Aquarius, no tan bonito

¡Mecachis! ¡Tenía que venir Grande-Marlaska con el alfiler a pinchar el globo! Y miren que había empezado bien el ministro de estreno, contando que su gran proyecto es quitar las cuchillas a las vallas de Ceuta y Melilla. Pero luego añadió que no todos los pasajeros del Aquarius podrían ser considerados refugiados. De hecho, explicó que recibirían el mismo trato que los inmigrantes que llegan en patera, saltando las mentadas vallas, escondidos en los bajos de un camión o por cualquier otro medio. Tal circunstancia implica la posibilidad de internamiento en esos CIE que se pintan como tremendas mazmorras. Y no piensen que fue una ocurrencia del hasta anteayer superjuez con miopía hacia las torturas. La flamante vicepresidenta, Carmen Calvo, lo confirmó palabra por palabra. Cuando arriben a puerto los tres barcos, se cursará una solicitud por cada ocupante y ocurrirá lo que tenga que ocurrir. Como en una macabra lotería, a unos les tocará el ansiado estatuto y a otros, la orden de expulsión.

La puñetera realidad —o sea, la legalidad vigente— se impone a la música de violines. Con esa querencia tan extendida por los telefilmes de sobremesa, muchos se habían tragado a pies juntillas la bonita historia de solidaridad infinita que se había contado. Parecía casi como si con la acogida de 629 personas quedara solucionada la endiablada cuestión de la inmigración. Están muy bien la ingenuidad y las ganas de tranquilizar la conciencia, pero en este caso no era difícil ver que el gurú que le aconsejó a Sánchez pasar por el gran Quijote del Mediterráneo es el mismo que le montó a Albiol la campaña “Limpiemos Badalona”.

Lo próximo, el yate

“No es un plebiscito sino un Pabloscito”, definió con gracejo y conocimiento del paño el portavoz crítico de Podemos en el Parlamento de Navarra, Carlos Couso. Y tal cual, oigan. El Juan Domingo y la Evita antes de Vallecas y ahora de Galapagar han salido bajo palio de su referéndum de la señorita Pepis, presumiendo, como si fuera algo de lo que enorgullecerse, de ser los únicos dirigentes del universo que han sometido sus caprichos burguesotes a la consideración de sus fieles. Y ha salido que sí, que sí y que más sí, a tal punto que si los cuestionantes lo llegan a saber, habrían aprovechado para preguntar por el yate, el Lamborghini y la tiara de diamantes que vendrán.

Con gran tino escribió Alberto Moyano que este episodio chusco no iba sobre la credibilidad de Iglesias y Montero sino sobre la credulidad de sus seguidores. Júzguese: un 68 por ciento de los que han pasado por la urna virtual creen que no hay contradicción en comprarse un chalé después de haber jurado a grito pelado que jamás dejarían su casa ni su barrio de siempre. ¿Por qué les aplaudieron a rabiar entonces? La respuesta es un beeeeee que cruza Madrid de la sierra al extrarradio o viceversa.

Claro que para quien no guste de la papilla oficial, quedan algunas interesantes consideraciones. Por ejemplo, qué implica que uno de cada tres participantes en la fiesta privada de la democracia podemosa se haya pronunciado por la dimisión. O ya que nos metemos con la cosa de los números, estaría bien explicar qué pintan 400.000 afiliados a una organización que sistemáticamente pasan de los procesos internos. Ah, ya: nueva política y tal.

Chaleteros

Confieso que he estado mordiéndome las teclas hasta ahora. Estas, digo, las de la columna, porque en ese desfogadero llamado Twitter ya he soltado un par de cargas de profundidad sobre el folletón del chalé que se han agenciado en Galapagar los que juraban —o sea, perjuraban— que nunca vivirían, vaya por Marx, en un chalé. No tenía la intención de pasar de ahí, pero la espiral de circunstancias y declaraciones psicotrópicas en que ha derivado el asunto me impide mantener por más tiempo la abstinencia.

También es verdad que no sé decirles qué es lo que más me desconcierta, cabrea o aluciflipa de todo el episodio. Quizá, que los superiormente morales nos riñan porque se supone que esta es una cuestión menor que no incumbe más que a los propietarios del casuplón. ¡Nos ha jodido el 50 aniversario de mayo del 68 con las flores! Menuda puñetera manía de dictarnos lo que es noticia y lo que deja de serlo. Si tan chorrada es, no se entiende que los émulos (ex)vallecanos de Juan Domingo y Eva Perón hayan montado un plebiscito para que su disciplinada grey avale sus querencias burguesotas. Qué bochorno, a todo esto, la sumisión perruna exhibida por los que saben que el que se mueve no sale en la foto. ¡Con lo feroces que son cuando los que incurren en fuera de juego son otros! ¿Será aplicable aquí lo de no morder la mano que te da comer que tanto les gusta balbucear a los monopolizadores de la dignidad planetaria?

Por lo demás, menuda guasa que dos de los seres tenidos por la hostia en verso de la politología no fueran capaces de oler la zapatiesta que se montaría por dar rienda suelta a sus caprichos.

La gran farsa

¡Oh, qué sorpresa! Con once años de retraso, nos enteramos de que cada uno de los aspavientos y rasgados rituales de vestiduras del PP y UPN durante las negociaciones de Loiola eran puro teatro. Como leímos el lunes en las páginas de Diario de Noticias de Navarra, hasta aquella manifestación lisérgica que reunió en Iruña a lo más granado del fascio, la carcunda, vividores del cuento varios e ingenuos ciudadanos al grito de “Navarra no se vende” fue una pantomima de tomo y lomo. Se la montaron a pachas Miguel Sanz, a la sazón y en el momento, presidente de la demarcación foral, y Mariano Rajoy, en funciones entonces de líder de la oposición española tras haber mordido el polvo en 2004 ante el imberbe Rodríguez Zapatero.

Tanto el de Corella como el de Pontevedra estaban informados al milímetro de lo que se cocía en la mesa de diálogo entre representantes del gobierno español y ETA (y/o sus comisionados de la izquierda abertzale) con el PNV como notario y engrasador. Y uno de los detalles fundamentales que conocían eran que Navarra no era ni de lejos moneda de cambio.

Lo divertido y a la vez revelador sobre la inmensa farsa que es la política reside en el hecho de que se había pactado hasta la crítica. Zapatero se dejaba hostiar dialécticamente por Rajoy, Sanz y el ultramonte mediático diestro a cambio de que no le reventaran totalmente las conversaciones. Es de imaginar, por cierto, que los otros interlocutores de Loiola estaban igualmente al corriente del apaño. Podríamos encabronarnos por el trile tardíamente descubierto. Pero también cabe pensar que entre bambalinas hoy está pasando algo parecido.

Pues agur

Por más que ensayo ante el espejo, no me sale la cara de solemnidad que, según el manual, requiere el momento. Llego a algo parecido a una jeta de sota, pero enseguida me viene este o aquel tic, y derroto por la risa floja, el rictus de úlcera duodenal, la pedorreta, la lágrima amarga pensando en los que no están o, para qué engañarles, el gesto de la más absoluta de las indiferencias. Todo mezclado, claro, con la sensación de estupor y despiporre infinitos al asistir a la chapuza ceremonial. He perdido la cuenta de los comunicados, cartas, mensajes, proclamas y/o partes para anunciar el sanseacabó a los diferentes públicos. Y nosotros, los cuentacosas, que somos unos benditos y nos va la marcha (bueno, y que necesitamos rellenar nuestros blablás), venga dar pábulo a cada una de las chapas, como si fueran algo más que los esfuerzos postreros de la decrépita prima donna por llamar la atención.

A ver si es verdad —empiezo a dudarlo— que el festejo aguachirlado de Kanbo es el definitivo. Qué papelón, siento escribirlo aunque me consta que los aludidos son conscientes de ello, el de los que van por el qué dirán o porque a estas alturas qué más da. Ojalá sea, copiando mal a Neruda, el último sofoco que ETA les causa, y esta, la última Fanta que les pagan a los entusiastas de la bicha y a los profesionales de la conflictología parda.

Y sí, estoy seguro de que serán muy bonitos los discursos apelando al empuje de la sociedad y a no sé qué futuro que se abre. Como si no tuviéramos la certidumbre de que esto no ha sido más que una liquidación por cese de negocio. Tardía, además. Dicen que se van. Pues agur.

Máster de caradura

De cuando en cuando, la actualidad te regala caramelos como el marrón universitario de la cada vez menos mirlo blanco pepero Cristina Cifuentes. No me ha dado un aire, lo digo completamente en serio. Ya podían ser todas las corruptelas así, es decir, sin daños realmente graves y, al mismo tiempo, tan reveladoras de la condición humana de sus protagonistas y de las instituciones afectadas. Estaría por jurar que de cara a la opinión pública, estos triles acaban teniendo bastante más repercusión que muchas mangancias verdaderamente sustanciosas en lo económico. Vaya, pues, tentándose las ropas la desparpajuda presidenta de la Comunidad de Madrid, que a lo peor le toca comerse con patatas ese vídeo —este, sí que sí, máster cum laude de chulería— más de parvulario que de Enseñanza Superior en el que porfía que no piensa dimitir, chincha raviña.

Vaya desde aquí mi caluroso aplauso a ElDiario.es por su campanada informativa y por la forma en que ha ido dosificando los detalles, de modo que cada excusa de la doña quedaba inmediatamente desmentida por los documentos. ¡Y lo que faltará aún! Por lo demás, para que la diatriba sea completa, no olviden incluir una jaculatoria para los usos y costumbres de esta universidad pública en concreto, la Rey Juan Carlos (lo siento mucho, no volverá a ocurrir), y tantas otras casas de tócame Roque presuntamente académicas donde campan a sus anchas el compadreo y la jeta sideral. Acuérdense, sin ir muy lejos, de la beca chollo de Iñigo Errejón. Y ya que menciono al individuo, no me digan que no hace falta desahogo para ser de los primeros en salir a atizar a Cifuentes.

Lavapiés blues (2)

Vuelvo a Lavapiés. Incluso aunque la barredora informativa haya mandado la noticia al quinto pino de la actualidad (o al cuarto, por lo menos) en apenas tres días, creo que lo que ha ocurrido en el castizo barrio madrileño es un compendio de muchas de las cuestiones más candentes ahora mismo. En el primer texto me ocupé especialmente de los bulos, los contrabulos, las Fake News, la Posverdad o como quieran ustedes llamar a las mentiras lanzadas para intoxicar que ya conocían las primeras civilizaciones de las que tenemos constancia. Da para tesis del asunto el desparpajo de quienes siguen insistiendo en la versión embustera sobre la muerte del mantero por encima de todaa evidencia. Puede que el ciudadano fallecido participara en alguna persecución, pero no en el desgraciado momento en que se desplomó sobre el asfalto.

Otro punto de abordaje es la inmensa muestra de hipocresía. Como ya anoté, la falsedad sirvió de coartada para unos tremendos actos de vandalismo contra bienes de personas que tienen lo justo para vivir, si es que llegan. Ni una palabra de condena ni de solidaridad de los denunciadores compulsivos de injusticias y primerafilistas de cualquier buena causa. Y ya que los menciono, abundando en la caradura de estos ventajistas, les animo a ir un paso más allá de su martingala favorita. Al señalamiento del capitalismo culpable debería seguir la denuncia de las tramas mafiosas que trafican con seres humanos, se adueñan de ellos, los distribuyen por actividades según su voluntad y les obligan a suministrarse en exclusiva de productos fabricados mediante trabajo esclavo. A que no hay…