Apple, contra el legado cultural

Quienes me conocen saben que lo que más me atrae del mundo de la tecnología es su condición de vehículo inmejorable para la cultura y el progreso humano. La era digital, la adaptación de la música, el cine o la literatura a formatos digitales servirá, irremediablemente y a pesar de los problemas actuales de piratería, a que todos tengamos acceso a cualquier tipo de creación artística o cultural de cualquier parte del mundo sin ningún esfuerzo. El sueño que tuvieron hace siglos Leonardo da Vinci o Marco Polo -conocer casi todo lo conocible- en la palma de nuestras manos o en la pantalla del ordenador.

 

Quienes me conocen también saben que, de momento, siempre he sido partidario en la batalla iOS-Android-Windows de los primeros. ¿El motivo? Su fiabilidad, su diseño, su «personalidad» y, sobre todo que son los únicos que ofertan una experiencia completa de uso (teléfono, tableta, ordenador y televisión). Además, iTunes es, a día de hoy, una de las principales bibliotecas de contenidos de la red. De hecho, diría que es la más importante del momento y desde su nacimiento.

 

Mis padres, grandes lectores de contenidos de lo más diverso, han coleccionado durante años una enorme colección de películas, documentales, enciclopedias, novelas y música que, dentro de muchos muchos años nuestros nietos disfrutarán si tanto mi hermano como yo somos capaces de replicar en ellos el amor por la cultura que ellos nos imbuyeron. Durante años coleccionaron un contenido precioso que ha ayudado a forjar nuestra personalidad. Igual que hicieron con ellos nuestros abuelos. El siglo XX permitió que los coleccionistas o aquellos que tenían más inquietudes culturales pudieran acceder al conocimiento o al entretenimiento en un formato que ocupaba mucho espacio pero también que ocupó muchas horas de ocio.

 

Ahora, en el siglo XXI somos muchos los que por un simple motivo de utilidad pulsamos el botón del ratón o la pantalla táctil para sumar contenidos a nuestro «fondo cultural digital». Sin embargo, por culpa de los de la manzana -y de Amazon- nuestro valioso legado desaparecerá con nosotros.

 

Hoy a la mañana, como casi todos los días, accedía a la edición digital de uno de mis periódicos de referencia, El País, para descubrir en un titular que «mi biblioteca digital morirá conmigo».

 

Este escándalo ha saltado de la mano de Bruce Willis (al que por culpa de Jungla de Cristal casi ninguno de nosotros lo vemos como un escudero de la cultura ni un erudito). Al parecer, el bueno de Bruce se sentó un día a leer esa minúscula letra que ninguno de nosotros repasamos y que resumimos a un click en «aceptar». Al parecer, la estrella de Hollywood lleva invertida una gran cantidad de dinero invertida en iTunes (me sumo a su «desgracia») y quería que sus pupilas disfrutaran de la misma cuando él ya no estuviera. Aunque la noticia fue parcialmente desmentida por su esposa en Twitter, el debate ya se había adueñado de la red.

 

El objetivo de Apple -que no se ha pronunciado- es que nos vende el derecho de uso del archivo y que ese derecho va unido a la persona que lo adquirió. Así, como cualquier otro usufructo, cuando el sujeto fallece, su explotación también. El problema es que esta teoría tan estadounidense no se entiende bien en Europa donde la firma ha dicho no tener «ningún experto» con el que aclarar este entuerto.

 

Amazon, la otra empresa que practica este usufructo dice que en sus condiciones de venta ya explica que no se puede emitir ninguna sublicencia cuando se adquiere un producto digital de su biblioteca de modo que el contenido queda ligado, literalmente, a la vida de quien lo obtuvo. Los de Jeff Bezos permiten prestar por tiempo limitado los contenidos a otros usuarios pero, como tienen un inquietante acceso a nuestras librerías, pasado un tiempo desaparecen.

 

Este acceso que muchos critican llegó a su zenit en 2009 cuando Amazon comercializó por error la novela 1984 de George Orwell a través de una editorial que no tenía el derecho de explotación del título en Estados Unidos. Los de Bezos, sencillamente, entraron en los Kindle de sus clientes y los borraron sin previo aviso, reembolso o cambio por otra edición «legal».

 

Legalmente, las cuentas son de uso estrictamente privado y, por lo tanto, cuando se certifica la defunción de una persona, queda bloqueada y cerrada para siempre. Ni siquiera sus albaceas o familiares más cercanos pueden entrar en ellas. Las empresas explican que la distribución digital es, para lo bueno y lo malo, diferente a la analógica y que, aunque habrá detalles que cambien con el tiempo, tendremos que adaptarnos a ellas.

 

Yo, de momento, empiezo a pensarme si mi futuro cultural pasa por Apple. Sony, por ejemplo, ofrece una experiencia Android igual de completa y, por el momento, no amenaza un posible legado para hijos, sobrinas y demás parientes. Descanse en paz la cultura. Por cierto, ¿habrá ocurrido lo mismo con los herederos de Steve Jobs?

Publicado por

Gaizka Manero López

Nacido en 1982 en Portugalete, Bizkaia, soy doctor en "Periodismo, Comunicación y Memoria en la era digital" por la Universidad del País Vasco.

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