El ejemplo de los viejos

Enorme lección de dignidad de las personas mayores. Han llenado el asfalto del que tantas y tantas mareas se habían ido retirando desde aquellos tiempos nada lejanos en que nos prometían no sé qué estallido social y no sé cuál estrepitoso derrumbamiento del sistema. No es improbable que de aquí a unas vueltas de calendario, ocurra lo mismo con estas protestas que hoy ocupan las portadas y las tertulias. Pero que les vayan quitando lo bailado a quienes han conseguido volver el foco sobre ellos después de años de ninguneo y desprecio.

Ya están tardando las peticiones de perdón de la panda de oportunistas que estos días, y particularmente ayer, se les pegan como lapas para salir en una foto. Hay que tener el rostro de mármol negro de Markina para sumarse a la fiesta después de haber acusado a los viejos de ser el freno que impide la victoria en las urnas de las fuerzas redentoras. Repasen lo que se ha dicho y escrito tras las últimas citas electorales, y verán cuántos de los actuales abrazadores de abuelitos les deseaban que la fueran diñando.

Y para los aguerridos dirigentes sindicales, igual de obediencia tiria que troyana, negociadores o confrontadores, una peineta como la de los carteles que exhibían los manifestantes. Sabemos lo que han hecho en los últimos cien otoños calientes: pasar un kilo de quienes técnicamente habían dejado de ser trabajadores y, en consecuencia, de pagar las cuotas de afiliación. Claro que de sabios es rectificar. Tienen toda la vida por delante, pero empezando hoy mismo, para concentrar sus esfuerzos de lucha en los pensionistas que son y en los que ojalá lleguemos a ser.

Felices postureos

Creo que ya lo he contado en alguna ocasión. Quizá, de hecho, esta es una columna repetida. El caso es que paso por ser un tipo muy poco dotado de espíritu navideño. Como ocurre con cualquier leyenda de andar por casa, yo mismo soy el primero en alimentar la que me ha tocado. Así, gruño cuando un villancico perturba mi paz o me cisco en lo más barrido ante la visión de una trenza de espumillón, unas bolas brillantes o un gorro de Papá Noel del bazar chino.

Pero ahí me quedo. Mi postureo —aprovechemos a escribirlo, ahora que la RAE ha bendecido el palabro— no llega, me parece, a la memez con balcones a la calle de esos especímenes que durante estas fechas se suben a la parra para vomitarnos su superioridad moral. Hablo, por ejemplo, de la patulea megachachi que desea feliz solsticio de invierno (o solsticia, o de invierna) con miradita de qué pedazo de progre estoy hecho. O de esos chiripitifláuticos de Izquierda Unida de Madrid que echaron a modo de gargajo un Christmas con un árbol de navidad en llamas, jijí-jajá, porque la iglesia que más ilumina es la que arde.

Eso, en la media distancia. En la corta, y con harto más dolor, tengo que apuntar el cambio del nombre Jesús por el de Peru o la omisión de cualquier elemento que aluda al cristianismo en los villancicos tuneados de algunas de nuestras escuelas públicas. Probablemente, la intención sea buena, pero manda un quintal de pelotas que en nombre del respeto se incurra en tamaña falta de respeto. Resulta infinitamente más coherente —y, desde luego, valiente— suprimir la celebración que imponerla en una versión aguachirlada de sí pero no, no pero sí.