Circo del morbo

Ya tenemos montado de nuevo el gran circo de la bilis con sacarina. El mismo que recientemente se refociló en el fango de Boiro con el caso Diana Quer, que antes estuvo en A Coruña ordeñando la muerte de Asunta Basterra a manos (supuestamente) de sus padres, y que, en definitiva, se estrenó en sus inmundicias en Alcasser, con la inefable Nieves Herreros como jefa de pista. Ahora sienta plaza en una pedanía de Almería, donde han acudido, cual tábanos al olor de la sangre fresca, decenas —si es que no son centenares— de tribuletes que no pararán hasta sacar la última gota de mierda sobre el asesinato de una criatura de ocho años, Gabriel Cruz, que en gloria esté.

Como precuela, doce días de búsqueda radiotelevisada al segundo, sin escatimar en la exhibición de miserias humanas en primerísimo primer plano. Por si no fuera suficiente filón con la angustia inconmensurable de la madre, a los traficantes de morbo al peso les cayó el gordo de la lotería: la más que posible infanticida es la novia del padre, que en titulares y grafismos es señalada como la madrastra para otorgarle un tono aun más siniestro a la brutal tragedia.

¿Quién deja de meter la cuchara en semejante perola putrefacta, si hasta los líderes políticos se han liado a codazos para ganar la carrera de las condolencias más lacrimógenas y/o la condena más rimbombante? Me temo que nadie, incluidos usted, lector o lectora, y yo, avinagrado fiscal de lo que se ponga a tiro, da igual un proceso soberanista que un suceso truculento. No es la primera vez que recuerdo que esto que tan mal nos parece sigue ocurriendo porque tiene público. Mucho.

A la carroña

Las desgracias nunca vienen solas. Suelen presentarse acompañadas de una cohorte de buitres sin escrúpulos dispuestos a ponerse finos de carroña. Todo es bueno para el convento ideológico. Primero dispara, y luego pregunta, que siempre cae algo. Mira, por ahí van los bomberos, ¡pum, pum, pum! Los registros pueden demostrar que pasaron alrededor de diez minutos desde que recibieron la primera llamada hasta que llegaron al incendio de Zorrotza. ¿Y eso qué más da? Calumnia que algo queda. Media hora, tres cuartos de hora, más de una hora, se acusaba con desmesura aquí y allá, dejando deslizar la nauseabunda especie de una desidia planificada, incluso ordenada, por motivos racistas. Han pasado cinco días y sigue sin llegar la disculpa.

Y esperarla será en vano. Una tragedia como la del sábado es demasiado golosa como para resistir la tentación de sacar los clásicos del repertorio. De repente, los santurrones de corps hacen como que descubren que a tiro de piedra de lo que sale en las guías y en las postales hay ristras de cuchitriles infectos que se caen a trozos literalmente sobre sus moradores, que no son precisamente clientes potenciales de esos garitos en que sirven quince clases de vermú.

Hace falta ser muy fariseo para proclamar que son realidades que se esconden. Sencillamente, es imposible. Están al alcance de cualquiera con dos piernas para pasear unos metros y dos ojos para mirar. Otra cosa es que resulten incómodos a la vista y a la conciencia, incluso para los más puros de espíritu. Por otro lado, si un día dejaran de existir, sobre qué íbamos a levantar nuestra indignación de chicha y nabo.

Periodismo sin alma

Cada vez que hay una tragedia, aborrezco mi profesión. Me ocurre desde que era un tribulete imberbe, y durante un tiempo albergué la esperanza de que los años me harían desarrollar una coraza contra este sentimiento en el que se mezclan, no sé en qué proporciones, la vergüenza ajena, el asco, la rabia, la impotencia… y las dudas sobre mi propia capacidad para ejercer un oficio tan desalmado. Compruebo horrorizado que es al revés: conforme colecciono canas y arrugas, el daño que me provoca ese cóctel es mayor.

Me ha servido para la enésima confirmación el accidente del Airbus Barcelona-Dusseldorf. De nuevo hemos asistido a la cacería inmisericorde de familiares angustiados para arrancarles, a modo de trofeo, unas lágrimas, unos balbuceos, o siquiera un gesto de desesperación para adornar una portada o el directo en la tele. ¿De cuánta inhumanidad hay que estar alicatado para ser capaz de acosar sádicamente a personas en estado de shock que ni saben por dónde les da el aire?

Sí, conozco la respuesta al uso. Que más cornadas da el hambre, que qué va a hacer un pobre jornalero del micro y la cámara, y que la culpa es de los editores o los jefes de redacción, que exigen carnaza. Y también me consta que los aludidos escurrirán el bulto con la martingala de lo chungalí que está el mercado o, como gran comodín, acusarán al público de no conformarse más que con casquería sanguinolienta o sentimentalona. No digo que no haya unos gramos de verdad en tales excusas, pero la mayoría de los que abrevamos en la alberca esta de la información sabemos que si quisiéramos, podríamos evitar ciertos espectáculos.

Aprovechar la tragedia

Si la muerte en general resulta un caramelo para los discursos políticos y los titulares, la de una niña en particular constituye una tentación irresistible. Que le vayan dando a la prudencia, a la mesura, y por descontando, a la deontología. Así de asqueroso y así de hediondo, pero los que se andan con remilgos no prosperan demasiado ni en mi oficio ni en el escalafón de los partidos. Además, siempre puede uno refugiarse en la decreciente exigencia de la clientela respecto a la verdad.

Una tragedia monda y lironda vende por sí sola, pero a poco que se condimente al gusto de los comensales, el éxito está asegurado. En el caso de la pequeña de Trebiño, los ingredientes parecían estar dispuestos adrede. A la desgracia se sumaba el contexto. O tal vez, viceversa. Los muchos datos que faltaban —y siguen faltando a esta hora—, incluidos los decisivos, eran perfectamente sustituibles por especulaciones a la medida de las obsesiones. Total, nadie los iba a echar en falta. Al contrario, quien tuviera la osadía de apelar a la cautela de la que hablaron en la facultad aquella mañana en que también estábamos jugando al mus en el bar pasaría por connivente, morroi, o en la mejor de las versiones, pinchaglobos. Qué puta manía, dirían, de atenerse a los hechos, cuando es tan fácil y cómodo moldearlos a beneficio de obra.

Me sumo, cómo no hacerlo siendo humano, a los que claman que la muerte de Anne no debería haber ocurrido. Sin embargo, no estoy en condiciones de asegurar que podría haberse evitado y menos, de señalar a ciencia cierta a sus hipotéticos responsables. No hasta conocer todos los detalles.

Lo mejor y lo peor

Prometo que cuando esta columna empezó a tomar forma en mi cabeza, la intención era, por una vez, fijarme en lo positivo. Centenares de ciudadanos que salen de casa de madrugada para donar sangre, bomberos que abandonan la huelga, sanitarios, policías (sí, policías, ¿qué pasa?) o personal de servicios de emergencias que aparcan sus vacaciones y acuden a echar una mano porque sí, hosteleros que organizan un banco de habitaciones para los familiares de las víctimas… Y cómo olvidar a mis compañeras y compañeros que tuvieron que contarlo luchando contra su condición humana —no imaginan lo jodido que es mantener a raya los sentimientos en situaciones así— y contra los elementos: precariedad general del oficio, verano, noche, víspera de puente, confusión indescriptible, ausencia casi total de fuentes fiables, portavoces mudos y otros que hablan de más, la presión de lo que ya ha sacado el de al lado. Ahí quería ver yo a los cátedros de periodismo que, en pijama y con una cerveza al lado, se pusieron a impartir lecciones y soltar doctas collejas. Pena que no se les comiera el smartphone o la tableta un cerdo.

Fueron esos toreros de salón los primeros que cambiaron lo que pensaba escribir. Luego llegaron las condolencias con sigla e ideología en estandarte, donde uno no sabía si destacaba lo patético o lo miserable. Más o menos en la misma ola, acudieron los pescadores de río revuelto y los arrimadores de ascua a la sardina propia en dos bandos diferenciados, los que daban fe de que la culpa la tenían Rajoy y la troika y los que porfiaban que si no hubiera sido por Mariano, nadie habría salido con vida de los vagones. Aún quedaban los expertos en seguridad ferroviaria, que curiosamente son los mismos gurús que nos adoctrinan sobre Bárcenas, la prima de riesgo o la madre que nos parió.

Mi enseñanza es que, efectivamente, las tragedias sacan lo mejor que tenemos. Y por desgracia, lo peor.