Faltaba Vera

¡Miren quién ha tenido que aparecer en uno de los meandros menores de las vísperas del día de la disolución —definitiva, nos dicen, como si ya la palabra no lo indicara— de ETA! Con un ego como el que gasta Rafael Vera y Fernández-Huidobro, le ha faltado tiempo para reservarse su papelín en el festejo. Y ahí que salió de su catacumba y se fue a largar por esa boquita en el programa de Jordi Évole, ante quien cabe descubrirse, no sin dejar de preguntarse qué les dará a los más sinvergüenzas del barrio hispanistaní, que hacen cola para confesarse ante él.

Como hacía tiempo que no me lo echaba a los ojos, mi primera reacción, incluso antes que la náusea, fue tararear mentalmente una de Sabina: vaya ruina de Don Juan. No resultaba fácil reconocer al pimpollo con planta de actor clásico de sus buenos tiempos, aquellos en los que se dedicó al innoble oficio de la política de cloaca a las órdenes de ustedes ya saben quién. Mantiene, eso sí, la arrogancia, la soberbia, la prepotencia y, en definitiva, la absoluta falta de moral de siempre. Con un añadido digno de mención: después de su corto y plácido paso por la trena, se puede permitir un desparpajo aun mayor.

En su cínico y repugnante relato, el GAL no fue ni justo ni injusto, solo necesario. Y hasta los secuestros y asesinatos de personas que nada tenían que ver con el presunto objetivo resultaron de provecho para la causa. Nada de lo que arrepentirse. Lo contrario: solo motivos para elevar el mentón, sacar pecho y vanagloriarse. Al final, nada se parece tanto a un criminal como otro criminal, independiente de en nombre de qué diga que mata cada uno.

Felipe al aparato

Se decía que antes pasaría un camello por el ojo de una aguja que Felipe González se dejara entrevistar por El Mundo. Pues ya vemos que no era para tanto. Una tonelada de páginas en la edición del último domingo. No hay enemistad que mil años dure, especialmente cuando ejerce como alcahueta la razón de Estado, esa que hace extraños compañeros de orgía. Por lo demás, y como el otrora llamado Copito de Nieve aclara, desde hace ya un porrón de lunas, ese papel no lo dirige Pedrojota, bestia negra del susodicho.

¿Y dice algo interesante el señor equis?, se preguntarán, seguramente con nulo interés, no pocos lectores que no gastarían un segundo de su tiempo en echarle un ojo a la charleta. La verdad es que casi nada. Que si sigue siendo de izquierdas y sus propuestas son “solidarias, progresistas y de lucha contra la injusticia”. Que si en lugar de Rajoy, cedería gustoso el paso a un sustituto. Que si con ETA se cometió algún error, pero que menudencias menores. Que si a él mismo le acusaron de corrupción y todavía hay quien dice que es millonario…

Para qué les voy a seguir contando. La ciencia tiene un gran desafío: averiguar de qué material está hecha su jeta y replicarlo para hacer objetos indestructibles sobre los que resbale lo que le echen. En todo caso, y sobre la cuestión candente, me permito pedirles que se queden con esta frase: “Catalunya está más cerca de perder la autonomía que de ganar la independencia”. Es una versión de otra de su compadre Cebrián: “Con el 155, el debate no sería cuándo se va a lograr la independencia, sino cuándo van a recuperar la autonomía”. Del enemigo, el consejo.

Adiós a Suresnes

El 13 de octubre de 1974, en el teatro Jean Vilar de Suresnes, con Willy Brandt y François Mitterrand como testigos y padrinos, Felipe González Márquez, más conocido como Isidoro, llegó a la secretaría general del PSOE. Fue un golpe de mano en toda regla. La vieja guardia, encabezada por el histórico Rodolfo Llopis que hoy no le suena a nadie, fue desalojada no solo de los órganos de poder sino, con el tiempo, del partido. Con la bendición de las más altas instancias internacionales y el visto bueno de quienes preparaban la metamorfosis controlada de la dictadura a la democracia o así, tomaba el mando de las venerables siglas un grupo de jóvenes no se sabe si osados o desvergonzados.

Ellos pilotaron, siempre con el dóping externo, la conquista del gobierno central, de varios autonómicos y de muchos más municipales. Y ahí se han mantenido, saltando por infinidad de vicisitudes que no caben en esta humilde columna, hasta anteayer. Literalmente anteayer. No creo exagerar demasiado si escribo que la victoria de Pedro Sánchez el domingo no fue únicamente sobre Susana Díaz. Al fin y al cabo, la pinturera presidenta de Andalucía solo desempeña el papel de testaferro de los dinosaurios y sus pajes de menos edad. Tan mal vieron la cosa, que estuvieron en primer plano junto a su mujer de paja. Felipe, Guerra, Pérez Rubalcaba, Zapatero y demás barones y baroncetes de varias generaciones de la estirpe de Suresnes mordieron el polvo, qué ironía, ante quien fue criado para continuar su legado. Bien es cierto que la fuerza necesaria para derrotarlos vino de la militancia que por fin parece haberse rebelado.

Duelo en O.K. Ferraz

Después de mil amagos, por fin está completa la terna de las primarias a la secretaría general del PSOE. Ahora los malvados empiezan a dudar que lleguen todos a la puerta de las urnas. ¿Qué pinta Patxi López en lo que huele un congo a combate a muerte entre dos formas ya radicalmente distintas de entender el partido? Ahí no parece caber esa tercera vía amable y conciliadora que muchos —que Santa Lucía nos conserve la vista— creíamos intuir. Quizá el amargo triunfo de López consista en tener razón cuando, una vez contados los apoyos del dúo de antagonistas irreconciliables, empiece a oler a escisión.

¿Para tanto? Quizá es demasiado aventurar. La lógica dice que se impondrá el instinto de conservación. Sin embargo, la Historia relativamente reciente recoge la división de 1972, cuando los viejos dirigentes del exilio fueron sacados a patadas por los entonces jóvenes Felipe González y Alfonso Guerra. Nótese que ambos estuvieron el domingo junto a la plana jurásica mayor de Ferraz arropando fervorosamente a Susana Díaz en una concentración de líderes que no se daba, como recordaba el tuitero Gerardo Tecé, desde aquella a las puertas de la cárcel de Guadalajara. A modo de bisagra intergeneracional, también estuvieron presentes en el besamanos de la doña un conjunto de mindundis de variada procedencia y edad. Destacaba entre ellos el ya no tan imberbe Eduardo Madina poniendo en práctica el viejo adagio: los enemigos de mis enemigos son mis amigos. El perfecto resumen del psicodrama socialista es que no hace ni tres años Díaz aplastó a Madina utilizando como mazo a un desconocido llamado Pedro Sánchez.

Boicot a Janli e Isidoro

Gran entretenimiento, leer y escuchar las venidas arriba a cuenta de la bronca que les montaron unos niñatos en la Universidad Autónoma de Madrid a Felipe González y Juan Luis Cebrián, también conocidos como Señor Equis y Janli, respectivamente. Qué verbos incendiados, qué adjetivos escalibados —aquí tampoco somos menos en materia de florituras, ojo—, qué prosopopeya casi guerracivilista… y qué poco verosímil todo. Ni los propios boicoteados se creen que haya para tanto rasgado ritual de vestiduras. Como si el par de caraduras no imaginaran desde el momento en que les contrataron el bolo que aquello iba a acabar en happening y materia para el cotorreo. ¡Como si hubieran nacido ayer Isidoro y el hijo del director del diario Arriba!

¿Que fue feo y nada edificante? Por supuesto, pero si hacemos la lista de motivos de denuncia o de pérdida de sueño, el episodio no está ni entre los mil primeros. Y sí, lo confieso antes de que me lo afee cualquiera que conozca mis martingalas: aquí echo mano de esa doble vara sobre la que tanto despotrico. Es del todo cierto que si les hubiera ocurrido lo mismo a (casi) cualesquiera otras personas, incluyendo la mayoría de mis antípodas ideológicas, habría denunciado el hecho como un intolerable ataque a la libertad de expresión y bla, bla, requeteblá.
Pero con estos dos no hay modo, lo lamento. Soy incapaz de sentir la menor pena, indignación o leve cabreíllo al ver que se quedan sin soltar la chapa un rato unos tipos por encima del bien y del mal, dueños o usufructuarios de chopecientos medios de comunicación y activos promotores de mordazas varias. Allá les zurzan.

El viejo ta-pa-pá

Poco nuevo en la feria de las vanidades, los rencores y todos los demás ladrillos que conforman la (generalmente deplorable) condición humana. Corría el verano de 1972, con Franco en tiempo de descuento hacia la autopsia definitiva y la lápida de cinco toneladas. La izquierda española para entonces era el PCE, y lo demás, incluido el PSOE, menudencias anecdóticas. Solo 10 años más tarde, el partido que apenas pasaba de figurante en la escena antifranquista tomaría —¡en las urnas!— un poder casi más absoluto que el del ya fiambre dictador. ¿Cómo?

Es largo de contar, pero abrevio. Un rapaz de nombre Alfonso Guerra publicó en El Socialista un texto titulado (a ver si Iglesias Turrión se cree el único que usa palabros) El enfoque de la praxis. Entre la densa prosa, este misil: “Los socialistas tienen una doble tarea que desarrollar: la lucha contra el sistema capitalista que los oprime y la lucha contra ciertas estructuras de su propia organización, que amenazan con la esterilización de sus acciones”. Ríanse de la primera parte, pero reparen en la segunda idea, que coma arriba o abajo es la misma que transcurridos 44 años, sirve para justificar el golpe de mano contra Pedro Sánchez y sus intrépidos mozalbetes.

No es ninguna casualidad. Buena parte de los dinosaurios que, junto a sus sucesores, comandan la revuelta son exactamente los mismos que, siendo fogosos jóvenes, se pasaron los estatutos por la entrepierna para deponer a la momia sagrada Rodolfo Llopis como secretario general. 27 meses después, en el legendario Suresnes, tomaría el mando un tal Felipe González Márquez, y en lo sucesivo, ta-pa-pá.

Cal viva y algo más

En el ratito de gloria que le tocó en la bufonada de investidura, la medianía que ejerce como portavoz del PSOE le echó un cuarto a espadas a su señorito Sánchez tirando del cuento de hadas de la Inmaculada Transición. Ya lo había hecho en la sesión matinal, con bastante mejor prosodia e idéntico abismal desconocimiento del asunto, el figurín Rivera, que cita tanto y tan mal a Suárez, que el Duque acabará resucitando para darle una manta de hostias.

Aparte de en la ya mentada ignorancia atrevidísima, el chisgarabís Hernando y el recadero del Ibex  coincidieron en retratar esos años como un nirvana donde todo fluía en insuperable armonía. Cuánta razón hay que darle una vez más a Gregorio Morán —que a diferencia del par de zascandiles con acta de diputado, sí vivió aquello y lo recuerda con dolorosa precisión—, cuando señala ese peculiar fenómeno del pasado que consiste en cambiar constantemente mientras el presente sigue inmutable. Con media hora que pasaran en la hemeroteca, los alegres juglares descubrirían que la crispación de hoy es una broma divertida en comparación con la sangre, la pólvora y la bilis que corrían por entonces.

O la cal viva, cuyo uso se extendería hasta unos lustros más tarde, como citó en la misma jornada y sin que nadie pueda acusarle de inventarse nada que no ocurriera el diputado Iglesias Turrión. Mucho más leído que el dueto del Pacto a la Naranja, el líder de Podemos se estrenó en el Congreso recordando los 40 años de la masacre de Gasteiz. Aunque al principio me pareció que se adornaba, viendo lo que vino después, el ejercicio de memoria resultó más que pertinente.