Movilidad y ciudades, ¿cómo solucionamos el problema de la contaminación?

La noticia, no por no esperada, provocó multitud de titulares y, sobre todo, posturas encontradas. Madrid se veía obligada por su contaminación a restringir la velocidad de circulación y el aparcamiento en buena parte de su superficie. Pero la situación no solo afectaba a la metrópoli por la especial situación de un anticiclón sobre la península. Otras ciudades como Barcelona también mostraban la temida txapela sobre su cielo. Una amenaza que provoca al año a 27.000 muertes prematuras en España y que no se ha intentado solucionar siempre como una huida adelante tanto por las instituciones como por los ciudadanos.

Es cierto que la Unión Europea tiene estipulados unos límites de contaminación en las ciudades que, de superarse, redundan en multas; pero la vista gorda con los fabricantes (el caso Volkswagen era un secreto a voces) y la excesiva comodidad de los ciudadanos hace que el problema se vea como un tema de futuro.

Europa, un continente densamente poblado, se ha construido a lo largo de siglos gracias a una excepcional red de comunicaciones que en las últimas décadas se ha volcado completamente con el transporte privado a pesar del alto coste de los combustibles -en una región del planeta que casi no tiene hidrocarburos- y se ha centrado en un modelo de crecimiento urbanístico sin sentido. Las empresas, los centros de trabajo, han abandonado las ciudades por los suburbios -con lo que el transporte público pierde eficacia- y los ciudadanos se han alejado cada vez más de los núcleos metropolitanos.

Hay muchos analistas que se han devanado pensando sobre la justicia o no de soluciones como la alternancia de matrículas o la implantación masiva de restricciones para los modelos más antiguos (restringir el acceso a las ciudades de coches diesel, por ejemplo) cuando la solución es mucho más sencilla e incómoda de lo que parece: usar menos el transporte privado contaminante. Más allá de los peajes, las restricciones y cualquier otro tipo de acción impositiva, es absolutamente necesario que administraciones y ciudadanos se comprometan con la expansión y el uso del transporte colectivo  tanto de forma radial como en los movimientos que requieran de los tediosos transbordos.

Es necesario volver a convertir la ciudad, eje del desarrollo social europeo, en un espacio atractivo para las personas. Llenarlos de espacios de esparcimiento, realizar acciones que bajen el precio de la vivienda (desmesurado en zonas tradicionalmente humildes) e invitar a la población a desplazarse a pie, en bicicleta o en metro.

Porque, por muy efectistas que sean las medidas económicas -que no siempre se traducen en una recaudación que traiga mejores servicios públicos- la mejor solución a un problema es siempre entenderlo y realizar pedagogía con el mismo. Mostrarnos que hay alternativas a algo que mata a 27.000 personas cada año (solo aquí) y que nuestra sociedad poco responsable, insostenible energéticamente y sedentaria tiene alternativa con solo mirar al modelo urbano y de movilidad que reinaba en el Viejo Mundo hace medio siglo.

Nos encantan los coches, nos encanta su sensación de libertad pero no es posible mantener un eterno debate o anclarnos en estereotipos antiguos mientras nuestros hijos respiran aire contaminado. Mientras regamos nuestra vida con la temida lluvia ácida. Nosotros, desde ya, nos hemos comprometido a dejar nuestro coche en el garaje siempre que nos sea posible y nos hemos sorprendido: es posible mucho más a menudo de lo que pensábamos. ¿Cuál es vuestra decisión?

Publicado por

Gaizka Manero López

Nacido en 1982 en Portugalete, Bizkaia, soy doctor en "Periodismo, Comunicación y Memoria en la era digital" por la Universidad del País Vasco.

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