Apple, cuando el color es más que un tono

La calidad, la fiabilidad y el diseño son los tres pilares básicos sobre los que se sustenta la estrategia y el éxito de Apple. Tanto en su primera época como en el renacer con el regreso de Steve Jobs los colores de sus dispositivos eran parte de su seña de identidad. Cada modelo, cada versión de cada dispositivo, estaba disponible en diferentes tonalidades en función del público al que iba dirigido. Todo se estudiaba milimétricamente para que los iDevices fueran fácilmente reconocibles y muy deseables.

Históricamente, los iPhone, el equipo que catapultó al Olimpo empresarial y tecnológico a los de la manzana, comenzó vendiéndose en negro. Los dos tonos favoritos por los consumidores estadounidenses siempre han sido el blanco y el negro. Y eso hizo que el salto de color con las generaciones posteriores incluyera esta versión más moderna, menos seria y mucho más llamativa.

Los experimentos tonales se dejaban para los iPod Touch (que añadieron a su paleta el rosa, amarillo, azul y rojo), el iPhone 5C -modelo de acceso al que nunca le vimos demasiado sentido- o los célebres iPod Nano y Shuffle, que hicieron de su variedad cromática su seña de identidad. Todos aderezados con los característicos EarPods blancos que sirvieron para que se pudiera distinguir fácilmente a quien usaba un gadget Apple respecto a los de la competencia (que añadían auriculares negros, menos llamativos pero mucho más resistentes a la suciedad).

El mensaje era claro: cuanto más barato es el dispositivo, es más probable que lo adquiera un sector más joven de la población. Y este segmento es el que se decanta habitualmente por los tonos más vivos. El lujo solo estaba reservado al tono «gris espacial» y al blanco con inserciones plateadas.

Sin embargo, si en Occidente el negro y el blanco son sinónimo de lujo, desembarcar en China para adquirir tamaño, multiplicar las ventas y acrecentar la imagen de marca requería adaptarse a unos gustos cromáticos diametralmente opuestos.

El blanco, que para nosotros es pureza, para ellos representa la muerte. Eso hace que los tonos más populares sean el negro, el plata… y el dorado. Y todos ellos están relacionados con el lujo -segmento que Apple explota como pocos-. El tono oro se relaciona con la prosperidad y en un país en el que los hoteles no tienen planta cuarta (se pronuncia muy parecido a «muerte») y hay cola por hacerse con matrículas personalizadas o números de teléfono que incluyan su número de la suerte, el ocho, ¿por qué no van a gastar en tener su color fetiche?

El estallido económico chino, la devaluación del dolar durante varios trimestres consecutivos -aunque parece que esa situación ahora se está revirtiendo-, el nacimiento de una clase acomodada adicta al lujo occidental y marquista, y el buen hacer de la maquinaria de marketing de Apple -para nosotros con Ikea y el Grupo VAG la mejor actualmente- ha convertido al gigante asiático en el segundo mercado mundial para la empresa por delante de Europa. Además, es el mercado en el que más crece.

China por sí sola es un mercado de más de 450 millones de smartphones al año (cifra de 2014), crece al 30% y duplica por volumen Estados Unidos. Ya representa un tercio del mercado mundial de lujo: un escenario perfecto para los dispositivos premium de la casa de la manzana: iPhone, iPad, Apple Watch y MacBook. Y todos ellos tienen un tono en común: el otrora criticado dorado.

Y es por eso que aunque cuesta ver esos dispositivos «oro» en Estados Unidos o Europa, son los equipos que han hecho a Apple batir varios récords consecutivos de ventas y beneficios. De facto: su enorme tirón hizo que los de Tim Cook tuvieran que pedir un incremento de producción de ese color a sus fábricas previa campaña navideña.

En un país obsesionado por el oro (en 2013 superó a la India como el país que más lo consumía y se prevé que la demanda crezca un 20% este año) la estrategia de Tim Cook de crear versiones que incluyen o imitan el material ha permitido que el dinero en caja de la empresa se dispare hasta casi los 200.000 millones de dólares (más que el PIB de 120 países del mundo).

El color «del mal gusto», el tono que mostraba la ostentosidad de una empresa que había perdido el norte o la capacidad de diseñar los ha cubierto, precisamente, de oro. Mucho más que un tono.

Publicado por

Gaizka Manero López

Nacido en 1982 en Portugalete, Bizkaia, soy doctor en "Periodismo, Comunicación y Memoria en la era digital" por la Universidad del País Vasco.

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