TICs, nuevos desafíos y oportunidades (III)

Hemos analizado hasta ahora el impacto de las nuevas tecnologías en la economía -su relación con la renta y el desarrollo humano- y su forma en la que muchos las vemos como un remedio necesario para la crisis y para cimentar un futuro más estable -como mínimo- para las generaciones venideras. Además, hemos «descubierto» la necesidad de crear una costumbre de invertir en investigación, desarrollo e innovación para crear un poso en la sociedad que sirva para convertirla en un ente más dinámico y creativo.

Asimismo, cuando hemos analizado la relación de la inversión en nuevas tecnologías hemos denotado que es tan importante poner los medios -las infraestructuras- como dotar a las personas de recursos para saber utilizarlas y, por lo tanto, que puedan aumentar su productividad. Toda herramienta -sea cual sea su carácter, desde una azada hasta un iPad- necesitan de alguien que sepa como emplearlas eficientemente para resultar eficaz (matar una mosca con un cañón es eficaz ya que conseguimos el objetivo pero no eficiente por el despilfarro de recursos).

Es por ello que hemos de educar a nuestros ciudadanos. Y es aquí donde el factor social de las nuevas tecnologías toma una importancia capital.

Los nativos digitales, el futuro


Aunque es pronto para hablar de una nueva era en el desarrollo de la Humanidad -para los más optimistas que hablan de un nuevo tipo de homo sapiens siento decepcionarles- no lo es para darnos cuenta de que nuestros hijos son diferentes y se comportan de un modo diferente a nosotros cuando teníamos su edad.

Las nuevas tecnologías se han insertado, como ya hemos dicho antes, en todas las facetas de nuestras vidas de modo que la nueva generación se ha criado conviviendo con ellas. Marc Prensky, reputado especialista estadounidense en sociedad, la ha denominado «nativos digitales». En un artículo llamado «Digital Natives, Digital Immigrants» Prensky nos explica que los jóvenes pasan cada vez más tiempo delante de los ordenadores, videoconsolas, teléfonos móviles y otros dispositivos que han cambiado no sólo sus costumbres sino también sus formas de comunicarse -más complejas al haber nuevos canales- sino su lenguaje.

Hasta aquí no hay nada excesivamente sorprendente: toda revolución ha cambiado el modo de comportarse de las nuevas generaciones. La aviación, el automóvil y el tren cambiaron el concepto de distancia. Los electrodomésticos facilitaron la vida en el hogar. La industria modificó los estratos sociales y acabó convirtiendo una sociedad de subsistencia en una de consumo. Lo que ha cambiado esta vez es que se ha demostrado que el uso intensivo de las nuevas tecnologías y todo lo que ello conlleva (comunicación y lenguaje, entre otras) está cambiando los patrones de funcionamiento y aprendizaje de sus cerebros.

¿Se ha preparado la sociedad para ello? Si atendemos a las estadísticas 1 de cada 4 personas en el mundo es usuaria de una red social, 1 de cada 3 es titular de una cuenta en internet, 1 de cada 3 tiene un teléfono móvil, 1 de cada 2 accede fácilmente a televisión… todos estamos expuestos a una inmensa variedad de fuentes de información: periódicos, televisión y radio son sólo una punta del iceberg formado por blogs, redes sociales, medios en internet y todo tipo de aplicaciones que se adaptan a todas y cada una de las formas tecnológicas que conocemos -tabletas, pds, netbooks, ultrabooks, smartphones, teléfonos móviles con acceso más modesto a internet, GPs, portátiles, ordenadores de sobremesa, iPods y mp4 con acceso a la web…-. Es lo que muchos llaman ya la infoxicación, esto es, el volumen de información al que accedemos es tan amplio que no somos capaces de verificarlo ni contrastarlo con lo cuál caemos en la desinformación.

Pero esta desinformación tiene un remedio: si enseñamos a las personas a ser capaces de manejar esos instrumentos y todo ese volumen de noticias y estímulos informativos serán aptos para procesarlos, retenerlos y verificarlos para, lo más importante, saber que hacer con ellos.

Los retos de la educación: nuevas tecnologías y nueva enseñanza


Del mismo modo que hemos hablado de los retos que tiene la sociedad para ser capaz de manejar toda esta información y de la evolución en el propio comportamiento y en el aprendizaje que están viviendo las nuevas generaciones -que no conciben una televisión que no sea plana, el sonido lento de un módem al conectarse a la red o [Enlace roto.]– ahora hemos de intentar descubrir cómo hemos de adaptarnos a nuestro propio futuro.

Una vez más, por recomendación de la obra i-Economía, me he dejado caer por la maravillosa web Voxy especializada en nuevas tecnologías y educación. En la imagen que hay justo encima de estas líneas podemos ver las diferencias que tenemos entre la educación clásica que recibió cualquiera de nosotros durante los años ’80 y ’90 y la que necesita actualmente un joven para sentirse lo suficientemente estimulado como para aprender.

Como ya hemos explicado antes, los procesos cognitivos están cambiando. La información viene cada vez más troceada y ha de ser más espectacular para resultar mínimamente atractiva para una generación acostumbrada a recibirla como si fuera un videoclip. Párrafos cortos y concretos donde todo está mucho más claro y donde casi no ha lugar a dar un «rodeo». Las cifras hablan por sí mismas: los jóvenes pasan más horas conectados a las nuevas tecnologías: unas 3 horas a los juegos y unas 6 a la televisión… lo que indica que una educación basada en libros llenos de letras pequeñas y con procesos deductivos largos son de todo menos atractivos. ¿Son por eso peores o mejores que los que se proponen? Son, simplemente, diferentes.

El actual sistema educativo se presenta como una estructura totalmente rígida desde infantil hasta la universidad. Los alumnos, con honrosas excepciones, se muestran como sujetos pasivos que reciben información de un emisor. La copian en sus cuadernos -si el centro es chic, en su portátil o tableta-, le memorizan, la replican en un examen y, finalmente, se les califica. Esto hace que cuando llegan al mundo laboral, donde se exige iniciativa, comunicación con sus pares y, sobre todo, tener recursos propios para conseguir la información que se les demanda, el sujeto sea completamente inoperativo. Además, para potenciar la cultura de la inmediatez, acostumbramos a nuestros alumnos a una evaluación corta que no permite conocer el desarrollo de los éxitos o fracasos del alumno a lo largo del curso académico.

La educación se ha quedado estancada en 1990 y el mundo está en 2011. Si tenemos en cuenta la comparación que hacíamos en el post anterior sobre quedarnos rezagados… eso es el equivalente a medio siglo y, lo peor, es que nada parece que esta brecha se acortará en breve.

¿Qué hacer entonces?


Del mismo modo que antes mostraba mi desdén por el que en ciertas regiones del mundo estamos viviendo la adaptación a las nuevas tecnologías -siempre como herramienta de mejora social y no como un modo de aumentar el rédito económico, eso vendrá solo si trabajamos correctamente- he de decir que, en este caso, Europa tiene un as en la manga.

Podemos hablar del Viejo Continente como uno de los pocos lugares donde existe una extensa red de universidades y colegios públicos que, bien organizados, deben permitir el acceso de toda la población a las nuevas herramientas que se nos prestan. Frente a otras regiones donde la enseñanza de calidad queda excluida a los centros privados, la Unión Europea cuenta con sistemas de enseñanza pública bien extendidos por su geografía -desde España hasta Suecia-. Sólo falta ser capaces de volver a plantearnos la educación como un sistema integral de formación en el que cada individuo es entendido como una parte de un conjunto superior y que tiene que adquirir la capacidad de utilizar los instrumentos que tiene a su alrededor. Para que esto suceda no sólo vale con poner por ley ordenadores en las aulas. Es necesario que los equipos docentes sean capaces de enseñar -y no replicar- a sus alumnos. De incentivar su creatividad. De motivarles para que pregunten, para que necesiten aprender y aprehender la información. Para que sepan cómo buscarla y qué hacer con ella.

En palabras más llanas: hubo una época en el que la mejor forma de aprender algo sobre el Crack del 29 y la Gran Depresión -muy en boga estos meses por culpa de la crisis que vivimos- era encerrarnos en una biblioteca rodeado de grandes volúmenes, sintonizar un canal de documentales y cruzar los dedos porque fuera el tema de la semana y, sobre todo, pasar muchas horas estudiando como comprender toda esa información y plasmarla lo más originalmente posible en un papel. Algo eficaz pero no eficiente.

A día de hoy las nuevas tecnologías nos regalan formas mucho más eficientes y, además, eficaces. Cualquier persona puede entrar en la red: leer información Wikipedia, entrar en los archivos de cualquier biblioteca nacional -si queremos más exactitud y rigor- acceder a documentales en cualquier página dedicada, maquetarlo rápidamente con un programa como PagesPower PointOpenOffice y que nos sobre tiempo para imprimirlo antes de la cena. ¿Es peor opción? No siempre. Si somos capaces de que el alumno retenga parte de la información mientras trabaja en la redacción o el informe habremos conseguido que tenga más tiempo para hacer más trabajos, que sea capaz de sumergirse más en el proceso y que, además, haya aprendido nuevas habilidades para buscar y seleccionar la información correcta.

Es aquí donde está la importancia de la educación. La necesidad imperante de invertir en que nuestras nuevas generaciones sean capaces de manejar eficientemente todas las herramientas que el desarrollo tecnológico les brinda. Si conseguimos eso habremos logrado que la semilla que queríamos sembrar en el páramo yermo que es la antigua educación redunde en una bonita flor que se convertirá en bosque.

Muchas veces damos por perdido a un joven que no aprueba historia porque no sabe -y probablemente no le interese- cuál fue el último Rey Godo o el nombre del autor de El Nombre de la Rosa. Sin embargo, no somos capaces de ver sus habilidades cuando ese mismo joven es capaz de montar en un ordenador un videoclip o es capaz de pasarse horas buscando archivos en la red, descargarlos sin virus en su ordenador, pasarlos a su equipo de reproducción portátil, compartirlo con sus amigos y ponerlo de todo en una llamada en otro dispositivo con un sistema operativo incompatible. Ese chico tiene conocimientos el problema, seguro, es que no sabe cómo utilizarlos.

Las nuevas tecnologías han llegado para quedarse. Ahora tenemos dos opciones: aprovechar nuestra ventaja estructural y enseñar a las nuevas generaciones como utilizarlas para que sean fuentes más potentes de conocimiento o verlas como una amenaza y hacer que todo el potencial de nuestro futuro se quede baldío.

Publicado por

Gaizka Manero López

Nacido en 1982 en Portugalete, Bizkaia, soy doctor en "Periodismo, Comunicación y Memoria en la era digital" por la Universidad del País Vasco.

4 comentarios sobre “TICs, nuevos desafíos y oportunidades (III)”

  1. Criterio y espíritu crítico: fundamentales.

    De otro modo. se tragarán sin cuestionarse lo que la red diga. Que a base de copia-pega, las mentiras se acaban convirtiendo en verdades. google, wikipedia…. pueden acabar siendo verdaderos elementos de manipulación de masas (comportamientos, reacciones,…).

    A veces me queda la sensación de que los avances que se producen, a nivel de conocimiento, son en pequeñas cosas. No hay grandes saltos cuánticos. Quizá estamos demasiado ocupados «estando al día» como para pensar. Y estos humanos «nativos digitales» están tan bombardeados de estímulos que acaban convirtiéndose en elementos reactivos, más que activos. Las reacciones pueden prepararse: peligro de manipulación.

    1. Efectivamente. De ahí la necesidad de enseñar a las nuevas generaciones a usar las nuevas tecnologías como lo que son: herramientas al servicio del instrumento más poderoso que tiene el ser humano, la mente y su capacidad de reflexión. Muchas gracias por tu comentario.

  2. En mi opinión, el mayor peligro no está en la red, sino en los medios de comunicación como las televisiones, periódicos (Deia), en los que todo se transmite a base de repetición, repetición, repetición, repetición, repetición, etc etc.
    Ya puedes ir con documentos, pruebas y testigos, que si no reptes, repite y repites, no tienes nada que hacer.
    La red es un espacio de libertad que será aplastado por el poder.
    Saludos
    Un articulo muy interesante.

    1. Creo que internet es sólo un gigante altavoz que amplifica casi todos los aspectos de la personalidad del ser humano. Los buenos y los malos. Aún así, la información es la mejor medida para controlar el poder y, por desgracia, también el antídoto que tiene el poder para que no podamos controlarlo. Como siempre, nuestor futuro está en qué hacer con nuestras herramientas, no en nuestras herramientas. Muchas gracias por tu comentario.

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