San Ignacio de Loyola y Sabino Arana

Santuario de Loiola

S

Por: Jose Ramón Scheifler

San Ignacio de Loyola ha gozado de una peculiar popularidad en gran parte de Euskal Herria. Distinta probablemente de la de otros santos y santas, como por ejemplo San Antonio, y no exenta quizá de una admira­ción mezcla de respeto reverencial. La calidad de patrono de Gipuzkoa y Bizkaia hace más de tres siglos ha debido de afectar a esta singular afección hacia el santo de Loyola. Por otra parte, los nacio­nalistas vascos anteriores a la guerra civil recor­darán que, como tales, sus dos fiestas principales eran el Aberri Eguna y «el día de San Ignacio», ac­titud que se prolongó durante el régimen fran­quista. Para los primeros nacionalistas, cuando todavía no se había creado el Aberri Eguna, la fes­tividad de San Ignacio representaba la gama más completa de sentimientos religiosos, patrióticos y políticos que durante muchos años ha caracteri­zado a los nacionalistas vascos. No fue una casua­lidad que el primer partido nacionalista que hoy cumple cien años naciera precisamente en esta festividad ignaciana.

Sin embargo, no es tarea fácil dar con una relación del acto. Yo no lo he conseguido. Quizá ni siquiera exista, pues consta que el partido Nacionalista Vasco nació en la clandestinidad. Tal vez fuera esto un presagio de su azarosa futura vida, y del odio que despierta en ciertos niveles de la política, sólo comparable al afecto y amor que le profesan sus incansables e incondicionales seguidores.

Los editores de las Obras Completas de Sabino Arana dan cuenta en una nota de la reunión en el Euskeldun Batzokija de la calle del Co­rreo, de Bilbao, del histórico Batzar Nagusija del que saldría el primer Bizkai-Buru-Batzar. Sabino se abstuvo de escribir en la prensa con este moti­vo, o por la festividad de S. Ignacio como era su costumbre, por tratarle de algo puramente inter­no. Fue precisamente la celebración de la fiesta de S. Ignacio en el Batzoki, conforme al Reglamento del mismo, el año anterior el comienzo de las ca­lamidades que darían con Sabino en la cárcel por primera vez, con la clausura del Batzoki y la su­presión de Bizkaitarra, el primer periódico nacio­nalista. La excusa y origen de todo ello fue la mo­lestia que la música y canto del festejo en el Bat­zoki causó a una supuesta enferma dos pisos más arriba del Inmueble.

Creo que habrá pocos políticos católicos de su tiempo, o quizá ninguno, que haya visto tan clara la doctrina de la separación entre la Iglesia y el Es­tado, «una clara y marcada distinción entre el or­den religioso y el político, entre lo eclesiástico y lo civil, como escribió en el artículo 6o del Regla­mento de Euskeldun Batzokija, aunque reconoz­ca a su vez la anteposición de Jaungoikoa a Lagizarra. Es evidente que para Sabino Arana San Ig­nacio tenía alguna significación especial dentro de la religiosidad de su política.

El 31 de julio de 1894 escribe un larguísimo ar­tículo en Bizkaitarra que ocupa todo el n° 13, ex­traordinario, del periódico. Trata de la «Funda­ción de la Compañía», de S. Ignacio como «patrón de Bizkaya» y de «expulsión de los jesuitas en Bizkaya». Es un artículo de trece páginas en sus Obras Completas (328-341) en las que de­muestra un serio conocimiento de lo que trata. En forma dramática describe aquel 15 de Agosto de 1534 en el que Iñigo de Loyola y sus compañe­ros hacen sus primeros votos en una Iglesia de Varis. Al tratar del patronazgo de S. Ignacio, a pe­tición de la Junta General de Bizcaya, recuerda como el Gobierno del Señorío tomaba posesión y juraba sus cargos el día de San Ignacio en el Cole­gio de los jesuitas en Bilbao, en la actual iglesia de los Santos Juanes perteneciente al antiguo cole­gio. A propósito de la pragmática sanción de Car­los III, por la que expulsaba de todas sus posesio­nes a los jesuitas el 7 de abril de 1767, denuncia Sabino a la Diputación que «cometió el trascen­dental contrafuero de hacer ejecutar una orden dada a capricho por el señor y contraria a la voluntad y a los intereses de Bizkaya, la grave injus­ticia de privar a los bizkainos de la benéfica acción de la Compañía de Jesús…»

El día de S. Ignacio de 1897 explica Sabino, en un artículo en Baserritarra (sucesor de Bizkaitarra) cómo construyo él mismo del «Ignacio» cas­tellano el euskérico «Iñaki»: «No veremos pronto hijos de euskeldunes que se llamen Iñaki, Jon, Kepa, Ingartzi, Koldobika, Paul, Ander (nombres todos debidos a sus trabajos lingüísticos) y no Ig­nacio, Juan, Pedro…». Ese mismo día el orfeón «Euskeria», en un concierto en el Teatro Arriaga, estrenó letra de Sabino Arana para la popular marcha de San Ignacio. «Pero… como una gran parte de sus ejecutantes se hubiese negado a aprender dicha letra y a cantarla por ser del euskerálogo nacionalista, resultó medianamente eje­cutado aquel primer número del concierto». La letra de Sabino en euskera vizcaíno y guipuzcoano, aparece en sus Obras Completas (2.404). Esa letra: «Iñaki, Jaunguak bidalduba…», era la can­tada por los nacionalistas cada día de la novena del santo, durante la República, mientras los mo­nárquicos introducían la letra española y otros se aferraban a la tradicional: «Iñazio, gure patroi…».

Baserritarra duró pocos meses, de mayo a agosto de 1897. Su publicación fue suspendida violentamente por las autoridades españolas. En su último artículo «Españolismo», Sabino había escrito entre paréntesis «(Se concluirá)». Había interés en que no fuera así. El 31 de julio del 98 llega sin publicación propia de Sabino ni activi­dad periodística pues la prensa de la villa le es ad­versa. Pero Sabino no cede. El 4 de junio de 1899 publica «El Correo Vasco», primer diario nacio­nalista. El próximo día de San Ignacio vuelve a to­mar la pluma para honrar al santo vasco.

El artículo, «Apuntes sobre la Compañía de Je­sús», es un panegírico, en más de cuatro páginas de sus Obras Completas, de «la obra más grande de San Ignacio». La Compañía es modelo de or­ganización y disciplina; los jesuitas son siempre los primeros y más insistentemente atacados por los satélites de Satanás; el arma que se esgrime siempre contra ellos es la calumnia, acusándolos de perturbadores del orden social, de rebeldes al trono; por eso los expulsó de las naciones latinas por calumnias sobre las Misiones del Paraguay…

El apartado IV del artículo lo titula: «Los Jesuitas y el nacionalismo vasco». «Solo aquí, que yo sepa, sólo en Bizkaya, han osado algunos Padres de la Compañía atacar francamente desde el pul­pito y aun en el confesionario… a la política nacionalista. El nacionalismo vasco, no obstante, es eminentemente católico., .y sí que saben los Jesuitas aludidos que lo es». El hecho no tiene, pues, a los ojos de Sabino más que una explica­ción: los tales Jesuitas no son vascos. Y acaba con la formulación de su principio: «Nosotros, sin embargo, nunca pretendemos del Clero y de las Órdenes Religiosas que apoyen nuestra política. Sólo les pediremos que se limiten a predicar la Fe y la Moral de Cristo».

El 12 de septiembre de ese mismo año, 1899, la Reina Regente María Cristina, y el Presidente del Consejo de ministros. Francisco Silvela, suspen­den las garantías constitucionales en Vizcaya. El gobernador civil de Vizcaya tomó las medidas necesarias para el que El Correo Vasco no pudiera publicarse. Todos los demás diarios de Vizcaya, cinco en total, se publicaron normalmente. El Real Decreto se dictó para matar exclusivamente el diario de Sabino Arana y suspender así toda la actividad nacionalista.

Ya no se recogen en sus Obras Com­pletas otros escritos de Sabino Arana so­bre San Ignacio o la Compañía de Jesús, como tal. Es hora de preguntarnos de dónde viene al fundador del nacionalismo vasco ese afecto y admiración hacía el fundador de la Compañía de Jesús.

Sin detalles al respecto por lo que se refiere a la educación cristiana y católica en su familia, sabemos que tras los tres años de destierro en Iparralde por el car­lismo de su padre, y consumada la derro­ta en 1876, los dos hermanos Arana, Luis y Sabino, ingresan en octubre de aquel año en el Colegio de los jesuitas en la ciudad vizcaína de Orduña. Los cinco años de bachillerato en él marcaron fuertemente a Sabino. Poco antes de mo­rir, en 1903, escribe al P. Serapio Mendía, Director de la Congregación de la Inma­culada y de San Luis Gonzaga, a la que perteneció Sabino en aquel colegio: «¡Cuántas veces, en los veintidós años que hace que salí de ese inolvidable Cole­gio…».

El último año, en 1887, fue especial­mente importante para Sabino. A una gran tribulación y sufrimiento moral, por una causa no clara en el colegio, se añadió el peligro inminente de muerte. Recibió los últimos sacramentos, pero salió de aquella tisis galopante. Sabino tuvo la intuición o presentimiento de que todavía no podía morir aunque con­fesaba que «no sabía para qué tenía que vivir». El P. Mendía era ya para entonces, 1903, consciente de lo que Sabino insi­nuaba con esas palabras.

Fue durante la convalecencia de esa enfermedad en su casa de Abando, cuan­do a través de su hermano Luis recibe la revelación nacionalista. «¡Bendito el día que conocí a mi Patria, y eterna gratitud a quien me sacó de las tinieblas extranjeristas!». Este no era otro que su herma­no Luis. Aquel año 1981-2 había pasado Luis al Colegio de los PP. Jesuitas en La Guardia (Galicia) para estudiar el curso preparatorio de Arquitectura. Carlista convencido hasta entonces, fue un jesuita vasco -cuya identidad no ha podido ser descubierta hasta ahora- quien con­venció a Luis de que si era vasco no era español, y quien le propuso la tarea del nacionalismo. Este fue el legado de Luis a Sabino.

Todos los años, al comienzo del curso en el Colegio de Orduña, los estudiantes seguían durante tres o cuatro días los Ejercicios de San Ignacio. Entre otras cosas, éstos infunden la práctica de la re­flexión y el hábito de discernir. Sabino pidió a su hermano un año para discer­nir. Al cabo de él, se entregó en cuerpo y alma al nacionalismo. Detrás de todo es­taba algún jesuita y San Ignacio.

Sabino acostumbró a retirarse anual­mente a practicar los Ejercicios Espiri­tuales, frecuentemente en Loyola. Así lo hizo como preparación para su matri­monio. Pero también durante el verano de 1888, al finalizar su académicamente poco fructuosa estancia en Barcelona (no acabó ninguna de las carreras que inició, porque no quería ejercer ningu­na) y poco después de la muerte de su querida madre. Durante aquellos Ejerci­cio Espirituales pidió entrar en la Com­pañía de Jesús. Al fin debió de ver que no era ese su camino. No se hizo jesuita. Te­nía otra tarea. Pero jamás perdió el afec­to hacía la Compañía de Jesús y al santo vasco, Ignacio de Loyola.

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