Papel, ¿el fin de la era Guttenberg?

Hasta 1459 los libros se difundían mediante copias manuscritas por monjes, frailes y escribanos encargadas por reyes, nobles o las altas esferas del clero. Los únicos que tenían suficientes medios para disponer de estos preciados y costosos formatos. A pesar de lo que se cree, no todos los clérigos copistas sabían leer o escribir. La mayoría eran simples replicantes de símbolos, algo fundamental cuando se trataba de reproducir contenidos prohibidos que trataban temas sobre medicina, ciencia o sexología.

 

Durante la Alta Edad Media europea los trabajos que requerían la copia masiva de trabajos de pocas páginas se llevaban a cabo mediante la xilografía una técnica que empleaba planchas de madera para llevar a cabo las copias más rápidamente. Cada una de las planchas, hechas a mano en huecograbado y con un único uso -no se podían volver a tallar- se impregnaban en tinta azul o roja, las únicas disponibles en la época, y se acoplaban a una mesa también de madera para llevar a cabo las réplicas. Este formato tan artesanal y costoso, además, quedaba firmado por la marca de agua que cada impresor otorgaba a su propio papel.

 

En esos tiempos Guttenberg apostó que sería capaz de hacer varias copias de la Biblia en la mitad de tiempo en la que el más rápido de los copistas del mundo cristiano sería capaz de realizar una única copia sin que sus volúmenes difirieran en nada de las manuscritas.

 

El secreto que Johannes tenía era un tecnología que había desarrollado desde mediados de la década de 1430 con su socio Hanz Riffle y que consisitía en realizar moldes de cada una de las letras del alfabeto que después serían cubiertas de hierro para aumentar su resistencia al uso y que podían intercambiar su posición indefinidas veces. El impresor contaba con los primeros tipos móviles de la historia. Con «sólo» 150 tipos fue capaz de reproducir el vasto libro sagrado del cristianismo.

 

La unión de la xilografía, los tipos móviles y una vieja prensa de uvas se tradujo en la primera imprenta de la historia e hizo que la impresión de textos, libros y cualquier otra información fuera mucho más rápido y barato. La literatura, por fin, podría democratizarse. En cuatro años y después de arruinarse y ser «timado» por su socio Johannes Fust, se acabaron las 150 Biblias que gfueron rápidamente vendidas a los más poderosos de la época, incluido El Vaticano.

 

 

La era digital


Durante casi seis siglos la imprenta de papel ha sido el soporte de la educación y la información. Libros, periódicos y revistas han sido hasta la llegada de los medios multimedia -radio, cine, televisión y ordenadores- la principal fuente de información de la sociedad.

 

Sin embargo, la implantación de los medios digital y la madurez de los nativos digitales están haciendo que las costumbres estén cambiando más rápido que nunca. Los soportes digitales, las aplicaciones, las redes sociales, los libros electrónicos y la conciencia ecológica está haciendo que cada vez sean más los lectores que cambian el papel por la pantalla. Los que cambian la reflexión de un medio escrito clásico por la inmediatez y el impacto multimedia de una tableta o un teléfono inteligente.

 

Somos muchos los que hemos apostado sobre la fecha en la que los formatos clásicos dejarán paso irremediablemente a los digitales y hemos fallado. No sólo en la educación sino también en el día a día de la información. No obstante, parece que los estudios llevados a cabo por instituciones como la red estratégica Future Exploration Network son capaces de extrapolar las preferencias del mercado y cruzarlo con el desarrollo tecnológico y la evolución de los dispositivos para poner datos sobre la mesa.

 

Es casi seguro que el proceso haya empezado ya de forma imparable. Los medios tradicionales han tardado mucho en reaccionar. Algunos de hecho, demasiado. La era de internet y la glocalización de las que se hablaba tímidamente hace veinte año ya están aquí. Lo global y lo local compiten entre sí -puedo consumir un producto de mi tienda favorita en Bilbao desde cualquier lugar del mundo, o puedo optar por una revista estadounidense cuando esté en Bilbao- del mismo modo que lo digital y lo «físico» lo hacen entre sí. Precisamente por eso los periódicos han empezado a hibridarse.

 

Es cierto que muchos contenidos son similares, pero se han dado cuenta de que más allá de una amenaza -la pérdida de anunciantes clásicos y de fieles al papel-, el mundo online les abre a mundos que nunca antes habían sospechado: blogueros, anunciantes extranjeros, lectores en cualquier rincón del mundo, el fin de la información obsoleta o la llegada de fuentes de información insospechadas en cualquier momento.

 

Pero el salto digital no será uniforme. Los motivos son varios: desde las diferentes costumbres de cada sociedad hasta los distintos estadios digitales que vive cada país. Parece que el primero en abandonar la información en papel casi por completo será Estados Unidos. El mayor mercado digital del mundo y el que más rápido absorbe las novedades se pasará a la pantalla en 2017. Muchas de sus principales publicaciones ya lo han hecho. Los costes disminuyen, la efectividad aumenta y, aunque parezca increíble, los estudios demuestran que la fidelidad se multiplica. Además, es la sociedad que mejor ha recibido los libros digitales.

 

Poco después les llegará el turno a los países más anglificados: desde el Reino Unido hasta Canadá, Australia, los países escandinavos o Singapur. Allá para 2024 le tocará el turno al Estado que, todo parece indicar, tampoco lo hará uniformemente. Las diferencias de tecnificación por regiones se notarán también dentro de los propios Estados.

 

Sorprende que la UE 27 (si no ha sufrido por entonces más expansiones, que lo hará) no terminará la migración hasta 2030. Más de una década después que Estados Unidos y sólo un año antes que la China metropolitana -que lo hará a la par que Japón-. África, la India, Sudamérica o las zonas rurales de los BRICS no mutarán hasta 2040.

 

Los datos sorprenden. Europa se queda atrás. Ya no lidera las mutaciones culturales y tecnológicas como antaño y cada vez está más lejos de la cabeza. También Japón. El salto es mucho menor en tiempo «real» que con otros medios audiovisuales -como el cine, la televisión o los ordenadores- y también que la imprenta. Lo malo es que 30 años en el siglo XXI equivalen, tecnológicamente a casi tres siglos reales en el siglo XV. La brecha se abre y la única herramienta para cerrarla es la que la está provocando.

Publicado por

Gaizka Manero López

Nacido en 1982 en Portugalete, Bizkaia, soy doctor en "Periodismo, Comunicación y Memoria en la era digital" por la Universidad del País Vasco.

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