Son solo negocios

No termina de entrarnos en la cabeza. Los negocios no saben de romanticismos ni de sentimentalismos. Tampoco de demagogia facilona. ¿O acaso los que prometieron, allá a quinientos y pico kilómetros, que iban salvar La Naval la salvaron? Por supuesto que no. Su bravata quedó apuntada, como tantas otras, en la barra de hielo. En la jungla de la empresa y las finanzas querer no necesariamente es poder.

Escribo todo esto, como estarán imaginando, a cuenta de la sorpresiva absorción de Euskaltel por parte de MásMóvil. Nos pongamos como nos pongamos, una vez que la compañía madrileña con una pequeña pata testimonial en Donostia tomó la decisión de hacerse con nuestra emblemática teleco naranja, solo había dos formas: por las regulares o por las malas. En el segundo caso, la operación habría respondido a los usos y costumbres habituales. Sin miramientos, todo habría marchado a Alcobendas, sede principal de la compradora.

Así que, aunque lo ocurrido no haya sido lo más deseable, creo que podemos darnos un canto en los dientes. La OPA amistosa garantiza el arraigo y el empleo tanto directo como indirecto durante cinco años. Conociendo algo la trayectoria de MásMóvil, es razonable pensar que se cuidará mucho de mantener la marca y la presencia social que ha hecho de Euskaltel algo más que una empresa.

¿Euskadi o Euskadi?

Nuestra eterna trifulca onomástica —Euskadi, Euzkadi, Euskal Herria, País Vasco, Vascongadas…— acaba de pegar un doble tirabuzón descacharrante. La bronca está ahora, verán qué sutileza y qué mendruguez, entre Euskadi y Euskadi. ¿Mande? Pues sí, la misma palabra, por lo visto, muta de significado según se estampe en el maillot del equipo ciclista Euskaltel. Cosas del Departamento de Industria (¡Anda! ¿Tenemos de eso?) de Patxinia, que ha amenazado a la escuadra naranja con retirar los 400.000 euros de subvención para esta temporada si no se aviene a cambiar el tradicional Euskadi verde, sospechosamente abertzaloso, por el cosmopolita Euskadi blanco todo en mayúsculas y con rabito bajo la A que los centuriones del cambio han convertido en grafía única e indivisible de su régimen provisional.

Como probablemente sospechen, eso es sólo la puntita de prueba para la coyunda completa de quienes, fajo de billetes en mano, reclaman su total derecho de pernada. La otra condición para aflojar la mosca es que toda la indumentaria de los txirrindularis y, por supuesto, el parque móvil del equipo (coches, furgonetas, autobuses y caravanas) lleven rotulada y bien visible la verdadera palabra mágica, ya imagina cuál. Según el terruño en el que se compita, a los propios del lugar les deberá quedar bien clarito en nombre de qué gran patria pedalean los abnegados esforzados de la ruta: Espagne, Spagna, Spanien o Spain.

¿Quiénes decían que eran los que tenían desbarres y delirios identitarios? A la vista queda. Y junto a ello, el retrato exacto de los que al llegar —gracias al trapicheo y a la aritmética parda, nunca se olvide— juraban que se había acabado el tiempo de enfrentar a la sociedad con tribalismos trasnochados. Ya sospechábamos entonces y hemos ido comprobando a lo larguísimo y anchísimo de este trienio perdido lo que querían decir tales proclamas: hasta Euskadi dejaría de ser Euskadi.