La foto que sacude conciencias

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Me cuesta creer que haya habido alguien que al ver la imagen de un niño muerto en la orilla de una playa turca, esa que desde ayer esta dando la vuelta al mundo, no se haya estremecido. La imagen de ese niño tendido en la arena, muerto, ahogado, sin mañana, coloca delante de nuestros ojos toda la crudeza de una de las mayores crisis humanitarias de nuestros tiempos.  Imposible escapar de ella. Imposible huir de lo que representa ese cuerpo sin vida, ese niño de apenas tres años que llamaba junto a su familia a nuestra puerta sin encontrar respuesta. Ni las imágenes de un campo de refugiados, ni las de familias enteras huyendo, puede mostrar tan a las claras lo que significa una guerra y una huída.

Ninguna imagen se publica de forma gratuita. Todas tienen intención de algo y estoy segura de que en muchas redacciones se ha debatido, como ha pasado con otras fotografías, la conveniencia o no de publicarla. Hay quien la considera agresiva y creo que tienen razón. Pocas cosas tan violentas como encontrarte de frente una imagen que remueve tu conciencia, que te sacude, que te coloca delante de una realidad de la que no puedes escaparte. Por eso yo abogo por publicar fotografías como la del niño muerto. Es muy difícil mirar para otro lado cuando tienes ante tus ojos algo tan dramático como el cuerpo pequeño y frágil de un niño al que se le ha acabado el pan casi sin haberlo probado.

Aylan Kurdi era un niño como los demás, pero su vida parece no valer lo mismo que la de un niño de cualquier parte de Europa. Nilufer había abandonado su casa, a parte de su familia, su escuela y la plaza de su pueblo. Junto a su familia buscaba no ya una vida mejor, sino una vida en paz. Huía del horror de las bombas y los disparos y se ha topado con el horror de morir en el mar sin alcanzar la meta.

La imagen de Aylan se va a convertir seguramente en un icono contra la guerra. Que podamos verla, que circule en las redes sociales, que temblemos al verla, puede servir para tomar conciencia de que los refugiados son personas que sufren una situación injusta, dolorosa y cruel. Ver la fotografía nos sacude el alma y nos acerca a esos miles y miles de personas a la deriva.

Como Aylan, hombres y mujeres de Eritrea, de Siria, de Afganistan y de tantos otros países, continúan varados en una orilla, olvidados en un bosque, tirados en una cuneta, abandonados a su suerte y jugándose una vida que parece no valer tanto como para que en Europa agilicen su solución.

La imagen de un niño muerto en una playa en la que debería de estar jugando y haciendo castillos de arena sacude nuestras conciencias. No podemos escaparnos de lo que significa, que no es otra cosa que nuestra incapacidad de acogerles y tratarles no como ganado sino como personas.

Ojalá Aylan encuentre la paz que no ha podido disfrutar en sus tres años de vida. Nuestro fracaso hoy se llama como él, Aylan.

 

Vergüenza europea

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Viñeta de El Roto

La mejor manera de saber lo que la otra persona siente es intentar meterse en sus zapatos, aunque sea con la imaginación. Es este un buen ejercicio para eliminar prejuicios, solidarizarnos con el sufrimiento ajeno y colocarnos delante de una realidad que a menudo nos es ajena.

Imaginémonos que vivimos felices en nuestra tierra, con nuestras familias, en nuestro hogar. Tenemos un trabajo más o menos bueno, los hijos tienen la posibilidad de elaborar su proyecto de vida a nuestro lado y no pensamos ni por lo más remoto abandonar el nido que nos hace sentirnos seguros y afortunados. Pero llega una guerra que en cuatro años se cobra la vida de más de 300.000 personas de las que la mitad son civiles, unos 15.000 menores y más de 9.000 mujeres. Te encuentras con un régimen político cada vez más aferrado al poder y una comunidad internacional que mira hacia otro lado y solo se preocupa de evitar que quienes huyen de ese horror entren en sus países.  Unicamente pensar en la huída, en abandonar todo lo conseguido y vivido hasta ese momento, nos permite acercarnos a lo que están viviendo las miles y miles de personas que desde 2011 están saliendo de Siria.

Estamos asistiendo a la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial y Europa cierra sus fronteras y estable cupos de personas para repartirse a los solicitantes de asilo. Porque si, son refugiados y no inmigrantes económicos. Son personas que huyen de la guerra y a las que según la Convención de Ginebra habría que acoger por humanidad. Pero no, para los gobernantes europeos son cupos y parecen no tener prisa en dar una respuesta a la situación de tantísimas personas. De hecho, acaban de fijar la nueva reunión de ministros europeos de interior para el 14 de septiembre. Así, sin prisa, quieren dar una respuesta común a la crisis migratoria y de refugiados.

Mientras, quienes se frotan las manos son las mafias que están haciendo su agosto dando esa respuesta que no dan los políticos a los candidatos a refugiados. Hoy leía a un mafioso decir “soy traficante y me llaman criminal, pero es la UE la que les empuja hacia nosotros”. Al no haber una vía legal ni segura para llegar al viejo continente, las mafias hacen de guías a los que huyen por bosques y pueblos desconocidos. Ante las alambradas y las cuchillas colocadas en las fronteras, su misión es sortearlas y colar en Europa a quienes han pagado entre 7.000 y 10.000 euros. Y no siempre sale bien el trato. Periodistas infiltrados en eso grupos mafiosos cuentan que, a veces, algunos traficantes llevan a la gente al bosque y después desaparecen con el dinero. O que algunos refugiados son secuestrados durante el camino por otros traficantes que les piden más dinero para llevarles a su destino.

El pueblo sirio ha sufrido lo indecible en estos cuatro últimos años en una guerra atroz que no distingue civiles de combatientes. La población esta atrapada en sus propias fronteras y solo busca sacar la cabeza de ese pozo negro en que se ha convertido su hogar, para poder respirar y seguir viviendo. Europa les niega el aire y se axfisian. España solo esta dispuesta a admitir a 2.739 refugiados mientras en Siria mueren por miles.

Hagamos el ejercicio de imaginar el dolor de quienes abandonan su tierra, como decimos por aquí, con una mano delante y otra detrás. Duro, ¿eh?.

Quemados

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Estos días proliferan en los medios de comunicación los reportajes y las entrevistas con expertos centradas en el síndrome postvacacional. Es cierto que los periodistas tenemos temas recurrentes que vuelven cada año a los papeles, a las televisiones y a las radios. Creo que a fuerza de contarlos, los convertimos en imprescindibles. Las imágenes de niños que lloran en su primer día de colegio, el descorche del cava por parte de los agraciados en el sorteo del 22 de diciembre o las mujeres corriendo en la apertura de unos grandes almacenes el día de inicio de las rebajas son solo algunos ejemplos de esa recurrencia.

Arrancamos el mes de septiembre y, además del precio de la vuelta al cole, llenamos páginas y minutos hablando del tan temido síndrome postvacacional, definido por algunos expertos como el estado que se produce en el trabajador entre un periodo de vacaciones  y la vuelta a la vida activa.  Atención a los síntomas: cansancio generalizado, fatiga, falta de sueño, dolores musculares, falta de apetito y de concentración, irritabilidad, tristeza, nerviosismo, etc.

Pues fíjense, son esos precisamente los síntomas que a mi me provocaría la falta de trabajo, no el volver  después de haber disfrutado de unos días de cambio de aires, de desconexión, de relax y de tranquilidad.

He leído hoy una nota de prensa en la que se hablaba del síndrome y me ha dado hasta miedo. Venía a decir que el cóctel de sensaciones que provoca puede llegar a ser peligroso. Apuntaba que la falta de sueño por las noches es una de sus principales manifestaciones porque en vacaciones modificamos los horarios con lo que nos cuesta volver a acostarnos pronto para madrugar. Esto conlleva fatiga porque el cuerpo no descansa y nos levantamos peor de lo que nos acostamos. Ante esto recomiendan darse una ducha por la mañana y escuchar música que podamos cantar y nos aporte energía.  Hablaba también de los dolores musculares y aseguran que sumados al cansancio pueden provocar mareos. Como estaremos más irritables y estresados, nos aconsejan que sustituyamos las bebidas excitantes por infusiones.

En el lado opuesto he escuchado a psicólogos que dicen que el síndrome postvacacional no es más que una excusa  para quejarse de la desgana frente al trabajo. Claro que habrá a quien la vuelta a su puesto de trabajo le suponga una carga, pero estaremos hablando entonces de alguien quemado por su labor, no contento con la labor profesional que desarrolla y que padece los indicios que se atribuyen al síndrome postvacacional durante todo el año.

Adecco, una compañía de recursos humanos,  ha publicado uno de sus informes en el que asegura que el 30% de los trabajadores no consiguen superar el síndrome y que el otro 70% restante sufrirá algunas de sus manifestaciones.  A mi me puede costar más o menos cambiar las rutinas y pasar de las vacacionales a las laborales, pero más allá de eso, nada.  Feliz de volver y con ganas de que lleguen las siguientes.

En torno a este asunto, el periodista @IsaíasLaFuente decía en twitter: “Acabar las vacaciones y regresar al trabajo significa que he tenido vacaciones y tengo trabajo. Ojalá un día tod@s puedan escribir un tuit así”.  Aplausos para él.

Meones y meonas

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Finalizadas ya las fiestas de las grandes capitales y de la mayoría de los pueblos es tiempo de hacer balance. Saldrán los responsables municipales contándonos cuántas personas han acudido a ver los fuegos artificiales, a los conciertos, al txikigune o a cualquiera de las miles de actividades que hemos podido vivir sumando los festejos de todo el país.

El dato que a mi me gustaría conocer hoy es el de las personas que han utilizado los urinarios públicos. No tengo la cifra de lo que cuesta a las arcas municipales instalar dentro del recinto festivo esos servicios, pero imagino que no será pequeña. Cada año han ido mejorando estas instalaciones y el número de w.c colocados en las calles y rincones de mayor afluencia ha ido en aumento, pero me da la sensación de que también han ido aumentando el número de personas incívicas que teniéndolos al lado, pasan de utilizarlos.

Pasear una noche por las calles de Bilbao es verlo convertido en un enorme urinario. Y no, no es responsabilidad del Ayuntamiento que pone pocos váteres. Es culpa, si, culpa, de quienes son incapaces de respetar el espacio público, hacen de su capa un sayo y orinan donde les da la gana y cuando les da la gana.

El sábado, las escaleras de acceso principal al Palacio de Justicia en los Jardines de Albia eran una catarata de orines. La puerta central parecía el Muro de las Lamentaciones plagado de hombres a los que no importaba que detrás de ellos estuviésemos cientos de personas tomándonos algo en las txosnas. Resultado: cambias de sitio porque tu, con tus sandalias veraniegas y tus deditos al aire, te estas empapando los pies con el orín de esos desconsiderados. Y estoy siendo muy políticamente correcta, porque los cerdos tampoco merecen que les comparemos con semejantes individuos.

No, no es solo cosa de hombres esto. También he visto en plena Gran Vía a mujeres que se bajan los pantalones , se agachan, se bajan las bragas y a mear. Da igual que tu pases por ahí o que vayas a abrir tu coche y te encuentres ahí, agazapada, a una chica pegada a la rueda meando.

Me fijé en los váteres portátiles instalados en los alrededores. No, no habia cola ni estaban tan sucios que no te quedase otra opción que orinar en la calle. Lo que no hay por parte de quienes hacen esto son ganas de desplazarse hasta donde están, por muy cerca que se encuentren. Tengo ganas, la saco y meo. Esté donde este y me vea quien me vea.

No estoy pidiendo el pudor que hace referencia a la vergüenza y al recato. Lo que estoy pidiendo es respeto por quienes quieren disfrutar de la calle límpia y hacia quienes visitan la ciudad y no quieren encontrarla maloliente y llena de pis.

No es este un problema que se de únicamente en nuestras fiestas. Ha habido otros muchos lugares que han tomado medidas ante este problema. En Hamburgo, hartos de los y las meonas, lo han atajado utilizando en las paredes y monumentos una pintura incolora que repele la orina. Aquellos a quienes se les ocurra orinar en esas superficies, su propio líquido terminará salpicándoles a ellos mismos. Esto también se utiliza en EEUU, en San Francisco, donde intentaron, sin éxito, fórmulas más ligeras como colocar carteles con frases como “ respete mi casa, no orine aquí”. Parece que los meones no saben leer.

Recuerdo que en mi infancia te decían que si orinabas en una piscina, a tu alrededor aparecía una línea roja que te delataba como meona. Solo imaginar esa vergüenza ya era suficiente para que ni se te ocurriese hacerlo. Esas cosas también forman parte de la educación.

En Rio de Janeiro son aún más drásticos y en el último carnaval detuvieron a más de 200 personas por “acto obsceno”. Buscan erradicar la práctica y mejorar la imagen de la ciudad que se ve seriamente perjudicada con estas actitudes.

Esta vez no, no es algo de lo que culpar al Ayuntamiento ni a quienes organizan las fiestas. Los verdaderos y únicos culpables son los meones y meonas que demuestran con su actitud que lo de vivir en comunidad y con respeto, no va con ellos.

 

Esto es terrorismo

 

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Si en lo que llevamos de años, cualquier grupo terrorista hubiese asesinado en España a 60 personas, los gobernantes, las formaciones políticas, el presidente y todos aquellos con responsabilidades políticas hubieran salido a la palestra a denunciar los asesinatos, a decir que estamos ante una grave situación y hubiesen reunido a sus gabinetes de crisis para luchar contra esas acciones y tomar medidas.

Pues bien, en los meses que han discurrido desde que comenzó el 2015, 60 mujeres han sido asesinadas por el terrorismo doméstico y no ha pasado nada. Nadie, ningún político de primera línea, se ha puesto del lado de las mujeres y ni siquiera ha lanzado mensajes tranquilizadores ante las muertes casi diarias. Y mucho menos ante las agresiones que se viven en cientos de domicilios, agresiones silenciadas, violencia no denunciada, violencia que, en muchos casos, parece no existir.

Terrorismo es la dominación por medio del terror, el control que se busca a partir de actos violentos cuyo fin es infundir miedo. Busca coaccionar y presionar para imponer sus reclamos y normas. A mi me parece que esta definición de terrorismo encaja perfectamente en la violencia que se ejerce contra las mujeres. Ya no vale llamarle de otra forma. Es terrorismo doméstico. Y quienes en teoría nos protegen, callan.

Claro que hay políticas y algún político que lucha contra esta violencia de manera decidida, pero no veo a los “grandes” salir a denunciar. Estamos viviendo un verano sangriento y no he visto a Rajoy  decir algo así como “estamos asistiendo a un feminicidio y vamos a poner todos los medios para pararlo. Denuncio esta forma de terrorismo que ataca sin piedad a las mujeres que están siendo asesinadas en sus propias casas. Estas son las medidas a adoptar”. Nada. Ni esto ni nada parecido. Yo lo echo de menos. Quiero que los y las políticas que rigen los designios de nuestro día a día salgan a decir que están trabajando por las mujeres agredidas y contra sus agresores. Esta muy ocupado el presidente en asuntos importantes, no lo dudo, pero no parece preocupado por las 60 mujeres asesinadas en su país en solo 8 meses. Tampoco parece preocupado por las que sufren el terrorismo doméstico día a día ni por sus hijos e hijas, que viven atenazados por el miedo.

Cuando ayer supe de los dos nuevos asesinatos en Valencia lo comenté en Twitter utilizando el hashtag #nosmatan. Alguien me preguntó : ¿ qué podemos hacer?. Yo le respondí que no callarnos, denunciarlo cada día y en todos los lugares, no mirar hacia otro lado y, si tenemos la desgracia de sufrirlo en nuestras carnes, a los primeros síntomas, pararlo. Es importante también aprender a identificar esos síntomas, y esto solo se consigue con educación desde la base.

Hablaba esta semana con el profesor Lucas Jódar, experto en psicosociología de la Universidad de Valencia. Ha hecho una proyección matemática de la violencia machista en España y ha concluido que en 2017, cerca de tres millones de hombres de entre 16 y 74 años habrán sido en algún momento de su vida agresores físicos contra su pareja. Ha identificado cuatro grupos de hombres: los igualitarios, ausentes de cualquier tipo de violencia o micromachismo, los que participan del machismo de “baja intensidad”, que no ejercen violencia física ni psicológica pero dan por buenos los chistes y comentarios machistas, los agresores psicológicos y los agresores físicos, que tienen también mucho de psicológicos. Partiendo de estos modelos y aplicando fórmulas matemáticas al tránsito de un grupo a otro y teniendo en cuenta la influencia de factores como el estrés económico y las drogas y el alcohol, ha hecho la cuantificación.

Propone Jódar que , además de la educación en igualdad y contra la violencia que tendrá efecto a largo plazo, el ministerio correspondiente haga campañas similares a las de la Dirección General de Tráfico. Planteaba anuncios en los que se viese a una mujer siendo agredida por un hombre con mensajes tales como ¿te gustaría que tu hija o tu hermana padeciesen esto?. Aboga por campañas crudas, directas, agresivas y emitidas en los horarios de máxima audiencia.  A mi también me gustaría ver estas campañas. Las cosas de las que no se habla parecen no existir, y desgraciadamente las mujeres asesinadas están ahí, muertas y enterradas. Hay que decirlo una y mil veces porque el silencio puede hacernos cómplices.

Nos matan. No me cansaré de insistir en esto ni de denunciarlo tantas veces como sea necesario. Me gustaría que quienes tienen mucha más capacidad de influir que yo lo hiciesen también.