Hamburg-Wilhemburg, de la oscuridad al sol

Decía el filósofo, ensayista y escritor George Santayana que «aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo». Y algo de razón debía tener cuando hay una placa que reza esas mismas palabras en el campo de concentración de Aushwitz. El pueblo alemán, celoso de su pasado, siempre ha estado orgulloso de enseñar al resto del mundo como todos los monumentos que en su momento honraron a la guerra y a su horror pueden ser reconvertidos en homenajes a la naturaleza, a la humanidad y a la vida.

El ejemplo más famosos probablemente sea el del parque Tempelhof de Berlín. El otrora aeropuerto de la capital -estratégico para la aviación militar nazi- es ahora el parque urbano más grande del mundo (mucho más que el célebre Central Park). Sin embargo, hay ejemplos mucho más fructíferos a lo largo y ancho de la geografía germana.

Hoy os presentaremos Hamburg-Wilhemburg, un búnker construido para la II Guerra Mundial que después de sesenta años de abandono y más de siete de desarrollo del proyecto se ha convertido en una de las fuentes de energía renovable del distrito de Reiherstieg en Hamburgo.

Edificado en 1943 se planteó como una fortaleza equipada con torretas antiaéreas que debería resistir tanto ataques de la aviación aliada como cualquier incursión por tierra. Sus paredes de tres metros de espesor fueron refugio de miles de personas durante la fase final de la Guerra. Su solidez era tal que cuando el ejército británico se propuso desmantelarlo solo pudo destruir seis de las ocho plantas (las otras dos eran inaccesibles).

Cuando se planteó su reconstrucción la tarea a la que se enfrentaba Uli Hellweg, director del International Building Exhibition (institución encargada de devolverlo a la vida), era titánica: había que reestabilizar la fachada, reconstruir el interior, adecuarlo para que fuera habitable e implementar tecnologías del siglo XXI a un edificio de 1940.

Pero por si esto fuera poco, no valía con edificar un edificio funcional: debía abandonar su pasado y convertirse en algo útil para la comunidad. Una mole que albergara tecnología que permitiera el suministro energético sostenible a la zona residencial lindante. Se añadió un sistema de estructuras de acero separado de la estructura en las paredes sur y el techo que soportan grandes tiras de paneles solares que producen más de 100 kW a la semana. Suficiente para surtir el 85% de la energía del distrito y convertirse en una referencia en la zona de las islas del río Elba.

En la planta energética que trabaja en su interior se aprovecha una combinación de energía solar, biogás, astillas de madera y el calor residual de una industria cercana. Cuando esté terminado el búnker generará un total de 3.000 MWh: la calefacción de 3.000 hogares y la demanda eléctrica de otros mil. En total se emitirán a la atmósfera 6.000 toneladas menos de carbono y se generarán puestos de trabajo locales.

Para refrigerarlo se ha creado en su interior una instalación con capacidad para albergar dos millones de agua -de lluvia- que funciona gracias a otra instalación que se alimenta de biometano, combustión de madera y una unidad de energía solar térmica.

Seguramente a estas alturas os estéis preguntado por el enorme costo de poner en funcionamiento una planta limpia que alimenta los hogares de una superficie de 1,2 kms cuadrados. La reconstrucción del edifico, la implementación de todas estas nuevas tecnologías limpias y la adecuación de la red eléctrica lindante ha costado 27 millones de euros (de hecho, el último apartado se lleva 11 millones). Una cifra que ayudará a enjugar el museo que explica el origen del edificio y su transformación -ya ha sido visitado por más de 100.000 personas) y la cafetería con un mirador de 360 grados sobre la segunda ciudad alemana por población.

Publicado por

Gaizka Manero López

Nacido en 1982 en Portugalete, Bizkaia, soy doctor en "Periodismo, Comunicación y Memoria en la era digital" por la Universidad del País Vasco.

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