Sí a la guerra

Volver de los campamentos de refugiados saharauis significa siempre traerse una mochila llena de experiencias, de conocimientos y, sobre todo, de distintas interpretaciones de la vida y lo que significa.

Quiso el destino que el mismo día en el que se celebraba el Día de Pueblo Saharaui, el pasado martes 27 de febrero, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea  emitiese una resolución sobre el acuerdo de pesca vigente entre la UE y el reino de Marruecos. En esa resolución, si bien avala ese acuerdo, también declara que “el territorio del Sáhara Occidental no forma parte del reino de Marruecos”.

La noticia circuló de móvil en móvil a la velocidad de la luz por los distintos campamentos y la alegría se desató en cada jaima. La Justicia de la Unión Europea les daba la razón y avalaba lo que llevan defendiendo desde hace más de 42 años: el Sáhara Occidental no forma parte de Marruecos.

Los siete días que he pasado conviviendo con el pueblo saharaui me han dado para preguntar mucho acerca de su futuro. El pasado, lo sucedido en estos años y la postura tanto de Marruecos como la de los países que le apoyan, es de sobra conocida. Lo que preocupa es el futuro de todas esas personas que mantienen la esperanza de abandonar los terrenos prestados por Argelia y volver a su casa. Los mayores sueñan con el lugar en el que nacieron. Quienes nunca han estado ahí mantienen ese sueño y sienten que su destino es luchar hasta volver.

Me ha impresionado mucho la firmeza con la que defienden la guerra contra Marruecos. No son unos pocos. Son la casi absoluta mayoría de los y las saharauis quienes apuestan por ella como única vía de retomar su tierra. No solo los políticos (me decía el Ministro de Asuntos Exteriores que no hay mujeres que quieran dedicarse a la política en el Sáhara) sino también los habitantes de cada barrio los que piden al Polisario que declare la guerra. Sin paliativos.

No apuesto por la guerra en ningún caso y así se lo decía a las distintas personas con las que he hablado de este tema. Dialoguemos, busquemos una solución a esta situación que ha provocado ya la pérdida de generaciones formadas y emprendedoras, alcancemos un acuerdo. Dicen NO, ya hemos esperado bastante. Confían en el potencial que cada saharaui lleva dentro para ganar esa guerra. Con un ímpetu arrollador aseguran que cada saharaui vale por diez marroquíes y dan por segura la victoria. Y cuando hablas del coste en vidas humanas de una batalla afirman que no es importante, que esta no es la única vida que tenemos. Qué distinta concepción del presente y el futuro.

Mientras, la vida en los campamentos sigue. Crecen los negocios, mejoran las comunicaciones, aumenta el número de niños y niñas escolarizados, llega la luz, se construyen carreteras, la calidad de las viviendas asciende, etc, etc, etc. Hay quien apuesta por no organizarse ni trabajar para que la vida en los campamentos sea más cómoda. Hay quien cree que, mientras estén ahí, deben de procurarse unas mejores condiciones. Pero en lo que coinciden todos y todas es en que la guerra es la única salida.

Triste, muy triste, que los gobiernos no sean capaces de solucionar un problema que puede llegar a tener un altísimo coste en vidas. Parece que es más fácil, o más conveniente, mirar hacia otro lado.

 

Siete millones de bombas

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Asis Haidar, Presidente de la Asociación de Víctimas de Minas Antipersonas

Aunque ahora estemos muy preocupados por la idea de Donal Trump de construir, más bien de continuar su construcción, un muro en la frontera con México, lo cierto es que en pleno corazón del desierto del Sáhara se encuentra uno de los muros más largos del planeta, el que divide al pueblo del Sáhara Occidental. Es una brecha cubierta por más de siete millones de minas anti-persona y se ha cobrado ya 6.000 víctimas desde su levantamiento por parte de las autoridades marroquíes.

Casi diez personas al día pierden la vida por culpa de las minas antipersonas y restos de municiones de conflictos, según datos de la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas Antipersona.

Pese a la firma por parte de 162 países del Tratado de Ottawa o la Convención sobre la prohibición de minas antipersonales, que entró en vigor en 1999, y a los avances que se han conseguido desde entonces para limpiar de minas el terreno de zonas de conflicto, todavía a día de hoy las minas son una realidad diaria para la población civil.

El viaje al Sáhara me ha servido para conocer más de cerca este problema además de para visitar ese muro que se edificó como consecuencia de la ocupación de Marruecos al Sáhara Occidental, la última colonia española en África pendiente de descolonización. En 1975 el pueblo saharaui sufrió el abandono de su metrópolis, España, que lejos de cumplir con las responsabilidades jurídicas que le exigía la ONU, repartió el territorio saharaui entre Marruecos y Mauritania. El Frente Polisario, Movimiento de Liberación Nacional Saharaui, reconocido por la Comunidad Internacional como el único y legítimo representante del pueblo saharaui, inició la Guerra de Independencia. Una guerra que provocó la rendición de Mauritania, y, más tarde, que Marruecos construyera, con la ayuda técnica de Israel y financiera de Arabia Saudí, el muro más largo del mundo.

He tenido la oportunidad de conocer a Asís Haidar, el Presidente de la Asociación Saharaui de Víctimas de minas antipersona. Perdió sus dos piernas y un brazo como consecuencia de la explosión de una de esas minas. Por cierto, España es uno de los principales suministradores de esas armas de guerra.  Asís se ha empeñado en mejorar las condiciones de vida de las víctimas entre las que hay mujeres, niños, ancianos, hombres… Para ello, y con la colaboración de organizaciones solidarias, ha creado el “Proyecto Cabras”. Estos animales son muy valiosos en el desierto. En este vídeo explica perfectamente cómo fue su “accidente” y en que consiste la iniciativa.

La contradicción saharaui

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Campo de refugiados de Smara. Foto de Xavi Maltas

Último capítulo de la aventura saharaui, hoy centrada en la sensación que yo me he traído tras una semana en el campo de refugiados de Smara.

Lo cierto es que las impresiones son contradictorias. Por una parte he aprendido mucho de la historia de este pueblo, de su expulsión, de su guerra, de su espera a la celebración de un referendum que les devuelva a su tierra. Por otro lado he visto a un pueblo resignado y cada vez más acomodado en un territorio inhóspito pero que están convirtiendo en su casa. Los miles y miles de saharauis nacidos en los campos van teniendo cada vez una visión más lejana de su verdadera tierra.

Podríamos agrupar en tres los diferentes posicionamientos ante la situación en la que viven. Los mayores están convencidos de que ha sido Alá quien les ha puesto ahí y que será él el encargado de sacarles, si es que salen. Resignados. Hay grupos de jóvenes dentro del moviento Sáhara Libre que siguen reivindicando su tierra y que estarían incluso dispuestos a empuñar las armas por lograrlo pero encuentran reticencias incluso dentro de su pueblo. Y después están los acomodados, los que han encontrado en esta situación una manera de vivir más o menos bien y de hacer dinero con el conflicto.

De hecho, las diferencias sociales entre las distintas familias es cada vez más evidente. Hay quien vive en la más absoluta pobreza y depende exclusivamente de la ayuda externa y hay quien tiene en su casa instalado hasta el wifi. Hay familias en las que los electrodomésticos son de uso más o menos normal y hay quienes sueñan con tener una rudimentaria lavadora.

Ha servido también este viaje para reflexionar sobre la ayuda que desde aquí prestamos al pueblo saharaui. Creo que la enviamos pensando más en nosotros que en ellos. Y la enviamos pero no la controlamos. Personas que llevan muchos años trabajando en el terreno me han contado cómo parte de los alimentos que enviamos se diluyen en manos intermedias, algunos acaban siendo vendidos en las tiendas del mercado porque los saharauis no los tienen entre sus necesidades y otra parte sí, llega a las familias.

Invertimos dinero en crear centros en los que una familia saharaui nunca ha pensado, como por ejemplo una residencia de ancianos. No está dentro de su cultura ingresar a las personas mayores en un centro cuando envejecen. De hecho, una vez construido uno con financiación de un ayuntamiento vasco, costó Dios y ayuda poder acercar allí a varias personas de edad para poder hacer una foto que demostrase su utilidad.

Algo no estamos haciendo bien. Mostramos nuestro lado más solidario, intentamos ayudarles pero no canalizamos bien esa ayuda. Está bien que les demos peces pero nuestra obligación es ayudarles a pescar. Y digo ayudarles y no enseñarles, porque ellos ya tienen su propia forma de hacer las cosas.

Volvemos con sensaciones contradictorias. Ahora las jaimas tienen electricidad y se rumorea que enseguida el gobierno argelino les instalará el agua corriente. La sensación de provisionalidad se va agotando, el pueblo se va asentando y el temor generalizado es que la zona acabe siendo una provincia más de Argelia.

Es un tema complejo. Todas las personas con las que he hablado estos días coincidían en la necesidad de seguir ayudando pero , eso sí, redirigir la cooperación hacia sus verdaderas necesidades.

La resignación no puede ser la solución aunque cada vez es más difícil pelear contra quien te está poniendo la vida más fácil para mantenerte callado y acomodado.

 

 

Sáhara, capítulo 4. Suplementación

Dentro de esta serie de posts en los que voy contando diversos aspectos de la preparación de la Maratón del Sáhara, hoy vamos con un aspecto tan importante cómo la suplementación.

El desgaste que supone una maratón es grande. Por mucho que lleves una alimentación sana y adecuada, necesitas un plus que te aporte más energía y te mantenga llenos los depósitos de vitaminas, minerales y nutrientes.

Así que os muestro cómo es mi suplementación diaria. No es tanto lío como parece. Se trata de coger el hábito y en un minuto lo tienes todo preparado.

Hay mucha confusión con los suplementos. Al contrario de las opiniones que  la equiparan a sustancias que mejoran tu rendimiento, la suplementación hace que tu cuerpo esté más preparado para afrontar el entrenamiento necesario para preparar una carrera tan dura como la maratón. Nada más. No vamos a correr más rápido por tomarla pero nuestro cuerpo asimilará y resistirá mejor esos entrenamientos.

La semana que viene llegará el capítulo dedicado al entrenamiento.

¡Espero que el vídeo os parezca interesante!

https://youtu.be/GP1rRNZN568

Un empujón más

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Sólo nos falta vender 16 camisetas para poder fabricar un segundo lote cuya recaudación  se convertirá en medicinas que llevaremos a la Farmacia Central de los campamentos de refugiados del Sáhara.

Las camisetas se hacen en un portal que acoge causas solidarias y requiere un pedido mínimo para poder hacer nuevas ediciones. Pues eso, estamos a falta de que compreis 16 camisetas nada más para poder llevar otras tantas cajas de medicinas allá donde se necesitan.

Os dejo el enlace a través del cual podéis gestionar la compra. Hacerlo supondrá colaborar con una iniciativa que puede suavizar las duras condiciones de vida en las que se vive en un campamento de refugiados. Hay muchos niños y niñas que necesitan tratamientos y, como el conflicto lleva abierto 40 años, empieza a haber personas mayores que tienen los mismo problemas de salud que aquí pero sin la infraestructura ni los medios adecuados para tratarlos.

Son 10 euros a cambio de una camiseta técnica de gran calidad y del agradecimiento infinito de quienes apenas tienen nada. Si tú, como dice el texto de la camiseta en euskera y castellano, también eres de los y las que corren para ser libres, ayúdanos.

¡Echadnos una manita con ese último empujón!

Este es el enlace:

https://www.crowdence.com/tecnica-sahara-marathon-2017