el momento. Llego a algo parecido a una jeta de sota, pero enseguida me viene este o aquel tic, y derroto por la risa floja, el rictus de úlcera duodenal, la pedorreta, la lágrima amarga pensando en los que no están o, para qué engañarles, el gesto de la más absoluta de las indiferencias. Todo mezclado, claro, con la sensación de estupor y despiporre infinitos al asistir a la chapuza ceremonial. He perdido la cuenta de los comunicados, cartas, mensajes, proclamas y/o partes para anunciar el sanseacabó a los diferentes públicos. Y nosotros, los cuentacosas, que somos unos benditos y nos va la marcha (bueno, y que necesitamos rellenar nuestros blablás), venga dar pábulo a cada una de las chapas, como si fueran algo más que los esfuerzos postreros de la decrépita prima donna por llamar la atención.

A ver si es verdad —empiezo a dudarlo— que el festejo aguachirlado de Kanbo es el definitivo. Qué papelón, siento escribirlo aunque me consta que los aludidos son conscientes de ello, el de los que van por el qué dirán o porque a estas alturas qué más da. Ojalá sea, copiando mal a Neruda, el último sofoco que ETA les causa, y esta, la última Fanta que les pagan a los entusiastas de la bicha y a los profesionales de la conflictología parda.

Y sí, estoy seguro de que serán muy bonitos los discursos apelando al empuje de la sociedad y a no sé qué futuro que se abre. Como si no tuviéramos la certidumbre de que esto no ha sido más que una liquidación por cese de negocio. Tardía, además. Dicen que se van. Pues agur.

Faltaba Vera

¡Miren quién ha tenido que aparecer en uno de los meandros menores de las vísperas del día de la disolución —definitiva, nos dicen, como si ya la palabra no lo indicara— de ETA! Con un ego como el que gasta Rafael Vera y Fernández-Huidobro, le ha faltado tiempo para reservarse su papelín en el festejo. Y ahí que salió de su catacumba y se fue a largar por esa boquita en el programa de Jordi Évole, ante quien cabe descubrirse, no sin dejar de preguntarse qué les dará a los más sinvergüenzas del barrio hispanistaní, que hacen cola para confesarse ante él.

Como hacía tiempo que no me lo echaba a los ojos, mi primera reacción, incluso antes que la náusea, fue tararear mentalmente una de Sabina: vaya ruina de Don Juan. No resultaba fácil reconocer al pimpollo con planta de actor clásico de sus buenos tiempos, aquellos en los que se dedicó al innoble oficio de la política de cloaca a las órdenes de ustedes ya saben quién. Mantiene, eso sí, la arrogancia, la soberbia, la prepotencia y, en definitiva, la absoluta falta de moral de siempre. Con un añadido digno de mención: después de su corto y plácido paso por la trena, se puede permitir un desparpajo aun mayor.

En su cínico y repugnante relato, el GAL no fue ni justo ni injusto, solo necesario. Y hasta los secuestros y asesinatos de personas que nada tenían que ver con el presunto objetivo resultaron de provecho para la causa. Nada de lo que arrepentirse. Lo contrario: solo motivos para elevar el mentón, sacar pecho y vanagloriarse. Al final, nada se parece tanto a un criminal como otro criminal, independiente de en nombre de qué diga que mata cada uno.

ETA, penúltimo acto

Llevo desde el viernes tratando de imaginar un comunicado que me hubiera parecido aceptable. La respuesta es ninguno. A estas alturas —en realidad, desde hace muchísimo—, no hay nada que ETA pueda decir que me vaya a satisfacer. Incluso aunque le cedieran la redacción al mayor encantador de palabras del Universo y hasta las comas sonaran a música celestial, seguiría siendo insuficiente para mi. Simplemente, no hay modo de blanquear una organización que lleva a su espaldas semejante mochila de daño causado, no solo injustamente, sino de modo absolutamente voluntario y premeditado.

Por lo demás, también ha pasado mucho tiempo desde que me quité del vicio de practicar la espeleología semántica y gramatical en unos textos creados justamente para eso, para tener al personal entretenido discerniendo si son galgos o podencos, venga mirar el dedo, mientras la luna bosteza de puro aburrimiento. Así que de este en concreto, me quedaré con lo evidente, con lo que salta al primer bote: no es como los chopecientos anteriores. Está más cuidado en lo literario y posee una eficacia comunicativa (que es lo que cuenta; por algo se llama comunicado) de notable alto. Llegaría al sobresaliente si no fuera por esa cantada de dejar ver que hay víctimas de primera, segunda y tercera.

En cualquier caso, siendo importante el cómo, lo fundamental es el qué. Y más allá del blablablá, estamos ante el penúltimo acto antes de la disolución formal, con toda la parafernalia folclórica que tenga que tener, de algo que la inmensa mayoría de la sociedad vasca llevaba dando como disuelto desde hace un buen rato. Quedémonos con eso.

Detrás del hacha

En esas andamos, en discusiones sobre el significado de una escultura. O sea, parece que andamos, porque solo si pretendemos hacernos trampas en el solitario podremos tomar como debate artístico el que ha suscitado la obra de Koldobika Jauregi para conmemorar —¿o celebrar?— la escenificación del desarme de ETA hace ahora un año. ¿El hacha invertida de cuyo mango sale un árbol es un brindis en honor de la banda que tiene ese distintivo o una metáfora de la sangrienta herramienta que da paso a la primavera de la convivencia? Como tantas veces, tenemos los suficientes años para saber la respuesta, igual que cuando nos cuestionamos si cabe considerar homenaje al recibimiento bajo palio al autor de media docena de asesinatos. Igual, por cierto, que en este mismo caso, cuando señalamos la unanimidad de las fuerzas políticas e instituciones de Iparralde, pasando por alto que las realidades a uno y otro lado de la muga son imposibles de comparar, salvo que se obre con ignorancia inconmensurable o mala intención todavía mayor.

Bastan unos cuantos gramos de empatía y otros poquitos de humanidad para plantearse, siquiera como hipótesis, la posibilidad de que la elección del símbolo pueda provocar sufrimiento en una parte no pequeña de la misma sociedad a cuya convivencia se apela en la explicación oficial de la escultura. Y no, no vale el comodín de aludir al dolor que también ha padecido “la otra parte”, porque entonces sí que se caen los velos y las máscaras del todo. Si no vamos de farol en las proclamaciones, se supone que se trata de que nadie se sienta ofendido ni excluido. No parece tan difícil.