Lavapiés blues (2)

Vuelvo a Lavapiés. Incluso aunque la barredora informativa haya mandado la noticia al quinto pino de la actualidad (o al cuarto, por lo menos) en apenas tres días, creo que lo que ha ocurrido en el castizo barrio madrileño es un compendio de muchas de las cuestiones más candentes ahora mismo. En el primer texto me ocupé especialmente de los bulos, los contrabulos, las Fake News, la Posverdad o como quieran ustedes llamar a las mentiras lanzadas para intoxicar que ya conocían las primeras civilizaciones de las que tenemos constancia. Da para tesis del asunto el desparpajo de quienes siguen insistiendo en la versión embustera sobre la muerte del mantero por encima de todaa evidencia. Puede que el ciudadano fallecido participara en alguna persecución, pero no en el desgraciado momento en que se desplomó sobre el asfalto.

Otro punto de abordaje es la inmensa muestra de hipocresía. Como ya anoté, la falsedad sirvió de coartada para unos tremendos actos de vandalismo contra bienes de personas que tienen lo justo para vivir, si es que llegan. Ni una palabra de condena ni de solidaridad de los denunciadores compulsivos de injusticias y primerafilistas de cualquier buena causa. Y ya que los menciono, abundando en la caradura de estos ventajistas, les animo a ir un paso más allá de su martingala favorita. Al señalamiento del capitalismo culpable debería seguir la denuncia de las tramas mafiosas que trafican con seres humanos, se adueñan de ellos, los distribuyen por actividades según su voluntad y les obligan a suministrarse en exclusiva de productos fabricados mediante trabajo esclavo. A que no hay…

Tantos cómplices

Lo terrible es pensar que aunque no sepamos quiénes asesinaron a golpes y cuchilladas a Lucía y Rafael, si tenemos perfectamente identificados a los innumerables integrantes de su legión de cómplices. Qué impotencia indescriptible, asistir a otro crimen anunciado —doble, con una saña salvaje y con unas víctimas extremadamente vulnerables, para más inri— y no poder siquiera decir por lo bajo que hasta los ciegos de Otxarkoaga lo veían venir, no sea que te aparezca una patrulla de la totalitaria policía del pensamiento ortodoxo a leerte la cartilla.

Ya les dije que me da igual. Hace mucho tiempo que ha llegado el momento de acabar con esa nauseabunda perversión que supone que —¡en nombre del progreso y la justicia!— se aliente, se justifique y se ampare a los vulneradores sistemáticos de los derechos más básicos. Empezando por el de la vida, pero siguiendo por otros tan simples como poder pasear por tu barrio. En este caso y en tantos, un barrio humilde, castigado desde su mismo nacimiento por todo tipo de abusos y atropellos, a ver quién se lo explica a los señoritingos que pontifican sobre los pobres sin distinguirlos de una onza de chocolate.

Debería sobrar la aclaración, pero subrayo que no hablo de razas, etnias, orígenes ni colores de piel. Esos son los comodines de los holgazanes y los beatos. Esto va de comportamientos radicalmente inaceptables al margen de la filiación de quien los cometa. No es tan difícil de comprender. Es verdad que carezco de datos contrastados, pero estoy por apostar que la inmensa mayoría de mis convecinos lo tienen claro. Y creo que también los que deben actuar… ya.

La palabra del año

Como no quería taza, me han tocado tres. Vaya puntería la mía, que hace unos meses echaba aquí las muelas por la difusión, mayormente en labios y dedos muy finolis, del palabro “aporofobia”. Pues ya ven, ahora resulta que el artefacto verbal ha sido declarado “palabra del año 2017” por la llamada Fundación del Español Urgente, más conocida por su (creo que) acrónimo, Fundeu. Conste que es una organización que, en general, nos resulta muy útil a los que nos movemos en los andamios de la lengua castellana, pero como ya vamos para viejos zorros, bien sabemos que en no pocas ocasiones sus recomendaciones se las sacan de la sobaquera. Y luego hay un hecho en el que tendemos a no reparar, pero que si quisiéramos, nos haría ver el mecanismo del sonajero: la entidad está costeada por uno de los dos principales bancos de España.

Es gracioso al tiempo que hartamente revelador que una institución cuyo mecenas es una corporación financiera sin un gramo de piedad hacia los pobres encumbre como término del año uno que justamente significa “Miedo, rechazo o aversión (¿odio?) a los pobres”. Parecería una paradoja, pero no lo es. Todo cuadra. De hecho, “Aporofobia”, como ya señalé en su día, es un término de y para ricos… ¡que manifiestan un desprecio infinito a los pobres! Tipos y tipas de riñón bien cubierto lanzan el exabrupto como insulto a personas que malamente llegan a fin de mes, junto con las manidas imputaciones de ignorancia, zafiedad, insolidaridad y, cómo no, racismo. Lo hacen, simplemente, porque se lo pueden permitir, que para eso viven allá en lo alto de la escala social, donde los pobres no pisan.

Sobre el voto alemán

¡Oh, uh, ah! Rasgado ritual de vestiduras con doble tirabuzón y gestito zalamero de escándalo porque la ultraderecha ha entrado en el parlamento alemán por primera vez desde el fin del nazismo. Demasiada bronca para menos del 13 por ciento de los votos, por mucho que la endeblez de las otras listas, empezando por la supuestamente izquierdista fetén, genere el espejismo de convertir a Alternativa [ejem, ejem] por Alemania en tercera fuerza del Bundestag. El único efecto real de los aproximadamente 90 escaños cosechados es dejarle las cosas a Merkel en mandarín para conseguir una mayoría de gobierno suficiente, una vez que los hostiados socialdemocrátas del revulsivo Schultz han jurado que se van a la oposición. Por lo demás, ni siquiera está claro que los electos en la candidatura populista vayan a ir todos a una, cuando su propia presidenta ha renunciado al acta al tiempo que denunciaba el “carácter anárquico” de la cuadrilla que presuntamente lidera.

Quizá sea ahí donde debamos fijarnos antes de exagerar la nota. No estamos hablando de una formación poderosa con estructuras inquietantes, sino de una jaula de grillos a cada cual más friki, ególatra o, directamente, carne de frenopático. La pregunta correcta, opino humildemente, es por qué una organización así es capaz de atraer el voto de buena parte de la población alemana con menores ingresos. ¿Qué hace que los más pobres, es decir, los más empobrecidos, se abracen a este tipo de opciones? Si la respuesta, especialmente de los que no pasan apreturas, es que son unos racistas insolidarios, es probable que en las próximas elecciones sean más.

Ciertas penurias

Desde que una profesora de la que guardo un gratísimo recuerdo nos mandó leer Duelo en el paraíso en segundo de bachillerato, tengo a Juan Goytisolo en la mejor de las consideraciones. Otra cosa es que no llegara a captar, indudablemente por mi culpa, la esencia de esa novela ni de la mayoría de los trabajos suyos que fui leyendo con el tiempo. Mi incapacidad no es obstáculo para reconocer su lugar entre los más grandes de la literatura contemporánea en castellano. Lo anoto de saque, cual venda antes de recibir la herida, para que no se vea en las siguientes líneas nada parecido a una crítica o falta de respeto póstumas.

El caso es que, una semana después de su muerte, El País desveló que se trató de una elección consciente, motivada, en buena medida, por su mala situación económica. “Goytisolo en su amargo final”, amarilleaba una gotita el titular principal, que venía complementado por un sumario explicativo que no le iba a la zaga: “La imposibilidad de escribir y la necesidad de dinero para costear los estudios de sus ahijados deprimieron al escritor”. Impactado por ese par de directos al hígado, imaginando una pobreza de solemnidad como las que describían Dickens o Galdós, el lector buscaba confirmación en el texto del más que notable periodista Francisco Peregil. Y aunque ese pretendía ser el tono, se contaba que El País le pagaba 3.000 euros mensuales aunque no enviase nada, que el Instituto Cervantes le procuró conferencias o que, poco menos, se le concedió el Premio Cervantes por caridad, con una dotación de 125.000 euros. Simplemente, sumen, comparen y decidan si hablamos o no de penuria.

A la carroña

Las desgracias nunca vienen solas. Suelen presentarse acompañadas de una cohorte de buitres sin escrúpulos dispuestos a ponerse finos de carroña. Todo es bueno para el convento ideológico. Primero dispara, y luego pregunta, que siempre cae algo. Mira, por ahí van los bomberos, ¡pum, pum, pum! Los registros pueden demostrar que pasaron alrededor de diez minutos desde que recibieron la primera llamada hasta que llegaron al incendio de Zorrotza. ¿Y eso qué más da? Calumnia que algo queda. Media hora, tres cuartos de hora, más de una hora, se acusaba con desmesura aquí y allá, dejando deslizar la nauseabunda especie de una desidia planificada, incluso ordenada, por motivos racistas. Han pasado cinco días y sigue sin llegar la disculpa.

Y esperarla será en vano. Una tragedia como la del sábado es demasiado golosa como para resistir la tentación de sacar los clásicos del repertorio. De repente, los santurrones de corps hacen como que descubren que a tiro de piedra de lo que sale en las guías y en las postales hay ristras de cuchitriles infectos que se caen a trozos literalmente sobre sus moradores, que no son precisamente clientes potenciales de esos garitos en que sirven quince clases de vermú.

Hace falta ser muy fariseo para proclamar que son realidades que se esconden. Sencillamente, es imposible. Están al alcance de cualquiera con dos piernas para pasear unos metros y dos ojos para mirar. Otra cosa es que resulten incómodos a la vista y a la conciencia, incluso para los más puros de espíritu. Por otro lado, si un día dejaran de existir, sobre qué íbamos a levantar nuestra indignación de chicha y nabo.

Santa Teresa de Calcuta

Como el ser imperfecto que soy, me resulta imposible vencer la tentación de recurrir al clásico, casi topicazo sobado, del Quijote. Con la Iglesia topamos, amigas y amigos lectores. Unas palabras — quizá un tanto desabridas, puedo admitirlo— sobre la ya oficialmente santa Teresa de Calcuta han hecho caer sobre mi la ira de los justos. También de media docena de injustos que me han dado hasta en el cielo de la boca y han llegado a bromear, jijí jajá, con mandarme un pistolero. Ahí les den a estos últimos. Me interesan los primeros, entre los que se cuentan personas a las que aprecio, admiro y, por encima de todo, respeto. Lamento sinceramente haberlos irritado con mi prosa de alto octanaje, y si hace falta, retiro los epítetos que les encorajinaron —lo de “lunática con velo”, singularmente—, pero me reafirmo en el mensaje de fondo.

Insisto en que entre mis muchos defectos no está el anticlericalismo trasnochado. No me cuesta nada reconocer que la solidaridad y la justicia más genuinas las practican desde hace mucho y sin presumir religiosas y religiosos. No puedo incluir ahí a quien, como la madre Teresa, una y otra vez hablaba de la pobreza, no como algo que hay que combatir y erradicar, sino como una especie de don de Dios. Sus citas sobre la belleza y la alegría de la miseria son incontables. Y respecto al funcionamiento de sus centros, abundan los testimonios críticos de gentes fuera de toda sospecha. Algunos los he recogido de primera mano a lo largo de años y otros, perfectamente documentados, están al alcance de quien los busque en internet. Tal cual lo pienso lo escribí y lo escribo.