Detrás del hacha

En esas andamos, en discusiones sobre el significado de una escultura. O sea, parece que andamos, porque solo si pretendemos hacernos trampas en el solitario podremos tomar como debate artístico el que ha suscitado la obra de Koldobika Jauregi para conmemorar —¿o celebrar?— la escenificación del desarme de ETA hace ahora un año. ¿El hacha invertida de cuyo mango sale un árbol es un brindis en honor de la banda que tiene ese distintivo o una metáfora de la sangrienta herramienta que da paso a la primavera de la convivencia? Como tantas veces, tenemos los suficientes años para saber la respuesta, igual que cuando nos cuestionamos si cabe considerar homenaje al recibimiento bajo palio al autor de media docena de asesinatos. Igual, por cierto, que en este mismo caso, cuando señalamos la unanimidad de las fuerzas políticas e instituciones de Iparralde, pasando por alto que las realidades a uno y otro lado de la muga son imposibles de comparar, salvo que se obre con ignorancia inconmensurable o mala intención todavía mayor.

Bastan unos cuantos gramos de empatía y otros poquitos de humanidad para plantearse, siquiera como hipótesis, la posibilidad de que la elección del símbolo pueda provocar sufrimiento en una parte no pequeña de la misma sociedad a cuya convivencia se apela en la explicación oficial de la escultura. Y no, no vale el comodín de aludir al dolor que también ha padecido “la otra parte”, porque entonces sí que se caen los velos y las máscaras del todo. Si no vamos de farol en las proclamaciones, se supone que se trata de que nadie se sienta ofendido ni excluido. No parece tan difícil.

Vuelta a las andadas

Curiosa y reveladora paradoja: el PP huye hacia adelante caminando hacia atrás. Cree escapar de los mil y un marrones que lo arrinconan recurriendo a los birlibirloques de otros tiempos. Como si a estas alturas del calendario fuera a colar el numerito de la ETA, así con artículo, que es como se pronuncia el ultramonte más rancio. ¿A qué viene detener a cuatro ciudadanos a los que, simplemente, se podría haber llamado a declarar? Por un hecho, el homenaje a Belén González Peñalba, además, que tuvo lugar hace un buen rato. Si tan delictiva era la cosa, bien podría haberse actuado al día siguiente del acto, hace casi cuatro meses. Pero claro, en aquellos días, lo que daba relumbrón era entrullar soberanistas catalanes. Procedía dejar para mejor ocasión el espectáculo de pirotecnia en la nunca redimida Vasconia. Y ayer fue el momento de la caza y captura, a la antigua usanza: en un parking, de camino al ginecólgo o aporreando las puertas de los domicilios de buena mañana. Luego, a casa hacia la hora de comer.

Todo, en realidad, para bien poco. Hasta en los medios más proclives a la causa, la noticia se diluía entre la resucitada penúltima hora político-judicial de Catalunya, los restos de serie del asesinato del niño Gabriel Cruz o menudencias infladas como el filtrado de millones de datos de Facebook o el primer atropello mortal de un coche sin conductor de Uber. Solo aquí, en casa, se ponía en marcha el ritual otrora habitual, y nos íbamos indignando, de acuerdo a la costumbre, por barrios y en diferentes intensidades porque, no nos hagamos trampas al solitario, tampoco puede ser de otra forma.

Claro que fue injusto

Bilbao e Iruña, 150 kilómetros de distancia poco más o menos. Mismo día y casi misma hora. En la capital foral, por impulso del gobierno de Uxue Barkos, se honra a las víctimas del terrorismo con la ausencia estentórea de UPN y PP, que berrean no sé qué de farsas y blanqueos. En la Villa de Don Diego, bajo la organización del ejecutivo de Iñigo Urkullu, se hace exactamente lo mismo, aunque esta vez la ausencia a gritos es de EH Bildu. Para retorcer la esquizofrenia hasta el límite, sí acuden representantes de Eusko Alkartasuna. He ahí el retrato de nuestra normalización eternamente en obras. O, bueno, si me pongo cenizo, a punto de liquidación por derribo. No hacen falta progresivas ni bifocales para ver que la resistencia está, como siempre, en los extremos, que más que tocarse, se magrean que es un primor.

Si lo miramos por el flanco navarro, la espantada de regionalistas y los rajoyanos es la prueba evidente —ya lo dijo el nada sospechoso presidente de la AVT— de la utilización carroñera de las víctimas, en teste caso, de ETA. El perfecto correlato está en el acto de la demarcación autonómica, donde la sigla que engloba lo que se presenta como izquierda soberanista hace mutis alegando que el lema contiene palabras tabú y busca su humillación. Revelador argumento, cuando resulta que el lema tan supuestamente vejatorio, además de haber sido edulcorado, es de parvulario de convivencia: “Fue injusto. Sociedad y víctimas, construyendo juntas el presente y el futuro”. Ese es el punto de dolorosa involución en el que estamos. Aún no se puede asumir ni lo más primario. Y me temo que irá a peor.

Isaías Carrasco, 10 años

Viernes, 7 de marzo de 2008, claro que me acuerdo. Era el último día de la campaña para las elecciones generales. Llevábamos dos semanas conteniendo la respiración. Teníamos algo más que un mal pálpito. Dábamos por seguro que ETA no iba a resistir la tentación de hacerse notar. En realidad, ya lo había hecho. Pocas horas después de la pegada de carteles, reventó un repetidor en el monte Arnotegi de Bilbao. Luego llegaría el aviso serio en forma de bomba en la puerta de la Casa del Pueblo de Derio.

Lo siguiente fue descerrajar cinco tiros al antiguo concejal del PSE en Arrasate, Isaías Carrasco, cuando se disponía a ir a trabajar a su puesto de cobrador en el peaje de Bergara. Su mujer y su hija mayor escucharon los disparos desde casa y bajaron corriendo, presintiendo lo peor. Era la una y media de la tarde. Poco después de las dos, mi entonces compañera de Radio Euskadi, Arantza García, le dio en directo la noticia de la muerte de Carrasco a Miguel Buen, cabeza de la candidatura socialista en Gipuzkoa, que no pudo reprimir los sollozos. Es uno de los momentos de radio más dramáticos de los que tengo memoria.

No olvido igualmente las justificaciones de siempre ni la cobardía para evitar la condena en su propio pueblo. Tampoco a ciertos voceros del PP de la época como César Vidal difundiendo la especie de que ETA le había regalado un muerto al PSOE —literal— para que ganara aquellas elecciones. Lo demás está en la brutal entrevista de los diarios de Vocento en que la viuda y dos de las hijas de Isaías revelan que tras el asesinato, aún tuvieron que sufrir mil vejaciones. Conviene tenerlo presente.

Lecciones de un asesino

No es solo Andoain…

Con toda la razón del mundo, nos pasamos la semana anterior echándonos las manos a la cabeza y desgañitándonos por la indignante respuesta del Gobierno español y sus mariachis mediáticos a la sentencia europea sobre las torturas (perdón, malos tratos) a Portu y Sarasola. Imposible no encabronarse ante el ministro Catalá en plan chulopiscinas, menospreciando la enésima condena por lo mismo y, sobre todo, barritando que por la multa no había problema, porque iba a salir del pastizal que debían los torturados (perdón, los maltratados). Y qué decir de esas vomitonas de los cavernarios que fingían rasgarse los correajes porque, en su versión, los magistrados de Estrasburgo se ponían tiquismiquis por colocarles unas hostias de nada a dos terroristas.

Esos argumentos infames sin matices se contrarrestaron desde la mayoría política y social vasca, como no cabía otra, con la denuncia de tamaña iniquidad en las reacciones y, por descontado, del propio hecho que daba lugar a lo demás, es decir, las torturas. Un bonito cuento dentro de lo terrible del asunto, si no fuera porque una parte no pequeña de los denunciantes tendría bastante que callar. Y se lo ilustro con un ejemplo con nombre y apellido. El pasado sábado, José Antonio López Ruiz, más conocido como Kubati, asesino de Yoyes y de (por lo menos) otra docena de personas, pontificaba sobre la cuestión en un acto celebrado en Irun y tuiteado al minuto desde la cuenta oficial de Sortu. Esa es nuestra cacareada normalización. Un matarife múltiple da lecciones de dignidad ante el aplauso de unos y el silencio asqueroso de muchos otros.

El timo del ‘Espíritu’

Ahora que ya han pasado dos decenios, quizá haya llegado el momento de explicar que el tantas veces mentado estos días Espíritu de Ermua fue una patraña. Seguramente, una de las más pútridas de las muchísimas que nos han echado a roer en la larga e inacabada guerra del norte, como lo atestiguan decenas de folios de los sumarios de la Gürtel y otras tramas puferas. Un puñado bastante numeroso y hasta diverso de vivales sin escrúpulos levantaron el engendro a partir de los quintales de dolor y rabia legítimos que había provocado el despiadado y miserable (no seré yo quien ahorre epítetos) asesinato a plazos de Miguel Ángel Blanco.

Apoyándose en la indignación verdadera y con un arsenal mediático incalculable en tamaño y desvergüenza, tardó muy poco en prender y propagarse —de ese verbo viene el sustantivo propaganda— como una epidemia. Como los panes y los peces bíblicos, en cuestión de semanas se multiplicaron las organizanes subvencionables formadas por veteranos medradores, arribistas entusiastas, ególatras sin remedio y/o jornaleros del exabrupto al peso, como algunos que ahora se buscan las alubias en casquerías de otros credos.

Era, sí, cuestión de pasta y fama, pero al mismo tiempo, porque resultaba perfectamente compatible, el objetivo final era ideológico. Pretendían derrotar lo que bautizaron nacionalismo obligatorio, al que identificaban groseramente como auténtico motor del terrorismo. Hubo un momento en que pareció que iban a conseguirlo, y hasta lo celebraron por anticipado con un abrazo de tornillo en el Kursaal. Por suerte, la ciudadanía vasca lo impidió el domingo 13 de mayo de 2001.

Aniversario adulterado

Sigo, poco más o menos, donde lo dejé en la última columna. Estoy empezando a empacharme del aniversario. Por desgracia, se han cumplido mis peores temores. Lo que debía ser un acto de recuerdo emocionado, sincero, doloroso, sin medias tintas —añadan lo que crean pertinente— se ha convertido en material para el panfleto de baja estofa.

Es gracioso que los que niegan a gritos la teoría del conflicto (de la que yo no soy en absoluto seguidor, ojo) parecen reinventar los hechos de tal modo que se diría que, efectivamente, aquí había —¿o sigue habiendo?— una confrontación entre unos buenos buenísimos y unos malos malísimos. ¿Las víctimas y sus victimarios, quizá? Pues no. Eso ya habría sido tosca simplificación, pero ni siquiera se quedan ahí. Los aventadores de esta fábula agrupan en el bando de la perversión a todos los que manifiestan cualquier tipo de sentimiento nacional vasco, incluidos los que siempre han rechazado sin rodeos el terrorismo de ETA. Enfrente, en el terreno de la bondad inocente de cuna, quedarían los partidarios de la unidad de España en sus diferentes grados, de los autonomistas hasta el infinito.

Miren que habría sido fácil conmemorar estas dos décadas diciendo que el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco fue una vileza nauseabunda. Tampoco habría sobrado señalar a los que guardaron silencio o, incluso, lo justificaron. Incluso cabría mandar un recado contundente a quienes todavía hoy se refugian en la ambigüedad o directamente piensan que ETA hizo lo correcto. Sin embargo, está muy de más, y perdonen que me repita, seguir sacando petróleo ideológico a aquella infamia.