Rajoy se revuelve

Grandes momentos de la (tragi)comedia española: A Rajoy se le hinchan los pelendegues y le espeta en pleno Congreso de los Diputados al figurín figurón Rivera que es un aprovechategui o, si los puristas lo prefieren, un aprobetxategi. Al presuntamente ofendido le faltó cintura para ver en el epíteto el enésimo guiño del claudicante monclovita al nacionalismo vasco disolvente de patrias. “¡Al menos, insúlteme en buen español!”, podría haberle replicado el chaval del Ibex. Se contentó, empero, con fingir gesto de cabreo y amenazar al indolente fajador gallego con retirar su apoyo al Gobierno en la aplicación del 155, signifique eso lo que se signifique, que más bien es nada de nada. “Uh-uh, qué miedo, mira cómo tiemblo”, debió de ser la respuesta imaginaria de quien, a pesar de las encuestas que le vaticinan el castañazo del siglo, sigue teniendo la vara de mando.

En esas está el politiqueo hispanistaní, en un pressing catch de cuarta regional entre la vieja derecha y su marca blanca, es decir, naranja. Venga y venga amagar para no acabar dando nunca. Todo de boquilla, tal vez porque el joven heredero no se atreve a dar el zarpazo final, o quizá solo porque quienes lo financian no le dejan hacerlo. Estaría divertido el astracán si no fuera porque esta esgrima simulada se produce cuando hay políticos que chupan cárcel sin tener que hacerlo mientras otros que sí deberían estar entre rejas, o como poco, en un banquillo, siguen campando a sus anchas. Claro que uno mira en la acera ideológica de enfrente y todo lo que encuentra es una mezcla de resignación y galbana que, en parte, explica lo descrito.

La gran farsa

¡Oh, qué sorpresa! Con once años de retraso, nos enteramos de que cada uno de los aspavientos y rasgados rituales de vestiduras del PP y UPN durante las negociaciones de Loiola eran puro teatro. Como leímos el lunes en las páginas de Diario de Noticias de Navarra, hasta aquella manifestación lisérgica que reunió en Iruña a lo más granado del fascio, la carcunda, vividores del cuento varios e ingenuos ciudadanos al grito de “Navarra no se vende” fue una pantomima de tomo y lomo. Se la montaron a pachas Miguel Sanz, a la sazón y en el momento, presidente de la demarcación foral, y Mariano Rajoy, en funciones entonces de líder de la oposición española tras haber mordido el polvo en 2004 ante el imberbe Rodríguez Zapatero.

Tanto el de Corella como el de Pontevedra estaban informados al milímetro de lo que se cocía en la mesa de diálogo entre representantes del gobierno español y ETA (y/o sus comisionados de la izquierda abertzale) con el PNV como notario y engrasador. Y uno de los detalles fundamentales que conocían eran que Navarra no era ni de lejos moneda de cambio.

Lo divertido y a la vez revelador sobre la inmensa farsa que es la política reside en el hecho de que se había pactado hasta la crítica. Zapatero se dejaba hostiar dialécticamente por Rajoy, Sanz y el ultramonte mediático diestro a cambio de que no le reventaran totalmente las conversaciones. Es de imaginar, por cierto, que los otros interlocutores de Loiola estaban igualmente al corriente del apaño. Podríamos encabronarnos por el trile tardíamente descubierto. Pero también cabe pensar que entre bambalinas hoy está pasando algo parecido.

Del selfi al hecho

En el principio fueron ojos como platos y bocas abiertas hasta el esguince de mandíbula incapaces de balbucear nada que no fueran obviedades de aluvión. ¿Cómo carajo había que reaccionar al ver que ese partidito del extrarradio con cinco votos le había sacado al ogro de la Moncloa lo que hasta un cuarto de hora antes era absolutamente imposible? ¿Quién se iba a imaginar que los malvados sacamantecas periféricos pondrían como condición indispensable para aprobar los presupuestos de Rajoy una que ni el más cabestro de los extremocentristas podría (des)calificar con la habitual sarta de bramidos sobre los privilegios, el egoísmo y la mancillada unidad de la nación española?

Y si a la piara naranja se le había quebrado la cintura, qué decir de la perplejidad en las amplias llanuras progresís que empiezan donde habitan los cofirmantes del 155 y terminan en los diversos mundos de Yupi. Vaya gol entre las piernas a los cazapancartas de lance. Del selfi al hecho va un buen trecho.

Era de cajón que la cosa no podía quedar así. Es el relato, amigo, se dijeron a lo Don Rodrigo los argumentistas de guardia. De entrada, también es verdad que porque el PNV lo había puesto a huevo, el recuerdo en bucle a la línea roja catalana como presunta muestra de falta a la palabra dada. Un tanto endeble el dardo, si se tiene en cuenta que la votación real de las cuentas será dos días después de que expire el plazo definitivo para convocar (o no) nuevas elecciones. Restaba, entonces, agarrarse a las enseñanzas de la zorra y sentenciar que las uvas están verdes, o en este caso, que el compromiso arrancado es una birria. Ajá.

Pactar (o no) con el PP

De esas cosas que pasan de puntillas por la actualidad porque el foco está puesto en otro sitio. O, bueno, porque hay ciertos asuntos sobre los que es mejor no dar cuartos al pregonero. Hace unos días, EH Bildu y Elkarrekin Podemos sumaron sus votos a los del PP para colocar a Larraitz Ugarte como presidenta de la comisión que investigará en el Parlamento vasco posibles irregularidades en los contratos de los comedores escolares. No mucho después, Elkarrekin Podemos se unió a PSE y PP —esta vez sin conseguir mayoría— para votar en contra de la iniciativa de EH Bildu secundada por el PNV que exige que España respete en su totalidad el nuevo estatuto que se está elaborando en la cámara.

Se puede tomar, al primer bote, como muestra de la rica pluralidad de nuestra política: formaciones que se alían en función de unos objetivos (se supone que) perfectamente legítimos. Todos con todos contra todos. Parlamentarismo maduro funcionando a pleno pulmón. Y sí, como ven, que tire la primera piedra el que esté libre del tremebundo pecado de pactar con el malvado PP del 155, la corrupción hedionda, los mandobles a la libertad de expresión, el chuleo sistemático a los pensionistas o todo lo que no cabe en esta modesta columna.

La moraleja, creo que me pillan, es que en materia de vetos y cordones sanitarios se aplica lo de los principios de Groucho Marx. Vamos, que viene a ser como lo de predicar y dar trigo, lo de la viga y la paja o de la mano derecha y la mano izquierda. Procedería, por tanto, que los campeones de la moralidad bajaran una gota el tono conminatorio y reprobatorio ante ya saben ustedes qué.

Hasta luego, Cifuentes

Tic-tac, el reloj marca las últimas horas de vida política para Cristina Cifuentes. Taun-taun-taun, las campanas, impacientes, ya doblan por ella, tal es el hedor a cadaverina de quien antes de todo este quilombo estaba llamada a las más altas misiones. No somos nada. Un día eres la gran esperanza blanca de tu partido y medio pestañeo después, resultas carne de responso. Y todo, qué tremenda ironía, por una inmensa chorrada que, más allá de lo arriba que podamos venirnos en la diatriba, sabemos perfectamente que no va a ningún sitio. Compárenlo con los colosales mangoneos de tantísimos de sus conmilitones o de los cometidos bajo el paraguas de otras siglas. Una cuestión de ego tontorrón complicada por la humana tendencia a tapar cada mentira con una mayor, eso debería decir la autopsia sobre la causa de su (inminente) óbito para lo público. Como en la canción de Silvio, las causas la fueron la cercando y el azar se le fue enredando hasta llegar a la condición de esa persona de la que usted me habla, antesala del si te he visto, no me acuerdo.

Bonita finta, al final la interfecta (en la segunda acepción de la RAE, no jorobemos) ha sido la que nos ha regalado a los espectadores de su psicodrama un máster del copón y pico sobre el mecanismo del sonajero. Hemos aprendido —o deberíamos haberlo hecho— que cuando los dioses deciden que te ha llegado la hora, no hay escapatoria. Como mucho, te queda el derecho a patalear que un congo de los que te han empujado al abismo tienen pufos universitarios muy parecidos a los tuyos. Y luego, claro, saber que tras la caída habrá un suculento premio de consolación.

Pan y circo en el Congreso

Miro de refilón unos fragmentos escogidos de la comparecencia en el Congreso de los Diputados de un par de célebres presuntos corruptos que hasta anteayer tuvieron mucho mando en plaza, principalmente en la Villa y Corte y zonas aledañas. Podría pasar por la hostia en verso del parlamentarismo funcionando a pleno pulmón, pero hasta el último ujier de la Carrera de San Jerónimo sabe que es pan y circo del siglo XXI. Una purita entretenedera —que enseguida aburre, por demás— para llenarle el programa a Ferreras de jijís-jajás entreverados con indignados cagüentales y rasgados de vestiduras coreografiados por Giorgio Aresu, el del Ballet Zoom.

Pasen y vean, chachiprogres y postfachas de la galaxia hipanistaní, el mayor espectáculo del mundo, un juego de trileros, todo trampa y cartón, donde lo de menos es el supuesto fondo del asunto. Qué más darán los quintales de maravedíes despistados del erario público o los usos y costumbres hampescos de la otrora bautizada casta. Lo que importa, como comprobará cualquiera que se eche al coleto un ratito de la farsa, es lo bien que quedan sus señorías interpeladoras. Con honrosas excepciones, cada culiparlante que inquiere a los comparecientes no va a la búsqueda de la verdad sino de un momento de gloria. Para el telediario, si se pone a tiro, pero sobre todo, para recibir la ovación y vuelta al ruedo viral en las (amadas y odiadas) redes sociales. Tendría gracia si no fuera una inmensa tragedia que la actual función de los chorizos y asimilados llamados a comparecer sea hacer de pimpampum para el lucimiento de ególatras elegidos, qué dolor, por la ciudadanía.

Ayer… como hoy

Desconozco si fue casualidad o causalidad, pero el caso es que el pasado domingo, los diarios del Grupo Noticias traían dos piezas que yo diría estaban cosidas por hilos espacio-temporales y afectivos invisibles. Por una parte, Iban Gorriti rescataba del no tan lejano anteayer cómo el lehendakari José Antonio Aguirre cumplió la palabra dada al president Lluís Companys de acompañarlo cuando le llegara el momento de salir al exilio. Le faltó tiempo a mi muy apreciado senador Jon Inarritu para tuitear la página correspondiente —sin que se viera el medio de procedencia, ejem—, acompañada del latinajo “O tempora, o mores”, que viene a querer decir que cómo cambian las cosas.

Podría caber la carga de profundidad si no fuera porque a unas páginas de distancia, amén de destacadísima en primera, venía la extensa crónica en la que Humberto Unzueta detallaba al milímetro cómo fue la mediación de Iñigo Urkullu que estuvo a punto de cambiar el guión del procés. Mediación pedida expresamente y con apremio por un agobiadísimo president Carles Puigdemont en un instante en el que veía que se le venía encima todo el peso de la Historia.

Es verdad que, como sabemos y como se cuenta de forma fidedigna, el intento se fue al garete en 18 minutos más histéricos que históricos. Sin embargo, la esencia de lo sucedido, ese hilo que une presente y pasado que mencionaba al principio, está ahí: de nuevo, en un momento crítico, un lehendakari está al lado de un president que le ha requerido su ayuda. Es lo que va de predicar a dar trigo, o en términos actuales, de hacer politiqueo de selfi y pancarta a hacer política de verdad.