Ya es 9 de marzo

Pues ya es ese mañana al que aludía —y me consta que no era el único— en mi columna de hace 24 horas. Tras lo visto, no cambio una coma. En todo caso, corrijo y aumento: la movilización en las calles ha sido incluso mayor de lo esperado. Hay motivos para la alegría de quienes han convocado los diversos actos. También para no racanear la condición de histórico de lo logrado. Es verdad que no se ha inventando el mundo y que en el pasado hubo mareas reivindicativas de gran calado, desarrolladas en contextos sociales y temporales bastantes más jodidos que el actual. Pero después de haber convertido el 8 de marzo en rutina casi machacona que pasaba sin fu ni fa, esta vez se ha conseguido marcar la agenda. Como dije ayer, no solo la pública; también la íntima.

Reconocido y aplaudido, si hace falta, todo lo anterior, déjenme que sea el tiquismiquis que ustedes conocen. Primero, para reiterar que han vuelto a sobrarme los hombrecitos condescendientes venga y dale con las palmadas en la espalda a quienes no las necesitan. Cansinos ególatras paternalistas, joder. En el lado contrario, mi respeto entregado a las mujeres que tomaron la firme, meditada y argumentada determinación de no seguir los paros y, según los casos, no participar en los actos. Seré muy corto, pero para mi es una muestra de empoderamiento del recopón. Y, desde luego, me parece una actitud infinitamente más honesta que la de las no pocas adalides de la cosa que estuvieron en la procesión y repicando. Vaya rostro de mármol las del #YoParo que, sin necesidad económica por medio, buscaron una excusa para saltarse el descuento en la nómina.

¿Y mañana?

Si se mide por repercusión mediática y capacidad para ocupar la agenda informativa, es indudable que la huelga feminista de hoy se va a saldar con un éxito morrocotudo. En las últimas semanas se ha instalado como generador de quintales de noticias y materia para el debate. Ojo, y no solo en los medios o en las redes sociales, sino a pie de calle, en los centros de trabajo y me atrevo a decir que hasta en los domicilios y lo que en el lenguaje apolillado de curillas trabucaires como Munilla se denominaba el tálamo conyugal.

De igual modo, seguramente por lo novedoso del planteamiento, nos ha servido para asistir a una curiosa coreografía palmípeda de la confusión. Todo quisque pisando huevos. Partidos, instituciones y personalidades públicas han sudado tinta china para no pasar por retrógrados difusores del machirulismo sin que pareciera tampoco que se habían convertido al barbijoputismo. Francamente, me han resultado divertidísimas ciertas contorsiones postureras “para que no se diga”, igual que la mema competición a ver quién la tiene más larga (uy, perdón) en materia de reivindicación de igualdades. Fuera de concurso, muchos de mis compañeros de colgajo inguinal, sumándose a la fiesta sin darse cuenta de que caen en el más patético de los machismos, que es el paternalismo. Comparto mogollón tu lucha y tal, nena. ¡Cómo le cabreaban estos soplagaitas a la prematuramente fallecida pionera de estas peleas, María José Urruzola!

Por lo demás, la incógnita está en lo que ocurrirá en cuanto nos hayamos hecho los selfis y aventado los chachimensajes de rigor, o sea, mañana mismo. Siento no ser optimista.

Palabras con pene

Asisto con incredulidad y cabreo crecientes a la bronca de los portavoces y las portavozas. Supongo que lo siguiente será pretender que también hay un debate serio para dirimir si la tierra es plana, si el cáncer se cura no haciendo nada o si la masturbación provoca ceguera. Fíjense que en los últimos tiempos los apóstoles de la superioridad moral indiscutible han batido marcas de membrillez envuelta en totalitarismo (y viceversa), y ya deberíamos estar vacunados contra la sorpresa, pero ni por esas: siempre hay un plus ultra.

El que nos ocupa no es anécdota sino categoría. Va más allá del bobo ten con ten sobre la corrección o la pertinencia de decir esto o lo otro. Es, en realidad, el retrato —más bien, el selfi— del retroprogresismo que nos toca padecer. Y en la foto aparecen quienes convierten un simple lapsus o una supina muestra de ignorancia (escojan) en bandera contra una desigualdad que ni está ni se la espera en la palabra en cuestión, compuesta por el verbo Portar y el sustantivo Voz, que ya es femenino. No faltan tampoco los caballeros andantes que han corrido al socorro de la dama en esa forma de machirulismo vomitivo que es el paternalismo. Fuera de concurso, las cátedras y los cátedros de filología que parecen creer que en castellano el género se determina exclusivamente por una a o por una o.

Habrá, es verdad, personas que también han actuado con la mejor fe. A ellas me dirijo, porque en mi humilde opinión, la verdadera materia para la reflexión es el flaquísimo favor que se le ha hecho a la causa totalmente legítima y necesaria del lenguaje inclusivo. Pregunten a su alrededor.

Despatarre

menssEs el último grito en materia de pijerío reivindicador, bautizado, cómo no, con un palabro en perfecto inglés. Bueno, ni eso. Porque salvo que venga algún erudito a sacarme los colores, tiene toda la pinta de que el vocablo en cuestión es un invento de anteayer. Manspreading es el cuqui nombre de la cosa, construido provocando una cópula sin lubricante de los términos Man (hombre) y Spreading (expansión). O sea, que el engendro léxico viene a significar expansión o explayamiento masculino. Lo podemos dejar, para que se comprenda fuera del círculo de los que mean colonia, en desparrame o, quizá de modo más gráfico, en despatarre.

Pero ojo, que esto entra en el examen de chachipirulismo: solo en el caso de que lo practique un hombre. Miren por dónde, no hay denominación equivalente para aquella circunstancia en que sea una mujer quien manifieste su mala educación esparciendo su mismidad hasta arrinconar al prójimo. Y sí, soy capaz de hacerme cargo de la connotación machista que suele (o puede) acompañar a la actitud cuando incurre en ella un varón y la sufre una mujer. Sin embargo, no acabo de ver la procedencia de la generalización, salvo, que sea para marcarse una más de postureo progresí. ¿A qué viene, por ejemplo, que el ente que gestiona el transporte público en Madrid ponga en los autobuses pegatinas para denunciar la conducta discriminatoria e incívica? ¿No es más fácil aplicar las ordenanzas que la sancionan? Por lo demás, qué risas las mil y una fotos que circulan de los hombrecitos de la cúpula de Podemos practicando Manspreading sobre sus compañeras. ¡Ellos, que encabezan la pancarta!

Otro día después

De 8 de marzo en 8 de marzo renuevo mi escepticismo, aunque voy dejando de preguntarme por qué en ciertos terrenos en lugar de avances, hay retrocesos. La respuesta, diría el inopinado premio Nobel, está soplando en el viento. Me refiero al viento por el que circulan las consignas que son casi letanías. Discursos por la igualdad en serie y régimen de semimonopolio, qué gran contradicción. Con su jerga cada vez más intrincada, con un número creciente de profesionales en nómina y/o con caché.

Campañas, lemas, pancartas. No, por supuesto que no sobran. Pero alguien debería pararse a pensar, o directamente a investigar cuánto, a quiénes y cómo llegan, no vaya a ser que volvamos a estar en el consumo interno o en la retroalimentación. Un grupo selecto produce eslóganes para sus integrantes, que se los repiten entre sí creando la (me temo) falsa sensación de ser partícipes de una idea universal. Sin embargo, a nada que se rasque, se comprueba que no es así. Fuera quedan las personas que en mi humilde opinión deberían ser las destinatarias de los mensajes. No hablo de machistas recalcitrantes e incurables, sino de hombres y mujeres —sí, ¡y mujeres!— que por razones que habrá que escudriñar, no se dan por aludidos y aludidas. O peor, se sienten definitivamente muy lejos de muchas de las proclamas en apariencia mayoritarias.

Por lo demás, y como he escrito un millón de veces aquí mismo, yo soy partidario de priorizar el hecho sobre el dicho. Urgentemente, además. Empezaría por la tolerancia cero, que en mi cabeza es cero absoluto. Sin excepciones, sin contemporizaciones, sin mirar hacia otro lado. Cero.

Catalá enseña el camino

Como la Justicia es igual para todos y al duque empalmado le faltan abogados, el ministro español de la Cosa, Rafael Catalá, se ha puesto en primera línea de defensa del sujeto. Y no crean que para soltar la soplagaitez de la confianza debida en el Estado de Derecho y sus mariachis con toga y puñetas, qué va. Es gracioso que manifestarse ante un tribunal sea una intolerable coacción a los jueces, mientras que el titular gubernamental del negociado jurídico se puede permitir el lujo de señalar el buen camino a los encargados de tomar, en este caso, la decisión sobre si el marido de la infanta (graciosamente) absuelta debe entrar o no en el trullo.

Traguen saliva antes de leer, que corren el riesgo de ahogamiento ante la desfachatez supina del gachó: “La prisión preventiva es una medida extraordinaria en nuestro Derecho. Privar de libertad a una persona cuando todavía no ha finalizado definitivamente una causa es una medida absolutamente extraordinaria. Por lo tanto, [en el ingreso en prisión de Iñaki Urdangarín] tiene que estar muy justificado por qué es necesario anticipar una pena privativa cuando todavía no hay sentencia definitiva”. Tracatrá.

Por supuesto, tal lección de retorcimiento de la legalidad hasta el corvejón solo es de aplicación con reos de alcurnia, aunque sea adquirida por vía inguinal, como ocurre con el tipo del que hablamos. Cualquier otro pelagatos, y especialmente algunos, se va al talego de cráneo a esperar, no ya la sentencia firme, sino la mera apertura del juicio oral. Hay ejemplos sangrantes. Piensen, sin ir más lejos, en los jóvenes de Altsasu. Y no son los únicos.

Menos da una piedra

Quién me lo iba a decir, los años me van haciendo un tipo eminentemente pragmático. Nada para evitarse berrinches ulcerosos como practicar la limitación preventiva de daños. Imaginemos, por ejemplo, que por una serie de carambolas insospechadas, llega a juzgarse a una infanta de España —hija y hermana de sendos reyes ejercientes—, a su jacarandoso marido y a una patulea de cortesanos sinvergonzones que (presuntamente, vale) se lo llevaron crudo traficando con pasta del común de los mortales. Lo último que me da por pensar es que la monarquía española se va a ir al guano en el mismo viaje. Y lo penúltimo, que a los procesados les va a caer la pena que se merecen. Qué va. Tiro de realismo liofilizado en mi propia bilis, y al escuchar la impepinable sentencia aguachirlada, me digo que menos da una piedra y que no arriendo la multimillonaria ganancia a la señora de sangre azul, su consorte y el resto de jetas que han pasado el tragazo del banquillo, acaben o no en la trena.

Lo único que lamento y de verdad me produce una notable quemazón es saber que el parné no será devuelto y que se seguirán repitiendo todas estas mangancias avaladas por el timbre y lacre de la borbonidad. A partir de ahí, me sitúo en modo junco hueco, abro la espita del cinismo, y me aplico a contemplar el espectáculo que acarrean los episodios así. Este en concreto tiene su puntito de circo romano, con la plebe enfebrecida mostrando el pulgar hacia abajo. Es para tesis, oigan, lo de esos que suelen dar teóricas sobre la inutilidad de la cárcel pidiendo ahora que encierren en una mazmorra oscura a los otrora duques empalmados.