Apple, en busca de su revolución

 

Aunque parezca lo contrario, ser la mayor empresa por capitalización bursátil del mundo, la que está en boca de todos por sus beneficios, sus récords de ventas, sus nuevas tiendas y sus nuevos lanzamientos, no es fácil. Filtraciones y una gran expectativa ante cualquier movimiento hacen que cada vez sea más complicado sorprender al fiel y al cliente potencial. Además, quedarse huérfano del creador por segunda -y definitiva- vez no es fácil para cualquier empresa. Sobre todo cuando el mismo se llama Steve Jobs y acumulaba tantos o más seguidores (y detractores) que su propia obra.

 

Son muchos los que creen que Apple se encuentra ya en el principio de su declive. Ninguna empresa -salvo Coca-Cola- es líder del mercado de forma perenne. Menos en el tecnológico, que sufre -o disfruta- de un ciclo comercial mucho más acelerado. Apple ya ha estado antes en la cresta de la ola y también en el infierno. Durante los ’80, Motorola e IBM eran sinónimo de éxito. Durante los ’90, Microsoft y Nokia encarnaron el dinamismo que nos llevaría a cualquiera al liderato. Durante el principio de la década pasada, ambas fueron un imperio que se aprovechó de otros más efímeros, como Toshiba, Sony o HP.

 

Una Apple resucitada -gracias al dinero de Microsoft- era sólo un sueño de garaje que se resistía a desaparecer y que veía como el Mac, el embrión del formato Windows, no era más que un resto para bohemios. Sin embargo, la determinación de Jobs hizo que pudieran cambiar para siempre sectores totalmente ajenos a ellos: la música, el cine, los reproductores mp3 y los teléfonos.

 

En sólo cuatro años lanzaron dos productos revolucionarios que hicieron que cambiáramos de la noche a la mañana nuestro concepto de la tecnología. Ya no era algo complicado para geeks. Tan sólo algo que podíamos hacer con la punta de nuestros dedos. El iPhone revolucionó las funciones de un teléfono. Hasta entonces las pantallas de 16K y los politonos eran lo más. Incluso coleccionábamos las carcasas intercambiables de los Nokia. En 2010 lo volvieron a hacer. Esta vez fueron más allá con el iPad. Se sacaron de la chistera todo un nuevo mercado. Algo que no sabíamos que podía existir pero que, de golpe, necesitamos fervientemente.

 

Desde entonces todo se ha ralentizado. El único iPhone que supuso un verdadero cambio fue el 4 (aunque por funcionamiento, el verdadero salto se dio en el 4S). Y, respecto a las tabletas, las mejoras han sido sólo evoluciones. ¿Dónde está la supuesta magia de Apple?

 

Si repasamos de nuevo su cronología, veremos que desde el iPod hasta el iPad han pasado sólo 10 años. Una década en la que cambiar varios negocios clásicos y varios conceptos. Mientras, su sistema operativo iOS se ha convertido en un estándar de cómo hacer las cosas (por mucho que le duela a Google, su Android primigenio sólo fue una respuesta al entorno de los de la manzana) y, de nuevo, su OS X (antes Mac OS) ha acabado influyendo por su sencillez hasta al todopoderoso Windows 7.

 

¿Cuál es entonces el problema? En mi opinión es triple. Por un lado tenemos las expectativas generadas por los anteriores lanzamientos. Queremos una revolución anual. No nos vale con que los MacBook Air hayan conseguido crear todo un nuevo segmento de portátiles, los ultrabook, ni que gracias al iMac, cada vez sean más los fabricantes que busquen su todo-en-uno perfecto. Tampoco que Windows se vuelva Mac y que hasta Microsoft reconozca que Office va mejor con Lion que con su propio sistema operativo.

 

Necesitamos una televisión Apple que nos salude al entrar en casa y que nos lea la mente para saber qué queremos grabar y cuando queremos verlo. Por supuesto, también que nos lo envíe al iPhone vía iCloud en caso de que tengamos prisa y que podamos acabar de verlo en la cama con el iPad (aunque parezca mentira, esto ya se puede hacer). Necesitamos un iPhone o un iPad completamente nuevo, aún más minimalista, con mejor pantalla y que haga algo que no haga ahora -la verdad no se me ocurre el qué-. Son muchos los que se quejan de que las mejoras son sólo de hardware, ¿pero en qué más se puede mejorar?

 

Relacionado con este ramal está el segundo. Los rumores: desde el minuto uno de la presentación de cualquier producto Apple empiezan los rumores. Desde cuántos se venderán -por cierto, para no haber gustado a nadie, me resulta curioso que en sólo una hora se hayan agotado los terminales dispuestos para las prereservas, con los anteriores se tardó entre 22 y 24 horas- hasta qué se habrán dejado para el siguiente. Días antes del lanzamiento leía en internet posibles iPhone 5 que sólo estarían hechos de una lámina de cristal flexible hasta otros que emitirían hologramas al más puro estilo Darth Vader (¿para qué nos sirve esto último?, ¿cuánto subiría su precio?

 

El último de todos tiene que ver con el «complejo-Jobs». Tim Cook es un excelente ejecutor. Un empresario que multiplicó el tamaño y eficiencia de la compañía. Que demostró que Apple puede hacer las cosas mejor que los demás. Pero en ocasiones es mejor el carisma. Cualquiera de sus compañeros que sale en el vídeo con el que empezamos el programa presenta con mucha más pasión las mejoras. Steve Jobs era Apple. Todo Apple. Pero Cook no es Jobs. Ni tiene que serlo ni debe serlo. Entonces, ¿por qué heredar todas sus funciones? ¿Por qué no poner una cara nueva de cara a la galería? Alguien que sepa vender.

 

Es cierto que el nuevo iPhone no es una revolución. De hecho, yo mismo dudaría en adquirir el nuevo terminal frente al 4S. El problema es el nivel de exigencia. Apple ha lanzado en poco tiempo el iPhone, el iPad, cuatro versiones de iOS totalmente gratuitas, cuatro generaciones de Mac OS a un precio inferior a los 20 euros, la pantalla Retina, los terminales LTE, en un sólo año han aparecido 200.000 aplicaciones en la AppStore, se han multiplicado los contenidos de iTunes, han abierto tiendas, actualizado sus suites ofimáticas y creado tres procesadores y otras tantas generaciones de baterías que aumentan su rendimiento exponencialmente, tres generaciones de iMac, dos de MacBook Pro, han creado los ultrabooks con el MacBook Air y mejorado hasta la alta definición real Apple TV. Además, han creado su propio sistema de navegación por mapas y multiplicado su kiosko de contenidos escritos. ¿Es poco? No, pero no han hecho el énfasis necesario en estas mejoras.

 

Ahora que las demás siguen su camino: Samsung tiene stands diferentes y tiendas al estilo Apple, Microsoft unifica su sistema, Google lanza productos físicos y crea las Android Stores… es hora de que Apple demuestre que ella fue, en este caso, la primera. El modelo a imitar. Necesita su revolución. Una TV, una colaboración con un fabricante de automóviles. Cualquier cosa para no perder su identidad, mucho más importante que no perder su liderato.

Publicado por

Gaizka Manero López

Nacido en 1982 en Portugalete, Bizkaia, soy doctor en "Periodismo, Comunicación y Memoria en la era digital" por la Universidad del País Vasco.

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