Grafeno, ¿en qué quedó la revolución?

Muy pocos materiales han causado tanto revuelo como el grafeno a principios de década. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de instituciones públicas y privadas por potenciar su desarrollo, el material llamado a ser determinante en la revolución tecnológica del siglo XXI no consigue dar el salto de los laboratorios a las cadenas de montaje para suplantar al plástico y al silicio. ¿Por qué?

Si nos damos un paseo por las instituciones continentales veremos que en 2013 la UE puso en marcha el programa Graphene Flagship con una dotación de 1.000 millones de euros y con el fin de que crear una estructura continental con todos los avances que los investigadores habían conseguido de modo que el Viejo Mundo se pusiera al frente de su irrupción industrial.

En el Reino Unido también se puso en marcha una iniciativa similar llamada Instituto Nacional del Grafeno con una dotación superior a los 50 millones de euros por parte de Londres y una financiación de casi 90 millones para este 2015. Así, en esta guerra del grafeno la Universidad de Manchester estima que se han gastado unos 2.400 millones de dólares en investigación en todo el mundo desde 2010.

Uno de los ejemplos más llamativos es el de China que ha creado una docena de parques industriales de grafeno. Inversiones a fondo perdido cuyo fin es poner en contacto investigadores y empresas que estén dispuestas a implementar este material en sus productos. El resultado es ambiguo: en 2014 las firmas chinas AWIT y Galaxy Microsystems comercializaron 32.000 terminales que incorporaban grafeno en sus pantallas, baterías o chasis. Una cifra mínima comparada con el multimillonario mercado internacional (y local) y con las enorme inversión de Beijing.

De facto, estudios demuestran que hay muchos productos con este preciado material que se están vendiendo por debajo del precio de producción porque hay multitud de compañías que necesitan deshacerse del stock de grafeno que acumularon durante los años en los que parecía que su irrupción era inmediata e inevitable.

¿No funciona el mercado? No exactamente. El crecimiento interanual ronda el 50%. De este modo se espera que pase de los 12,5 millones de dólares de hace dos años a los 120 en 2020. El problema es que, de nuevo, las expectativas eran tan altas que un resultado sobresaliente -y que ya quisiera para sí cualquier otro mercado en plena crisis- no es suficiente.

El problema reside en que los costes de extracción en condiciones óptimas siguen siendo excesivamente altos y el proceso demasiado complejo. Un metro cuadrado de grafeno cuesta en China unos 400 yuanes, una cifra muy superior a la del Óxido de Indio, el material estrella para la construcción, por ejemplo, de las pantallas LCD.

Por eso la investigación ha pasado en muchos centros de qué hacer con el grafeno a cómo obtener el material. Procesos que permitan separar sus capas de una forma mucho más sencilla y con un coste menor que lo conviertan en una materia accesible y rentable. Eso permitiría que el grafeno se extendiera de los productos tecnológicos a otros. Buen ejemplo son las raquetas que Head construye para Novak Djokovic y Maria Sharapova.

Una start up nacida en la Universidad de Manchester tiene preparadas unas bombillas LED con una mayor duración y rango de luminiscencia que debería ver la luz este mismo año y otras empresas de la isla, como G20, ha desarrollado láminas con grafeno que permiten simplificar el proceso de purificación del agua.

Pero para que todo esto llegue a buen puerto es necesario que por fin se dé el salto del laboratorio a la producción. Si no, todas estas iniciativas que podrían facilitarnos mucho nuestro día a día se verán abocadas a la desparición.

Publicado por

Gaizka Manero López

Nacido en 1982 en Portugalete, Bizkaia, soy doctor en "Periodismo, Comunicación y Memoria en la era digital" por la Universidad del País Vasco.

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